Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


4. Mis ganas ganan

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Capítulo 4

Mis ganas ganan

Mis ganas ganan. Mis ganas siempre van a ganar.

Las bajadas forman parte del cáncer, al menos desde mi experiencia. Una bajada es cuando tus niveles, debido a la enfermedad y a la agresividad del tratamiento, se desploman y necesitas una transfusión de sangre o de plaquetas para recomponerte y volver a estar al cien por cien.

Por lo que he aprendido, en el cáncer hay tres tipos de días:

1) Después de los ciclos de quimio. Pueden ser más o menos buenos, dependiendo del tratamiento específico. El día uno suele ser bastante pasable, y el día dos es cuando empiezas a tener todos los síntomas y la fatiga empieza a acumularse.

2) Entre ciclo y ciclo. Estos días suelen estar bastante bien, en el sentido de que casi casi te sientes como tu yo de antes. Durante estos días «mágicos», yo suelo aprovechar para ponerme al día con mis amigos, y Emi, que trabaja en Madrid, se pilla cualquier día que puede para venir a verme.

3) Las bajadas. Las bajadas pueden ser un poco como los días de quimio, al menos cuando pienso en el cansancio, porque esa es la sensación que más los define. Un cansancio inmenso e inabarcable en el que hasta para agacharte a atarte los cordones te haría falta desayunar tres veces.

Es durante una de estas bajadas cuando conozco a la madre de Nerea. Está sentada en la sala de padres con mi madre mientras esperamos los resultados de la analítica, que determinarán si me ingresarán o solo me harán una transfusión.

Como dije antes, a veces en el cáncer parece que solo estés esperando a que te pasen cosas, mientras que otras veces se te cae todo encima de golpe.

La madre de Nerea está sentada frente a mí, mirándome, y me sonríe. Todavía tengo todo el pelo, aunque me he dado cuenta de que se va cayendo, poco a poco. Sobre todo cuando me ducho o cuando me lo cepillo. Pero todavía no se me nota ni me resulta muy incómodo.

—¿Eres paciente?

Asiento.

—Sí, hace un par de semanas me diagnosticaron un sarcoma de Ewing en la pelvis. ¿Usted?

Sacude la cabeza.

—No, yo no. Mi hija Nerea. Es más o menos de tu edad.

Ahí es cuando mi madre se une también a la conversación. Los nervios antes de recibir unos resultados te causan unas ganas de hablar tremendas, y nosotras empezamos a tocar todo tipo de temas, aunque siempre volvemos al cáncer y a los tratamientos.

Nerea y su madre llevan más tiempo conviviendo con el cáncer que nosotras, tienen más experiencia, así que tenemos muchas preguntas para la pobre mujer. Al final llegamos al tema del pelo. Sabemos que tendremos que enfrentarnos a ello tarde o temprano y yo ya estoy considerando por qué opción me decantaré cuando al fin tenga que raparme. ¿Llevaré peluca? ¿Será como mi pelo natural o «aprovecharé» para hacerme un nuevo look? ¿Me haré con una pequeña colección de pañuelos de todos los estilos y colores que pueda encontrar? ¿O luciré calva?

Nerea, por lo que nos cuenta su madre, se ha decantado por la primera opción.

—No se quita la peluca ni para dormir —nos explica entre risas.

Intercambio una mirada divertida con mi madre.

—Creo... creo que yo también quiero llevar peluca cuando llegue el momento —digo con una media sonrisa—. A lo mejor no para dormir, eh. Pero creo que por la calle me sentiré más segura.

Mi madre asiente.

—Pues mira, cuando podamos, vamos a la peluquería y encargamos una peluca de pelo natural que se parezca a tu melena. Y así nos quedamos más tranquilas.

Es una sensación muy extraña, estar recibiendo la sangre de otra persona. Es mi primera bajada, necesito una transfusión de sangre y de plaquetas, y no puedo dejar de pensar en lo raro que resulta que este líquido rojo que pronto fluirá por mis venas pertenezca a otra persona.

No sé por qué, pero me da algo de miedo. Como si algo fuese a cambiar en mí o como si fuese a volverme menos yo. ¡Qué ilusa! Con cada gota, me voy sintiendo mejor y mejor, como si me hubiese detenido a descansar después de una larga carrera.

Creo que no era consciente al cien por cien de lo cansada que estaba, porque todo este subidón de energía que empieza a llenar mi cuerpo me coge por sorpresa. Cuando se termina la bolsa, es como si pudiese conseguir cualquier cosa. Por supuesto que el cáncer no va a poder conmigo. Estoy segurísima.

Me pregunto si la gente que dona sangre y médula se da cuenta de hasta qué punto está regalando vida.

Sonrío a mis padres, que están sentados conmigo. ¿Se me notará hasta en la cara lo mucho más fuerte y poderosa que me siento? Seguro que sí. No puede ser de otra manera.

—¿Sabéis qué? Mis ganas ganan. —Sus ojos se ponen más brillantes; hasta yo me siento emocionada por el peso de mis palabras y la gran verdad que esconden—. Mis ganas van a ganar. No tengo ninguna duda.

Así de simple surge. Solo es un día más en mitad de la bajada, pero sé que estas palabras se convertirán en mi amuleto, en mi lema de vida. Si he superado una bajada, podré superar todas las que vengan después. Si he superado tantas sesiones de quimio, por supuesto que podré con cualquier tratamiento al que tenga que enfrentarme. Mis ganas ganan, y cuando mi salud me lo permita, pienso tatuármelo para tener ese mensaje siempre en la piel.

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