Mis ganas ganan
24. Con todas mis fuerzas
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Capítulo 24

Con todas mis fuerzas
Levántate. Eso es todo, el único secreto.
Levántate todas las veces que te caigas y sé consciente de que tu empeño tendrá sus frutos.
Tras el alta todavía no puedo moverme mucho, de modo que paso los días siguientes viendo vídeos en TikTok, charlando con Emi y con mis amigos e intentando no pensar en el nódulo que me han quitado ni en la posibilidad de una recaída (algo un poco complicado, ya que todavía siento esos pinchazos de dolor en el pecho).
Estoy tan aburrida y tan nerviosa por los resultados, que empiezo a grabar vídeos documentando mi día a día con el cáncer para subirlos a Instagram y a TikTok. Lo que empieza siendo simplemente un hobby, una manera de pasar las tardes interminables en recuperación, cuando estás demasiado cansado y demasiado abatido para hablar con nadie, se convierte en la mejor vía de escape y en una de las mejores decisiones que he tomado en la vida. Poquito a poco, el número de seguidores crece y, aunque no es una locura, me hace sentir acompañada al saber que al otro lado de la pantalla hay gente pasando por lo mismo que yo, personas que me comprenden y que me animan.
Darme cuenta de que tengo esta herramienta para conectar con otra gente que tiene al cáncer en su vida (ya sea porque están enfermos o porque algún ser querido suyo lo está), me hace sentir como aquella vez que entré en la habitación de Erika por primera vez para animarla. Me hace pensar en la Elena de enero de 2019, recién diagnosticada y con el cuerpo lleno de miedos y preguntas. Tener a esa Elena del pasado presente es lo que me empuja a compartir el cáncer, a quitarle todo ese tabú que hemos creado en torno a él.
Estoy muy muy agradecida de este pequeño grupito de personas que me siguen y que están pendientes de mí. ¿Quién sabe? Quizá a partir de ahora empiece a llegar a más y a más gente... siempre compartiendo mi mensaje: mis ganas ganan. Ojalá más personas lo tuviesen siempre presente.
Tener amigos con la misma enfermedad que tú también significa que puedes hacerles muchas preguntas que te angustian y para las que ellos tal vez tengan una respuesta.
Una de mis amigas virtuales más especiales (mi amarilla en todos los sentidos) es Fátima. Fátima tiene veintidós años y cáncer de mama. Es andaluza, como yo, y le gusta Albert Espinosa, como a mí. De hecho, la considero mi amarilla, esa persona especial que te comprende al cien por cien y con la que puedes contar para todo. Aunque no hablemos todos los días (no es necesario cuando encuentras a alguien especial como ella), la admiro muchísimo. Siempre consigue calmarme y hacerme sentir poderosa, como si fuese capaz de todo. Es como si pudiese intuir cuándo necesito unas palabras de ánimo, porque siempre está ahí, al otro lado del teléfono, cuando necesito sonreír.
La noticia nos llega en casa de mi padre. De alguna manera, me alegro de que sea así. El resultado de la biopsia ha ido pasando de persona a persona —Nacho se lo comunica a mamá, que es quien llama a papá—, de modo que cuando yo me entero parece haber perdido parte de su fuerza.
Cuando el móvil de papá suena, el ruido atraviesa toda la casa como una flecha. Hace eco, casi; el poder de ese sonido me deja congelada en el sofá, incapaz incluso de respirar con normalidad.
Emi, que está en casa, corre a sentarse a mi lado, me coge de la mano y me da un beso en la frente.
—Todo va a ir bien, gordi —susurra mientras papá contesta al teléfono.
—¿Sí? Dime, Emi. —Papá contiene la respiración; es algo que podemos oír desde el salón—. Vale. Vale, muy bien. Espera, que voy a contárselo a Elena.
Pero en realidad no hace falta que papá me diga nada. Puedo leer la verdad en su cara perfectamente, en la manera en la que sus ojos brillan (con unas lágrimas que no acaban de caer) y en las arruguitas que empiezan a dibujarse en su rostro.
—Elena, era tu madre —dice. Hasta sus palabras parecen pesar como el hierro—. Ya tiene los resultados de la biopsia.
Emi me aprieta la mano con más fuerza.
—¿Y?
Papá frunce los labios.
—Es una metástasis de sarcoma de Ewing.
Emi relaja la fuerza que ejerce sobre mi mano. Se ha quedado paralizada, como si papá acabase de arrojar un jarro de agua helada sobre ella.
—Vas a tener que volver a recibir quimioterapia, Elena —continúa papá—. Los médicos todavía no saben el tratamiento exacto que van a seguir, pero nos lo contarán cuando nos reunamos con ellos.
Cojo aire. Debo ser fuerte. Debo ser fuerte por todos ellos.
—Muy bien —digo, sorbiéndome los mocos—. Vale. Pues voy a por todas otra vez.
Como siempre. Jamás voy a rendirme. El cáncer se ha equivocado al escoger su objetivo, porque voy a pelear con uñas y dientes. Y voy a ganar. Eso lo tengo clarísimo.
La recaída y el diagnóstico inicial no son tan distintos, después de todo. Cuando, unos días después, nos reunimos de nuevo en el despacho de Nacho, la sensación de déjà-vu
me golpea en la cara como una bocanada de aire fresco.
Las paredes blancas. La luz clara que entra a través de las ventanas. La mesa, separándonos físicamente de Nacho. El tapizado de la silla pegándose a mis muslos. Todo.
Todo. Es. Igual.
La que ha cambiado soy yo. Ahora tengo más fuerza que antes. Sé más cosas, estoy más preparada. Le he dado la patada al cáncer una vez, así que, ¿por qué no hacerlo una segunda? Estoy lista para este reto.
—¿Cómo te encuentras, Elena?
Esto es lo primero que me pregunta Nacho, mientras toma asiento en su silla. Me encojo de hombros.
—Bastante bien, la verdad.
No es una mentira. Me encuentro decentemente bien, ahora que me he recuperado del todo de la operación. Me había encontrado bien antes, también. Aunque la recaída no ha sido la mayor sorpresa del mundo (las recaídas son bastante comunes en los primeros meses tras la recuperación, al fin y al cabo), también es cierto que nada me había hecho sospechar que pudiese volver a estar enferma.
Nacho solo sonríe y mueve cabeza.
—Así me gusta. Bueno —pone las manos sobre la mesa, mirándonos a mis padres y a mí—, el resto del equipo y yo hemos estado hablando y estudiando tu caso y ya hemos tomado una decisión sobre la línea de tratamiento que vamos a seguir a partir de ahora.
Asiento, acercándome instintivamente más a él para escuchar con más atención lo que tiene que decirnos. Por lo que mamá le ha contado a papá, ya sé que tendré que enfrentarme a la quimioterapia, ese veneno que he llegado a odiar con tanta intensidad, pero incluso dentro de la tortura que puede suponer la quimio, hay varios grados de suplicio. Aunque estoy preparada para volver a la lucha, la idea de enfrentarme de nuevo a unos ciclos tan brutales como los que había sufrido tras el primer diagnóstico me paraliza.
—Las buenas noticias es que el tratamiento que vamos a administrarte suele llevarse bastante bien —dice y, como hace una pausa después, me muerdo el labio inferior y pregunto.
—¿Y la mala noticia?
—La duración del tratamiento será de un año, así que va a ser un proceso largo. —Ilustra su afirmación separando sus manos, como si quisiese condensar todos esos días a los que me enfrentaré en el espacio vacío entre sus palmas—. Pero se suele llevar bien, eso sí.
Mis padres asienten con un gesto, y yo suelto un suspiro que he estado conteniendo con la tensión. Un año parece una cantidad de tiempo imposiblemente larga. Tendré diecinueve años cuando termine. Me cuesta muchísimo imaginar a esa Elena de diecinueve años. ¿Qué estará haciendo? ¿Le habrá surtido efecto este tratamiento? El miedo es una sensación de frío húmedo en la boca de mi estómago, pero si los últimos meses me han enseñado algo, es a vivir con miedo.
—Serán dos jueves seguidos con quimioterapia intravenosa y después un jueves de descanso —me continúa explicando Nacho; esto no suena tan mal, y puedo seguir respirando con calma—. También vas a tener que tomar unas pastillas de quimioterapia, pero, como he dicho, es un tratamiento bastante más... ligero que en el que te pusimos la otra vez.
—¿Y se me va a volver a caer el pelo?
Me ha crecido bastante durante los meses que he pasado en recuperación. Está más rizado que mi melena precáncer (algo curioso de la quimioterapia es que después el pelo te puede crecer con otra textura y hasta con otro color), y ya puedo hasta pasármelo por detrás de las orejas. Además, he conseguido recuperar mi flequillo de antes. Aunque mi corte actual es apenas un poco más largo que un pixie (de hecho, parece el corte de alguien que está intentando pasar del pixie al bob), y aunque la Elena de antes del cáncer no lo habría considerado largo en absoluto, para mí es un gran avance y me da mucha pena pensar en la posibilidad de perderlo.
Nacho se acaricia el mentón.
—La verdad es que no podría decírtelo. Así como con el otro tratamiento era seguro que se te iba a caer, con este a algunos pacientes se les cae y a otros, no.
Me muerdo la cara interna de las mejillas, enroscándome un mechón en el índice. Quizá tendré suerte. Quizá podré seguir dejando que mi pelo crezca.
«Y si no puede ser, no pasa nada —pienso—. ¡Al menos ahora tengo una colección lo suficientemente grande de pañuelos!
—¿Y voy a tener que quedarme ingresada? —insisto.
Aunque hice muchos amigos durante el tratamiento anterior y aunque guardo muchos recuerdos buenos de mis hospitalizaciones, no quiero volver a detener mi vida de esa manera. Especialmente ahora, con el covid, que todo está tan parado, quiero sentir que hay algo que puedo controlar. Quiero algún tipo de normalidad, al menos, cosa que es un poco difícil de mantener cuando pasas varios días a la semana en el hospital.
Nacho me dirige una media sonrisa.
—No, con este tratamiento no. Será en el hospital de día, así que podrás volver a casa después de las dosis. Mientras no tengas una bajada, no será necesario que pases la noche ingresada. —Alza la cabeza para poderse dirigir también a mis padres—. ¿Alguna pregunta más? Sé que es duro volver a enfrentarse a esto, pero tengo mucha confianza en el tratamiento y en la fortaleza de Elena.
Le devuelvo esa sonrisa.
—Claro, y yo a seguir luchando, aunque esto sea una mierda. ¡Yo, a por todas!