Mis ganas ganan
13. Segundas familias
Página 15 de 40
Capítulo 13

Segundas familias
Los opuestos son la clave de todo.
Ríe en los lugares en los que deberías llorar.
Sé feliz en los lugares en los que tendrías que estar triste.
Las semanas tras la operación para cambiarme el ovario de sitio soy más consciente que nunca de otra cosa que no te suelen contar sobre el cáncer: vas a tener una segunda familia. No os van a unir los lazos de sangre y en situaciones normales es muy posible que jamás hubieseis conectado o congeniado, pero en el hospital os convertís en familia. Los enfermeros, los médicos, los otros niños y niñas ingresados y sus seres queridos, las limpiadoras (creo que no se les da suficiente reconocimiento)... todos ellos se han convertido en mi familia, especialmente ahora que empiezo mi siguiente tanda de quimio.
En total son ocho sesiones, bastante menos agresivas que la primera serie, por fortuna, pero la quimioterapia, por muy suave que sea, sigue siendo quimioterapia, y eso es algo a lo que es difícil acostumbrarse.
También empiezo un tratamiento para que no vuelva a aparecer cáncer en mis huesos. Se llama ácido zoledrónico y también son ocho sesiones, una cada veintiocho días. No me produce muchos efectos secundarios negativos, como la quimio y la radio. Todo lo contrario, de hecho. Cada vez que me administran el ácido zoledrónico, me siento tan bien que puedo disfrutar de «privilegios especiales».
Los privilegios especiales son cosas extras que normalmente están prohibidas en el hospital, por protocolo o para proteger tu salud. ¿Mi privilegio especial favorito? Que Emi pueda pasar las noches en el hospital, conmigo.
Planta uno del hospital, al atardecer, chorros y chorros de luz rosa y violeta entrando por las ventanas. Enfrente de mi hermana y de mí, un corredor blanco, vacío y lleno de promesas. Yo, sentada en la silla, conteniendo una sonrisa de las gigantescas y enloquecidas. Emi, detrás de mí, sujetando la silla por detrás.
—¿Preparada, Elena?
No puedo contener esta nueva risotada. Explota dentro de mí, como si fuese demasiado grande como para que mi cuerpo pudiese encerrarla.
—Preparadísima, Emi.
—Está bien. —La escucho tomar aire, como una deportista que se prepara para su competición más importante—. Una, dos, tres... ¡Allá vamos!
Y empieza a correr, tirando de la silla y de mí, hasta que los colores del hospital y de la luz que nos llega de afuera se entremezclan hasta formar uno solo. Puedo sentir el viento golpeándome la cara y un sinfín de risas creciendo dentro de mí, haciéndome cosquillas en el pecho, entre las costillas. Es felicidad en estado puro. Es felicidad y parece casi líquida, como si pudiese beberla como un refresco helado en lo más cálido del verano.
Al volver a la habitación, al anochecer, esa felicidad se convierte en un bálsamo que me calma. Estamos tumbadas, yo en mi cama y Emi, en el sofá de las visitas, su brazo extendido para poder cogerme de la mano. Todo está a oscuras a excepción de la luz clara que entra a través de la puerta, en un silencio solo roto por los ruidos típicos del hospital, a los que te acabas acostumbrando tanto que acaban volviéndose silencio también. En este tipo de silencio, nuestros miedos y nuestras inseguridades quedan desnudos, a la vista.
—Emi, ¿tú tienes miedo?
No tengo que especificar a qué. Como he dicho antes, Emi y yo somos como almas gemelas, y cuando tienes un alma gemela, no siempre necesitas palabras para comunicarte. Una mirada o un gesto o hasta los cambios en tu respiración pueden decirlo todo.
—Sí, claro que tengo miedo. ¿Y tú?
Trago saliva.
—Sí. Sí, a veces tengo muchísimo. De no curarme, o de curarme y luego sufrir una recaída. O de morirme.
Bajo la voz instintivamente al decir eso, y Emi se queda callada durante mucho tiempo. Quizá sean solo un par de segundos más de lo normal, pero a mí me parece mucho tiempo.
—Sí, yo también tengo miedo a esas cosas. —Suelta aire por la boca—. Pero luego recuerdo quién es mi hermana y toda la fuerza que tiene y me tranquilizo. Porque sé que si alguien puede con todo y más esa persona eres tú, gordi.
Me muerdo el labio inferior.
—¿Y si no puedo? ¿Y si llega un momento en el que no puedo?
Emi me aprieta más la mano. Yo acaricio sus nudillos como si no quisiese olvidarme nunca de su tacto.
—Entonces aquí estaré yo para darte toda la fuerza extra que te haga falta. Y si con eso no te llega, también están mamá y papá, y todo el mundo que te quiere. Todos te daremos toda la fuerza que necesites. ¿Cómo es eso que dices? Mis ganas...
—Ganan —termino por ella, y sonrío—. Sí, tienes razón. Mis ganas ganan. Mis ganas van a ganar. Está clarísimo.