Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


23. Valentía

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Capítulo 23

Valentía

Todo en la vida radica en la actitud con la que afrontas las cosas.

En septiembre, siete meses después del alta más dulce de mi vida, tengo otra prueba, un TAC

. En el TAC

van a escanearme los pulmones y estoy, naturalmente, asustadísima. Como con cada prueba, me repito las mismas palabras, como un mantra: «Todo irá bien, y si no va bien, sé que podré con ello. He vencido al cáncer una vez y lo volveré a hacer todas las veces que haga falta».

Después de la prueba, todavía con el estómago revuelto y las piernas temblorosas, me voy a desayunar con Emi. ¡Necesito al menos una tostada con jamón para sacarme toda esta ansiedad del cuerpo!

—Ahora a esperar —me dice Emi—. Y sea lo que sea, vas a estar bien al final.

Mojo sus palabras en el aceite de mi tostada. Esa es la clave. Todo va a ir bien al final.

Llega el día de la cita para recibir los resultados del TAC

y, por desgracia, no está Nacho, sino el otro oncólogo, Eduardo. No sé si la cara de Eduardo es más expresiva que la de Nacho o si yo me he vuelto muy buena a la hora de anticipar las malas noticias, pero en cuanto entro en el despacho (antes incluso de sentarme), lo sé. Y creo que mis padres lo saben también, porque mamá me coge la mano y me la aprieta.

Y Eduardo todavía no ha pronunciado ni una palabra.

—Bueno, ¿qué es? —dice mi padre, que también debe de estar temiéndose algo.

Eduardo frunce los labios.

—Hemos visto un pequeño nódulo en el pulmón izquierdo. —Siento algo oscuro y pegajoso en el estómago, pero me esfuerzo en ser fuerte por mis padres—. Tenemos que analizarlo para saber si es enfermedad.

Un par de semanas después, el 13 de octubre, me operan para quitarme el nódulo del pulmón. No sé por qué, me sorprende ver el hospital exactamente igual que como lo dejé. Las habitaciones, los pasillos, las salas de espera, los quirófanos... Todo sigue igual, como congelado en el tiempo, como si la única que hubiese avanzado en los últimos siete meses fuese yo.

Antes de entrar en el quirófano, me ponen un tranquilizante. Esto tiene un efecto muy curioso... ¡Me deja medio drogadilla! Tanto que me parece estar viendo una película y no viviendo mi realidad, y cada vez que miro a mamá me entra la risa tonta.

Algo sí que ha cambiado, ahora que lo pienso. Debido al covid, solo puede estar una persona conmigo, de modo que papá tiene que esperar en la habitación en lugar de estar conmigo y con mamá, como sería lo normal.

—Todo irá bien, campeona —me asegura mamá antes de que me lleven al quirófano.

—Ahora cuenta de diez a cero hacia atrás y piensa en algo bonito —me dice después el anestesista, mientras me duerme.

Yo ya estoy tan tan pero tan grogui que me da la sensación de que su voz me llega desde muy lejos, como si yo estuviera en el fondo de una piscina y él me gritase desde la superficie.

—Diez, nueve, ocho, siet...

Lo último que ves antes de dormirte en el quirófano son las luces sobre ti, que se vuelven más grandes y más blancas mientras se te van cerrando los ojos, hasta que lo cubren todo y pierdes la consciencia.

Cuando despierto, además de lo noqueada que te quedas después de una sedación, siento bastante dolor en el pecho. Al mirármelo (que me resulta bastante complicado, puesto que solo para moverme requiero de una fuerza imposible), me doy cuenta de que tengo un drenaje.

También me han puesto calentadores, ya que al recobrar la consciencia tras una intervención sueles sentir muchísimo frío. Todo esto hace que cada mínimo movimiento resulte en un dolor tan intenso y punzante que me impide pensar en cualquier otra cosa.

—Ya te han quitado el nodulito —me dice mi madre, acariciándome la mejilla—. Ahora no te preocupes. No vamos a preocuparnos hasta que llegue el momento de preocuparnos, ¿vale?

Sonríe, pero sus manos tiemblan sobre mi piel.

Básicamente, todo lo que tiene que ver con la operación da muchísimo asco. Estoy con dolor todo el tiempo, y debido a la anestesia, tengo el estómago tan revuelto que el simple acto de comer supone un suplicio de los grandes. Pero siento un hambre intensa, pese a todo, el tipo de hambre que hace que solo puedas pensar en la comida, hasta el punto de que el más mínimo olor te provoca antojos.

Se supone que tras una operación debes ir acostumbrándote a la comida poco a poco, empezando con purés y otros platos fáciles de digerir antes de atreverte con los sólidos. Por último debes introducir los alimentos más «fuertes», esos que pueden darte una mala digestión aunque estés sano. En teoría. Y digo en teoría porque creo que está claro que las reglas no siempre van conmigo, y a mí me apetece una cosa y solo una cosa: Doritos picantes.

Mi madre intenta meterme algo de razón en la cabeza.

—Elena, ahora estás un poco revuelta, ¿por qué no esperas y te tomas otra cosa, eh? Te prometo que cuando te den el alta te compro todos los Doritos que quieras.

Tuerzo la boca. Me encuentro mal, y cuando te encuentras mal, no ardes en deseos de comer cosas que no te apetecen, aunque tengas hambre. Se me ha metido la idea de los Doritos en la cabeza, y ningún otro tipo de comida podría satisfacerme en este momento.

Mi padre se encoge de hombros.

—Mejor eso que nada.

Esa es toda una filosofía de las plantas oncológicas. Entre el tratamiento y las intervenciones es muy fácil que se te quite del todo el apetito. Eso, sumado a la enfermedad (tu cuerpo quema muchas calorías solo intentando mantenerse sano), hace que muchos pacientes pierdan mucho peso, y en general meter calorías en el cuerpo, vengan de donde vengan, es una opción preferible a no comer nada en absoluto.

Mamá debe de pensar en todo esto, o quizá recuerda lo difícil que es convencerme de otra cosa cuando se me mete algo entre ceja y ceja, porque suspira y dice:

—Muy bien, muy bien, pero que no sea porque no te lo advertí —me señala al añadir esto, y luego se vuelve hacia mi padre—. Una de Doritos picantes marchando, supongo.

De haberme podido mover, habría alzado el puño en señal de victoria.

Después de mi festín vomito mucho, pero ¿sabéis qué? Merece la pena.

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