Mis ganas ganan
21. Lo que hice después
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Capítulo 21

Lo que hice después
Cuando tienes cáncer, te dicen que eres valiente, pero no es del todo cierto.
No eres más valiente de lo que eras antes. Aprendes a ser valiente pasito a pasito, con las pequeñas cosas de la vida, y tienes la oportunidad de demostrar lo fuerte que te has vuelto cuando te echan a la cara una ola tan fuerte como el cáncer.
En febrero los médicos dictaminan que estoy oficialmente limpia y que ya no hay ningún retazo de enfermedad en mi cuerpo. Lo que ocurre después, y que no te enseñan ni las series ni las películas (porque las series y las películas suelen terminar en el momento en el que el cáncer también se termina), es que vas a tener que volver a ponerte todas las vacunas (sí, todas) que te han puesto en tu vida, ya que la quimio las elimina de tu cuerpo. Es un proceso que lleva un par de semanas, naturalmente, para no dejarte el brazo como un colador, y para cuando terminamos ya estamos en marzo y el covid-19 entra a galope en la vida de todos.
Puesto que acabo de pasar por un cáncer, mi sistema inmunitario todavía está un poco fuera de combate, así que las recomendaciones son que me quede en casa y que pase el menor tiempo posible con gente de fuera de mi círculo cercano.
¡Menuda faena! Acabo de superar la prueba más grande que he tenido en mi vida y ni siquiera voy a tener la oportunidad de celebrarlo como se merece, con todos mis amigos de antes del cáncer y también con los nuevos que he hecho en el hospital y a través de las redes sociales.
Me tranquiliza pensar que solo serán un par de semanas de confinamiento, pero al ver que marzo pasa a ser abril y abril pasa a ser mayo y mayo... me doy cuenta de que lo que está ocurriendo será para largo, y decido que compadecerme de mí misma no va a ayudarme. ¡Estoy sana! Y voy a disfrutarlo al cien por cien, con o sin pandemia.
En el cáncer te marcas muchas metas (terminar con este tratamiento, reducir el tamaño de este tumor...). Sin cáncer y sin esas metas, mi vida casi me parece vacía y desorganizada. ¡¿Qué voy a hacer ahora?! Con el tiempo libre extra que nos da la pandemia, me propongo pasármelo bien y vivir todas las nuevas experiencias que pueda de manera segura. Voy a quedar con mis amigos y voy a hacer el tonto y voy a avanzar en mi vida para compensar los catorce meses de enfermedad y tratamientos. Y, como cada vez estoy más activa en Instagram y en TikTok, puedo seguir estando conectada con esa parte de mí y, sobre todo, educar a los demás sobre el cáncer, que con el covid parece haberse convertido en un gran olvidado...
Pero tampoco os penséis que me he librado del hospital para siempre. Como Nacho sugirió, voy a tener que volver periódicamente, para revisiones y para hacer pruebas. Durante los cinco primeros años después de una remisión, las posibilidades de que tengas una recaída son relativamente altas, así que es importante controlar que no vuelvan a aparecer células malignas en tu cuerpo.
Estas pruebas periódicas cuya función es confirmar que sigues estando bien causan tanta angustia y tantos nervios que dentro de la comunidad de pacientes oncológicos tienen un nombre, scanxiety
, o la ansiedad de hacer una prueba y esperar sus resultados, que muy bien podrían volver a darle otro giro a tu vida.
Me da la sensación de que cada una de estas pruebas es como un obstáculo en una carrera larguísima cuya meta es la recuperación absoluta. O como un videojuego en el que cada prueba negativa significa pasar de nivel.
Una de estas pruebas nos coincide justo en medio del confinamiento por el coronavirus... ¡Llegar al hospital supone una auténtica locura! Naturalmente, ninguno de nosotros se ha enfrentado a una pandemia antes. Esto es algo muy nuevo que, la verdad, nos da bastante miedo, ¡sobre todo teniendo en cuenta que acabo de superar un cáncer! La ciudad parece una ciudad fantasma, como si hubiese habido un apocalipsis zombi; no hay absolutamente nadie en la calle, excepto mi madre y yo, enfundadas con nuestras mascarillas y hasta con guantes y manteniendo el gel hidroalcohólico bien cerca... ¡Una aventura, vaya! Cuando llego al hospital para que me hagan un TAC
y una resonancia, no puedo dejar de reír al pensar en lo cómicas que debemos resultar mamá y yo, vestidas como si fuésemos a visitar Chernobyl... ¡Y en lo cómicas que resultaremos al volver a casa de la misma guisa!
Pasan un par de semanas y seguimos confinados. Nos toca en casa de papá, y estamos con él, charlando, cuando me llega una notificación al móvil. La miro sin mucho interés; es un wasap de mi madre. Lo abro, sin desatender la conversación, y entonces... ¡Casi se me escapa un gritito!
Lo que mamá acaba de mandarme es la foto de un cachorrito precioso, marroncito, tan diminuto que parece irreal.
Mis padres me prometieron que cuando terminase el tratamiento me dejarían tener una perrita, algo que deseo desde hace mucho mucho tiempo. Mucho antes de la enfermedad, en realidad. A papá no me había costado tanto convencerlo, porque es más de perros, aunque a mamá le tuve que insistir... pero no mucho, la verdad.
—¿Qué pasa, qué pasa? —pregunta mi hermana, casi abalanzándose sobre mí para mirar.
Inclino el móvil para que pueda ver mejor la pantalla.
—¡Mira, mira lo que me ha pasado mamá!
Y leo su mensaje en voz alta:
«Mira, esta cachorrita ha nacido hoy y me han dicho que en unos meses nos la podremos llevar a casa».
Emi ahoga un gritito también y me quita el móvil de las manos. Entre las dos llamamos a mamá, que nos explica mejor la situación. Una familia de Almonte, un pueblo no muy lejos de nosotras, ha tenido unos perritos y hemos acordado que podremos quedarnos con uno una vez haya crecido un poquito y le hayan puesto las vacunas... Algunos cachorros recién nacidos no sobreviven, por desgracia, así que es importante que la familia cuide muchísimo de la nuestra antes de que sea seguro traerla a casa.
Me entra un poco de miedo, pero decido que lo mejor será no ponerme en lo peor... ¡Y en cuanto colgamos el teléfono, Emi, papá y yo nos ponemos en plan tormenta de ideas para dar con un nombre para nuestra perrita! Todavía tenemos un par de meses para pensárnoslo, pero eso no importa. La ilusión nos enciende las mejillas y solo queremos pensar en ese animalito que va a entrar en nuestras vidas... ¡Y que necesita llamarse de alguna manera!
Pasa una hora tras otra y la lista de posibles nombres en la aplicación de notas de mi móvil no deja de crecer. Son todos tan bonitos que me cuesta horrores elegir, pero hay uno en especial que parece el correcto, el adecuado.
—Nora —digo en voz alta.
Papá y Emi se miran. Sonríen.
—Nora —repiten.
El nuevo y más peludo miembro de nuestra familia ya tiene nombre, y es tan precioso como ella.