Mis ganas ganan
26. Un paso adelante y dos atrás
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Capítulo 26

Un paso adelante y dos atrás
El progreso no siempre es lineal.
A veces hay que caerse antes de poder
remontar el vuelo.
Las siguientes semanas son un calco casi perfecto de las anteriores. Aunque mi primera sesión de la nueva quimio fue alentadora, por desgracia las siguientes han seguido la estela de la terrible segunda sesión. Cada jueves es un cuadro idéntico del anterior: vómitos, vómitos y más vómitos. Este nuevo tratamiento me deja exhausta, hasta el punto de que la semana de descanso se ha convertido más bien en una isla en la cual parar a retomar fuerzas.
No empiezo a tolerar mejor la medicina hasta la cuarta sesión, la primera en la que no acabo inclinada sobre la palangana y deseando estar en cualquier lugar excepto en el hospital.
—¡Menudo logro! —exclamo cuando entro en el coche.
A mamá le entra la risa.
—¿El qué? ¿Mis habilidades para la conducción?
Pongo los ojos en blanco.
—Ja, ja, ja. No he vomitado nada hoy. ¿No te has dado cuenta?
Mamá sacude la cabeza mientras extiende el brazo para poner la radio.
—Sí, claro que me he dado cuenta. ¡Reto superado! A partir de ahora, todo será más fácil, ya lo verás.
Le sonrío, subiéndole el volumen a la música. Hay que celebrar todos los pequeños triunfos, ¿no?
Esa sonrisa confiada me dura exactamente lo que tardo en recibir mi quinta sesión de quimioterapia. Llego al hospital bastante relajada. Me he obligado a creer que a partir de ahora ya no vomitaré más. Sé que no es exactamente algo razonable (a fin de cuentas, la primera sesión fue como la seda y las siguientes han sido una tortura), pero no voy a permitirme pensar en otra cosa.
Todo. Va. A. Ir. Bien.
Respiro esas cinco palabras, prácticamente, mientras las enfermeras me suministran la droga y yo veo todos los tiktoks de mi Para ti
.
Todo. Va. A. Ir. Bien.
Para ser justos, no vomito. La ola que me viene es peor. Más grande. Pero aprenderé a surfearla.
Me doy cuenta enseguida, en el momento preciso en el que mamá entra en la habitación. Tiene los ojos llorosos, tan brillantes y enrojecidos, y va acompañada de Ana, otra de las oncólogas que llevan mi caso. Nacho está de vacaciones, de modo que Ana será la nueva «Nacho» durante los próximos días. Esto no me llena de esperanzas, para ser honestos.
—¿Qué te pasa? ¿Qué ha pasado?
Las preguntas salen de mi boca como balas. Estoy muy muy muy nerviosa. Mis manos tiemblan y, puesto que he cerrado los puños contra los reposabrazos, mis nudillos están teñidos de un color mucho más pálido, como el de la leche agria.
Todo iba bien hasta ahora. Todo tiene que seguir yendo bien.
¿Cuántas veces más voy a tener que caerme?
—Hemos visto un nuevo nódulo —me explica Ana, cogiendo una silla para sentarse frente a mí—. En el mismo pulmón.
Su tono es desapasionado, clínico. «Esto es lo que ha pasado, —parece decir—, y así es cómo vamos a solucionarlo».
Solo que ahora mismo no quiero escuchar nada por el estilo, claro. Lo único que quiero que me digan es que no hay contratiempos, que el veneno está aniquilando a ese puñado de células que crecen en mi interior y que quieren hacerme daño.
Miro a mi madre. Unas lágrimas silenciosas le resbalan por las mejillas, emborronándole el maquillaje.
Me humedezco los labios.
—¿Por qué? —le pregunto a Ana.
Toma aire, cogiéndome la mano.
—El tratamiento no está haciendo su función.
Me invade una rabia roja. No. No. Imposible. No puede estar pasando. ¿De qué han servido todas estas semanas? ¿Todos estos vómitos? ¿Este sufrimiento?
Siento que me falta el aliento y apoyo la cabeza entre las rodillas para intentar controlar mi propia respiración. Uno, dos, tres, cuatro. Los segundos pasan tan lentos que casi puedo sentirlos caer sobre mi espalda, su peso imposible e insoportablemente grande.
«Vas a poder con esto, Elena —me digo—. Vas a dominar esta tempestad».
Lloro. Es una llantina rebosante de enfado y de frustración. Recibir las noticias del nuevo nódulo es tirar a la basura toda esta lucha que tanto me ha costado.
—Basta —me susurro a mí misma, dándome un pellizco, casi como si quisiese despertarme de un mal sueño.
Tengo que ser firme. Debo ser firme. Si no lo soy, todos los días que quedan por delante serán un infierno, tanto para mí como para los míos. Tengo que seguir luchando. Es lo que mejor se me daba, después de todo.
—Vale —digo, reincorporándome—. Vale. ¿Ahora qué? —Recorro el rostro moreno de Ana con la mirada—. Es decir, ¿ahora qué pasa conmigo? ¿Qué hacemos? ¿Vamos a seguir con este tratamiento igual o...?
—Voy a tener que hablarlo con el comité de médicos —me interrumpe ella. El comité de médicos es donde se comentan los casos junto a los oncólogos, radiólogos...—. Pero lo más seguro es que empieces un nuevo tratamiento.
Asiento, tratando de asimilar sus palabras. Otra vez deberé empezar de nuevo. Acabo de dar tres pasos atrás de golpe cuando creía que había avanzado uno. Todo mi cuerpo tiembla, de arriba abajo, de la cabeza a la punta de los dedos de los pies.
—¿Y hoy? ¿Qué? ¿Me voy a casa?
Debo empezar un nuevo ciclo, pero no tengo demasiadas ganas de hacerlo ahora que la medicina ha resultado ser una molesta inutilidad. ¿Qué sentido tiene quemarme las venas y hacérmelo pasar fatal si el tratamiento no está actuando como esperábamos?
Ana debe de tener un punto de vista diferente al mío, porque frunce los labios y dice:
—Hoy te vamos a poner el tratamiento como habíamos planeado.
Abro tanto los ojos que hasta me duele. ¡¿Qué?!
—Pero ¿por qué? Creía que no estaba haciendo nada. Es decir, ya es mi quinta sesión y en todo este tiempo me ha crecido un nuevo nódulo, ¿no?
Mamá deja caer su mano sobre mi hombro; me lo acaricia.
Ana mueve la cabeza.
—Sé que es difícil, Elena —trata de explicarme, aunque estoy tan frustrada y tan cansada que solo puedo pensar que no, que no lo sabe, que no puede saberlo a no ser que estuviese en mi situación—. Pero es mejor no dejar a las células cancerosas así, sin ningún tratamiento.
Suspiro.
—Vamos, que me estás diciendo que tengo que sentarme aquí a recibir una cosa que no me está haciendo nada, además de hacérmelo pasar fatal.
Una arruguita crece junto a la comisura derecha de los labios de Ana.
—Sé que es difícil, Elena —repite—. Pero es lo mejor para ti.
Siento ganas de gritar. No lo hago. Vuelvo a suspirar, obligándome a contar hasta diez. Puedo ver los ojos de mamá, acuosos y rosados. Tengo que ser fuerte. Tengo que ser fuerte por ella. Por Emi. Por mi padre. Por todos. Mi vida no es la única que cuenta ni la única afectada por esta enfermedad.
—Está bien —accedo—. Ponedme la dosis.
No sirve de mucho resistirme, de todos modos. Lo único que conseguiría sería disgustar más a mamá, y eso sí que no podría perdonármelo.