Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


12. La parte mala

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Capítulo 12

La parte mala

Si no puedes ver la luz al final del túnel, sigue dando pasos hacia adelante.

La oscuridad no dura para siempre.

Antes de empezar la radioterapia en la pelvis, me tienen que tatuar unos puntitos y hacerme un TAC

. Me han hecho muchos TAC

antes y un sinfín de pruebas distintas, y aunque quedarte tumbada esperando y sin moverte durante cinco minutos eternos no es exactamente la cumbre de la diversión, jamás lo he pasado tan mal con un TAC

como con este.

A lo mejor es el cansancio tras los seis ciclos de quimio, porque la medicina sigue en tu cuerpo durante un tiempo después de que hayas terminado el tratamiento, pero me encuentro fatal. No tengo ganas de nada y el mundo entero se me hace bola. No es el mejor estado de ánimo para completar una de las pruebas médicas más tediosas que puede haber, ¿eh?

Por suerte, mis padres y Emi están conmigo. Puedo sentir toda la energía que me daban como una ola de calor que me recorre todo el cuerpo.

Mis trucos para enfrentarse a un TAC

1. Lleva ropa cómoda y holgada. No puedo recalcar lo suficiente lo mucho que vas a agradecer llevar ropa cómoda y holgada. No solo por las horas que vas a pasar en un hospital (algo que no es de lo más divertido cuando te has puesto unos pitillos ajustados), sino también por lo que voy a explicar en el punto dos...

2. Con el contraste VAS A SENTIR MUCHAS GANAS DE MEAR. De verdad. Y lo peor de todo es que no te van a dejar ir al baño porque si lo hicieras tirarías, literalmente, el contraste por el retrete. Así que intenta mantener la mente despejada y sé consciente de que la prueba terminará antes o después.

3. Como vas a tener que estar en ayunas, al principio vas a tener mucha hambre. Después se te pasará, sobre todo con las incomodidades del contraste (véase el punto dos). Una buena idea es elegir una comida especial o un restaurante al que ir después del TAC

como recompensa.

4. Mantén. La. Mente. Despejada.

Aunque sé de sobra todas estas cosas, y aunque no es la primera vez que tengo que enfrentarme a algo así, hoy todo me sale atravesado. El contraste (un líquido que te «tiñe» las partes del cuerpo que los médicos necesitan ver) me sienta todo lo mal que puede hacerlo. Tengo tantas ganas de mear que, entre eso y el ayuno, acabo mareándome muchísimo y me da miedo desmayarme en mitad de la prueba. Son unos minutos muy muy largos de cosquilleos en los dedos y de pensamientos obsesivos y de segundos que no pasan por mucho que yo lo desee.

Cuando todo termina y puedo levantarme, mi primera reacción es la de echarme a llorar. Se trata de una emoción primitiva y muy profunda. Simplemente, las lágrimas empiezan a fluir y ya no hay manera de detenerlas. Me pongo tan mal que mamá tiene que entrar y abrazarme.

—Venga, Elena, ya está, ya ha pasado —dice, y me da un beso en la frente—. Sé que ha sido duro, pero te has enfrentado a ello como una campeona y hoy ya no tienes que hacer más pruebas. Ya está. Podemos irnos a casa.

Asiento, pero sigo llorando un par de minutos más. Creo que se le asocia un significado muy negativo a la acción de llorar. A veces, estoy segura, es lo más necesario. A veces tenemos que sacar todo lo que llevamos dentro, y una buena llantina puede dejarte tan limpio y en calma como acurrucarte entre unas sábanas limpias tras un baño de agua caliente.

A veces llorar señala que lo malo ya ha pasado, y a partir de ahí, solo pueden venir cosas buenas.

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