Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


20. El final del camino

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Capítulo 20

El final del camino

Cuando te enfrentas a algo, no te das cuenta de lo fuerte que eres hasta que se acaba.

Entonces es cuando reparas en cuánto has luchado y cuánto has aprendido por el camino.

En mis últimos meses de tratamiento, me siento más como una turista que se pasa por el hospital que como una paciente. En cuanto la quimio abandona del todo mi cuerpo, empiezo a ir cogiendo energías, hasta el punto de que ya ni siquiera me siento enferma. Es como si notase físicamente cómo van desapareciendo los últimos retazos de la enfermedad con cada sesión de radio, y cómo mi cuerpo se fortalece tras el ácido zoledrónico.

En diciembre hacemos un belén viviente en la planta de oncología. Como sé que, si todo va bien, pronto dejaré de pasar tanto tiempo en el hospital, me lo tomo como una especie de fiesta de despedida. Como un último día de celebración en el que estar con todos mis amigos del hospital. ¡Y con los enfermeros y los médicos y los celadores, claro!

Todos, todos, todos nos disfrazamos. A mí me toca ir de Virgen María, con un disfraz improvisado que han conseguido los voluntarios del hospital, pero ningún niño se queda sin su papel. Está José, claro, y también una pequeñaja, Elia, que hace del Niño Jesús, pero además hay pastores, ángeles... ¡Hasta dos de los oncólogos se han vestido con las mejores galas para hacer de Reyes Magos!

Me lo paso muy bien, y mientras cantamos villancicos, me empiezo a emocionar pensando en que después de todo hay cosas de la vida hospitalaria que voy a echar de menos cuando al fin regrese a mi antigua normalidad. Hay mucha gente que me ha animado en mis peores momentos, y me invade una extraña ola de tristeza al pensar que con suerte pronto llegará un día en el que los dejaré de ver todas las semanas. Estoy tan agradecida por todas las personas que me han apoyado a lo largo del tratamiento... Ellos sí que son ángeles sin disfraz, en Navidad y en todas las épocas del año. Me prometo que nunca me olvidaré de ellos, de sus nombres y de sus caras. Los llevaré siempre conmigo a lo largo de mi vida.

El verdadero último día es el 6 de febrero de 2020, que marca el ingreso para recibir mi ultimísima sesión de ácido zoledrónico. Para celebrar que ya acabamos con esta pesadilla, tanto mi hermana como mi madre me dicen que se quedan a pasar la noche conmigo.

Un poquito más tarde, estando los cuatro en la habitación, Nacho entra por la puerta. ¡Qué susto! No sé por qué, mi primera reacción es pensar que algo ha ido horriblemente mal y que viene a comunicarnos que van a darme más sesiones o que necesito empezar un nuevo tratamiento o que...

Nada por el estilo, por fortuna. Me lanza una sonrisa tierna que me tranquiliza y se sienta en el borde de mi cama.

—Tengo buenas noticias.

Abro mucho los ojos. ¿Más noticias? Nada puede ser más bueno que pensar que tras este ingreso el cáncer pasará a ser un capítulo cerrado de mi vida...

—¿Ah, sí? ¿Y qué?

—Estás limpia. —Estas palabras lo iluminan por todos los poros, y a mí me invade una ola de felicidad que hace sonreír mientras aprieto la mano de mi madre—. Limpia, limpia, del todo. Has acabado todo y ya puedes tocar la campana.

Me llevo la mano que tengo libre a la boca, notando cómo las lágrimas más felices del mundo me mojan las yemas de los dedos.

Hace muy poco que el hospital ha puesto una campana para que los niños que hayan acabado el tratamiento vayan a tocarla. Tan poco que mañana precisamente es la gran inauguración... ¡Y por casualidades de la vida yo seré una de las primeras pacientes en tocarla!

—Va a venir la tele a grabar el acontecimiento y todo —agrega Nacho, casi como si pudiese leerme el pensamiento.

Salto en la cama de la alegría.

—Jo, es que... ¡No sé qué decir! Que me alegro un montón de terminar ya, claro, y que os estoy muy agradecida por todo... ¡Y que no puedo esperar a que llegue mañana!

—Pues, hala, a disfrutar de tu último día en la suite presidencial —bromea, pellizcándome las mejillas antes de marcharse.

Lo hago, aunque me enfrento a sentimientos encontrados. Por un lado, quiero ser plenamente consciente de todo para poder despedirme de esta parte de mi vida como merece. Ha habido muchas lágrimas por el camino, por supuesto, y muchos miedos y muchos momentos de los que te cortan la respiración, pero también he conocido a muchas personas maravillosas, entre ellas a mí misma. Nunca me imaginé que podría ser tan fuerte, que podría soportar tanto, y ahora sí lo sé. El cáncer me lo ha demostrado.

No me malinterpretéis, tener cáncer es algo negativo se mire como se mire, y sueño con que llegue el día en el que la investigación culmine en la curación de esta enfermedad que afecta a tantas personas en el mundo, pero si tuviese que quedarme con algo positivo de mi experiencia, además de las amistades, sería todo lo que he crecido y todo lo que he aprendido. Ahora miro la vida de otra manera y tengo clarísimo que los días son para disfrutarlos al máximo, como si no hubiese un mañana.

Al día siguiente me paso mucho tiempo peinándome el pelito que me está empezando a crecer, y al llegar a la campana, me tiemblan tanto las rodillas que me da la sensación de que mis piernas estén hechas de gelatina. Estoy tan contenta y tan nerviosa que apenas recuerdo que están grabándome... solo miro a Manuel y a Ale, dos niños de la planta que acaban de terminar también el tratamiento, y les sonrío. Los tres damos un paso adelante, respiramos y tocamos la campana...

Tolón-tolón-tolón.

Las lágrimas vuelven a empaparme las mejillas. Unas lágrimas felicísimas, claro, que salpican esa sonrisa que no abandona mi cara.

Es el broche de oro perfecto para decirle adiós al hospital y a la enfermedad. Aunque tenga que volver a hacer revisiones y analíticas, algo muy importante acaba de cambiar. Ya no estoy en tratamiento. Ya no tengo cáncer. Estoy curada. Catorce meses después, puedo retomar mi antigua vida donde la he dejado, con más fuerzas y más entusiasmo que nunca.

Mis ganas han ganado. He derrotado al cáncer.

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