Mis ganas ganan
27. La escalada
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Capítulo 27

La escalada
Tienes que convertirte en tu propio lugar seguro. Tienes que poder mirarte en el espejo y saber que le confiarías todo a la persona en el reflejo. Tienes que ser tu propia mejor amiga.
Nacho nos reúne en su despacho para hablarnos de las siguientes opciones de tratamiento. Es como ver la misma película por tercera vez, y no se trata de una película particularmente excitante.
De nuevo los tres en su despacho (mamá, papá y yo). De nuevo en aquellas sillas que hemos llegado a conocer tan íntimamente. De nuevo ante los ojos amables de mi oncólogo, bañados por la misma luz clara y apacible.
Estoy vestida de miedos, miedos más grandes y más amenazadores que los anteriores. Aunque trato de evitarlos, porque no van a ayudarme en nada, mi cabeza está llena de pensamientos oscuros. Si el tratamiento anterior no ha funcionado en absoluto, ¿qué me dice que este vaya a ser el bueno? Si el primer tratamiento solo ha funcionado durante unos meses, ¿va este a poder darle la patada definitivamente al cáncer? Tengo tanto por vivir y hay tantas cosas que quiero hacer... es injusto. Dieciocho años es muy poco tiempo.
«Cálmate, Elena —me digo—. Estás aquí, así que eso significa que van a seguir luchando por ti. Estás aquí, así que eso significa que vas a seguir peleando. Esto es solo una herida, no el final».
—Vamos a empezar un tratamiento de cinco días de quimioterapia —me explica Nacho.
Me gusta cómo lo dice, eso de utilizar el plural. Como si fuésemos un equipo. Como si estuviésemos juntos en esto.
«Porque sois un equipo y porque estáis juntos en esto, boba —pienso—. No van a dejarte caer, así que no te rindas tampoco tú».
—Después de los cinco días habrá bajada, ya sabes —continúa—. Luego unos días de «relax» para que te suban los niveles y al ataque otra vez.
—Es más parecido al primer tratamiento, entonces —dice mi padre.
Siento algo oscuro y frío en el estómago. No puedo creerme que vaya a tener que volver a aquello, a todo ese cansancio, a las hospitalizaciones... pero sé que es lo mejor para mí, en el fondo.
—Sí —responde Nacho—. Aunque la quimio te la vamos a seguir suministrando en el hospital de día. No va a ser necesario que te quedes ingresada, a no ser que sufras una bajada.
Asiento lentamente, tratando de grabar sus palabras en mi memoria. Es un poco como tratar de mantener agua en las palmas de las manos sin que se te escapen los chorros por entre los dedos. Demasiada información. Demasiados cambios. Todavía tengo que terminar de asimilar que me han encontrado un nuevo nódulo en el cuerpo y que el tratamiento anterior no está funcionando.
Pero tengo preguntas. Muchas preguntas. Quiero saberlo todo. Quiero estar lo más preparada posible para enfrentarme a este nuevo monstruo.
—¿Se me va a caer el pelo?
He conseguido mantener mi «melenita» con el tratamiento fallido. Sí, es cierto que se me ha debilitado el pelo, quizá también por todo el peso que he perdido, pero no se me cae como con el primer diagnóstico.
Nacho hace un gesto con la cabeza que disipa toda duda.
—Sí, Elena. Con este tratamiento, sí.
Me muerdo el labio inferior.
—¿Y cómo me va a sentar?
Ya medio sé la respuesta, pero quiero escucharla de sus labios igualmente. Soy consciente de que tantos días seguidos de quimio no pueden ser fáciles para el cuerpo, pero Nacho tiene que confirmármelo para que sea verdaderamente real.
De todas maneras, he aprendido que cada caso es distinto. El tratamiento fallido se suponía que no sentaba mal y a mí ha sido el que peor me lo ha hecho pasar.
—No suele sentar muy mal, pero es casi seguro que vas a tener bajadas —me explica—. Vas a necesitar sangre, plaquetas, pinchazos de defensas...
—Vamos, que vuelvo a lo de la primera vez.
—Que vuelves a lo de la primera vez —repite.
Asiento, girando la cara para mirar a mis padres antes de dirigirme de nuevo a Nacho. Estoy preparada.
—Muy bien. Pues a la tercera va la vencida, ¿no?