Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


14. Luces y sombras

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Capítulo 14

Luces y sombras

Cuando tienes cáncer, a veces parece que los malos momentos no van a pasar nunca, sobre todo con la quimio; el truco está en levantarte cada día pensando que estás veinticuatro horas más cerca de conseguir lo que deseas.

Un par de días más tarde, al terminar mi sesión de quimio, me encuentro con Irene en los pasillos. Tiene el pelo algo más largo, de manera que casi puede pasárselo por detrás de la oreja, pero no es esto lo que me llama la atención. Tiene la cara salpicada de rojo y por sus mejillas corren lágrimas gruesas y brillantes. Me detengo.

—Pero ¿Irene? —digo, acercándome a ella para pasarle el brazo por detrás de la espalda—. ¿Qué te pasa?

Puedo sentir su respiración físicamente, en la palma de mi mano, que le acaricia los omóplatos. Irene se seca las lágrimas con el puño de su sudadera gris, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.

—Que he recaído. —Su voz es un hilillo asustado y muy muy débil—. Que vuelvo a tener cáncer.

La abrazo más fuerte, todo lo fuerte que puedo, como si de esta manera, piel con piel, fuese capaz de pasarle un poquito de mi fuerza. Le doy un beso que sabe a sal en la mejilla.

No quiero llorar delante de ella, pero ganas no me faltan. Un miedo oscuro baila dentro de mí, bajo las costillas.

Irene no. Irene tiene que estar bien. Por favor.

—Cariño, esto es una putada enorme, lo siento muchísimo. —Le doy otro beso, esta vez en la frente—. Pero hay que ir a por todas, ¿vale? Hay que ir a por todas porque vas a ganar. ¡Seguro!

La aprieto un poquito más al decir esto, de manera que las palabras calen en ella, como un tatuaje invisible. Irene asiente, sorbiéndose los mocos. Nunca la he visto tan pequeña y tan triste y, no sé por qué, esa imagen de ella llorando desconsolada, vestida de miedo, me recuerda a mi primer día en el hospital.

Si fuese un dibujo animado, ahora mismo se estaría encendiendo una bombilla sobre mi cabeza, porque acabo de tener una idea magnífica.

—Espera aquí —le digo—. Tengo que darte algo.

Voy corriendo a mi habitación. Por un momentito tan solo se me olvidan los tratamientos y el cansancio y toda esa fatiga y esa modorra que se te van acumulando cuando pasas mucho tiempo en el hospital. Solo corro, a través de los pasillos blancos, hasta llegar a mi habitación, y una vez allí rebusco en mi mesita hasta encontrarla. Una piedra pequeña, tanto que dejo de verla si me la coloco en la palma y cierro la mano. Una piedra pintada con todos los colores del arcoíris. La piedra que Teresa me dio el primer día, prometiéndome que me daría buena suerte.

Me la guardo en el bolsillo. Ahora toda esa suerte irá para Irene, que la necesita un poquito más que yo.

Irene sigue ahí cuando regreso. Ya no llora, aunque sus ojos todavía están húmedos y brillantes. Lucho por retomar el aliento y le extiendo mi mano con la piedra.

—¿Qué es eso? —susurra, bajando las cejas.

—Una piedra —digo, y me río de lo ridículo de la situación—. Da buena suerte, ¿vale? Me la dio una niña, Teresa, mi primer día aquí. —Me encojo de hombros—. Creo que hasta ahora me ha dado buena suerte, de verdad, así que a lo mejor a ti también te la da. —Alzo la palma para que me la choque—. ¿A por todas?

Irene sonríe, coge la piedra y se la guarda en el bolsillo delantero de la sudadera.

—A por todas —accede y me choca los cinco.

Juntas vamos a poder con esto. Si el cáncer ha sido como un terremoto en nuestra vida, nosotras vamos a ser el tsunami que va a acabar con él.

Al volver a la habitación, todavía tengo el cuerpo revuelto tras conocer la recaída de Irene.

Mis padres y mi hermana están aquí e intentan darme palique, pero yo tengo la cabeza más perdida en mis pensamientos que concentrada en el tratamiento.

Se me corta la respiración al pensar en todas las posibilidades (sufrir una recaída, como Irene; perder a mi amiga; no poder volver jamás a mi vida de antes). Es como si chocase contra una pared o como si empezase a caer en un pozo que no tiene fondo. Es miedo en su estado más puro, pánico, y me ciega tanto que no vuelvo en mí hasta que una de las enfermeras, al pasar de largo para salir, se tropieza con el cable de mi Port-a-Cath, y hace que se me salga el pincho.

Doy un respingo, los ojos como platos y el corazón latiendo fuerte contra mi pecho. ¡Que se me ha salido el Port-a-Cath!

—¡Que me sale la sangre! —grito, tapándomelo con la mano—. ¡Ayuda!

Mamá, papá y Emi prácticamente se abalanzan sobre mí, tan asustados y blancos como yo. Sus ojos pasan de un lado a otro, aterrorizados, y yo estoy tan bloqueada y tan nerviosa que sigo tapando el Port-a-Cath con la mano, impidiendo que lo vean.

Me tiembla todo el cuerpo.

—¡¡¡Que alguien me ayude!!! —insisto, y noto que unas lágrimas cálidas (de rabia, de miedo) se me deslizan por las mejillas.

Otro enfermero, probablemente alertado por los gritos, entra corriendo.

—¿Qué ha pasado, Elena? —pregunta, tratando de mantener la calma.

Me sorbo los mocos. Sigo temblando tanto que me cuesta hasta hablar.

—¡Que se me ha salido el Port-a-Cath! —jadeo—. ¡Se me sale la sangre!

—Tu compañera al irse se ha tropezado con el cable y la niña no deja de repetir eso —explica mamá—, pero es que no nos deja ver y entonces...

El enfermero sonríe. Es una sonrisa cálida, sólida.

—Elena, tienes que apartar la mano para que pueda ayudarte, ¿vale? —me dice.

Asiento, sin dejar de temblar, y dejo que la mano me caiga sobre el muslo. Él se inclina más sobre mí para ver mejor y hace un gesto con la cabeza.

—No estás sangrando, no te angusties —me reconforta—, pero voy a tener que ponerte la vía de nuevo para que no nos arriesguemos a que se haga un coágulo, ¿vale?

Accedo. ¿Qué otra cosa puedo hacer? El miedo me hace cosquillas en las rodillas. Nunca he tenido ningún problema con el Port-a-Cath, y el movimiento seco de la vía al salir de cuajo me ha puesto en shock. Es como cuando se te enganchan los auriculares en el pomo de la puerta y se te desconectan del móvil solo que, naturalmente, mucho peor.

Por fortuna, todo el asunto tiene una pinta peor de lo que resulta ser en realidad, porque el enfermero, muy metódico, me vuelve a colocar el pincho y todo vuelve a la normalidad. Puedo respirar de nuevo.

Vuelvo al hospital de día un par de semanas más tarde. Me encuentro un poco flojita y los resultados de las pruebas no engañan: mis glóbulos rojos están KO y tienen que transfundirme dos bolsas de sangre... Todo dentro de esta normalidad a la que me he acostumbrado si no fuese por un pequeñísimo detalle del que me doy cuenta en la cama, mientras veo como ese líquido rojo, esa vida, entra por mis venas. Aitana va a estar esta misma tarde en Canal Sur. ¡Aitana, nada menos, mi cantante favorita, la que siempre me ha dado tantas fuerzas en la lucha a través de su música!

Me vuelvo hacia mi madre, mordiéndome el labio inferior. Quizá haya alguna posibilidad de...

—¿Qué pasa, Elena? —me pregunta ella, adivinando una necesidad en mi mirada.

Seguramente se esté pensando que hay un problema con la bolsa o que tengo sed o algo mucho más mundano y hospitalario que mi:

—Nada, que acabo de ver que Aitana va a venir a Canal Sur y como ya sabes que verla siempre me da fuerzas... ¿Tú crees que podré ir a verla?

Las cejas de mi madre se alzan. Solo un poquito, solo lo suficiente para dibujar una arruguita en su frente.

—Ay, cariño, pues no sé... —Sacude la cabeza—. Espera, que los llamo y te digo.

Hablan durante lo que me parecen horas, pero que según el reloj no son más que un par de minutos. Mi madre les explica que soy la mayor fan de Aitana que puede haber, que la llevo siguiendo desde que concursó en Operación Triunfo

y que, de hecho, el programa me ha acompañado mucho en las noches interminables en el hospital.

Cuando terminan, mamá se gira hacia mí y asiente levemente con la cabeza. Una alegría tan gigantesca se apodera de mi cuerpo que me da la sensación de que podría levitar sobre la cama.

—¿Sí? —le pregunto, para librarme de toda duda.

—Sí —dice mamá—, pero tenemos que llegar al sitio a las tres y media.

Suspiro, alzando la vista a la bolsa de sangre. Está a punto de terminarse, pero en cuanto lo haga, aún tienen que ponerme otra... ¡Menuda mala suerte! No puedo creerme que haya estado tan cerca (literalmente a media hora y una bolsa de sangre) de ver a mi ídola y que al final tenga que quedarme aquí «castigada».

Sé que disgustarme no va a ayudar a nadie y lo último que quiero es disgustar más a la pobre de mamá, así que me encojo de hombros, lanzo otro suspiro al aire y digo:

—Bueno, pues supongo que no puede ser, ¿no? ¡En fin! A ver si vuelve a Andalucía pronto y entonces sí que sí que no pienso perdérmela.

Mamá sonríe y se acerca para darme un beso en la mejilla.

—Pues claro que sí, cariño. Cuando vuelva, si hace falta, nos ponemos a hacer cola una semana para que seas la primera en verla.

Le devuelvo esa sonrisa, tratando de concentrarme en el feed

de mi Instagram para distraerme y no pensar más en la decepción que intenta pegarse a mis huesos.

Y debe de ser verdad que tengo un ángel de la guarda ahí fuera, porque mi oncólogo, Nacho, no sé cómo, se entera de lo que acaba de pasar y de que no me va a dar tiempo de ir a plató, porque las condenadas bolsas de sangre tardan una barbaridad en acabarse. Y después de todos estos meses de tratamiento, le han quedado clarísimos mis gustos musicales y cómo eso mismo, la música, es a veces mi mejor medicina... total, que todavía me queda media bolsa cuando él entra en la habitación, con la seguridad de un general, y le dice a las enfermeras:

—Quitadle ya la bolsa, pues le va a hacer más Aitana que la sangre.

Ahora sí que podría volar si quisiera, estoy segura. Aunque no lo hago, me abalanzo sobre Nacho para darle el abrazo más fuerte del que soy capaz.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad. Vamos, tienes que darte prisa, ¿no? A ver si voy a mandar que te quiten la bolsa para que luego no te dé tiempo a llegar.

No hace falta que nos lo repita dos veces. Papá, que también está aquí, y yo nos preparamos como almas que lleva el diablo, salimos del hospital y él conduce hasta el plató de Canal Sur... ¡Y llegamos sin problemas para ver a Aitana!

Os prometo que me da muchas fuerzas, muchísimas. Aunque no lograron transfundirme toda la sangre que necesitaba, en la siguiente analítica los glóbulos rojos estaban mejor... ¡Casi perfectos!

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