Mis ganas ganan
16. Septiembre
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Capítulo 16

Septiembre
Hazlo, y si te da miedo, hazlo con miedo.
Los días de tratamiento pasan con la facilidad con la que le quitas las páginas a un calendario de pared. Puesto que todos conocen ya mi amor por la música de Aitana y mis aventuras para conseguir verla cuando vino a Canal Sur, durante los tratamientos de radioterapia me ponen su música a todas horas... y os prometo que eso hace que la medicina sea mucho mucho más dulce.
El otoño llama a nuestras puertas, todavía hace un calor intenso y Emi me ha invitado a un concierto. Solo pensar en estar en un local abarrotado a finales de verano con la peluca larguísima y espesísima me hace sentir mareada. ¿Qué sentido tiene ir de concierto si no voy a poder disfrutarlo al cien por cien?
«Está decidido. Ahora o nunca».
Después de todo, los conciertos son el lugar perfecto para probar a ser una persona distinta, ¿no? Para calzarte los zapatos de tu nuevo yo.
Me paso un rato largo frente al espejo, probándome distintos pañuelos y estilos, hasta que me veo lo suficientemente bien y lo suficientemente yo como para salir. ¿El resultado? ¡Guau! Alucinante. Soy yo de nuevo, lo que me sorprende, porque se suponía que compramos la peluca que se parece más a mi pelo natural. Pero con el pañuelo me siento libre. Con el pañuelo, me doy cuenta, no tengo que fingir ni pretender que soy otra persona. Ya no siento la necesidad de correr hacia la Elena de antes del diagnóstico, deseando ser ella. Ahora soy esta Elena, la Elena con cáncer, y eso no es algo malo. De hecho, esta Elena podría enseñarle muchas lecciones a la Elena precáncer. Lecciones sobre fuerza, sobre paciencia, sobre optimismo.
Y el pañuelo representa todo esto. Y la música me hace cosquillas en las yemas de los dedos y me pone los pelillos del brazo de punta. Me abalanzo sobre Emi, abrazándola por detrás, y grito las canciones en su oído.
Nadie me mira la cabeza. Nadie cuchichea, repasándome con la mirada cargada de pena. Nadie me señala ni se acerca a mí para hacerme preguntas tediosas del estilo «cómo te encuentras» o «qué enfermedad tienes». Todos están disfrutando del concierto, igual que yo, y eso es magia.
En el siguiente ingreso es también cuando empiezo a conocer a más adolescentes de la planta oncológica. La mayoría de los cánceres los contraes o cuando eres pequeño o cuando eres de edad avanzada, de modo que hay una franja de edad, desde finales de la adolescencia a finales de la cuarentena, en la que tener cáncer supone una anomalía. Por este motivo, con la excepción de Irene y Erika, la inmensa mayoría de los pacientes que he conocido en el ala pediátrica han sido niños. Y, aunque como os comenté, me encantan los pequeñajos, a veces sí que echo de menos poder hablar de las partes más duras y aterradoras del cáncer con alguien sin preocuparme de asustar o disgustar. Así que me hace mucha ilusión cuando, en esta hospitalización, tengo la oportunidad de compartir planta con un grupito de chavales de mi edad.
Irene, que es mi compañera de habitación, es la que me da la sorpresa:
—¿Sabes que no estamos solas aquí? —me pregunta mientras se pinta las uñas de los pies.
Parpadeo, mirándola como si acabase de confesarme que es la princesa perdida de un país exótico.
—Pues claro, como que es un hospital. No vamos a ser las únicas pacientes. —Arqueo los labios en una sonrisa traviesa—. ¿Te han puesto algo nuevo en la medicación hoy o qué?
Irene finge que no le he preguntado nada.
—Me refiero a que hay otros. Otros chavales de nuestra edad, quiero decir.
Trato de no emocionarme mucho con la noticia, solo por si acaso, pero ya siento cosquilleos en el estómago. Adoro a mis amigas y a mi hermana y adoro poder hablar con ellas de cualquier cosa, pero a veces, simplemente, lo único que necesitas es tener una conversación con alguien que está pasando exactamente por lo mismo que tú.
—¿Erika?
—No. —Irene ladea la cabeza—. Bueno, sí, pero otra gente también.
Esto logra captar mi atención, y mi sonrisa crece. ¡Adolescentes! ¡De verdad! ¡En esta planta!
—¿De veras?
—Sí. Espera a que se me sequen las uñas, vamos al cole y te los presento.
Solo que yo no tengo la más mínima intención de esperar nada. Llevo nueve meses con cáncer y apenas he conocido a nadie de mi edad. Nueve meses es mucha espera, en mi opinión, y no pienso pasarme ni nueve segundos más de brazos cruzados mientras Irene se pone las uñas de los pies a punto.
—Va, ¿a quién le importan tus uñas? —digo, tirando de ella para levantarla.
Alza una ceja.
—¿A mí?
—Vamos a conocer a los demás.
Al final Irene me hace caso, no sé si porque puedo resultar una persona muy convincente cuando me lo propongo o porque todavía sigo tirándole del brazo. El caso es que al final vamos y resulta que ella no me ha mentido. Además de Erika, que parece haber encontrado las fuerzas para salir de su habitación, hay otros tres chavales de más o menos nuestra edad, dos de ellos pelones y uno todavía no, sentados en el sofá y charlando.
—¿Hay sitio para dos más o sois un club exclusivo? —pregunta Irene.
Uno de los pelones, que tiene una guitarra entre las manos, levanta la vista para mirarla.
—Hay sitio, ¿pero por qué querríamos charlar contigo?
Irene pone los ojos en blanco.
—Manu, tan simpático como de costumbre. —Me señala—. Esta es mi amiga Elena. Comparte habitación conmigo.
Manu pone una mano en alto.
—Manu, osteosarcoma.
—Brais, leucemia —dice el chico sentado a su lado, el único no pelón del grupo.
—Rocío, linfoma de Hogdkin —se presenta la única chica además de Erika, enroscando el índice en su pañuelo.
—Y a mí ya me conoces —sonríe Erika, con una mirada retadora.
—Sí, a ti ya te conozco —concedo, devolviéndole la sonrisa—. Y ya veo que hemos optado por las presentaciones tipo grupo de apoyo, ¿eh?
—Es más fácil sacarse de encima las preguntas incómodas cuanto antes —bromea Brais.
—Supongo —accedo—. Entonces, soy Elena, sarcoma de Ewing. Aunque no creo que eso sea lo más interesante sobre mí.
—No lo es —asegura Irene, sentándose en el reposabrazos del sofá, junto a Manu—. ¿Me dejas trastear un rato con la guitarra?
Manu le da un pellizco en el brazo.
—¿Y eso por qué?
—Porque toco mejor que tú. ¿Puedo?
Ante esa sentencia lapidaria, Manu frunce los labios y le pone el instrumento sobre las piernas.
—Adelante, marisabidilla. No hagas que me arrepienta.
Nos quedamos en el cole toda la tarde, hasta que llega la hora de la cena y todos tenemos que irnos a nuestras respectivas habitaciones, escuchando a Irene tocar la guitarra y hablando de las cosas grandes y pequeñas y hasta haciendo apuestas de quién ganaría el derbi. No os podéis ni imaginar lo bien que nos lo pasamos y lo cortas que se nos hacen las horas.
Al día siguiente, después del tratamiento, Irene y yo nos quedamos en la habitación jugando al Mario Kart
en la Nintendo Switch. Debemos de hacer mucho ruido, porque llega un momento en el que Raúl, uno de mis enfermeros favoritos, asoma su cabeza morena por la puerta.
—¿Qué estáis haciendo, preciosidades? —nos pregunta, dando un par de pasos hacia nosotras.
Al principio pienso que viene a reñirnos por ser tan escandalosas, pero solo coge una de las sillas de visita y la arrastra hasta sentarse frente a nosotras.
Irene, sin separar la vista de la pantalla de la Switch, dice:
—Jugar al Mario Kart
.
Raúl abre mucho los ojos.
—¡Anda, pero si es uno de mis juegos favoritos! —dice—. Y da la casualidad de que estoy de descanso. ¿Os parece que me una a vosotras?
Irene y yo pausamos el juego para intercambiar una mirada cargada de significado. Sonreímos.
—¿Y por qué no? El juego es para dos personas, eso sí.
Raúl se encoge de hombros.
—Podemos hacer rondas, ¿no? —Se tapa la cara con una mano, fingiendo estar terriblemente avergonzado por algo—. Aunque si no queréis pasar el rato con un vejestorio como yo, lo entiendo perfectamente.
Río, dándole un golpecito en el hombro.
—Anda, ¿pero qué dices?
—No es mi culpa haber nacido en los tiempos de Matusalén.
—Qué payasete eres, Raúl —bromea Irene, riendo también—. ¿Quieres ir después de mí?
Raúl le revuelve el pelo.
—Bueno, si insistes...
Como dije antes, los enfermeros y las enfermeras son de verdad como segundos padres. ¡Los quiero tantísimo! Y les estoy muy agradecida por el apoyo que nos brindan y por todas esas ocasiones en las que están dispuestos a escucharnos cuando lo necesitamos.