Mickey7

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Bueno, pues se ve que en Niflheim hay algo parecido a la primavera. Quién iba a decirlo.

Cuando ha pasado más o menos un año desde que aterrizamos en el planeta, la temperatura empieza a subir y la nieve a derretirse. Unas semanas después vemos por primera vez el suelo que escondía el manto blanco. Y al cabo de otro mes el suelo está cubierto de liquen.

Nadie parece tener una explicación plausible de por qué está sucediendo esto. La órbita de Niflheim es casi circular y su inclinación axial insignificante. En teoría no debería haber estaciones. La conjetura más aceptada entre nuestros expertos es que el sol del sistema es una estrella ligeramente variable y que se encuentra en una fase del ciclo en el que brilla más.

Cualquiera pensaría que esta es una de esas cosas que las lumbreras de Midgard que planificaron la misión habrían estudiado, ¿verdad? Es decir, estuvieron casi treinta años observando este sitio antes de enviarnos. Tras una pequeña investigación descubro que observaron una fluctuación periódica en la emisión de luz. El hallazgo está bastante documentado. Sin embargo, no lo atribuyeron a la estrella porque nadie tenía una teoría decente sobre el comportamiento que tendría desde el punto de vista de la astrofísica. En cambio, decidieron que debía de tener algo que ver con las nubes de polvo en el medio interestelar y archivaron el asunto. Por eso pensaron que aquí estaríamos calientes y seríamos felices. Llegaron a la conclusión de que los registros altos de radiación solar eran lo normal y achacaron los registros bajos a interferencias.

Oh, vaya.

Al principio a todos nos alegra el cambio de tiempo, hasta que un tipo del departamento de Física empieza a preguntarse si no será que vamos a pasar de un extremo a otro y que acabaremos asados en nuestros propios jugos.

La idea pone los pelos de punta. Pero al final no sucede. Al cabo de unos meses la temperatura se estabiliza en un punto medio entre fresco y cálido, y la gente de Agricultura por fin consigue poner en práctica un plan experimental fuera de la cúpula.

Es más o menos por esas fechas, coincidiendo con que nuestros amigos colonizadores finalmente se deciden a pasar algún tiempo al aire libre y empiezan a plantearse la posibilidad de decantar los primeros embriones, y todos, salvo Marshall y yo, parecen haberse olvidado de los gusanos, cuando yo le pregunto a Nasha si le apetece ir a dar un paseo.

Todavía tenemos que llevar puestos los recicladores de aire. La presión parcial del oxígeno ha estado subiendo paulatinamente, de manera lenta pero perceptible, desde que brotaron esos líquenes, pero aún tendrá que pasar mucho tiempo hasta que sea posible respirar sin la ayuda de una máquina. No tenemos ni idea del tiempo que durará esta estación. Podría extenderse durante años, o podría acabar mañana.

Mientras tanto, no obstante, hace un día espléndido para una excursión.

—¿A dónde vamos? —me pregunta Nasha después de despedirnos de Lucas en el perímetro.

—Lejos de la cúpula. ¿No te parece suficiente?

Nasha me coge la mano y caminamos.

En Midgard había un vastísimo desierto que daba la vuelta al planeta por el ecuador y ocupaba casi por completo el único continente. Grandes extensiones de tierra apenas veían la lluvia en años. Sin embargo, muy de vez en cuando, cuando las condiciones meteorológicas eran las adecuadas, estallaba una tormenta descomunal que en un par de días vertía agua para un año sobre esas llanuras y barrancos áridos. Siempre que se producía ese fenómeno recordábamos que la vida había estado esperando en aquel desierto, lista para brotar a la primera oportunidad. Las plantas prácticamente salían saltando del barro y los animales despertaban de su hibernación para comer, beber, cazar y aparearse.

La biosfera de Niflheim me recuerda un poco a Midgard. Solo hace dos meses que la nieve se derritió, pero el liquen ya ha dado paso a algo que parece hierba e incluso se ven aquí y allá una especie de arbustos leñosos. También hay animales, la mayoría son pequeñas criaturas que se arrastran por el suelo y que guardan un parecido asombroso con los gusanos, pero a un kilómetro o así de la cúpula diviso lo que parecen unos reptiles de ocho patas tomando el sol en un saliente rocoso.

Cuando dirijo hacia ellos la atención de Nasha, ella frunce el ceño y baja la mano al burner que lleva encima, porque naturalmente es incapaz de ir desarmada.

—Venga ya, Nasha. Es adorable.

Ella me mira con el rabillo del ojo, sacude la cabeza y suelta el arma.

Seguimos caminando.

Unos cinco minutos después tengo que detenerme para orientarme. Ha pasado mucho tiempo y el paisaje ha cambiado extraordinariamente sin la nieve. Nasha retrocede medio paso, se cruza de brazos y ladea la cabeza.

—Esto no es un inocente paseo, ¿verdad?

Sonrío debajo de mi reciclador de aire.

—No exactamente. Necesitaba comprobar una cosa.

Ya he encontrado la referencia que buscaba y emprendemos la ascensión de una colina. Luego giramos para adentrarnos en un barranco desde donde no se ve la cúpula.

—¿Estás seguro de lo que haces? —pregunta Nasha. La miro. Ha vuelto a poner la mano en el burner—. Esto parece territorio gusano.

—Sí. La verdad es que estamos muy cerca de una entrada a su red de túneles.

—Vale. ¿Por qué?

—Ya te lo he dicho. Quiero comprobar una cosa.

Al principio no encuentro el sitio. La roca que había tomado como referencia debía estar atascada en la nieve o quizá un alud se la ha llevado pendiente abajo. En cualquier caso ahora se encuentra una veintena de metros más adentro del barranco. Por fin la reconozco, y a partir de ahí es sencillo seguir el rastro hasta el pequeño saliente donde estaba situada cuando salí de los túneles. Debajo de ese saliente hay un montoncito de piedras. Me pongo de rodillas y empiezo a retirarlas.

—Mickey, ¿te importaría decirme qué hacemos aquí?

No me importaría, pero no es necesario, porque ya he sacado las piedras suficientes para dejar a la vista el hueco que hay debajo del saliente.

—Mierda —musita Nasha.

Me vuelvo hacia ella para ver su reacción. Está sorprendida, pero no parece horrorizada ni con ganas de asesinar a alguien. Me lo tomo como una buena señal. Introduzco con sumo cuidado las manos en el hueco oscuro y saco la mochila de Ocho.

—Maldito embustero —dice Nasha.

Me echo a reír.

—No me digas que de verdad creías que se lo dejé a los gusanos.

Nasha se acuclilla a mi lado y pasa suavemente la mano por la mochila.

—¿Cómo lo hiciste?

—¿Cómo hice el qué? ¿Cómo me las ingenié para que los gusanos me devolvieran esta atrocidad después de que mataran a Ocho?

Nasha gira la cabeza para mirarme. Sus ojos me dejan claro que su boca no sonríe debajo del reciclador de aire.

—Sí, eso mismo, Mickey.

Me encojo de hombros.

—Se lo pedí.

Nasha niega con la cabeza y devuelve la atención a la bomba.

—¿Está cargada?

—Bueno, ahí dentro hay suficiente antimateria para esterilizar una ciudad mediana, si eso es lo que quieres saber.

Nasha retira la mano.

—No te preocupes —la tranquilizo—. Mientras las burbujas permanezcan intactas, es como si la antimateria estuviera en otro universo. No nos afecta.

—¿Y si algunas no están intactas?

Me echo a reír.

—Créeme, lo sabrías.

—¿Por qué, Mickey?

—¿Por qué qué? ¿Por qué enterré una bomba de destrucción masiva como si fuera el tesoro de un pirata?

—Sí, eso. ¿Por qué?

Me balanceo sobre los talones y miro a Nasha.

—Bueno, voy a explicártelo. Si se la hubiera dejado a los gusanos, como le dije a Marshall que había hecho, corría el riesgo de que en un momento dado se les pasara por la cabeza la idea de utilizarla. Si te soy sincero, entonces me traía sin cuidado lo que le pasara a la mayoría de la gente que hay en la cúpula, pero…

Nasha sonríe.

—¿Pero qué, Mickey?

—Ya lo sabes. Preferiría que Marshall me tirara al pozo de los cadáveres que correr el riesgo de que te pasara algo malo a ti.

—Vale, esa parte ya la he entendido. Pero ¿por qué no la trajiste a la cúpula?

—Ah, muy sencillo. Si le hubiera llevado la bomba a Marshall, él me habría matado inmediatamente y luego habría enviado a Nueve a los túneles para que completara el genocidio. La única razón de que todavía esté vivo y de que los gusanos sigan aquí es que Marshall cree que soy lo único que impide que los gusanos hagan detonar esta bomba debajo de la cúpula.

—Supongo que tienes razón. Sin embargo, lo que no entiendo es por qué los gusanos te dejaron marcharte con las dos bombas. ¿No les interesaba conservarla como un elemento de disuasión o algo así?

Vuelvo a reírme, esta vez incontroladamente.

—¿En serio piensas que les dije lo que era? ¿Crees que les conté que habíamos entrado en sus túneles con la intención de perpetrar un genocidio? ¡Por lo que más quieras, Nasha, no soy un genio, pero tampoco tan estúpido!

Nasha parece desconcertada. Al parecer, sí me consideraba tan estúpido.

—¿Qué les dijiste entonces?

—El lenguaje era una barrera importante, pero intenté explicarles que éramos emisarios. La verdad es que nunca preguntaron concretamente por las mochilas. En realidad no parecen unas bombas de destrucción masiva, ¿no?

—No, supongo que no.

Vuelvo a meter la mochila en el hueco y coloco de nuevo cuidadosamente las piedras para ocultarla. Cuando acabo, me pongo en pie y retrocedo unos pasos para examinar mi trabajo.

—¿A ti qué te parece? —le pregunto a Nasha—. ¿Crees que es un buen escondite?

Ella se encoge de hombros.

—De momento, tal vez. Pero no creo que puedas esconderla ahí para siempre. ¿Tienes algún plan a largo plazo o solo vas a esperar hasta que alguien tropiece con ella y nos mate a todos accidentalmente?

Suspiro.

—Mi plan era esperar a que Marshall muriera. Luego volvería a buscarla, la llevaría a la cúpula y le diría a quien se nombrara nuevo comandante que los gusanos habían decidido devolvernos la bomba como gesto de buena voluntad.

—¿En serio?

—Sí, en serio. Si se te ocurre un plan mejor, me encantaría oírlo.

Nasha me mira fijamente unos segundos y luego niega con la cabeza.

—No se me ocurre nada. ¿Cuánto tiempo calculas que tendrás que esperar? ¿Marshall está enfermo?

—No que yo sepa.

Me coge la mano.

—¿Y tienes un plan alternativo por si acaso nunca se muere?

—Pues no.

Me envuelve la cara con la otra mano, se levanta el reciclador de aire y se inclina para besarme.

—No eres ningún genio —dice. Me suelta la mano y enfila por el barranco para regresar a la cúpula—. Menos mal que eres mono.

Me vuelvo para echar otro vistazo al escondite de la bomba. Parece un vulgar montón de piedras, idéntico a los que cubren el noventa por ciento de la superficie de este planeta.

¿Es un buen escondite? Marshall parece bastante sano, así que supongo que tendrá que serlo.

Tras lanzarle una última mirada dejo atrás nuestra frustrada bomba de destrucción masiva.

Abandono las tinieblas del barranco siguiendo a Nasha y salgo al sol.

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