Mis ganas ganan
11. Cambios
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Capítulo 11

Cambios
Piensa que va a pasar lo mejor,
pero prepárate para lo peor.
En junio termino los seis primeros ciclos de la quimioterapia, los más agresivos y los que más efectos secundarios me van a dar. Este final trae consigo una decisión importante que tomar: ¿Van a operarme para extraerme el tumor o, por lo contrario, van a darme radioterapia?
No saber lo que te espera a continuación es una de las partes más desquiciantes del cáncer. Me da un miedo horrible pasar por una operación larga, naturalmente, aunque la idea de que me quiten esta cosa que está dentro de mí, este cúmulo de células que no deja de crecer y que amenaza con lastimarme, también me resulta muy atractiva. Claro que la radioterapia significa más semanas, más meses de tratamiento. Sé que este será un tratamiento más dulce que la quimio, más benévolo, con menos efectos secundarios negativos.
Pero, aun así, es una tortura. Los nervios de no saber cuál será mi futuro burbujean dentro de mí, en mi barriga, y me hacen querer gritar. Intento acallarlos subiendo mi música al máximo, pero ni todas las canciones del mundo podrían acallar mis miedos más profundos.
¿Habrá funcionado el tratamiento? ¿Cuánto tiempo me queda antes de estar bien? Estas preguntas revolotean en mi cabeza y me vuelven loca. Son tan persistentes que, hasta cuando me quedo dormida, sueño con hospitales y con batas blancas.
Mi traumatólogo nos comunica la noticia al día siguiente. Más bien se la comunica primero a papá y a mamá, que entran en el despacho antes. Emi y yo estamos fuera, temblando como hojas y haciendo el paripé de intentar escuchar a través de la puerta (no escuchamos nada en absoluto).
Cuando salen, el traumatólogo nos hace señales a mi hermana y a mí para que entremos. Al traumatólogo no se le pueden leer muchas cosas en la cara, lo cual es un alivio. A veces, durante una prueba, intentas adivinar en la expresión de los técnicos si han visto algo raro, y estos pensamientos obsesivos pueden angustiarte muchísimo sin motivo.
Pero el traumatólogo solo se sienta y nos dice:
—Elena, tras estudiar el avance de la enfermedad y la respuesta al tratamiento, hemos decidido optar por una radioterapia agresiva que siga atacando al tumor.
Aprieto la mano de Emi. Ahora que lo sé, me siento un poco decepcionada de que no vayan a quitarme el tumor enseguida. Es una sensación muy extraña, pensar que tienes un cúmulo de células dentro de ti que quieren matarte. Que son parte de ti, como tus manos o tus ojos, pero que te están haciendo daño. Es difícil pelear cuando el enemigo está en tu interior y hecho de pedacitos de ti.
Pero la voz y la cara del traumatólogo también me llenan de confianza. Sé que nunca tomaría una decisión que no fuese la mejor para mí, y si esto significa más hospitalizaciones y más tratamientos... bueno, es una putada, pero estaré preparada. Voy a seguir siendo fuerte como hasta ahora. Si he superado los seis ciclos de quimio, la radioterapia no va a poder conmigo, por muy agresiva que sea.
—Entonces, no me operáis, ¿no? —pregunto.
Como con el diagnóstico, sé que todo será mucho más fácil para mí si me lo explican lo más claramente posible, sin omitir ninguna información.
El traumatólogo ladea la cabeza.
—Para extirparte el tumor no —dice—, pero sí vas a tener que someterte a una intervención.
Una fina arruga se dibuja en la frente de Emi, entre las cejas. El doctor no nos hace esperar más por una aclaración.
—Como tienes el tumor en la pelvis, vamos a tener que radiar esa zona, como he dicho, de una manera bastante agresiva. Como tu ovario derecho está muy cerca de esa zona, vamos a someterte a una pequeña operación para colocarlo junto al izquierdo. Así no nos arriesgamos a que se radie ese ovario y pierdas la fertilidad.
Tomo aire. Acabo de cumplir diecisiete años, ¿cómo vamos a estar hablando de estas cosas? O sea, que al contrario de lo que Anatomía de Grey
pueda sugerir, los hospitales no son el lugar más sexy del mundo. Con toda la movida del cáncer, tampoco tengo mucho tiempo como para pensar en el sexo, y mucho menos en un futuro en el que podría quedarme embarazada...
Pero, de alguna manera extraña e incomprensible, hablar de estas cosas también me llena de optimismo. Al pensar en esa Elena de dentro de diez o quince años que se está preparando para tener a su primer hijo veo más claro que nunca que le ganaré la batalla al cáncer.
Cuando estás en mitad del tratamiento, parece que esta batalla no vaya a terminarse nunca, pero saber que los médicos están peleando tan duro para que mantenga mi fertilidad de cara al futuro me da todas las esperanzas que necesito. Voy a resistir y voy a hacerlo por esa Elena del futuro, que vivirá una vida completamente normal y sin cáncer.
—No te preocupes, será una operación corta y rutinaria —insiste el traumatólogo ante mi silencio—. Tendrás algunas molestias en la zona un par de días después, pero nada más. Nada que no puedas soportar.
Tuerzo los labios en una sonrisita. Esto es un palo de los grandes, pero lo mejor será tomárselo a la ligera, sobre todo por mis padres. Además, ¿cuántas chicas de diecisiete años pueden decir que tienen dos ovarios izquierdos?
«A la vida hay que echarle dos ovarios —pienso—. Y en mi caso, los dos van a tirar por el mismo lado».
—Vale, vale, es que es un poco raro pensar que vais a andar cambiándome de sitio las partes del cuerpo, ya sabes.
El traumatólogo se ríe.
—Piensa que vas a ser un poco como la señora Potato.
—Mientras no le cambiéis la nariz y la boca de sitio... —bromea Emi—. Que no sé yo si se llevará mucho el look Picasso esta temporada.