Mis ganas ganan
8. Caras nuevas
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Capítulo 8

Caras nuevas
A medida que vas dando pasitos, todo aquello que te resultaba imposible se convierte en aquello que haces mejor.
Me dan el alta tras esa bajada un par de días después, y me sorprende lo natural que me resulta el volver a casa y continuar con los ciclos de quimio y las pruebas médicas como si no hubiese pasado nada.
Lo cierto es que, cuando tienes cáncer, el hospital se convierte en tu segunda casa, y no tardo mucho en volver a pisarlo, esta vez para que me den los resultados de una analítica. Por lo general, reconozco bastante bien las caras que me rodean (una de las ventajas de ser una paciente crónica, supongo), pero esta mañana me sorprende ver una nueva en la sala de espera.
Se trata de una chica más o menos de mi edad. Está apoyada con la espalda contra la pared y tiene el pelo muy cortito, lo que hace que los rasgos de su cara parezcan más afilados, como si estuviese en HD
. Le da aires de modelo o de cantante rock y me pasa esa cosa que ocurre cuando ves a alguien por primera vez y sientes la necesidad imperiosa de conocerlo y entablar amistad. Como un flechazo, pero platónico.
—Y tú, ¿cómo te llamas?
La chica alza las cejas. Tiene los ojos muy bonitos y brillantes.
—Irene, ¿y tú?
—Elena —decido tomármelo a broma—. ¿Y qué hace una chica como tú en un sitio como este?
Irene suelta una carcajada.
—Pringar, supongo. Tengo un osteosarcoma. ¿Tú?
—Yo un sarcoma también —respondo—, pero de Ewing. Está en la pelvis.
Una de las comisuras de Irene tiembla hasta formar una media sonrisa.
—Pues qué putada, ¿no?
Le devuelvo esa sonrisita pícara.
—Una putada enorme.
Intercambiamos un par de palabras más (una sala de espera no es el lugar más idóneo para mantener una conversación larga), pero inmediatamente sé que me cae bien y que seremos buenas amigas. Lo siento en los huesos.
—Oye —le digo, sacándome el móvil del bolsillo trasero de los vaqueros—, ¿te importa si te doy mi número? No conozco a tanta gente de mi edad en el hospital, ya sabes.
Irene alza las cejas, sus ojos son enormes e incluso más brillantes que antes.
—¡Pues claro! —coge mi móvil para guardar su número; puedo ver como sigue sonriendo mientras teclea—. Hazme una perdida y me guardo tu contacto, ¿vale?
Alzo los pulgares.
—¡Perfe!
—¿Y tienes Instagram? Así te sigo.
Le digo el nombre de mi cuenta. Irene, con la gracia de una bailarina, me devuelve el móvil y saca el suyo de la bolsa de tela que cuelga de su hombro. Tras buscarme en la aplicación, sacude cabeza.
—¡Te tengo! —dice, y su sonrisa se vuelve más amplia y más luminosa—. Pues ya estamos conectadas, ¿no?
—Sí.
Me humedezco los labios, preparándome para agregar algo más, pero una enfermera entra en la sala y llama a Irene por su nombre. Mi nueva amiga da dos pasos hacia ella y se gira para mirarme por encima del hombro.
—¡Nos vemos por ahí, Elena!
—¡Nos vemos! —le respondo—. Encantada de conocerte.
Sigo encontrándome con Irene en los pasillos durante las semanas siguientes. Los encontronazos nunca duran lo suficiente como para tener una gran-conversación-de-las-que-hacen-historia, pero al menos podemos detenernos a charlar un poco y a preguntarnos cómo estamos llevando el tratamiento.
¿En mi caso? Sigo más o menos igual, creo. Mi tratamiento está siendo una danza extraña de sesiones de quimio y bajadas, sesiones de quimio y bajadas. Hasta ahora, todas las predicciones que hizo Nacho aquel primer día en su despacho se han cumplido. Me relaja, casi. Cuando estoy tan centrada en la rutina y en los pequeños pasos (una sesión más, un ingreso superado), no pienso en la parte mala del cáncer, la parte mala sigue siendo el miedo.
¿Esto va a afectarme toda la vida? ¿Voy a poder volver a mi normalidad cuando se acabe? ¿Cómo voy a conseguir retomar los estudios, puesto que ahora llevar el curso al día se me está haciendo tan cuesta arriba?
Ana, Marta, María Dlr y María L me ayudan con los deberes, y también los profesores, que me conocen desde hace cinco años, cuando empecé en este instituto. Pero digamos que una habitación de hospital no es el lugar más inspirador para escribir un trabajo de historia, por ejemplo. Y, por supuesto, las hospitalizaciones interminables no son supercompatibles con poder asistir a todos los exámenes y los controles de tercero de la ESO
.
¿El resultado? He pasado de llevar los estudios decentemente bien pero estar muy verde en el cáncer, a ser casi una veterana del cáncer que las está pasando canutas para no perder el curso.
No me doy cuenta de hasta qué punto me he convertido en una de las veteranas hasta que llega una niña nueva a la planta.
Es abril, en mi cabeza solo tiene cabida la Feria (que se acerca a pasos agigantados) y hay una nueva paciente en el Virgen del Rocío.
Es solo un par de años más joven que yo, sus catorce frente a mis dieciséis, y conozco a su madre antes que a ella.
Ya os he contado que me encantan los niños. Muchos adolescentes con cáncer se quejan de estar en un punto «entre medias»; son demasiado jóvenes para estar ingresados en el hospital con los adultos, pero no tienen nada en común con los niños pequeños del ala pediátrica y les parece un coñazo tener que compartir habitación con ellos. Aunque los entiendo y a veces me gustaría que hubiese más chavales de mi edad con los que hablar, yo no pienso así. A mí me encanta hablar con los niños y jugar con ellos, sobre todo cuando tengo tiempo entre tratamientos para ir al «cole», una sala del hospital donde podemos hacer dibujos, manualidades...
Creo que la madre de la niña nueva se debe de fijar en esto, porque me para al salir del cole y me dice:
—Disculpa si te parece algo raro, pero hace un par de días que te veo por aquí, hablando con los niños y haciendo manualidades, y me pareció que llevabas muy bien la enfermedad. —Se humedece los labios; va sin maquillar y se le notan las arruguitas de la preocupación—. ¿Te importaría ir a charlar con mi hija? Hace poco que la han diagnosticado y está muy de bajón. No quiere ni salir de su habitación ni ponerse el pijama del hospital y no habla ni conmigo ni con mi marido. Si no te apetece no te preocupes, pero he pensado que quizá le vendría bien tener una amiga que esté pasando por lo mismo que ella.
Alzo las cejas.
—¡Claro! Ojalá hubiese conocido yo a alguien que me lo hubiese explicado todo cuando me diagnosticaron. ¿Cuál es su habitación?
—La diecisiete.
Le hago el gesto de los pulgares en alto.
—¡Pues sin problemas! Espero que quiera hablar conmigo...
Llamo a la puerta, que está abierta, antes de entrar. La niña nueva no tiene compañera de habitación; está tumbada en su cama, deslizando el dedo por la pantalla de su móvil, y arquea una ceja al verme en el umbral.
—Hola, ¿puedo pasar?
Se encoge de hombros.
—¿Qué eres, una voluntaria o una psicóloga?
Me entra la risa tonta. A mí me parece evidente que mi peluca se parece muchísimo a una peluca y que mi palidez solo puede ser causa de una enfermedad, pero a lo mejor los demás no piensan en esas cosas cuando me ven.
—Qué va, si yo también soy paciente. Estoy aquí al lado, en la habitación catorce. —Señalo el sofá de la visita con un gesto de la cabeza—. Oye, ¿te importa que me siente ahí? Es que estoy en mitad de un ciclo y, bueno, ya sabrás que no es exactamente la cumbre de la diversión... la quimio te deja un poco tocada.
Pone los ojos en blanco, lo cual decido tomarme como una respuesta afirmativa. Además, es verdad que necesito sentarme a recobrar el aliento. He caminado de mi habitación al cole y del cole a la habitación de la niña nueva, y eso es mucho caminar.
Como ella no dice nada más, agrego:
—Me llamo Elena, por cierto.
Le tiendo la mano, que ella me estrecha sin muchas ganas. Me doy cuenta de que está intentando deliberadamente no mirarme a los ojos.
—Erika, catorce años, leucemia.
Suelto una risita. Al menos eso explica la falta de compañera. A los pacientes de leucemia casi nunca les ponen compañeros. La enfermedad les toca muchísimo el sistema inmune, y entonces es más fácil que se contagien de cualquier cosita que para una persona sana sería un paseo por el parque pero que en ellos puede complicarse.
«Tener leucemia debe de ser muy solitario —pienso— por lo menos yo puedo charlar con la compañera de la cama de al lado».
—Saca una foto; durará más —sisea Erika, chascando la lengua.
Sacudo la cabeza.
—Lo siento. Estaba pensando que qué bien conocer a una adolescente más. La mayoría de los pacientes aquí son...
Erika no me deja continuar. Con un mohín, agrega:
—Pues a mí estar aquí no me parece una delicia, qué quieres que te diga.
Aprieto los labios, hay un fuego haciéndome cosquillas en la boca del estómago.
Entiendo a Erika, en el fondo. Tener cáncer es una puta mierda de las grandes. Nunca se me ocurriría contestarle mal a alguien, principalmente porque sé que si hay algo peor que tener cáncer es tener a un ser querido con cáncer, pero muchas veces he sentido la tentación de dejarme llevar por la rabia y por la ira que burbujean dentro de ti cuando estás enfermo y tu vida es una batalla constante.
Y aunque una parte de mí desearía contestarle a Erika igual de mal, otra parte, más poderosa, recuerda lo sola y lo asustada que me sentí cuando me diagnosticaron hace solo tres meses.
—Dieciséis años, sarcoma de Ewing —me presento.
Erika me mira con el rabillo del ojo.
—Entonces, ¿eso es una peluca o tu pelo natural?
—Peluca, peluca —digo, enroscando el índice en un mechón.
Luego, porque sé que la ayudará, me la quito. Aunque llevo ya unas semanas pelona, todavía me da bastante corte enseñar la calva en público y noto cómo se me enrojecen las mejillas. Decido ignorarlo. Si en enero alguien hubiese entrado a mi habitación y me hubiese contado todo lo que me iba a pasar y cómo iba a ir superándolo... eso me parece bastante más importante que la vergüenza o el miedo.
—Mi madre y yo fuimos a encargarla a una peluquería —le digo, ofreciéndosela—. Puedes cogerla si quieres. —No quiere—. Nuestro plan era que se pareciese lo máximo posible a mi pelo de verdad, pero creo que se nota bastante que es una peluca. No hace mucho que la llevo.
Puesto que Erika no tiene mucho interés ni en tocarla ni en mirarla, vuelvo a ponérmela en la cabeza.
—Está muy... lograda —murmura entonces, casi más para ella misma que para mí.
—Ya, creo que ese es el problema. Pensaba que con ella iba a verme exactamente igual que antes, pero no.
—Como si llevaras un filtro de Instagram.
—¡Exacto! Como esos que parece que solo cambian los colores pero que después te das cuenta de que además te alteran el físico. Es como si te parecieses muchísimo a ti misma pero al mismo tiempo fueses otra persona. —Le echo un vistazo; sigue tirada en la cama y mirando al móvil, los nudillos tan apretados que se le han vuelto blancos—. Oye, ¿eso es algo que te agobia? ¿Lo del pelo? Porque a mí sí que me agobiaba.
Se encoge de hombros una vez más.
—Bueno, no es que quedarse calva a los catorce sea un sueño cumplido, si te digo la verdad.
Está enfadada con el mundo, y comprendo perfectamente por qué. Que te diagnostiquen cáncer en la adolescencia es muy muy muy injusto. A lo mejor, si no tuviese tanto apoyo de mi familia y de mis amigos, o si Nacho no fuese un oncólogo tan cariñoso, yo también me comportaría como Erika.
—Es una putada enorme —le digo—, pero se hace más fácil con el tiempo. Te lo prometo. A mí al principio me daba todo muchísimo miedo, hasta que me hicieran una transfusión de sangre. Y no es que ahora sea una experta ni nada. Todavía hay cosas que me dan pánico, pero sé que las acabaré superando, como superé las primeras bajadas y los ciclos más jodidos de la quimio. Y tú vas a superarlo todo también. Estoy convencidísima.
Erika asiente. Quizá ahora mismo no es mi persona favorita del mundo, por ponerlo de alguna manera, pero sé que más adelante seremos amigas. Hay ciertas cosas que no puedes vivir junto a otra persona sin que vuestra relación se estreche, y el cáncer es una de ellas.