Mis ganas ganan
29. De la mano
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Capítulo 29

De la mano
Es necesario encontrar a nuestras personas.
Nuestras personas no son necesariamente nuestros mejores amigos o nuestros familiares o nuestras almas gemelas, sino aquellas que están caminando por exactamente el mismo sendero que nosotros.
Sentirse comprendido es más importante de lo que nos damos cuenta.
A los pocos días de terminar la quimio tengo fiebre. Sé lo que eso significa y no me equivoco: bajada, bajada de defensas, sangre, plaquetas...
Vamos al hospital para que me hagan una analítica, y durante todo el trayecto en coche, me siento como si estuviera medicada. Las luces de la ciudad son más tenues, como si el cansancio me impidiese incluso ser consciente de todos los colores, y escucho los ruidos muy lejanos. Me siento un poco como cuando sales del ruido y la oscuridad de una discoteca y la calle ahí fuera parece estar envuelta en un aura distinta, como si no fuese del todo real.
Apuesto a que tengo un aspecto terrible, además, por el modo en que me miran las enfermeras y los celadores. El resultado, inequívocamente, es que estoy muy bajita de todo. Noto incluso que me falta el aire; tienen que ponerme oxígeno, algo a lo que no estoy acostumbrada, pero que me ayuda. Al poco de tener la mascarilla, los bordes de mi mundo empiezan a perfilarse, y tras unos minutos, ese embotamiento en el que estaba presa se disipa también.
Estoy cinco días ingresada para que me transfundan sangre y plaquetas. Estar encerrada y encontrándome francamente mal es un rollo, pero mi familia y mis amigos me alegran la habitación del hospital... ¿Cómo? Pues Lucía, mi ángel de la guardia, me regala un montón de globos preciosos, mientras que mis padres y mi hermana me traen unas flores que llenan de color las paredes blancas del hospital.
¡Estos detalles me encantan! No paro de sacarles fotos y de enseñárselos a las enfermeras mientras me transfunden como ocho millones de plaquetas.
—¿A que son bonitos? —les digo.
—Preciosos. Es una habitación de hospital chic.
Me río.
—Habitación de hospital chic —repito—. A lo mejor esa va a ser mi estética, por el momento. Hospitalcore.
—Puedes empezar una exitosa carrera como influencer de habitaciones de hospital —agrega Emi, metiéndose en la broma.
Aun con todo, la bajada me ha dejado bastante tocada. He perdido aún más peso, lo cual, tras los vómitos y la falta de apetito del tratamiento anterior, es lo último que necesito.
—Vamos a tener que llamar a los nutricionistas para que le echen un vistazo a tu caso —me dice el médico cuando me visita.
Noto cómo se me corta la respiración, un hilillo de sudor frío me baja por la espalda. ¿Los nutricionistas? Eso, cuando estás conviviendo con el cáncer, no suena particularmente alentador.
He conocido a muchos niños a los que les han puesto una sonda nasogástrica, un tubito que va desde la nariz hasta el estómago para suministrarte un extra de calorías y que tu peso, con un poco de suerte, aumente. A otros niños les ponen un botón en la barriga; es decir, una sonda que conecta directamente con el estómago para apoyar la alimentación.
No me gusta esta conversación. La sola idea de que me pongan algo semejante me hace temblar, y se me erizan hasta los pelillos del brazo.
—No vamos a asustarnos hasta que sea necesario —me tranquiliza el médico—, pero sea lo que sea, vas a poder con ello porque eres una campeona.
Asiento, tragándome todos mis miedos y todas mis dudas. ¿Qué otra cosa puedo hacer, además de cruzar los dedos con todas mis fuerzas para que los nutricionistas no se alarmen ante mi pérdida de peso?
¿Creéis en las casualidades? Antes del cáncer yo os habría dicho que no, ¿pero ahora? Ahora he vivido demasiadas en mi propia carne como para simplemente ignorarlas.
Mi nueva compañera de habitación es Adriana, una niña de doce años. ¿Y sabéis qué? ¡Lleva sonda!
Me alegro muchísimo. No por ella, por supuesto, sino por mí, egoístamente; no puedo evitar pensar en que es precisamente lo que necesito, una persona que haya pasado ya por lo que yo estoy a punto de enfrentarme.
Debo de quedarme mirándola demasiado rato, porque frunce los labios con cara de circunstancias. Eso rompe el hechizo. Sacudo la cabeza y me siento sobre mi cama.
—Disculpa, no quería quedarme mirando —le digo, todo lo rápido que puedo; me hace sentir mal que se haya podido molestar por mi culpa—. Es que, bueno..., justo acabo de hablar con el oncólogo y me ha dicho que a lo mejor me ponen una sonda y...
La expresión de Adriana cambia por completo. Se ilumina con una sonrisa enorme y muy blanca.
—¡Ah, eso! —dice, haciendo aspavientos con los brazos—. A mí también me daba muchísimo miedo, pero desde entonces he ganado un montón de peso. Es lo mejor que me podían poner, la verdad.
Me muerdo el labio inferior.
—¿Y...?
—¿Duele? —termina ella por mí, inclinando la cabeza en un gesto de comprensión—. A ver, molesta un poco cuando te la ponen, no te lo voy a negar, pero una vez puesta te acabas acostumbrando. —Se encoge de hombros—. Vale, los primeros días te duele un poco la garganta de tener el tubo ahí, y las primeras veces que te alimentan te sientes muy hinchada al levantarte... pero te acostumbras. De verdad. Yo ya casi ni la noto.
Suspiro, tirándome hacia atrás en la cama. Todavía siento ese hormigueo en la tripa, pero estoy más tranquila. Adriana no me mentiría. Todo va a ir bien.
—¡Cómo me alegro! Me estaba agobiando muchísimo...
—Ya, normal. A mí cuando me lo dijeron... buf, qué mal lo pasé. Ni te lo imaginas. Pero ahora estoy avanzando muchísimo. Yo creo que ya me la quitarán pronto.
Le sonrío, reincorporándome.
—¡Seguro que sí!
Y cambiamos de tema. Ya ha sido suficiente cáncer para una sola conversación. Además, ¿qué sentido tiene que te pongan a una compañera nueva si no tratas de conocerla mejor?
Los nutricionistas llegan un par de minutos después. Aunque el solo hecho de saber que van a unirse a mi caso me ha aterrado, tras la conversación con Adriana me siento muchísimo más segura y positiva. ¡A por todas!
—Hola, Elena —me dice uno de ellos, el que parece el jefe.
—Hola —les digo, mirándolos uno a uno, como si quisiera estudiarlos; por desgracia, nada en sus caras me da una pista de lo que va a pasar ahora conmigo—. ¿Al final me vais a poner la sonda?
Otro de los nutricionistas me sonríe. Claramente esperaba esa pregunta. ¿Qué otra podría hacer alguien en mi lugar?
—Eso es lo que tenemos en mente, Elena —me dice el nutricionista jefe.
—Hay que coger peso de alguna forma —agrega su compañero—, porque al estar tan bajita tu cuerpo está más débil, y por eso la quimio te hace más daño.
Sacudo la cabeza. Tiene sentido. No puedo dejar de pensar en las palabras de Adriana, en lo rápido que decía haber subido de peso. Quizá solo tenga que llevar la sonda durante un par de semanas... y eso me hará pelear más duro contra la enfermedad.
—¿Qué dices, Elena? —me preguntan.
Parpadeo. Me gusta que me pregunte, que se tome tan en serio mi opinión.
—Pues... pues vale. Vamos, que va a ser algo que me va a ayudar, ¿no? Y voy a estar más fuerte aún. A ver, va a ser un palo, pero va a ser bueno para mí, así que vale.
Sonríen. Ha sido la respuesta correcta.
En cuanto se van los nutricionistas, Adriana se sienta en su cama, con las piernas cruzadas, y empieza a darme una clase introductoria de lo que significará para mí llevar la sonda nasogástrica.
—A ver, ¿te acuerdas de cuando te dije que solo molestaba un poco cuando te la ponen?
—S-sí —respondo sin muchas ganas.
¡Espero que ahora no vaya a confesarme que ha mentido y que en realidad es una tortura!
—Vale, pues cuánto molesta depende de lo torcida que tengas la nariz, porque claro, las enfermeras tienen que subir el tubito por ahí... —Se inclina hacia mí, mirándome fijamente y, más concretamente, estudiando mi nariz—. Bah, no creo que tengas problema, entonces. ¿Qué más? Veamos... ¡Ah, sí! Te la ponen de esta manera...