Mickey7
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Cuando me despierto Nasha ya se ha ido, pero me ha dejado un mensaje en la tableta: «Hoy vuelo. ¿Nos vemos a mi vuelta?».
Sonrío. Salgo de la cama, me aseo sin agua y me pongo el último conjunto de ropa más o menos limpia.
No me preguntes por qué, pero siento que algo ha cambiado.
Tengo una leve sensación de… ligereza. No sé, es solo que…
Y entonces tengo una revelación: por primera vez en no sé cuánto tiempo no estoy asustado.
Saboreo esa sensación, me regodeo en ella y dejo que se filtre hasta mis huesos. Entonces el ocular me avisa de que he recibido un mensaje.
<Comandancia1>: Se solicita su presencia inmediata en el despacho del comandante.
<Comandancia1>: Si a las 9.00 horas no se ha presentado, se le considerará un desertor.
Oh, vaya. Menudo jarro de agua fría.
Me tomo mi tiempo para responder al requerimiento de Marshall. Tengo una idea bastante clara de lo que va a decirme y no quiero oírlo.
Son las 8.59 cuando abro la puerta del despacho de Marshall. Él está recostado en su silla, detrás del escritorio, con las manos enlazadas sobre la barriga y una sutil sonrisa dibujada en los labios.
Vaya. No era este el recibimiento que esperaba.
—Barnes, siéntese.
Entro en el despacho, cierro la puerta y acerco una silla a la mesa.
—Buenos días, señor. ¿Quería verme?
—Así es. Más que nada me gustaría pedirle disculpas.
Esto no es para nada lo que esperaba.
—Al parecer —continúa—, ayer juzgué mal la situación. Cuando me dijo que les había entregado nuestro artefacto a esas criaturas, cuando me dijo que les había contado lo que era, en fin…
—Como ya le expliqué, yo no les entregué el artefacto. Se lo arrebataron a Ocho cuando lo mataron. Tuve que explicarles lo que era y cómo se utilizaba para que no lo hicieran detonar de manera accidental.
Marshall asiente con la cabeza.
—Sí, ya sé que lo mencionó. Por supuesto, lo primero que supuse fue que utilizarían la bomba inmediatamente contra nosotros. Sin embargo, el hecho de que ahora estemos sentados aquí, charlando, me deja claro mi error. Yo me equivocaba y usted tenía razón. De manera que, insisto, acepte mis disculpas. Ayer no debí reaccionar como lo hice.
—¿Se refiere a cuando ordenó a Cat y a Lucas que me dispararan?
Le tiembla el ojo derecho, pero, aparte de eso, mantiene la compostura.
—En efecto, Barnes. Eso no estuvo bien. Lo siento.
—Vaya. Bueno. Acepto sus disculpas, supongo.
—Excelente. Es usted un gran hombre.
Se inclina hacia delante y me tiende una mano. Dudo un momento antes de estrechársela.
—Bueno —digo cuando suelta mi mano y vuelve a recostarse—. Esto… ¿Quería algo más de mí, señor?
—Veamos… —dice, y vuelve a sonreír, esta vez un poco más abiertamente—. La verdad es que sí. Ahora que las cosas han vuelto a la normalidad, tenemos un trabajo para usted.
Vale. Vamos allá.
—¿Un trabajo, señor?
—Sí. Dando por sentado que nuestros amigos se quedarán en el túnel y no se acercarán a la cúpula, y espero que no nos equivoquemos, es el momento de que todos retomemos nuestros esfuerzos para garantizar la supervivencia de esta colonia, ¿no le parece?
Me reclino en la silla y cruzo los brazos.
—Sí, señor, supongo que sí.
—Bien, bien… Bueno, como estoy seguro de que ya imagina, producir esos dos artefactos ayer dejó bajo mínimos nuestras reservas de antimateria. No tenemos la posibilidad de producir más combustible para reponer las reservas en un futuro cercano, y supongo que no es necesario que le explique las consecuencias que tendría para todos nosotros que la central eléctrica dejara de funcionar.
—No, no es necesario.
Marshall se echa hacia delante y planta los codos en la mesa como si fuera un vendedor de flitters intentando cerrar un trato.
—La mitad del combustible que empleamos se ha perdido, naturalmente. Eso no tiene remedio. Sin embargo, es imprescindible que la antimateria contenida en el artefacto que usted trajo de vuelta regrese al núcleo.
¡Oh, por el amor de Dios!
—Pues sáquenla —digo—. Solo tienen que hacer lo mismo que hicieron entonces pero a la inversa.
Marshall prueba ahora a poner cara de pena, pero con pobres resultados.
—Desgraciadamente, eso no es posible. Extrajimos ese combustible con el mecanismo de extracción ordinaria. Como estoy seguro de que ya sabe, ese mecanismo solo opera en un sentido. No hay un mecanismo para introducir elementos individuales del combustible en el núcleo. Me temo que vamos a tener que hacerlo de manera manual, desde dentro.
Cierro los ojos, inspiro hondo y espiro lentamente.
¿Cómo es el flujo de neutrones en un núcleo de antimateria activo? Creo que Jemma nunca tocó ese tema, pero supongo que torrencial.
—No se preocupe —continúa Marshall—. No le pediré que suba una copia de seguridad antes ni después. No será necesario que recuerde este trabajo.
—¿No tendré que subir una copia de seguridad?
—Absolutamente no —responde sacudiendo la cabeza.
—Ya sabe que no he subido una copia de seguridad desde que salí del tanque, ¿verdad? Si hago esto será como si esta parte de mí nunca hubiera existido.
—Tonterías. Esta parte de usted, como dice, habrá salvado la colonia. Nosotros lo recordaremos aunque usted no lo haga. —Se mira las manos y vuelve a levantar los ojos. En su cara distingo una expresión que parece de emoción sincera—. Sé que no lo digo con la frecuencia que debería, pero la verdad es que usted ya ha salvado esta colonia más de una vez y estoy convencido de que volverá a hacerlo en el futuro. Nunca podremos pagarle la deuda que tenemos con usted. En el nombre de todos, gracias, Mickey. Su coraje es una inspiración.
Mickey. Por primera vez en nueve malditos años me llama Mickey.
Mi coraje es una inspiración.
Que te jodan, Marshall.
Empujo la silla hacia atrás y me levanto.
—No.
La máscara de franqueza cae de su cara y casi de manera instantánea aparece en su lugar una expresión de ira pura.
—¿Cómo?
—No —repito—. No lo haré. Es evidente que ya tenía un plan para asegurar la supervivencia de la colonia sin ese combustible antes de enviarme a aquellos túneles. Póngalo en práctica. O sacrifique un dron para devolver su bomba de destrucción masiva al núcleo. O hágalo usted mismo. Yo no lo haré.
Se levanta como una exhalación de la silla, con el rostro ensombrecido y los ojos convertidos en dos finas ranuras.
—Sí lo hará —espeta con los dientes apretados—. Lo hará, o a Dios pongo por testigo que borraré su patrón y todos sus registros de los servidores y lanzaré con mis propias manos la última réplica de usted al pozo de los cadáveres.
Ahora que la decisión está tomada, noto que se levanta un peso de mis hombros que yo ni siquiera sabía que existía. Me siento casi como si pudiera volar.
—Borre los servidores si quiere, Marshall. De hecho, hágalo, por favor, porque le presento mi renuncia como Prescindible de esta colonia. Busque un sustituto. Me da igual lo que haga, sinceramente. Pero no me matará, porque soy su único interlocutor con los gusanos y ayer fue lo suficientemente estúpido como para regalarles una bomba de antimateria. Como alguno de sus seguratas me ponga la mano encima, les diré a los gusanos que se cancela el acuerdo.
Marshall abre la boca, la cierra y vuelve a abrirla.
No puedo evitarlo. Me echo a reír.
—¡No se atreverá a hacer eso! —consigue decir finalmente cuando ya estoy saliendo por la puerta.
—He muerto siete veces —replico por encima del hombro—. Eso son seis veces más de lo que debería hacerlo cualquier persona. No me diga qué es lo que me atrevo o no me atrevo a hacer.
No me molesto en cerrar la puerta al salir.
—¿Qué pasa, colega? ¿Cómo va?
Levanto los ojos de mi revuelto de grillos y boniato. Berto deposita la bandeja en la mesa enfrente de mí y se deja caer en el banco.
—Ah, eres tú.
—Sí. He oído que has dimitido.
Me encojo de hombros.
—Eso parece.
—¡Qué pasada! —exclama—. Creía que no podías hacerlo.
—Y no se puede. A menos que tengas una bomba de antimateria encima de la cabeza de Marshall.
Berto toma un bocado, mastica y traga. Yo vuelvo a concentrarme en mi comida cuando dice:
—¿Has vuelto a la dieta sólida?
—Sí. Ya no tengo que compartir la ración, ¿recuerdas?
—Ah, sí, claro.
—Claro.
Comemos en silencio durante un largo minuto, el tiempo suficiente para que la situación se vuelva incómoda si ahora mismo me importaran esas cosas.
—Me alegra que hayas vuelto —dice finalmente Berto.
Lo miro.
—Gracias, supongo. ¿Es que no te apetecía inventarte una historia sobre lo que me pasó para contársela a Nueve?
Mi comentario le provoca un estremecimiento.
—Vaya. Ya te pedí perdón por eso.
—Sí, lo sé.
Esta vez el silencio se alarga treinta segundos. Yo ya casi he terminado de comer, pero Berto apenas ha tocado su bandeja.
—En fin, tú y yo… ¿estamos en paz? —me pregunta.
Cierro los ojos y respiro hondo. Cuando vuelvo a abrirlos Berto está mirándome con expectación. Me inclino hacia él y él lo hace hacia mí.
Le doy un puñetazo de lleno en el ojo, lo suficientemente fuerte para que me crujan los nudillos y para tirarle la cabeza hacia atrás.
—Sí, estamos en paz.
Me pongo en pie, cojo mi bandeja y me marcho. Cuando echo un vistazo atrás mientras la puerta de la cafetería se abre, Berto está mirándome con la boca entreabierta y las manos abiertas apoyadas en la mesa. Su ojo todavía está adquiriendo su color morado definitivo.
Sé que es un cliché, pero me da igual. Este es el primer día del resto de mi vida.