Mis ganas ganan

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5. Las bajadas

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Capítulo 5

Las bajadas

A veces la vida es como surfear: tienes que esperar a la siguiente ola grande y tienes que aprender a bailar sobre ella.

Un par de días después se me empieza a caer el pelo de verdad. Reparo en ello cuando voy al baño. Al quitarme las braguitas veo algunos pelos sueltos... ¡¿Qué?!

Instintivamente me paso una mano por la cabeza. No hay manera de discutirlo; está clarísimo: si tiro, los mechoncitos se me quedan atrapados en los huecos entre los dedos. Sí, se me está cayendo.

Recobrando la respiración, cojo el teléfono y empiezo a grabar un vídeo para mi hermana.

—¡Hola, Emi! —saludo a la cámara, pasándome las manos de nuevo por la melena—. Parece que al fin me voy a volver una pelona con todas las de la ley.

Acerco los dedos al objetivo para que la cámara capte todos los mechones sueltos que acaban de caer.

Tras pulsar el botón de enviar, alzo la voz para avisar a mi madre, que está al otro lado de la puerta, esperando en la habitación.

—¡Mamá!

Cuando abre la puerta, se los enseño. Todos esos mechoncitos oscuros que se me quedan en las palmas cuando me paso las manos por el pelo.

Mamá, frunciendo los labios, me acaricia el brazo.

—No pasa nada, Elena, porque sabíamos que esto iba a pasar, ¿no?

Asiento.

—Pues cuando tú quieras y te veas preparada, pedimos cita para que te rapen, ¿vale? Pero solo cuando tú nos digas.

—Vale.

Digo eso pensando que ni de coña quiero despedirme de mi melena aún, que a lo mejor la caída será lenta y progresiva, que con un poco de suerte no se me notará mucho... ¡Ja! Al final no aguanto ni dos días. Recoger los pelos de la almohada o del suelo o notar cómo me hacen cosquillas en la espalda y en los brazos al caer resulta algo bastante más molesto de lo que pensaba y al final no me da tanta pena decirle adiós a la melena.

—Pues se lo decimos a las enfermeras y a ver si conseguimos que venga alguien a raparte —me dice mamá.

Y así es. Algo que no sabía pero ahora sí (y que quizá vosotros no sabíais pero ahora sí) es que los hospitales tienen peluqueros y es uno de estos el que viene a raparme el pelo.

Si os digo la verdad, no es un shock, raparme. Solo quiero deshacerme de esta sensación de incomodidad y, además, mis padres están aquí para apoyarme y distraerme.

—Hala, guapísima —me dice el peluquero sonriendo cuando acaba.

Me paso la mano por la cabeza. Es un tacto muy raro y también es raro que la chica que me mira en el reflejo del espejo no se parezca tanto a la yo que recordaba, pero no me veo mal.

«Ahora a pasarme un agua para librarme de una vez por todas de estos pelitos sueltos», pienso.

Ahí sí que me agobio. Al sentir el agua cálida sobre la piel y al escuchar cómo fluye, llevándose consigo todos esos pelos oscuros que ahora flotan en la mampara. Vuelvo a acariciarme la cabeza. De pronto sí que me da la sensación de que acabo de perder algo muy importante.

Pienso en que ahora todos se dará cuenta de que estoy enferma.

Pienso en que esto hace la enfermedad aún más real que antes.

Pienso... Sacudo la cabeza. No voy a dejarme vencer.

Al salir, algo debe de leer mi madre en la expresión de la cara, porque me abraza y me dice:

—¿Pues sabes que no estás nada mal? Así se te ve mejor esa cara tan bonita que tienes.

Mi padre, hasta ahora sentado en el sofá, se levanta y asiente.

—Estás preciosa, Elena —dice—. PRE-CIO-SA.

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