Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


9. Momentos

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Capítulo 9

Momentos

Al final del día te quedas más con los momentos que hacen que tu corazón palpite más rápido y menos con los momentos que te cortan la respiración.

Al final de la semana tacho un día más en el calendario.

—Eh, ¿sabes qué día es hoy? —le digo a la enfermera que pasa a tomarme la temperatura.

Es joven, rubia, y sonríe al verme.

—¿El día en el que te dan el alta si este cacharrito —señala el termómetro con la cabeza antes de colocármelo en la axila— se comporta?

Alzo el puño del otro brazo en alto.

—¡Exacto! Y mañana, la Feria de Sevilla.

Ella ya debe de saberlo, por supuesto, puesto que no puedes vivir aquí e ignorarlo, pero finge muy bien y se hace la sorprendida.

—¿Qué dices? ¿Y vas a ir?

—¡Eso espero! Quedar he quedado con mis amigos de clase. ¿Quieres ver mi vestido?

—¿Que si quiero? ¡Eso no se pregunta dos veces! ¡Vamos!

Le doy la vuelta al móvil (hasta ahora reposando sobre mi muslo derecho), desbloqueo la pantalla y deslizo a través de mis últimas selfis (fruto del aburrimiento hospitalario) hasta encontrar una foto del vestido: es rosa, de florecitas, con los flecos fucsia y, la última vez que me lo probé, se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel. (¡Espero no haber perdido peso durante el ingreso!)

—¡Hala, pero qué preciosa! —exclama la enfermera.

Sonrío.

—Gracias. —Giro la cara para dirigirme al termómetro, al que señalo con dos dedos—. Así que más te vale portarte bien.

La enfermera estalla en una carcajada genial. Cuando el termómetro pita, tarda dos segundos más de lo normal en comunicarme el resultado.

Siento algo frío chapoteando en mi estómago. ¿Y si me ha subido la fiebre? ¡Con lo que me gusta la Feria! Sin embargo, cuando la enfermera se acerca de nuevo a mí, es para darme una palmadita en la espalda.

—Pues parece que te ha hecho caso, ¿eh? Ahora ¡a disfrutar de la Feria!

Mi sonrisa crece y crece y crece.

—¡Muchas gracias! Y el mes que viene es mi cumple, ¿sabes? —indico a mi pelvis, donde está el tumor, con los mismos dos dedos—. Así que más te vale a ti que te comportes también. Ya me has quitado demasiado.

La enfermera se marcha entre risas.

—¡Espero no verte por aquí demasiado pronto, Elena!

El día de la Feria, eso que se dice es absolutamente verdad: Sevilla tiene un color especial. De la Feria me gusta todo. Las luces de colores que brillan tan fuertes en mitad de la noche. La música tan alta que puedes sentirla hasta en los huesos. Los olores de la comida y las sonrisas de la gente. De la Feria me gustan hasta los turistas que les sacan fotos a las chicas que llevan sus trajes de flamenca.

—¡Eh, pero si es la chica más guapa de Sevilla! —me gritan Ana, Marta, María Dlr y María L al llegar a mi casa, y se abalanzan sobre mí para abrazarme.

Pongo los brazos en alto para enseñar más mi vestido, y hasta me doy la vuelta para que lo admiren mejor. Por fortuna no he perdido peso, porque me queda tan bien como siempre. ¿Y sabéis qué? ¡Me siento fenomenal!

Al encontrarnos con el resto de los colegas de clase, en la Feria, siento que mi cuerpo se llena de una energía increíble, como un tsunami.

—¡Venid, que quiero una foto con todos! —digo, alzando el móvil todo lo que puedo.

La Elena que me sonríe desde la pantalla se parece más que nunca a la Elena de antes de enfermar. Con mi rosa en la peluca, mis pendientes, mis zapatos de tacón y mi increíble vestido, me siento capaz de conquistarlo todo, cáncer incluido.

Aunque acabo de recibir la quimio, no me siento tan fatigada como de costumbre, y ni siquiera tengo ese mal sabor de boca que te deja el tratamiento. Hasta tengo hambre, y mientras bailo con mis amigas, empiezo a echar un ojo a los puestos de comida, preguntándome qué me apetecerá cenar hoy...

El fin de semana después de la feria ya estoy un poco más perjudicada, pero no dejo que me estropee los planes. ¡Hoy me voy a la playa con mi padre y con Emi!

Aunque ir a la playa puede parecer lo más natural del mundo cuando vives en el sur y no muy lejos de la costa, el asunto se complica cuando tienes cáncer. Los médicos solo me dejan ir por la tarde, cuando el sol ya no es tan fuerte, porque el tratamiento te deja la piel muy sensible y, además, no quieren arriesgarse a que tenga una insolación o que me deshidrate... ¡Con el calor que hace en Andalucía! Pero también sé que no hay nada más bonito que las playas de Huelva, sobre todo a esta hora del día, cuando hay menos gente, y el sol, que se aplasta como una naranja en el horizonte, lo tiñe todo de dorado.

Durante todo el trayecto, vamos cantando a pleno pulmón, como cuando era pequeña y las vacaciones de verano parecían eternas. Manuel Carrasco, India Martínez, Alejandro Sanz, Vanessa Martín... todos nuestros artistas favoritos, que ahora me saben a salitre y a sol.

Al llegar, Emi y yo bajamos a pasear por la orilla, sintiendo el agua fresquita entre los dedos de los pies, mientras papá aprovecha esos últimos rayitos tan cálidos desde la toalla. Corre una brisa bastante agradable, sobre todo para el clima al que estamos acostumbrados en el sur, pero aun así la peluca me está molestando muchísimo. Noto cómo el sudor me baja desde el cuero cabelludo hasta la nuca, y cómo recorre después mi espalda, dejándome la piel pegajosa a su paso.

Desde que la tengo, la peluca solo me la quito cuando estoy en casa, y me da bastante vergüenza que los desconocidos me vean la cabeza rapada. A veces es complicado hasta con la familia. Una vez, a las semanas de raparme, me quité la peluca al entrar en casa de mi tía y mi prima pequeña, Candela, tuvo un shock tremendo. Ya sabía que estaba enferma, claro, pero verme así, sin nada de pelo, le impresionó bastante y tardó un rato en sentirse cómoda conmigo.

Así que, aunque estoy empapada en sudor, me quedo con la peluca puesta e intento pensar en otra cosa, como en perfeccionar las poses que hago para las fotos que Emi me está sacando para Instagram.

—Ahora una de espalda —me dice, y me paso una mano por la melena para pasarla toda por el hombro y sentir el viento templado en los omóplatos.

Se me pone la piel de gallina. Es agradable. Casi demasiado agradable. Me pregunto cómo se sentirá esta misma brisa contra mi cabeza rapada.

Me muerdo el labio inferior.

—Oye, ¿Emi?

—¿Sí?

—¿Crees... crees que debería quitarme la peluca?

Emi alza las cejas hasta que se le dibujan unas arruguitas en la frente.

—¡Pues claro! Así estarás más fresquita. Ojalá pudiera quitarme yo esta melena un par de minutos al día, sobre todo con esta calor...

Suspiro.

—Buf, pero es que me da muchísima vergüenza.

Emi me propina un empujón cariñoso.

—¡Pero si no hay casi nadie!

Señalo a la otra familia que está en la playa con un gesto de la cabeza disimulado.

—¿Y si se me quedan mirando?

—Pues si se te quedan mirando será porque eres la chica más guapa de la playa. Venga, ¿qué más da?

Le dirijo una mirada furtiva a la otra familia. Los niños están un poco más cerca de nosotras, donde la arena ya está húmeda, jugando a hacer castillos. Los padres están algo más alejados, él tomando un helado y ella, como papá, intentando aprovechar estos últimos minutos de sol... cada uno a lo suyo, en sus propios mundos privados.

Trago aire.

«En esta vida hay que ser valiente», me recuerdo.

—Tienes razón —le digo a mi hermana mientras, con mucha lentitud, vacilante, me quito la peluca—. ¿Qué más da? Si yo también me gusto así.

Al subir a la arena, donde está papá, ya está empezando a oscurecer. La otra familia recoge sus cosas, y en general todo parece moverse con más calma y lentitud. Aunque suene extraño, durante un ratito hasta se me olvida que me he quitado la peluca. Me siento completamente yo y completamente libre, nada más, y no pienso en mi aspecto hasta que papá se levanta, sonriendo, y se me queda mirando embelesado.

—¿Qué? —pregunto, llevándome por instinto la mano a la cabeza.

Siento la piel de mi cráneo contra la palma y me entra la risa tonta.

—Ah, ya, es que me molestaba muchísimo con la calor.

—Y estás preciosa —me dice papá, acercándome a él para darme un beso en la mejilla—. No sabes cómo me alegro de verte tan bien y tan contenta.

Sonrío.

—Claro, ¡es que al final este va a ser mi año! Estoy manteniendo el cáncer a raya, al menos hasta que pase mi cumpleaños.

—No esperaba menos —coincide papá, haciéndome cosquillas en la cintura—. Y tu cumpleaños va a ser perfecto. Ya lo verás.

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