Mis ganas ganan
17. Fuerza
Página 19 de 40
Capítulo 17

Fuerza
Un hoy vale más que mil mañanas.
Durante este ingreso decido empezar a exponer mi enfermedad en las redes sociales. Es algo que pasa bastante por casualidad, para ser completamente honesta, en parte motivado por el aburrimiento hospitalario y en parte porque me gustaría educar más a la gente sobre lo que es el cáncer y sobre lo que supone ser una adolescente con cáncer.
Es verdad que durante los últimos nueve meses me he sacado fotos y las he publicado en Instagram sin ocultar mi realidad, pero solo para mi familia y amigos. Mi feed
de estos últimos meses no se diferencia mucho del feed
precáncer, con la excepción de que en algunas de las fotos salgo con pañuelo o con peluca.
En esta hospitalización de septiembre, sin embargo, comienzo a hablar más de mi enfermedad y de todo lo que he vivido hasta ahora. Me hace sentir bien, saber que mis conocidos tienen la oportunidad de saber más de lo que me está pasando y de la realidad de sufrir un cáncer tan joven... y, quién sabe, quizá mi historia llegue a más gente. Me gustaría, no voy a negarlo. Quizá mi voz sea importante. Quizá mi historia pueda inspirar y dar fuerza a los demás.
Han pasado un par de semanas desde que me dieron el alta y estoy muy angustiada porque me han salido unas ronchas en la pierna. En cuanto las veo, algo frío me baja por la boca del estómago; me paraliza la posibilidad de que esas marcas en mi piel signifiquen que la enfermedad ha bajado de la pelvis a esta otra zona de mi cuerpo. Me da hasta miedo hablar de ello, así que Fátima no tiene manera de saberlo, pero aún así debe darse cuenta de que tengo algo en la cabeza, porque nos pasamos todo el día hablando de tonterías. No para hasta que consigue hacerme reír, y eso es algo que hasta papá nota.
Estoy en su casa, pasando con él la semana, y cuando entra en el salón, me dice:
—Ah, ya te veo mejor. Antes me dio la sensación de que te preocupaba algo.
—Sí, es que estaba hablando con Fátima... ¡Y siempre consigue que vea las cosas más claras! —Me muerdo el labio inferior—. Aunque sí hay algo que me preocupa.
—¿Ah, sí? ¿Y qué?
Le cuento lo de las ronchas. Me han aparecido de un día para otro, junto con el dolor, y no consigo encontrar una explicación para ellas. Papá, por suerte, opta por no alarmarse. Eso me hace sentir un poco mejor.
—Lo más seguro es que sea por la radio —me dice—. Eso te quema muchísimo la piel y te la seca.
—Pero es que también me está doliendo la pierna derecha —insisto, tratando de regular mi respiración—. Es... es un poco como el dolor que tenía antes de que me diagnosticaran, el que pensaban que era ciática. —Una flecha de miedo frío me baja por el estómago—. No sé, papá, estoy cagada.
—A ver, Elena, tranquila. Es muy normal que tengas miedo, pero no ganamos nada asustándonos antes de tiempo, ¿vale? Cuando tengas cita con Nacho, se lo comentas, pero hasta entonces no vamos a angustiarnos.
Asiento. Sigo estando asustada, pero ya no es ese miedo paralizante que te impide pensar en otra cosa o concentrarte en asuntos tan mundanos como ver la televisión.
En la siguiente consulta con Nacho, pongo las cartas sobre la mesa.
—Nacho, mira, es que estoy un poco asustada por algo —le digo.
Estoy con mi madre, que me coge de la mano y la aprieta para darme fuerzas.
Nacho asiente, volcando toda su atención en mí. Algo que me gusta mucho de él es que nunca te hace sentir como si tus preocupaciones fuesen demasiado pequeñas. Él siempre intenta ponerse en tus zapatos y te escucha sin juzgarte y sin interrumpirte.
—Dime, Elena. ¿Ha cambiado algo? ¿Sientes algo raro?
Me muerdo el labio inferior. Tengo miedo de decirlo y de que se haga realidad, pero en esta vida hay que ser valiente. Además, cuanto antes lo espete, antes podremos investigarlo y tratarlo.
—Es que me ha empezado a doler la pierna derecha y es un dolor un poco parecido al que tenía en la pelvis antes del diagnóstico, así que estoy un poco mosca. —Cojo aire—. También me han salido unas ronchas.
—¿Unas ronchas? —repite Nacho.
Mi madre sacude la cabeza.
—Sí, en el muslo —explica—. Al principio eran ronchitas normales, como si se hubiese rozado con algo, pero esta mañana estaban peor.
Nacho vuelve a asentir y me indica con un gesto que me tumbe en la camilla.
Lo hago, con imágenes como fogonazos del día de mi diagnóstico pasándoseme por la cabeza.
¿Y si Nacho sospecha algo malo? Si no fuese nada, no me habría querido mirar, ¿no?
«Tranquila —me digo—. Has pasado por muchas otras cosas antes y, si esto es más enfermedad, vas a poder con ello también».
Aunque lo cierto es que por dentro rezo para que sea otra cosa, sobre todo mientras Nacho examina esas marcas en mi piel con tanta seriedad.
De pronto, una sonrisa. Contengo la respiración. Quizá las oraciones han surtido efecto después de todo.
—Vale, Elena, ¡no te angusties! —dice Nacho—. Parece peor de lo que es.
Parpadeo.
—¿Y qué es?
—Un simple herpes zóster. ¿Quizá hayas oído hablar de él como la culebrilla? Lo mejor será ingresarte para ponerte el antibiótico por vía intravenosa, pero, vaya, en unos días estarás perfecta.
Sonrío aliviada. ¡Es increíble la cantidad de efectos secundarios y de síntomas extraños que puedes tener cuando te diagnostican con un cáncer!