Mis ganas ganan
19. La última quimio
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Capítulo 19

La última quimio
Al final del camino, tu premio es mirar hacia atrás y darte cuenta de todo el camino que has recorrido y de la fuerza que cada paso te ha dado.
¿Sabéis cuál es el sonido más dulce del mundo? Para mí, un pitido.
7 de noviembre. Una fecha que quedará grabada a fuego en la historia de mi vida.
—Hoy es mi último día —le digo a Ana, la niña de nueve años con la que me toca compartir habitación.
Me da la sensación de que llevo todo el día repitiendo lo mismo. Desde que me he levantado, le he contado la noticia a todas las personas que se cruzan por mi camino. «Hoy me dan mi última quimio» se ha convertido en el «buenos días» de esta mañana de otoño.
Ana me sonríe. Una sonrisa amplia y luminosa de dos hoyuelos.
—¿¿¿En serio??? ¡Qué casualidad!
Alzo las cejas.
—¡¿También es tu último día?!
Ana sacude la cabeza.
—No, pero casi. Hoy es mi penúltima quimio.
Pongo en alto la palma de la mano para que pueda chocármela.
—¡Anda, enhorabuena! —le digo—. Ahora a comernos el mundo.
—¡Eso!
Estoy muy emocionada, con el corazón latiéndome muy fuertemente contra el pecho, y puedo notar que Ana también lo está. ¡Como para no estarlo! Me parece increíble que por fin este veneno ya no vaya a entrar más por mis venas. No dejo de sonreírle a mi madre, y entre sonrisa y sonrisa se me escapa alguna pequeña carcajada también. Es el mejor día de mi vida, y me siento como si flotase en una nube esponjosa y blandita. ¡Mi último día de quimio!
¡Pum! Sin previo aviso, y como si no marcase uno de los momentos más especiales de mi vida, suena el pitido que marca que se ha acabado la bolsa. Ya está. Se ha acabado. Por mis venas ahora solo fluirá mi sangre.
Me tapo la cara con las manos para contener las lágrimas que me vienen a los ojos. Es un tsunami, un puñado de emociones que me golpean en la cara.
«Lo he conseguido».
—Pero no llores, mujer, ¡tendrías que estar contenta! —ríe mi madre, acariciándome la espalda—. Anda, abre los ojos.
—No puedo —digo, mi voz ahogada por el entusiasmo.
—Venga, saca las manos de la cara y abre los ojos.
—No puedo —insisto, pero la obedezco igualmente, y me alegro de haberlo hecho porque...
¡Mi padre y mi hermana están aquí! Se han debido de colar en la habitación mientras yo tenía mi ataque de emoción.
—¡Feliz último día de quimio, gordi! —exclama Emi, tirándome por encima una bolsa de confetis de colores pastel.
Papá, que corre a abrazarme y a darme un beso en la mejilla, me deja un paquetito de chuches sobre las piernas.
—Toma, guapa, te lo mereces. Y en cuanto te den el alta, nos vamos todos a celebrarlo por todo lo alto.
Nunca unos dulces me han sabido tan bien. No siento ni las náuseas ni la fatiga que vienen acompañados de la quimio al comerlos. Solo disfruto de su sabor y del hecho de que no van a darme quimioterapia nunca jamás, lo cual sabe incluso mejor.
Estoy en la cima del mundo.
Dos días más tarde, me dan el alta y puedo irme a casa. Es un momento muy emotivo, despedirme de Nacho. Aunque lo he conocido en las peores circunstancias (¿Quién querría decirle a una chica de dieciséis años y a sus padres que tiene un tumor maligno?), ha sido tan bueno y tan cariñoso conmigo que me da muchísima pena decirle adiós.
—Si todavía vamos a vernos las caras, forastera —me dice, riendo, cuando me abalanzo sobre él para darle un último abrazo—. Aún te quedan un par de sesiones de radio...
Me río yo también, separándome de él.
—Es que me he emocionado mucho al pensar que ya no tengo que hacer más quimio.
—Normal, ¡es un día importante! A ver, toma, campeona.
Y me coloca una chapita en la camiseta, a la altura del pecho. Dice «l’m celebrating».
—Lo has hecho muy bien —me dice—. Has peleado como una guerrera y ahora solo te queda el tramo final.
Asiento, esforzándome por contener las lágrimas. ¡No quiero volver a ponerme a llorar como una magdalena! Sé que si empiezo, luego no podré parar, y se supone que tiene que ser un día feliz. Además, quiero sacarme una foto para conmemorar un momento tan importante, y cuando eche la vista atrás años después, no quiero encontrarme con mi cara roja y llorosa, sino con la sonrisa más enorme y brillante del mundo.
—¿Y ahora qué? —le pregunto a Nacho.
Ya me han explicado en qué consiste exactamente este «tramo final», pero quiero escucharlo otra vez de sus labios. Si la enfermedad se hizo real en el momento en el que él pronunció esa palabra tan terrible que empieza por c
, mi futura recuperación también se hará real cuando él me recuerde los últimos pasos que tendré que dar en este camino que me ha tocado recorrer.
—Ahora te quedan diez sesiones más de radio para rematar los pulmones, por si acaso —me explica—. También te vamos a dar dos sesiones de ácido zoledrónico para asegurarnos de protegerte los huesos, y si todo va bien, en un par de meses estarás limpia.
Sonrío, saboreando esa palabra como si fuera miel.
—¿Limpia, limpia, limpia?
Nacho me guiña el ojo, devolviéndome la sonrisa.
—Limpia, limpia, limpia. Ya ha pasado lo peor, pero no te olvides de que todavía tienes tratamiento por delante, ¿eh? A seguir peleando igual de duro estos últimos meses que te quedan.
Alzo el brazo para flexionarlo y mostrarle mi bíceps.
—No te preocupes, que pienso darle esta última patada al cáncer. ¡Ya verás!
—No esperaba menos de ti. ¿Qué es eso que dices siempre?
—Mis ganas ganan —respondemos mis padres y yo, al unísono, y la ridiculez del asunto nos hace irrumpir en un ataque de risa de los que hacen historia.
Pero es cierto. Mis ganas están a punto de ganar. En enero de 2019, me diagnosticaron un sarcoma de Ewing, y si todo va bien, quizá en enero de 2020 vayan a decirme que el cáncer se ha ido por fin de nuestras vidas...
Antes de llegar a casa, en el coche, subo a Instagram la foto del final del tratamiento y, sin darles tiempo para que la vean en sus feeds,
se la paso también a todos mis amigos: a los de antes del cáncer, a los que he conocido en el hospital (Irene, Erika y todos los demás) y a los que han llegado a mí a través de las redes (como mi amarilla, Fátima).
¡¡¡Adivinad quién le ha dicho adiós a la quimio!!!
Dadme tiempo y dejaré de ser una peloncita





Enseguida mi teléfono empieza a vibrar con todos los mensajes que empiezan a llegarme de todas esas personas que han estado tan pendientes de mí a lo largo de los últimos once meses. Casi un año. Se me vuelven a agolpar las lágrimas en los ojos, y en esta ocasión no hago nada para contenerlas. Es mi momento y voy a sentirlo como venga.