Mickey7

Mickey7


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Esta va a ser la más estúpida de todas mis muertes hasta la fecha.

Son pasadas las 26.00 horas. Estoy tirado bocarriba sobre un suelo de piedra, en un sitio tan oscuro que daría igual que fuera ciego. Mi ocular malgasta cinco largos segundos en buscar fotones del espectro visible extraviados antes de darse por vencido y activar los infrarrojos. Tampoco así hay mucho que ver, pero al menos distingo el techo que hay encima de mí, que ahora brilla con un pálido y espectral color ceniciento, y la mancha negra del agujero circular con la costra de hielo en el borde por el que debo de haber caído.

Pregunta: ¿qué demonios ha pasado?

Mis recuerdos de los últimos minutos son fragmentarios; la mayoría consiste en imágenes sueltas y ruidos inconexos. Recuerdo que Berto me bajó en lo que sería la cabecera de la grieta. Recuerdo que descendí por un montón irregular de bloques de hielo. Recuerdo que caminé un poco. Recuerdo que miré arriba y vi, a unos treinta metros de altura, un saliente rocoso que descollaba de la pared de hielo situada al sur y que me recordó la cabeza de un mono. Recuerdo que sonreí, y entonces…

… Y entonces no había nada debajo de mi pie izquierdo y de repente estaba cayendo.

Vaya putada. No miraba donde pisaba. Estaba distraído contemplando esa estúpida cabeza de mono, pensando en cómo se la describiría a Nasha cuando volviera a la cúpula, y metí el pie en un agujero.

La más estúpida. De todas. Mis muertes.

Me recorre un escalofrío. El frío ya era insoportable arriba, cuando estaba moviéndome. Aquí abajo, con el cuerpo pegado a la roca helada, siento el frío dentro de mí; penetra el traje y las dos capas de ropa térmica, se filtra por el pelo, la piel y los músculos y me llega hasta los huesos. Me sacude otro escalofrío y siento una repentina punzada de dolor desde el costado izquierdo hasta la espalda. Tengo un bulto donde no debería haber nada que presiona la tela justo donde el guante se une a la manga de mi traje térmico exterior. Empiezo a quitarme el guante con la idea de que el frío me ayudará a bajar la inflamación, pero otro ramalazo de dolor me hace abortar el experimento casi antes de empezarlo. El simple esfuerzo de cerrar la mano hace que el dolor pase de intenso a atroz en cuanto mis dedos comienzan a doblarse.

Debo haberme golpeado la mano con algo durante la caída. ¿Me he roto la muñeca? Quizá. ¿Me he hecho un esguince? Seguro.

Si siento dolor es que estoy vivo, ¿no?

Me incorporo lentamente y sacudo la cabeza para despabilarme. Abro con un parpadeo una ventana de conversación. Estoy demasiado lejos de los repetidores de la colonia, pero Berto aún debe andar cerca, porque estoy recibiendo una señal debilísima. No es suficiente para una transmisión de voz o de vídeo, pero probablemente baste para enviar un mensaje de texto. Guiño el ojo al icono del teclado, que se expande para ocupar un cuadrante de mi campo visual.

<Mickey7>: Berto, ¿me recibes?

<RedHawk>: Afirmativo. Así que sigues vivo, ¿eh?

<Mickey7>: De momento. Pero estoy atrapado.

<RedHawk>: No me digas. Vi lo que paso. Fuiste directo hacia el agujero.

<Mickey7>: Sí, eso ya lo sé.

<RedHawk>: El agujero no era pequeño, Mickey. ¿Dónde coño tenías la cabeza, colega?

<Mickey7>: Estaba mirando una roca.

<RedHawk>: …

<Mickey7>: Parecía un mono.

<RedHawk>: La forma de morir más estúpida de la historia.

<Mickey7>: Ya, bueno, eso será si muero, ¿no? Hablando del tema, ¿hay alguna posibilidad de que bajes a rescatarme?

<RedHawk>: Mmm…

<RedHawk>: No.

<Mickey7>: ¿Lo dices en serio?

<RedHawk>: Lo digo en serio.

<Mickey7>: …

<Mickey7>: ¿Por qué no?

<RedHawk>: Bueno, básicamente porque estoy justo encima del agujero por el que te has caído, a unos doscientos metros de altura, y apenas me llega tu señal. Estás a demasiada profundidad, amigo, y no hace falta que te recuerde que estamos en territorio gusano. La operación para sacarte de ahí sería muy complicada y arriesgaríamos la vida de un montón de gente… y no puedo justificar esa clase de riesgo para salvar a un Prescindible, ¿sabes?

<Mickey7>: Ah, vale. Tampoco lo harías por un amigo, ¿eh?

<RedHawk>: Vamos, Mickey. Eso es un golpe bajo. No vas a morirte. En cuanto vuelva a la cúpula daré parte de tu pérdida. Es el procedimiento habitual. No hay ninguna razón para que Marshall no apruebe tu replicación. Saldrás del tanque y mañana mismo te despertarás en tu cama.

<Mickey7>: Ah, genial. O sea, seguro que para ti es lo más cómodo. Pero mientras tanto yo tengo que morir en este agujero.

<RedHawk>: Ya, es una putada.

<Mickey7>: ¿Qué es una putada? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

<RedHawk>: Lo siento, Mickey, pero ¿qué más quieres? Siento mucho que estés a punto de morir en ese agujero, pero, hablemos claro, ese es tu trabajo, ¿no?

<Mickey7>: ¿Sabes? Ni siquiera estoy actualizado. Hace un mes que no subo una copia de seguridad.

<RedHawk>: Eso… no es culpa mía. Pero tú no te preocupes, yo te pondré al día de todo. ¿Ha pasado algo desde tu última subida que pienses que podrías necesitar saber?

<Mickey7>: Mmm… No, no se me ocurre nada.

<RedHawk>: Perfecto. No hay más que hablar.

<Mickey7>: …

<RedHawk>: ¿Todo bien, Mickey?

<Mickey7>: Sí, todo bien. Muchas gracias, Berto.

Cierro la ventana con un parpadeo, me recuesto en la pared rocosa y cierro los ojos. No me puedo creer que ese cabrón gallina no venga a rescatarme.

Pero ¿a quién quiero engañar? No me esperaba otra cosa.

Bueno, ¿y ahora qué? ¿Me quedo sentado hasta que me muera? No tengo ni idea de la distancia que he rodado por este túnel o galería o lo que quiera que sea esto hasta estrellarme contra este… lo que sea. Podrían ser veinte metros. Aunque, por la manera como hablaba Berto, debe estar más cerca de los cien. La apertura por la que he caído está justo ahí, a unos tres metros de mi cabeza, pero, aunque consiguiera llegar a ella, es imposible que pueda trepar con la muñeca como la tengo.

En mi trabajo se pasa mucho tiempo pensando en diferentes maneras de morir… Es decir, cuando no las estás experimentando en tus propias carnes. Es la primera vez que voy a morir congelado. Aunque ya había pensado en esa posibilidad, por supuesto. Ha sido difícil pensar en otra cosa desde que recalamos en esta bola de hielo en el culo del mundo. Debería ser una muerte relativamente sencilla. Te quedas dormido muerto de frío y ya no te despiertas, ¿no? Me recreo en esa idea de que al menos no será una muerte tan mala cuando mi ocular emite un pitido. Parpadeo para responder.

<Black Hornet>: Hola, cielo.

<Mickey7>: Hola, Nasha. ¿Qué puedo hacer por ti?

<Black Hornet>: Aguanta. Estoy en el aire. Tiempo estimado de llegada: dos minutos.

<Mickey7>: ¿Berto te ha avisado?

<Black Hornet>: Sí. Él cree que eres irrecuperable.

<Mickey7>: Pero…

<Black Hornet>: Berto no tiene la motivación adecuada.

¿Sabes qué? La esperanza es curiosa. Hace treinta segundos estaba convencido de que iba a morir, y lo cierto es que esa idea no me asustaba. Ahora, sin embargo, el corazón me palpita en los oídos y me encuentro repasando una lista de todo lo que podría salir mal si Nasha consigue traer su lifter hasta aquí e intenta una operación de rescate. ¿Tendrá espacio para aterrizar? Y si lo hace, ¿será capaz de localizarme? ¿Tendrá el cable suficiente para llegar hasta mí?

En caso afirmativo, ¿qué probabilidades hay de que toda esa actividad atraiga a los gusanos?

Mierda.

Mierda, mierda, mierda.

No puedo permitir que lo haga.

<Mickey7>: ¿Nasha?

<Black Hornet>: ¿Sí?

<Mickey7>: Berto tiene razón, soy irrecuperable.

<Black Hornet>: …

<Mickey7>: ¿Nasha?

<Black Hornet>: ¿Estás seguro, cielo?

Cierro los ojos otra vez, inspiro y espiro. Solo es un viaje al tanque, ¿no?

<Mickey7>: Sí, estoy seguro. Estoy sepultado aquí abajo y me he dado un buen golpe. Sinceramente, aunque lograras sacarme de aquí, lo más seguro es que me tiraran a la basura de todos modos.

<Black Hornet>: …

<Black Hornet>: Vale, Mickey. La decisión es tuya. Sabes que yo no te habría abandonado, ¿verdad?

<Mickey7>: Sí, Nasha, lo sé.

Se queda callada y yo miro las oscilaciones de la intensidad de su señal. Debe de estar orbitando alrededor del lugar de mi caída, intentando triangular mi señal para determinar mi ubicación exacta.

Tengo que poner fin a esto.

<Mickey7>: Vuelve a casa, Nasha. Voy a desconectarme.

<Black Hornet>: Ah… Vale… ¿Cómo vas a hacerlo?

<Mickey7>: ¿Hacer el qué?

<Black Hornet>: Apagarte, Mickey. No quiero que tengas el final que tuvo Cinco. ¿Llevas un arma contigo?

<Mickey7>: No. Perdí el burner en la caída. Si te soy sincero, creo que de todas maneras no utilizaría una de esas cosas conmigo mismo. Supongo que sería un final rápido, pero…

<Black Hornet>: Ya. Seguramente sí. ¿Y un cuchillo? ¿O un piolet?

<Mickey7>: No y no. ¿Y qué esperas que haga exactamente con un piolet?

<Black Hornet>: No lo sé. Son afilados, ¿no? A lo mejor podrías abrirte la cabeza con él o qué sé yo.

<Mickey7>: Mira, Nasha, sé que intentas ayudarme, pero…

<Black Hornet>: Quizá podrías reventar los cierres del reciclador de aire. No estoy segura de si acabaría contigo antes la falta de oxígeno o el exceso de dióxido de carbono, pero en cualquier caso lo haría en cuestión de minutos.

<Mickey7>: Ya. No lo he probado nunca, pero no sé por qué me da que una muerte lenta por asfixia no es lo mío.

<Black Hornet>: ¿Qué vas a hacer entonces?

<Mickey7>: Supongo que esperaré a morir por congelación.

<Black Hornet>: Puede ser una buena opción. Sin sufrimiento.

<Mickey7>: Eso espero.

La señal de Nasha se debilita hasta casi desaparecer. Luego se mantiene justo por encima del cero. Debe de haberse detenido en los márgenes del alcance de la transmisión.

<Black Hornet>: Oye, hiciste una copia de seguridad, ¿verdad?

<Mickey7>: La última fue hace seis semanas.

<Black Hornet>: ¿Por qué no has ido actualizándote?

Ese es un asunto que no me apetece tocar ahora mismo.

<Mickey7>: Por pereza, supongo.

<Black Hornet>: …

<Black Hornet>: Lo siento mucho, cielo, de verdad. Quieres que me quede contigo.

<Mickey7>: No. Esto podría alargarse un poco, y si te quedas quizá no vuelvas a casa, ¿recuerdas? Deberías regresar a la cúpula.

<Black Hornet>: ¿Estás seguro?

<Mickey7>: Sí, lo estoy.

<Black Hornet>: Te quiero, cielo. Nos vemos mañana. Mañana te explicaré que moriste como un verdadero profesional esta noche.

<Mickey7>: Gracias, Nasha. Yo también te quiero.

<Black Hornet>: Adiós, Mickey.

Cierro la ventana con un guiño y me quedo mirando cómo la señal de Nasha pierde la poca fuerza que tiene hasta desaparecer. Hace tiempo que no hay ni rastro de la señal de Berto. Miro arriba. El agujero está mirándome fijamente como si fuera el ano de un demonio. Con copia de seguridad o sin ella, de pronto no me hace tanta gracia la idea de morir. Sacudo la cabeza otra vez y me pongo en pie.

Te propongo un experimento mental: imagina que descubres que cuando te acuestas por la noche no duermes sino que mueres, y que a la mañana siguiente es otra persona la que se despierta en tu lugar. Esa persona tiene todos tus recuerdos, tus esperanzas, tus sueños, tus miedos y tus deseos. Piensa que es tú, y todos tus amigos y las personas que quieres también lo piensan. Pero no es tú, y tú no eres la persona que se acostó la noche anterior. Solo existes desde esa mañana, y dejarás de existir cuando cierres los ojos esa noche. Pregúntate si eso supondría alguna diferencia desde el punto de vista práctico en tu vida. En todo caso, ¿sabrías siquiera que eso está ocurriendo todos los días de tu vida?

Ahora sustituye «acostarse» por «ser aplastado, evaporarse o quemarse» y te harás una idea bastante aproximada de lo que es mi vida. ¿Que hay un problema en el núcleo de un reactor? Yo me encargo. ¿Que hay que probar una vacuna nueva todavía incompleta? Yo soy tu hombre. ¿Que hay que averiguar si el tanque de absenta que habéis preparado es tóxico? Yo me beberé un vaso, cabrones. Si muero, siempre podréis traerme de vuelta.

La ventaja de poder morir tantas veces es que soy algo así como un inmortal de mierda. No es que recuerde todo lo que Mickey1 hizo, sino que recuerdo haber sido Mickey1. Bueno, salvo los últimos minutos de su existencia. Murió… morí por culpa de una brecha en el casco de la nave en pleno viaje. Mickey2 despertó unas horas después, convencido de que tenía treinta y un años y de que había nacido en Midgard. Y, ¿quién sabe?, quizá era verdad. Tal vez, visto con sus propios ojos, él era el Mickey Barnes original. ¿Cómo saberlo? Y, quizá, si ahora me tumbo en el suelo de esta cueva, cierro los ojos y reviento los cierres del reciclador, mañana por la mañana despertaré siendo Mickey8.

Sin embargo, no sé por qué dudo que vaya a ser así.

Tal vez Nasha y Berto no noten la diferencia, pero en un recóndito lugar situado debajo del plano de lo racional estoy seguro de que yo sabría que estoy muerto.

Aquí no hay nada que se aproxime siquiera a fotones del espectro visible, pero con el sistema de infrarrojos de mi ocular veo lo suficiente para echar un vistazo alrededor. Y resulta ser que de la cámara donde me encuentro parten media docena de túneles, todos ellos cuesta abajo.

No debería ser así.

De hecho, nada de esto debería ser así.

Los túneles parecen tubos de lava. Sin embargo, de acuerdo con el reconocimiento orbital, no debería haber volcanes en mil kilómetros a la redonda. Es una de las razones por las que elegimos este sitio para instalar la primera base, a pesar de que está tan lejos del ecuador que aquí el clima de mierda de este estúpido planeta es aún peor. Camino lentamente por el perímetro de la cámara. Todos los túneles parecen iguales. Son unas cavidades circulares de unos tres metros de diámetro. Brillan pálidamente, así que mi mente consciente llega a la conclusión de que se da un gradiente térmico positivo, y al mismo tiempo mi subconsciente se convence de que probablemente todos conducen directamente al infierno. Cuento seis pasos de distancia entre uno y el siguiente.

Tampoco esto debería ser así.

Pero no tengo tiempo para preocuparme por ello. Elijo un túnel y entro en él.

Tras media hora más o menos caminando empiezo a preguntarme si no debería haberle dicho a Nasha que no pensaba sentarme a esperar una muerte por congelación. Quizá debería haberle pedido que no dejara que Berto rellenara el parte de pérdida hasta, y a menos, que muriera de verdad. La Unión es bastante laxa con un montón de cosas, sobre todo con las relacionadas con la conducta moral, pero en los albores de la bioimpresión de cuerpos y de las descargas de personalidad ocurrieron verdaderas catástrofes y, actualmente, en la mayoría de las colonias te va mejor si eres un asesino en serie o un secuestrador de niños que un múltiple.

Abro una ventana de conversación, pero, como no podría ser de otra manera, no recibo ninguna señal. Entre la superficie y yo hay demasiado lecho de roca. Probablemente sea mejor así. Estoy casi seguro de que la única razón para que Nasha no haya insistido en intentar una operación de rescate es que le di la impresión de que estaba hecho polvo. Si supiera que me había levantado del suelo y que estaba paseándome por aquí sin nada más grave que un dolor de cabeza y un esguince de muñeca, sería capaz de volver a buscarme sin importarle mi deseo.

Y eso no puedo permitirlo. Nasha es lo único bueno que me ha pasado en los últimos nueve años de mi vida, y si muriera por mi culpa yo no podría seguir viviendo.

No podría, pero tendría que hacerlo, ¿no? No puedo morir… Por lo menos no me puedo quedar muerto.

En cualquier caso, dudo que a estas alturas me encontrara aunque pusiera en ello todo su empeño. Esto es como un hormiguero, con túneles que se cruzan cada doce metros o así. He seguido los que a primera vista me parecía que iban hacia arriba y he descartado los que bajaban, pero no creo que sirva de nada. No tengo ni idea de en qué dirección estoy avanzando.

La buena noticia es que he dejado de tiritar. Al principio he pensado que estaba sufriendo una hipotermia, pero el resplandor infrarrojo de las paredes se ha mantenido constante y estoy bastante seguro de que la temperatura sube a medida que desciendo a las profundidades. De hecho he empezado a sudar un poco.

Supongo que es una buena noticia. Pero va a ser una putada si finalmente consigo salir a la superficie. Fuera estábamos a diez grados bajo cero cuando pisé la costra de hielo que tapaba la boca del agujero por el que he caído. Últimamente las temperaturas han caído hasta más de treinta grados bajo cero durante la noche y el viento sopla ininterrumpidamente. Si encuentro una salida, tal vez sea buena idea esperar dentro hasta que salga el sol.

Estoy fantaseando con Nasha cuando oigo el rumor por primera vez. Es como si un montón de piedrecitas se precipitara por una superficie de granito, con la particularidad de que el ruido es intermitente, empieza y acaba, empieza y acaba. Echo a andar a toda prisa sin mirar atrás. Ya no tengo ninguna duda de que estos túneles no se han formado de manera natural. Ignoro qué clase de animal es capaz de perforar unos túneles de tres metros de diámetro en la roca sólida, pero lo que sí sé con absoluta certeza es que no deseo encontrarme con él.

El ruido es más frecuente y suena más cercano a medida que camino. Mis pasos son cada vez más rápidos, hasta que llega un momento en que casi estoy corriendo. Dejo atrás una intersección de galerías y me doy cuenta de que soy incapaz de discernir si el ruido que oigo suena delante o detrás de mí. Me detengo y me doy la vuelta.

Y ahí está, tan cerca que casi podría tocarlo.

En general tiene el aspecto de un gusano, lo cual supongo que es lógico: un cuerpo segmentado, un par de patas en cada segmento y unas garras duras y afiladas por pies. Sin embargo, sus mandíbulas son diferentes. Los gusanos tienen un par de ellas en el segmento anterior, pero este bicho tiene dos pares, unas ligeramente más largas en paralelo al suelo y otro par más cortas perpendiculares a las primeras. Como los gusanos, esta criatura tiene un par de patas cortas y hábiles dentro de las mandíbulas que utiliza para alimentarse, y unas fauces redondeadas y llenas de dientes.

Hay otras diferencias importantes. Las criaturas endémicas a las que llamamos gusanos son de un color blanco radiante, quizá porque han evolucionado para confundirse con la nieve. Es difícil saberlo con certeza a partir de la información que recibo con los infrarrojos, pero estoy casi seguro de que en el espectro visible este bicho es de color pardo o negro.

Otra diferencia, por supuesto, es que los gusanos miden alrededor de un metro de longitud y pesan un par de docenas de kilos, mientras que mi nuevo amigo mide de ancho lo que yo de alto y se extiende a lo largo del túnel hasta donde alcanza mi vista.

¿Luchar o huir? Ninguna de las dos opciones me parece una apuesta ganadora. Levanto las manos y le muestro las palmas abiertas. Doy un paso atrás. Eso provoca una reacción en la criatura, que se yergue y expande sus dos pares de mandíbulas. Sus patas me hacen señas. Lenguaje corporal. Seguramente un ser como este interpreta mis brazos levantados y extendidos como una amenaza. Los dejo caer y retrocedo otro paso. Se desliza hacia mí. Sus segmentos anteriores se agitan lentamente adelante y atrás como si fueran la cabeza de una cobra, y me digo que tendría que haber hecho caso a Nasha y haber reventado los precintos del traje para que la atmósfera local hiciera su trabajo. Justo cuando estoy pensando que acabar devorado por un ciempiés no es precisamente mi manera favorita de salir de aquí, me ataca.

Me lanza una serie de dentelladas que muerden el aire entre mis piernas, encima de mi hombro izquierdo y alrededor de la cintura. Me agarra con las patas que utiliza para alimentarse y me levanta del suelo. Su boca se abre y se cierra rítmicamente a menos de un metro de mí, y, hasta donde soy capaz de ver, filas y más filas de dientes fríos y negros se suceden una detrás de otra hasta desaparecer en su abrasadora garganta.

Sin embargo se pone en movimiento sin meterme en su boca.

Las patas tienen múltiples articulaciones y terminan en un puñado de tentáculos que podrían pasar por dedos, rematados por unas garras de dos centímetros.

Al principio me revuelvo, pero mantiene mis brazos desplegados apretados contra las mandíbulas con la fuerza de un torno de acero. Puedo patalear un poco, pero no llego con los pies a nada que valga la pena patear. Supongo que me lleva a su nido. A lo mejor soy un aperitivo para sus crías. O un regalo especial para su pareja. En cualquier caso, si ahora pudiera romper los precintos del traje lo haría. Pero ya no es una opción, así que me quedo colgando en el aire imaginando cómo será que te trituren esos dientes.

El viaje es largo y en un momento dado me quedo traspuesto. Pero el tableteo de los dientes del gusano gigante me despierta y paso el resto de tiempo observando cómo sus dientes se trituran unos a otros cada vez que abre y cierra las fauces. Supongo que continuamente le crecen dientes nuevos o se regeneran cada cierto tiempo, ya que el estropicio que se hacen es salvaje.

Al cabo de un rato me doy cuenta de que el ángulo en el que entrechocan es el óptimo para que se mantengan afilados.

Por fin nos detenemos en una cámara semejante a aquella en la que caí. El gusano atraviesa un espacio amplio e introduce la cabeza en un pequeño túnel secundario. Giro el cuello. La galería parece ser un callejón sin salida de unos veinte metros de longitud. ¿Será la despensa familiar? El ciempiés me deposita en el suelo y abre las mandíbulas. Sus patas me empujan levemente y repliega la cabeza.

Ignoro lo que está pasando, pero estoy bastante seguro de que preferiría estar en cualquier otro sitio. Me adentro por el túnel. Noto algo raro en la pared del fondo. Tardo unos segundos en darme cuenta de que mi ocular registra unos fotones del espectro visible por primera vez en varias horas.

Cuando llego al final del túnel descubro que no hay una pared de roca sino de nieve. Aprieto una mano contra ella y empujo. Una sección de alrededor de medio metro de ancho cede y la luz del día me baña.

En ese momento mi memoria retrocede a cuando tenía nueve años y estaba en la casa de campo de mi abuela en Midgard. Era una soleada mañana de primavera y yo había cazado una araña en mi cuarto. Bajé corriendo por la escalera con el bicho enjaulado en el cuenco formado por mis manos y salí fuera mientras la araña correteaba con sus patitas por las palmas de mis manos. Me acuclillé en el jardín, acerqué las manos al suelo y las abrí. Me sentí como un dios cuando la araña se alejó rápidamente por la hierba.

A través del agujero que he hecho en el muro veo la enorme semiesfera de la cúpula principal cubierta de nieve a no más de dos kilómetros de distancia. Yo soy la araña. Yo soy la araña y esa criatura del túnel acaba de liberarme en el jardín.

En cuanto salgo del túnel intento ponerme en contacto con Berto y luego con Nasha. No obtengo respuesta. Supongo que no debería sorprenderme. Todavía es temprano y han pasado fuera toda la noche. Me pregunto si Berto habrá dado parte de mi muerte en combate en cuanto regresó a la cúpula o si esperó para hacerlo por la mañana. Desde el momento en que informe de mi desaparición hasta que creen la nueva réplica, ¿cuánto tiempo transcurrirá? No puedo saberlo con exactitud porque nunca he estado para verlo, pero supongo que no será mucho. Se me pasa por la cabeza la idea de dejarle un mensaje a Berto, pero algo me dice que es mejor que no lo haga. Si anoche se metió directamente en la cama cuando llegó a la base, puedo hablar con él en persona. En el caso contrario… Sinceramente, no sé qué esperar, pero tengo la extraña sensación de que me convendría no compartir con nadie mi estado de no muerto por el momento.

La ardua caminata hasta el perímetro de la base a través de una capa de nieve reciente en la que me hundo hasta las rodillas se alarga una hora. A pesar de ello, hace una mañana realmente bonita, para variar. La temperatura está un pelín por encima de los 0 ºC por primera vez en casi una semana. El viento ha cesado, el cielo despejado es un lienzo tenuemente rosado y el sol es una hinchada esfera roja que descansa sobre el horizonte septentrional. Establecimos un perímetro de seguridad a un centenar de metros de la cúpula compuesto por torres de sensores, torretas automatizadas con cañones, cepos… En fin, lo típico. Nunca he entendido qué utilidad podía tener todo eso, ya que los únicos animales grandes que hemos visto hasta el momento son los gusanos, y estos parecen ser capaces de moverse por debajo de la nieve, donde nuestros sensores no los detectan. Pero supongo que es el procedimiento estándar.

Esta mañana le ha tocado a Gabe Torricelli estar en el puesto de control que da acceso a la puerta principal. Es un gorila de Seguridad, pero es un tipo majo, como todos los seguratas. Lleva puesta la armadura de combate completa salvo el casco. Parece un culturista con los músculos hipertrofiados y la cabeza diminuta.

—Mickey —dice—. ¿Qué haces fuera tan temprano?

Me encojo de hombros.

—Ya ves, me apetecía dar un paseo. ¿A qué viene todo ese equipo? ¿Le hemos declarado la guerra a alguien mientras yo estaba trabajando en la grieta?

Gabe sonríe detrás del reciclador de aire.

—Aún no. La armadura es voluntaria para las guardias. Me gusta cómo me queda. —Señala en la dirección de la que vengo—. ¿Marshall aún te tiene explorando las estribaciones?

—Ajá. ¿Por qué poner en riesgo unos equipos carísimos haciendo labores de exploración cuando me tienes a mí?

—Tú lo has dicho. ¿Has visto algo interesante?

«Sí, Gabe. He visto un gusano del tamaño de una grúa que me ha traído hasta la cúpula y luego me ha soltado. Estoy casi seguro de que era un ser sentiente. Chulo, ¿eh?».

—Qué va —respondo—. Solo un montón de roca y de nieve.

—Ya. Típico. Marshall nos está haciendo perder el tiempo con esta tontería, ¿eh?

Oh, no. Gabe está aburrido y quiere conversación. Tengo que cortarlo.

—Escucha —digo—, me encantaría quedarme charlando contigo, pero tengo que hacer una cosa en la cúpula. ¿Puedo pasar?

—Sí, claro. Supongo que no es necesario que te pida la identificación, ¿verdad?

—Supongo que no.

Gabe saca una tableta, presiona algunas teclas y a continuación me indica con la mano que tengo vía libre para entrar en la cúpula. Es buena señal; podría significar que nadie ha informado aún a Seguridad de la existencia de Mickey8. La pereza de Berto puede haberme ahorrado muchos problemas. Por otro lado, la pereza de Berto es, para empezar, lo que me ha colocado en esta situación. Seguramente no habría sido fácil, pero estoy convencido de que podría haber reunido cuatro trastos y haber vuelto para rescatarme anoche.

Jamás permitiría que Nasha arriesgara su vida para salvarme, ¿pero Berto? Creo que me la habría jugado si él hubiera estado dispuesto a intentarlo.

Naturalmente, la única razón de ser de los Prescindibles es que no hay que volver para rescatarlos. En todo caso, con independencia de cómo acabe esto, voy a tener que revaluar mi criterio para elegir a mis mejores amigos.

La primera parada es mi cuarto. Tengo que cambiarme, asearme un poco y ponerme un vendaje compresivo en la muñeca. No creo que esté rota, pero se ha inflamado y se ha puesto morada, y creo que va a fastidiarme por lo menos un par de semanas. Después me pondré en contacto con Berto para asegurarme de que no haga una estupidez. También tengo que avisar a Nasha de que he vuelto. Y darle las gracias por haber estado dispuesta a intentar rescatarme, supongo.

Recorro dos terceras partes del pasillo principal que atraviesa la cúpula y subo cuatro pisos por la escalera de caracol metálica hasta los dormitorios. Las habitaciones más humildes, docenas de cubículos de dos por tres metros separados por unos tabiques de plástico extrudido y con delgadas puertas de espuma, están allí arriba, justo debajo del techo. Mi cuarto está cerca del eje. Tengo una habitación doble para mí solo, con la altura suficiente para estar de pie y levantar las manos por encima de la cabeza. Supongo que es uno de los beneficios de ser un Prescindible. Es como lo que hacían los aztecas con sus jugadores de pelota: eran atentos con ellos, hasta que los subían a rastras al altar y les arrancaban el corazón.

El primer indicio de que podríamos tener un problema llega cuando voy a abrir la puerta de mi cuarto. Porque ya está abierta. La empujo y me da un vuelco el corazón. Hay alguien acostado en mi cama, tapado hasta la barbilla con mi sábana. Tiene el pelo aplastado contra la frente y unos regueros de lo que parecen mocos secos le recorren la cara. Avanzo dos pasos y empujo la puerta para cerrarla a mi espalda. Sus ojos se abren de repente con el portazo.

—Hola —digo.

La persona que está en mi cama se incorpora y se pasa una mano por la cara.

—¿Qué…? —Me mira y pone los ojos como platos—. Mierda —dice—. Soy Mickey8, ¿verdad?

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