Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


7. Coleccionando experiencias

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Capítulo 7

Coleccionando experiencias

La risa es una de las mejores medicinas, estoy absolutamente convencida de ello. Incluso cuando tienes un día torcido en el que todo te sale al revés, si te enfrentas a él con una sonrisa hasta las dificultades parecerán más pequeñas.

Los días pasan y yo me voy encontrando bien. Me resulta curioso haberme acostumbrado a una rutina tan distinta, que esta vida excepcional de pronto sea la mía. Antes, mi mayor preocupación por la mañana temprano era decidir qué tipo de cereales iba a echarle a la leche o qué modelito me iba a poner. ¿Ahora? Ahora mi outfit diario incluye una peluca larguísima y cualquier top que cubra mi Port-a-Cath (¿Hay algo peor que tener cáncer? Sí, tener cáncer y que la gente se te quede mirando en la calle con expresión de «pobrecilla»).

Ya no tengo que apurar para ir a clase, casi atragantándome con el café, sino para ir al hospital. Y cada pocas semanas, indudablemente, llega una Bajada. Así, con mayúscula. Casi es como si la conociera, como una visita algo molesta que no sabe cuándo es hora de volver a casa.

Así que, cuando llega mi próxima bajada, estoy preparada. Preparo mi mochila, les mando un wasap a mis amigas y... ¡camino del hospital!

Al llegar a mi habitación, me encuentro con una sorpresa. ¿Mi compañera de este ingreso? Una niña llamada Helena. Helena tiene once años y, aunque nos llevamos bien, no se parece mucho a mí, ni físicamente ni a nivel de gustos y personalidad. Pero compartimos nombre (solo nos separa una letra) y, para colmo de males, diagnóstico. Eso complica muchísimo las cosas. ¡Imaginaos si por un error a Helena le dan mis plaquetas y a mí me dan su medicina! Menudo caos.

Por este motivo, tanto mis padres como los de Helena están ojo avizor cada vez que las enfermeras nos traen las bolsas. Sin excepción, y con la profesionalidad y la rapidez que el asunto requiere, se levantan de los sillones de las visitas, se acercan a las bolsas y las inspeccionan muy muy muy detenidamente. Casi parece que quieran comprar un coche nuevo y para ello deben mirar al vehículo muy de cerca para asegurarse de que no les dan gato por liebre.

—A ver, a ver... ¿qué dice tu bolsa? Helena con hache, muy bien, muy bien, todo correcto... —Pasan de la cama de Helena a la mía—. ¿Y la tuya? A ver, no vaya a estar equivocada... Elena sin hache, todo OK...

Así mañana tras mañana, tarde tras tarde, día tras día, hasta que las enfermeras se unen también a nuestra particular pantomima.

—A ver, esta bolsa es para Helena con hache —dicen, y deletrean el nombre como si estuviésemos en La ruleta de la suerte

—. H-E-L-E-N-A. Y esta otra es para Elena sin hache. E-L-E-N-A.

Pero los padres no están del todo convencidos.

—A ver, déjame comprobar. H-E-L... ¿De verdad que esto es una hache? Ah, sí, pues lo es. Muy bien, muy bien, procedan... ¡Espera, espera! La otra no tenía hache, ¿verdad?

—La otra no tenía hache, confirmado.

—Vale, vale, era solo por comprobar... continúen, continúen.

No podéis ni imaginaros lo gracioso que es.

—No te imaginas el tiempo que hacía que no me reía tanto —le dice mamá a una enfermera cuando el padre de Helena repite la pantomima por enésima vez.

A mucha gente le sonará raro ver esas dos palabras juntas, risa y hospital, pero os aseguro que van de la mano muchas más veces de lo que uno pensaría de buenas a primeras. Creo que todos en el hospital tenemos mucha necesidad de reír, desde los enfermos a los familiares y, por supuesto, todos los trabajadores del personal médico, que se vuelcan tanto en nosotros, así que jamás desaprovechamos una oportunidad para irrumpir en un buen ataque de risa. Y, de verdad, creo que la risa es curativa. Nunca me he sentido ni más enferma ni más cansada después de un ataque de risa, aunque sea de esos tan violentos en que se te tiñe la cara de rosa y se te saltan las lágrimas; todo lo contrario, tras un ataque de risa así, siento como si tuviese una energía nueva por dentro, como si acabase de cargar las pilas.

Por desgracia, la risa no hace que te suban más rápido los niveles (aunque a veces lo parezca físicamente), de modo que me quedo ingresada varios días más.

Un ingreso puede ser inmensamente aburrido, no os voy a mentir. Es posible hasta encontrar el límite de internet, y no es un límite divertido. Trato de pasar el tiempo mirando tiktoks y bombardeando de mensajes el grupo de WhatsApp que tengo con mis amigas, pero, claro, aquí la que está viviendo en una realidad paralela soy yo y ellas no me responden hasta la hora del recreo.

Ana

Eh, ¿cómo lo llevas?

Elena

Bien, aunque aburrida como una ostra, jajaja

Marta

¿Cuándo te dan el alta?

Elena

Cuando me digan, porque yo sola no me puedo ir

Pero ya me siento mejor

Unos pasos al otro lado del pasillo. Levanto la cabeza del móvil. Casi como si hubiese leído telepáticamente mi conversación con Ana y con Marta, uno de los oncólogos entra en mi habitación con un muñeco en la mano.

—Un pajarito me dijo que te gustaban los niños —dice, dando pasos hasta quedar delante de mi cama, y deposita el muñeco sobre el colchón, frente a mí.

Al verlo con más detenimiento, me doy cuenta de que es un bebé reborn.

Al contrario que en las películas y en las series, cuando estás ingresado no puedes salir de tu habitación y darte un garbeo por el hospital tan alegremente, lo cual es una pena, porque sí que es verdad que me encantan los niños y si pudiese ya habría hecho mil visitas al ala de los neonatos para ver a los bebés en las incubadoras.

—¡Pero qué pasada! —le digo al oncólogo, cogiendo al muñeco entre mis manos con la delicadeza de quien sostiene algo muy frágil y muy precioso.

—Es muy realista, ¿eh? —dice con una sonrisa orgullosa, casi como si él fuese el creador de los muñecos reborn

—. Sabía que te gustaría.

Es bastante difícil de creer si nunca has visto uno, pero os aseguro que los reborn

son idénticos a los bebés de verdad. Vamos, que quitando la falta de calor corporal, nada parece indicar que se trate de un muñeco. El pelo, las mejillas sonrosadas, las arrugas, la expresión de la cara, las venitas... todo es tan realista que me da la sensación de que lo escucharé romper a llorar de un momento a otro.

No sé por qué, me emociona, y no quiero echarme a llorar delante del oncólogo, de modo que recompongo la postura y, con una sonrisita pícara, pregunto:

—Oye, no tendrás más noticias para mí, ¿no?

Alza las cejas.

—¿Noticias?

Me muerdo el labio inferior.

—¿Sabes cuándo me dan el alta?

—Pues no, pero puedo preguntar por ahí. —Me guiña el ojo—. Parece que ya te encuentras bastante bien, ¿no?

Asiento.

—¡Sí! Con energía para parar un cañón.

Para ilustrar mi afirmación, flexiono el brazo, lo que hace reír al oncólogo.

—Entonces seguro que tus niveles no tardarán en subir —me asegura—. Aguanta un poquito más, ¿eh? —Se inclina para recoger el muñeco de la cama—. Ahora voy a presentarle a nuestro amigo al resto de los chavales.

—Vale, ¡pero si está buscando un nuevo dueño no te olvides de mí!

Ríe, despidiéndose de mí con la mano a medida que se aleja, su espalda es cada vez más pequeña hasta que desaparece.

Es solo cuando ya no puedo verlo que me permito sentir todo lo que llevo dentro. Suspiro, apoyando la cabeza entre las rodillas. Cuando estás ingresado, cada día cae sobre el anterior, y al final su peso combinado puede abrumarte.

«Aguanta un poquito más», me digo, repitiendo las palabras del oncólogo

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