Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


10. Feliz cumpleaños

Página 12 de 40

Capítulo 10

Feliz cumpleaños

La vida está hecha de pequeños momentos.

Puedes llevarlos todos contigo, como si los metieras dentro de un gran bolso, hacer una montañita con ellos... tu colección particular de momentos pequeños que se acaban convirtiendo en algo muy grande, muy grande.

21 de mayo, mi diecisiete cumpleaños. Nací en 2002, bajo el signo de Géminis, los gemelos. Durante toda mi vida he pensado que no tengo demasiado que ver con mi signo astrológico; mi alma gemela no está dentro de mí, es Emi, mi hermana mayor. Tras el cáncer... bueno, tras el cáncer a veces sí que me siento como si viviesen dos personas dentro de mí, sobre todo cuando vuelvo a pasar tiempo en casa tras una hospitalización. Es como si bajo mi piel se encontrasen las dos Elenas: la de antes, que solo quería pasárselo bien sin angustiarse demasiado por el futuro, y la de ahora, que ha pasado por cosas por las que nadie debería pasar a los dieciséis años.

Mi cumpleaños, al igual que la Feria, es un poco como si la Elena de ahora le hiciese sitio a la Elena de antes. Como si durante unos días o unas horas pudiese olvidarme del cáncer y de la quimio y centrarme únicamente en todas las cosas buenas del presente.

El día 20, la familia de mi madre y yo hacemos una gran celebración de precumple. Vienen todos: Emi, mis primos y mis tíos... toda la casa está llena de esas personas que tanto me quieren celebrando mi primer cumpleaños tras el diagnóstico, el cumpleaños que vamos a celebrar con más rabia, soplando las velas para desear que la curación llegue pronto. Una vez le oí decir a una chica mayor que los diecisiete son el mejor año, porque tus padres confían muchísimo más en ti y te dejan hacer casi todo, pero todavía no tienes muchas de las responsabilidades que vienen con la mayoría de edad. Tal vez a mí me han venido unas responsabilidades nuevas muy pronto en la vida, responsabilidades y miedos que no le desearía a nadie, pero mis diecisiete van a ser los años en los que le daré la patada al cáncer. Lo tengo clarísimo.

Al día siguiente (mi verdadero cumpleaños) me despierto algo cansada tras la fiesta familiar, pero llena de ganas de seguir celebrando con mis amigos de clase, como si nada hubiese cambiado y nuestra mayor preocupación fuese pasar ese examen, que nuestros padres nos dejen ir a esa fiesta o que esa persona se fije por fin en nosotros.

Mis amigas llegan a la hora de la cena y nos pasamos toda la noche celebrando en mi patio, comiendo pizza casera y bebiendo cócteles made at home

(los míos sin alcohol, claro, porque estoy con la medicación y lo último que me apetece es acabar hasta arriba en Urgencias en mitad de mi fiesta). Solo hablamos. Hablamos de todo y de nada y nos sacamos fotos y hacemos el tonto en Instagram y nos ponemos al día con nuestras vidas, pero solo centrándonos en las cosas felices. Nadie comenta nada sobre el tratamiento o la enfermedad; solo hacemos planes y promesas. ¡Este año va a ser nuestro año!

A la semana siguiente, cuando ya no me espero más celebraciones (el problema de cumplir a finales es que no puedes alargar tu mes de cumpleaños mucho más), Emi se me acerca y me dice:

—A ponerse guapa, que te llevo a cenar por Sevilla y no vas a aparecer en chándal, que me dejarías quedar mal.

La quimio no me está jodiendo mucho y estoy de buen humor, así que le guiño un ojo y le digo:

—¿Y si me arreglo y te dejo quedar mal con mi belleza?

—No te emociones —me contesta, pero su comisura ya tiembla hasta formar una sonrisa.

Conteniéndome la risa, voy a mi habitación a arreglarme. Con el avance del tratamiento, se me está cayendo aún más el pelo. Uno podría pensar que los problemas de calvicie se acaban una vez te rapas la cabeza, pero uno se estaría olvidando de que hay muchos más lugares de nuestro cuerpo en donde crece el pelo. En particular a mí se me empieza a notar muchísimo la pérdida en las cejas y las pestañas.

Al principio este cambio me agobió mucho. ¡No quiero parecerme a Don Limpio ni nada parecido! Ahora estoy aprendiendo a verle la parte positiva, la parte positiva teniendo a mi nuevo amor, el maquillaje.

Todo el proceso de dibujarme la raya de los ojos, de pintarme las cejas y de combinar el labial y el colorete con el outfit me relaja muchísimo. Es como un momento en blanco en el que estoy a solas con mis pensamientos. Además, me gusta la idea de poder cambiar de imagen cada día, de presentarme frente al espejo, coger mis colores y pintar por encima de la enfermedad.

Cuando estoy lista (mi peluca perfectamente peinada, mi cuerpo enfundado en mi vestido azul favorito), salgo y le digo a Emi:

—¿Qué, te voy a dejar mal o qué?

—Pues un poco sí, porque solo te has pintado un ojo.

—¡¿Qué dices?!

Me vuelvo hacia el espejo de la entrada, pero lo único que veo son mis dos ojos, los dos maquillados, y a mi hermana riéndose detrás de mí.

—Anda, vamos, que perdemos la reserva.

Los labios de Emi siguen temblando mientras bajamos las escaleras, como si tratase de contener una risotada. Cuando llegamos a la calle, comprendo qué ocurre realmente...

Ana, Marta, María Dlr y María L están aquí, todas tan arregladas como yo y con una sonrisa enorme en la cara. Pero esta sorpresa no es nada comparada con la SORPRESA con mayúsculas que hay detrás de ellas.

—¡Una limusina!

Emi me abraza por detrás.

—¡Feliz cumpleaños, gordi! Ahora, ¿qué? ¿Vas a subir o qué?

—¡Eso no se pregunta dos veces! ¿Tú te vienes?

—Hoy no. ¡Hoy la noche es vuestra! A comeros la ciudad, ¿vale?

—¡Vale!

Es una limusina blanca, gigantesca y brillante, como las de las películas americanas. Por dentro está iluminada en tonos de azul, rosa y violeta, y estos colores caen sobre nosotras como magia, una magia que tinta todas las fotos que sacamos.

—¡Feliz cumpleaños, Elena! —chillan mis amigas cuando el chófer arranca.

Ponemos la música todo lo alta posible y bailamos mientras bebemos refrescos. Reímos, reímos, reímos sin parar, casi tanto como yo el primer día de la quimio. Entre canción y canción, le hago una videollamada a Emi.

—¿Tan rápido te has aburrido de la limusina? —ríe al contestarme.

—Ah, cállate. Solo llamaba para decirte que eres la mejor hermana mayor del mundo —le digo.

—Ya lo sé —sonríe—. Y que no se te suba a la cabeza, pero tú también eres la mejor hermana pequeña del mundo, peloncita.

La limusina se para frente a un restaurante (¡al menos esa parte de la excusa de Emi es verdad!) y cenamos allí las cinco. ¡Nos ponemos las botas! Tanto que por un momento pienso que no vamos a caber en la limusina...

Papá tenía razón. He tenido el decimoséptimo cumpleaños perfecto, y lo mejor de todo es que me ha llenado el cuerpo de energía para seguir peleando contra la enfermedad. Nada conseguirá pararme los pies.

Ir a la siguiente página

Report Page