Mickey7
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A estas alturas debes estar preguntándote qué hice para acabar siendo designado Prescindible. Debió ser algo terrible, ¿verdad? ¿Tal vez maté a un cachorrito? ¿Empujé a una anciana por una escalera?
No y no. Lo creas o no, me ofrecí voluntario.
El truco que usan para convencerte para que te hagas Prescindible es que no lo llaman hacerse Prescindible. Lo llaman hacerse inmortal. Suena mucho mejor, ¿no?
No me gustaría que pareciera que soy idiota. Sabía en lo que me metía, más o menos, cuando firmé el contrato. Me tragué toda la arenga sentado en la oficina de reclutamiento en Midgard. La mujer que soltaba el discurso se llamaba Gwen Johansen. Era una mujer alta y rubia, corpulenta, con un rostro inexpresivo y una voz que sonaba como si se hubiera pasado la mañana comiendo piedras. Sentada tras su escritorio y sin levantar los ojos de la pantalla que tenía en las manos, me leyó una lista de cosas que podrían pedirme que hiciera y que posiblemente acarrearían la muerte de esa réplica concreta de mí.
Las salidas al exterior para misiones de reparación durante viajes interestelares estaban en la lista. También la exposición a la flora y la fauna locales, la participación en experimentos médicos necesarios y el combate contra cualquier ser hostil que pudiéramos encontrar, etcétera, etcétera. La lista era tan larga que acabé desconectando. Lo esencial era que daba igual lo que hicieran conmigo, yo no podría negarme a nada si quería el trabajo. No era piloto. Tampoco médico. No era genetista, botánico ni xenobiólogo. Ni siquiera era el último mono de la tripulación. No tenía conocimientos prácticos de ninguna clase… pero de verdad que necesitaba largarme de Midgard, y lo antes posible. Era la primera nave colonizadora que se lanzaba desde que habíamos hollado Midgard hacía doscientos años y alistarme como Prescindible era la única manera que tenía de conseguir embarcarme en ella.
Sabía que en cuanto me tomaran las muestras de tejido y estudiaran mis archivos me pondrían el primero en la lista para todas las tareas calificadas de peligrosas a suicidas que surgieran. Con lo que no me quedé después de oír de cabo a rabo la letanía de Gwen fue la enorme cantidad de tareas entre peligrosas y suicidas que hay en una colonia cabeza de puente ni la asiduidad con la que me reclamarían para realizarlas. Es decir, cualquiera pensaría que utilizaríamos equipo manejado por control remoto para llevar a cabo la mayor parte de las tareas más tontas, como explorar grietas potencialmente inestables atestadas de fauna local posiblemente carnívora, por poner un ejemplo tomado al azar. Es lo que hicieron en Midgard, por eso precisamente pensé que este trabajo sería bastante tranquilo.
No obstante, resulta ser que hay un amplio abanico de cosas, la mayoría de las cuales incluyen dosis letales de radiación, pero también abusos de otras clases, que un cuerpo humano es capaz de tolerar durante un periodo de tiempo considerablemente mayor que una máquina. Y hay otro amplio abanico de cosas, la mayoría de las cuales incluyen experimentos médicos y similares, que una máquina no puede hacer. Es más, es mucho más sencillo reemplazar a un Prescindible que una máquina en una colonia cabeza de puente. Todavía pasará mucho tiempo hasta que empecemos a extraer minerales, no hablemos ya de que dispongamos de una industria pesada, así que todo el metal que se pierda se pierde para siempre hasta que eso esté en marcha. Por otro lado, para obtener la materia prima que se necesita para fabricar otro yo solo hay que poner en funcionamiento nuestra explotación agrícola.
Tampoco lo hemos conseguido aún. Cultivar algo en Niflheim fuera de la cúpula va a suponer un desafío a largo plazo, y hay algo en la microbiota local que parece cargarse también todo lo que intentamos cultivar dentro. Pero, en teoría, es un proyecto a un plazo mucho más corto.
Cuando Gwen terminó de leerme la lista con todas las cosas horribles que podrían pasarme, algunas de las cuales ya me han ocurrido, por supuesto, se recostó en la silla, cruzó los brazos y me miró durante unos incómodos segundos que se me hicieron eternos.
—¿Y bien? —me preguntó finalmente—. ¿Cree que es la clase de trabajo que le gustaría hacer?
Sonreí con la esperanza de transmitir seguridad en mí mismo y respondí:
—Sí, creo que sí.
Ella siguió mirándome hasta que noté cómo brotaban gotitas de sudor en mi frente. ¿Ya he mencionado que necesitaba desesperadamente este trabajo? Justo cuando iba a comentar algo sobre lo cómodo que siempre me había sentido a la hora de correr riesgos y la confianza que tenía en mi capacidad para sobrevivir en las circunstancias más adversas, ella se inclinó hacia delante y me soltó:
—¿Es usted rematada e irremediablemente imbécil?
Eso me dejó sin palabras un momento.
—No —contesté—. Creo que no.
—Ha oído todo lo que acabo de leer, ¿verdad? La lista entera.
Asentí con la cabeza.
—Por lo tanto, cuando he dicho «envenenamiento grave por radiación», por ejemplo, me ha entendido. Ha comprendido que lo que quería decir con eso es que seguramente lo enviarán a realizar tareas que podrían exponerlo a una dosis letal de radiación ionizante. Ha comprendido que como consecuencia de ello tendrá fiebre y erupciones cutáneas y le saldrán ampollas, y que con el tiempo sus órganos se licuarán y saldrán de su cuerpo por su ano durante un periodo de varios días, lo cual tengo entendido que es una muerte extremadamente dolorosa. ¿Le ha quedado claro todo eso?
—Sí —respondí—, pero eso nunca llegará a pasar, ¿no?
—Es muy probable que ocurra.
Negué con la cabeza.
—Sí, claro, seguro que lo de las radiaciones y eso pasará, pero no moriré después de una larga y dolorosa agonía. Puedo suicidarme, ¿no? Me tomo una pastilla, cierro los ojos y cuando vuelva a despertar seré mi nuevo yo, ¿no? Es decir, lo de la copia de seguridad se trata de eso, ¿no?
—Sí —dijo Gwen—. Eso sería lo lógico, ¿no? Pero el hecho es que la mayoría de los Prescindibles no lo hace.
Esperé a que continuara. Cuando quedó claro que no iba a añadir nada, pregunté:
—¿Qué es lo que no hace?
Gwen suspiró.
—Suicidarse. Según tengo entendido, rara vez se producen suicidios entre los Prescindibles, a pesar de que sería lo más lógico. Al parecer, tres horas de clases teóricas no bastan para anular el instinto de supervivencia que está arraigado en el ser humano desde hace mil millones de años. No hay quien lo entienda. Además, en muchos casos se pide al Prescindible que aguante hasta el final, con independencia de cuál sea su deseo. Piense en los experimentos médicos, por ejemplo. No se pueden interrumpir sin más con una eutanasia prematura. Lo mismo ocurre con la exposición a la microbiota local. La Comandancia necesita conocer los efectos biológicos exactos que producen en el organismo humano y no le permitirán marcharse antes de recopilar todos los datos. ¿Entiende lo que le digo?
Asentí. No se me ocurría una respuesta más elaborada. Gwen se quedó mirando el techo un rato. Cuando finalmente volvió a mirarme, tuve la sensación de que se llevaba una decepción al verme todavía sentado enfrente de ella.
—Dígame, señor Barnes. ¿Qué es exactamente lo que le parece tan atractivo de este puesto de trabajo? —Gwen hincó los codos en la mesa y apoyó el mentón en las manos.
—Bueno —respondí—. Es decir… Aunque muera un par de veces, básicamente seré inmortal, ¿no? Eso es lo que ha dicho usted.
Gwen volvió a suspirar, esta vez haciendo más ruido.
—De acuerdo. Es usted imbécil. Normalmente intentamos no discriminar, pero en este caso el hecho es que la Misión Prescindible es un puesto extraordinariamente importante para una expedición colonizadora. Incluso una mente tan simple como resulta evidente que lo es la suya ocupa un espacio de almacenamiento inimaginablemente grande. Prepararlo para una copia de seguridad requiere el uso de una cantidad ingente de recursos. Si finalmente se queda el trabajo, la suya será la única personalidad descargable y su modelo biológico será el único que esté a disposición de su colonia. Eso significa que, si las cosas se tuercen, podría encontrarse en la situación de ser el único ser vivo que quedara a bordo de la Drakkar. En ese caso sería el responsable del bienestar de miles de embriones humanos, entre otras cosas. ¿Es esa una responsabilidad que está dispuesto a asumir?
Le respondí con una sonrisa nerviosa. Ella me miró detenidamente durante lo que me pareció una eternidad, luego se echó hacia atrás en la silla hasta que las patas de delante se levantaron del suelo, juntó las manos detrás de la cabeza y volvió a depositar su atención en el techo.
—¿Sabe cuánta gente ha presentado su candidatura para este puesto en concreto? —me preguntó finalmente.
—Esto… No.
—A ver si lo adivina. Hemos recibido más de diez mil candidaturas en total para esta expedición. Solo para los puestos de pilotos atmosféricos se han presentado seiscientas solicitudes. ¿Sabe cuántos puestos de pilotos atmosféricos ofrecemos?
Ahora sé la respuesta a esa pregunta porque Berto lo ha mencionado como un millar de veces desde que salimos disparados de la órbita, pero entonces no tenía ni idea.
—Dos —dijo Gwen—. Hemos recibido seiscientas solicitudes para dos puestos. Y no de unos pilotos domingueros cualesquiera. Cada uno de esos seiscientos candidatos está más que cualificado para el puesto. Miko Berrigan ha presentado su solicitud para dirigir nuestro departamento de Física. ¿Se lo puede creer?
Negué con la cabeza. No tenía ni idea de quién era Miko Berrigan, pero al parecer ese tipo era la hostia en el campo de la física.
Ahora sé que di en el clavo.
También sé que Miko Berrigan es un capullo, pero eso realmente no es relevante para la historia.
—Lo que quiero que comprenda, señor Barnes —continuó Gwen—, es que hemos podido elegir entre lo mejor de lo mejor para esta expedición. Como estoy segura de que ya sabrá, es un grandísimo honor ser seleccionado para una misión de cabeza de puente de una colonización, un honor al que la mayoría de la gente ni siquiera tiene la oportunidad de aspirar. Si quisiéramos, podríamos llenar todos los camarotes de la Drakkar con personas que tuvieran un ojo verde y el otro azul y aun así contaríamos con una tripulación completamente cualificada.
Gwen volvió a apoyar la silla en el suelo con un golpetazo y se inclinó sobre el escritorio para acercar su cara a la mía. Yo tuve que reprimir un estremecimiento.
—Lo cual me devuelve al asunto de nuestro Prescindible —añadió—. ¿Sabe cuántas candidaturas hemos recibido para ese puesto?
Negué con la cabeza.
—La suya. Usted es la única persona que ha rellenado la solicitud para ese puesto. Estábamos considerando seriamente la posibilidad de solicitar a la Asamblea que nos diera autoridad para, digámoslo así, reclutar a alguien, cuando usted entró por esa puerta. Ahora bien, de acuerdo con la puntuación que ha obtenido en las pruebas estandarizadas que ha realizado, es obvio que usted no es completamente estúpido. De hecho, aquí dice que es… historiador.
Asentí con la cabeza.
—¿Eso es un trabajo?
—Lo es —respondí—, o al menos lo era. El estudio de la historia permite…
—¿No está hasta el último detalle de la historia conocida disponible para cualquier persona?
Asentí nuevamente.
—Entonces, ¿por qué usted se considera más historiador que, por ejemplo, yo misma?
—Bueno, lo cierto es que yo me he molestado en estudiar todos esos detalles.
Gwen puso los ojos en blanco.
—¿Y le pagan por eso?
Dudé antes de responder:
—Supongo que podría considerarse más una afición que un trabajo.
Gwen me miró fijamente durante unos cinco segundos, luego negó con la cabeza y suspiró.
—En cualquier caso, el puesto para el que presenta su candidatura no es una afición. Es a todos los efectos un trabajo, del cual nunca podrá dimitir. Dígame, ¿qué le sugiere el hecho de que no haya nadie más en el planeta que quiera este trabajo, señor Barnes?
Me miró como si esperara una respuesta, pero la verdad es que yo no tenía ni idea de qué contestar. Finalmente puso los ojos en blanco de nuevo y deslizó por el escritorio un lector de biohuellas hacia mí. Apreté el dedo pulgar en el dispositivo y noté un leve pinchazo cuando me extrajo una muestra de ADN. Gwen cogió el lector y miró la pantalla.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dije.
Gwen levantó los ojos hacia mí y me miró con una expresión inescrutable.
—Claro. ¿Por qué no?
—Si nadie ha presentado una solicitud para este trabajo, si de hecho estaban pensando en reclutar a alguien, ¿por qué se esfuerza tanto en convencerme para que yo retire mi candidatura?
Ella volvió a bajar la mirada al lector.
—Es una pregunta excelente, señor Barnes. Supongo que es porque me parece usted una persona decente y preferiría que el trabajo se lo quedara un capullo. —Entonces se puso en pie, dejó el lector en el escritorio y me tendió la mano—. En todo caso, supongo que el trabajo será para usted. Bienvenido a bordo.
La pregunta que Gwen debería haberme hecho y pasó por alto es la siguiente: ¿qué odia tanto de Midgard para que esté dispuesto a correr el riesgo de que se le licuen los órganos con tal de largarse de aquí? Es decir, Midgard es un sitio bastante agradable, como lo son todos los mundos colonizados de tercera generación. Está situado en el mismo centro de la mejor zona de una gigante roja que acababa de tragarse su sistema interior. Eso significa que tuvieron que hacer un poco de terraformación cuando la primera nave holló su superficie, lo cual debió de ser un coñazo. Sin embargo también tenía una ventaja, ya que, a diferencia de nuestro actual hogar, Midgard no era habitable desde hacía tanto tiempo como para que haber generado una vida autóctona problemática. Estoy seguro de que el Prescindible de entonces también pasó malos ratos, pero al menos a él no se lo podían zampar en cualquier momento.
Midgard es un planeta sin apenas inclinación axial, así que las estaciones del año no son una preocupación. Hace calor en el ecuador y frío en los polos. Hay un par de océanos vastos, poco profundos y con agua de baja salinidad, y un continente que da la vuelta a todo el planeta y los separa. La sobrepoblación tampoco es un problema. En una megápolis de la Tierra anterior a la Diáspora había más gente que en todo Midgard. Las playas son bonitas. Las ciudades están limpias. El gobierno es elegido democráticamente y su función se limita básicamente a gestionar la economía. Ni siquiera ese sol gordo y rojo que ocupa la mitad del cielo me ha molestado nunca, aunque he de reconocer que, no me preguntes por qué, me parece mucho más natural el pequeño sol amarillo que tenemos aquí.
Por lo tanto, ¿cuál era el problema? Seguro que ya has hecho tus conjeturas, así que vamos a repasar la lista. ¿Una ruptura amorosa? No. He tenido unas cuantas novias, unas mejores y otras peores, pero con ninguna acabó tan mal la cosa como para hacerme querer escapar del planeta. ¿Problemas económicos? No me creo que hayas pensado eso. En Midgard casi nadie tiene problemas económicos. La industria y la explotación agrícola estaban automatizadas prácticamente por entero y el gobierno distribuía los beneficios secundarios entre los ciudadanos, como ocurre en la mayoría de los planetas de la Unión. Desde todos los puntos de vista, Midgard era casi un paraíso.
Mi problema con Midgard resultaba ser exactamente el mismo problema que tuve para salir de allí. No era científico. Ni ingeniero. No tenía talento para el arte, ni para el entretenimiento, ni para la retórica. Era, soy, esa clase de persona que en una época anterior habría sido un humilde intelectual. Habría leído libros raros hallados en archivos recónditos y escrito sesudos ensayos que nadie habría leído jamás. En una época anterior habría pasado mis días en una fábrica, o en una mina, o quizá en la infantería. En Midgard, sin embargo, no había intelectuales humildes. Como Gwen señaló con tanta delicadeza, la historia estaba a disposición de todas las personas. Con un pestañeo al ocular o un par de clics en la tableta podías saber todo lo que necesitabas saber sobre absolutamente cualquier tema. Por supuesto, nadie perdía el tiempo en eso.
Ya puestos, tampoco había trabajo en las fábricas, ni en las minas, ni siquiera en la infantería. Mi salario estándar me alcanzaba para tener un techo encima de la cabeza y llenarme la barriga, pero, por mucho que me esforzara, no comprendía qué sentido tenía la vida. No se me ocurría una sola cosa que cambiara en el universo si un día me daba por tirarme desde el balcón.
Así pues, como todos los jóvenes a lo largo de la historia, dedicaba una enorme cantidad de tiempo a buscar maneras de meterme en líos.