Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


25. Comenzar de nuevo

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Capítulo 25

Comenzar de nuevo

No importan las veces que tengas que lamer tus heridas, sino la fuerza que demuestras al seguir plantándole cara a tus demonios.

Los ciclos de quimio comienzan enseguida, ¡no hay tiempo que perder! El primer día llego al hospital muy convencida, vestida con mi «uniforme de quimio» (la ropa más cómoda que pude encontrar en mi armario, pero lo suficientemente estilosa como para que parezca que me había esforzado en escoger modelito) y con ganas de comerme el mundo. Estoy nerviosa también. Hay muchas cosas nuevas por delante (mi primera vez en un hospital de día, un tratamiento que nunca me han suministrado), además de la perspectiva de enfrentarme otra vez a algunos de los momentos más duros del año pasado (los efectos secundarios de la medicina, el ansia de no saber si el «veneno» está actuando como debería).

—¿Cómo te encuentras hoy, Elena? —me pregunta la enfermera de esta mañana, mientras cuelga la bolsa amarilla de la quimio.

Tuerzo los labios, fingiendo que estoy pensando.

—Mmm... ¿Con muchas ganas de darle la patada al cáncer otra vez es una respuesta apropiada?

Irrumpe en una risotada fuerte que le tiñe las mejillas de rosa.

—Es la respuesta más apropiada —dice—. Bueno, ya sabes cómo va esto, ¿no?

Asiento.

—No es mi primer rodeo —sonrío—. No te preocupes, vengo preparada. —Para ilustrar mi afirmación, conecto los cascos al móvil y le enseño la lista de reproducción que he creado para que las horas enganchada a la máquina se me hagan más llevaderas.

La enfermera, que me devuelve la sonrisa, me da una palmadita en el brazo.

—Avísame si necesitas algo, campeona.

Alzo los pulgares como respuesta. Tengo mi música, mi portátil y a mi madre para darme palique. Además, volver al hospital es casi como calzarme de nuevo mi antigua rutina, como ponerme otra vez los calcetines gruesos cuando vuelve el invierno.

A lo mejor es por esto, por la novedad de la situación o por todas las canciones de Aitana en bucle, pero lo cierto es que se me pasan las horas volando y, cuando la máquina emite su característico pitido para alertarnos de que se ha terminado la dosis, apenas puedo creérmelo. ¿Qué? ¿Ya? ¿Es hora de volver a casa?

La misma enfermera de por la mañana viene para quitarme la bolsa. Me coloca la mano sobre el hombro también y me pregunta:

—¿Cómo te sientes? ¿Tienes náuseas...?

Sacudo la cabeza.

—No, estoy bien —sonrío, como si el significado de mis propias palabras me acariciase las mejillas—. ¡Estoy bien! Solo un poco mareada, pero nada más.

—Eso está muy bien —responde ella, enfatizando las palabras—. Entonces nos vemos el próximo jueves, ¿OK?

—¡OK!

Nacho no nos ha mentido; comparada con la quimio anterior, esta de momento está resultando un paseo por el parque. Exceptuando esos breves mareos, el tratamiento no me ha sentado mal en absoluto. Todavía conservo mis energías y no experimento esas ganas terribles de vomitar que te vienen muchas veces tras una sesión. Hasta no me ha quitado mucho el apetito. A ver, no es que vaya a ser la primera en saltar ante la posibilidad de ir a ponerme las botas a un bufet libre, pero al menos me da la sensación de que seré capaz de tomar la comida, y sé que eso a mamá la alegrará muchísimo. A veces, cuando convives con el cáncer, te hace falta realmente poco para ser feliz.

En esta ocasión, mi primera quimio viene acompañada también de un regalito. Me lo encuentro al llegar a casa; está en mi cama. Se trata de una prenda de la tienda de ropa de Lucía, una persona muy especial que llegó a mi vida a través de las redes en otoño. Lucía es... bueno, Lucía es prácticamente mi ángel de la guarda, si soy completamente sincera. Su magia consiste en un proyecto al que ha llamado «una quimio, una sonrisa» y no os puedo explicar la ilusión que me hace ver su regalo ahí, en mi cama. De verdad que es el broche perfecto de este nuevo «viaje».

Al día siguiente me toca la primera dosis de quimioterapia en pastillas. Para ser honesta, el solo hecho de no tener que ir al hospital a recibir el tratamiento le quita muchísimo hierro al asunto. Como es la primera vez que tomo algo así, me sorprende mucho que todo ese veneno pueda «concentrarse» en una pequeña pastilla que puedo esconder con tanta facilidad en la palma de mi mano.

No me sientan mal. Nada mal, de hecho, y durante el resto de la semana puedo llevar una vida más o menos normal... ¡Al menos para los parámetros del coronavirus! Me fastidia bastante no poder quedar como antes con Ana, Marta, María Dlr y María L, pero tengo a mi hermana conmigo y juntas podemos hacer el tonto y olvidarnos un poco de toda la situación del cáncer.

Al llegar el jueves siguiente, me sigo encontrando tan bien y tan llena de energía que entro de lo más confiada en el hospital. ¡Lista para enfrentarme a la quimio y a lo que haga falta!

Mamá me acompaña, como la otra vez. Estamos las dos en la habitación que te dan para recibir el tratamiento, escuchando música y echándole un vistazo a las redes sociales cuando... ¡Pum! Me empiezo a encontrar mal de sopetón, como quien te da una bofetada. Fatal, en realidad, y como he dicho, ocurre de un momento a otro. Es más o menos así...

Minuto cero:

Estoy de lo más tranquila, sobre todo teniendo en cuenta que una sesión de quimio no es precisamente la cosa más divertida del mundo. El tratamiento es algo bastante monótono y yo estoy bien, escuchando mi música y dándole me gusta a las fotos de mis amigas en Instagram, así que mamá se ausenta un rato para ir a recoger unos papeles.

Literalmente, tres o cuatro minutos más tarde:

Con la facilidad con la que una canción pasa a otra en las listas de reproducción, empiezo a encontrarme horriblemente mal. La bilis me sube a la garganta, lo cual nunca es buena señal, y antes de que pueda darme cuenta, ya estoy doblada sobre mí misma y vomitando.

Un sudor frío me recorre la frente, haciéndome cosquillas al bajar hasta mis clavículas. Mi corazón late tan fuerte que puedo escuchar cómo bate contra mi pecho. Nunca me ha pasado esto. Nunca me he puesto tan mala con la quimio.

—¡¡¡Mamá!!!

Escucho sus pasos acelerados en el pasillo y luego la veo entrar, pálida y con el pelo revuelto.

—¿Qué pasa?

No me da tiempo a contestar porque me viene otra arcada que, afortunadamente, puedo contener. Mamá repara en el vómito de antes en el suelo, y no tengo que explicar nada.

—Cariño, no te preocupes. Aviso a la enfermera y ya vengo contigo.

Me dan ganas de decirle que no, que no hace falta, que puedo esperar a que lo limpien, que solo quiero que venga conmigo y me abrace, pero esta vez no puedo contener un nuevo vómito.

Vomito tanto y tan fuerte que empiezo a notar cómo mis piernas flaquean, como si estuviesen hechas de gelatina. Apenas siento llegar a la enfermera; de hecho, no noto su presencia hasta que la veo inclinada frente a mí, limpiando el suelo.

—No te preocupes, Elena, que es normal —me dice, frunciendo los labios, mientras me acaricia la rodilla.

Asiento, tratando de contener unas lágrimas de vergüenza y de rabia. ¡Estaba tan convencida de que este jueves sería como el anterior! Aunque sé que no es su culpa, ahora mismo me siento un poquito resentida con Nacho, que me dijo que esta quimio solía sentar bien. A mí, en cambio, una quimio jamás me ha hecho vomitar tantísimo como esta.

«Al menos espero que eso signifique que está haciendo su cometido», pienso. Tiene que ser así. Si me encuentro tan tan pero que tan mal debe de ser porque la quimio está siendo más agresiva de lo que me pensaba. Debe de estar atacando al tumor con todas sus fuerzas, con la pega de que por el camino me las está haciendo pasar canutas. ¡Menuda mierda! Pero tengo que soportarlo. Voy a soportarlo.

Mamá, que se sienta a mi lado, me coge de la mano y me la acaricia.

—Ya está. Ya pasó, ya pasó.

Palabras sencillas, pero curativas, como si cada sílaba estuviese rebosante de salud. Asiento, sorbiéndome los mocos. Estoy tan sudada y mareada que cualquiera pensaría que acabo de recorrer los cien metros lisos en diez segundos.

—Pues vaya con la quimio que no solía sentar muy mal, ¿eh? —bromeo.

Mamá se ríe débilmente. Eso a veces, en el cáncer, es imprescindible.

Cuando llego a casa un par de horas más tarde, estoy tan exhausta que me tiro en la cama sin apenas mediar una sola palabra más. No me da tiempo ni a desbloquear el móvil cuando me viene otra vez una arcada. Abro la boca para llamar a mi madre y pedirle que me traiga una palangana (estoy tan cansada que no me veo ni con fuerzas de caminar hasta el baño), pero vomito otra vez. ¡Qué horror! Nunca me he puesto tan mala con el tratamiento.

«Más te vale funcionar, —le digo mentalmente al veneno que fluye por mis venas—. Con lo mal que lo estoy pasando, ya puedes funcionar al cien por cien».

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