Mis ganas ganan
6. Un nuevo reflejo
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Capítulo 6

Un nuevo reflejo
El truco está en enfrentarte a lo que más miedo te dé y, poquito a poquito, lo imposible se volverá posible.
Lo primero que hacemos tras el alta de mi primera bajada es ir a la peluquería a la que mi madre ha encargado la peluca.
Durante toda la hospitalización, especialmente después de llamar al peluquero para que me rapasen, tenía la idea de la peluca en mente, como un objetivo. Cuando saliese del hospital, sería la nueva Elena. La Elena 2.0. O, bueno, la Elena 3.0, porque la Elena 2.0 es la que recibió el diagnóstico del cáncer y la que empezó todos los tratamientos.
Y ahora ha llegado el momento. Ahora el cáncer se hace un poquito más real. Y no tengo miedo. Estoy aquí para darle una patada en el culo y librarme de él para siempre.
—Pues aquí está la peluca —me dice la peluquera con una sonrisa, enseñándomela—. Espero que te guste, Elena.
Instintivamente me llevo la mano a la cabeza, cubierta con un pañuelo. La peluca es larga, lisa y con flequillo. Vista así, en la cabeza de maniquí, parece casi idéntica a la melena que he perdido, excepto que esta es algo más oscura.
—Bueno, ¿no te la pruebas? —me anima mi madre.
Asiento, y la peluquera me enseña cómo colocármela. Al ser una peluca natural, hay un par de pasos más que solo ponértela en la cabeza como si fuese parte de un disfraz de Carnaval. Hay que colocar bien los adhesivos, ajustar la gomita que va detrás... El objetivo es que no se note que lo que llevas es una peluca, pero cuando me miro en el espejo, algo frío me recorre el estómago.
Me veo muy muy rara. Pensaba que la chica del reflejo iba a ser idéntica a como era yo antes de la hospitalización y de raparme, pero no es así. Puedo darme cuenta a la perfección de que llevo una peluca. ¿Está muy conseguida? Indudablemente, pero sigo sin sentirme yo, Elena. Es... bueno, sí, es como si me hubiese puesto un disfraz. O como si estuviese jugando a ser otra persona.
El pelo daba muchísimo calor, además, puedo darme cuenta incluso ahora, en el interior de la peluquería. ¡Y cuando vives en Andalucía un extra de calor es casi lo último que quieres!
Sin embargo, sonrío. Esa es la clave. Sonreír siempre.
—Me encanta —le digo a mi madre, jugueteando con las puntas suaves de la peluca.
—Te queda como un guante —insiste la peluquera, pasándome los mechones delanteros de la peluca a la espalda, como si quisiera demostrarme que también se mueve como un pelo de verdad (quizá porque, bueno, está hecha de pelo natural).
No quiero que se sienta mal ni nada por el estilo, así que me esfuerzo por que mi decepción no se traslade a mi cara. Es una peluca preciosa y muy lograda, y apuesto a que ha costado una barbaridad. El problema son mis expectativas altísimas, nada más.
—No se te nota nada —me asegura mamá, casi como si pudiera leerme el pensamiento.
Frunzo los labios.
—¿Crees que la gente se dará cuenta de que estoy enferma?
Me llevo instintivamente la mano al Port-a-Cath al decirlo. Mi camiseta oculta el bultito en mi piel que indica que llevo un catéter. Mi peluca ocultará mi cabeza rapada. ¿Será suficiente? Porque a veces me siento un poco como si llevase un cartel gigante que dice «cáncer
» en letras enormes. Y luces. Como en Las Vegas.
Mamá me abraza para darme un beso en la mejilla que me deja el olor de su perfume en la piel.
—Para nada. Y si se notase, ¿qué? No pasa nada. Porque tú esto lo vas a superar.
Me muerdo el labio inferior, intentando no mirar a la peluquera y no pensar en cómo se me están encendiendo las mejillas. Todavía me siento un poco incómoda hablando del cáncer en público, principalmente porque no sabes cómo va a reaccionar la gente.
—Pues claro.