Mickey7
003
Página 5 de 31

—Vaya —digo—. Parece que tenemos un problema.
Estoy sentado en la silla de mi escritorio, de cara a la cama. Ocho se ha sentado en la cama y está inclinado hacia delante, con la cabeza apoyada en las manos. Sé cómo se siente. La primera vez que te despiertas después de que te saquen del tanque es como la peor resaca del mundo, sazonada con un poco de lepra y un toque de malestar por descompresión.
—¿Eso crees? Estamos jodidos, Siete. Peor que jodidos. ¿Cómo se te ha ocurrido permitir que esto pase?
Suspiro, me arrellano en la silla y me froto la cara con las manos.
—¿A qué parte te refieres? ¿A esa en la que Berto me dio por muerto porque tenía tanto miedo de que se lo comieran vivo que no volvió para rescatarme? ¿O a la parte de mi inoportuna no muerte?
—No lo sé. A cualquiera de las dos. ¿Me pasas una toalla?
De la puerta del armario cuelga una toalla de manos. La cojo y se la lanzo. Ocho se limpia el grueso de la porquería de la cara y el cuello y luego lo intenta con el pelo.
—Es inútil —digo.
Me fulmina con la mirada y sigue frotándose el cabello.
—Ya lo sé, capullo. Todavía recuerdo cuando tú despertaste después de salir del tanque. Recuerdo cuando despertó Seis, y Cinco, y Tres, y… Bueno, creo que ya está, la verdad. En cualquier caso, recuerdo todo lo que tú recuerdas.
—No todo —digo—. Hace un mes que no subo una copia de seguridad.
Me tira la toalla mugrienta, se levanta de la cama y abre el armario.
—También estás retrasado con la colada, ¿eh?
—No tanto. Han sido unas semanas agitadas.
Ocho coge un sudadera sucia y unos pantalones de chándal de la balda superior.
—¿No hay ropa interior limpia?
—Mira debajo de la cama.
Me lanza una mirada que está a medio camino del odio y el asco.
—¿Qué te ha pasado? No recuerdo que fuéramos unos cerdos.
—Ya te lo he dicho. Han sido unas semanas agitadas.
Apoya una rodilla en el suelo y saca unos calzoncillos de debajo de la cama, los sostiene un momento en el aire con el brazo extendido, luego se los acerca un poco y los huele con aprensión.
—Están limpios —le tranquilizo—. Acabaron ahí porque los quité de en medio de una patada.
Ocho me clava una mirada feroz. Se da la vuelta y se viste.
—Gracias —digo—. Por raro que suene, es incómodo verse uno mismo paseándose por ahí desnudo.
—Ya. Seguro que sí.
Ocho se sienta otra vez en la cama y se pasa las manos por el pelo. Aún está tieso y brillante, pero por lo menos ha comenzado a separarse en mechones. De todos modos no tendrá buen aspecto hasta que se pase el estropajo un par de veces.
—Bueno, ¿y ahora qué? —dice.
Lo miro fijamente. Él deja de jugar con el pelo y también me mira.
—¿Qué? —me pregunta.
—Bueno… —respondo—. Es decir, tú no deberías haber salido del tanque, ¿no? Yo no estoy muerto. Si Comandancia descubre que somos más de uno…
Sus ojos adquieren una expresión dura, iracunda.
—Habla claro, Siete.
—Vamos —digo—. Tú lo sabes tan bien como yo. Uno de los dos tiene que desaparecer.
Lo más parecido que puede encontrarse en la larga historia de la humanidad hasta el momento de la Diáspora y la formación de la Unión probablemente sea la colonización de Micronesia. Las islas del Pacífico de la antigua Tierra son pequeñas y están separadas por varios cientos o a veces miles de kilómetros de océano. Las habitaban unos pueblos que se movían en canoas con batangas de doce metros impulsadas con remos. Cuando esas gentes arribaban a otra isla, solo contaban con lo que les quedara en las embarcaciones después de la travesía para sobrevivir hasta que conseguían obtener algo comestible de la nueva tierra.
Esa es básicamente nuestra situación, con la única diferencia de que nuestras embarcaciones son un poco más grandes, nuestros viajes son muchísimo más largos y no tenemos la más remota idea de si los cultivos que llevamos a bordo crecerán donde aterricemos. Como consecuencia de ello, hay una regla rigurosa que todas las personas que se embarcan conocen y aceptan: no hay gordos en las colonias cabeza de puente.
Cuando hollamos la superficie del nuevo planeta se estableció que las raciones diarias básicas serían de mil cuatrocientas kilocalorías. A partir de ahí se incrementarían individualmente de acuerdo con la masa corporal y el calendario de trabajo de cada uno. Desde entonces se han reducido las calorías diarias dos veces porque, por causas que desconocemos, ni siquiera en los tanques hidropónicos crecen los cultivos en este sitio. Todavía no hemos recurrido al canibalismo, pero la mayoría nos hemos quedado en los huesos.
Lo que intento decir es que, aunque tener varias copias de uno mismo pululando por ahí no fuera el mayor tabú que existe en la Unión, a la hora de la cena no sobra comida para un Prescindible de más.
—Mira —dice Ocho—. Si piensas que estoy deseando meterme de un salto en la biorrecicladora por ti, te vas a llevar una seria decepción. Comprendo que tú no tienes el cien por cien de la culpa de esta situación, pero yo tengo el cero por ciento.
Me pongo a caminar en círculo por el cuarto, lo cual, en una habitación de tres por dos, no ayuda en nada. Ocho está sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas, y se masajea las sienes para intentar aplacar el malestar que siente tras salir del tanque.
—No se trata de decidir quién tiene la culpa —digo—, sino de arreglar el problema.
—Vale, pues hagamos las dos cosas. Salta tú a la recicladora.
Niego con la cabeza.
—No, esa opción está descartada.
Ocho me mira fijamente, luego se estremece y se saca de un oído un pegote solidificado de fluido del tanque.
—No es justo. Yo llevo vivo… ¿cuánto? ¿Veinte minutos? Tú has tenido un par de meses por lo menos. Deberías ser tú el que se fuera.
Sonrío, pero no de una manera cordial.
—Oh, no —digo—. No me vengas con eso. Tienes treinta y nueve años, como yo. Tienes hasta el último recuerdo y la última experiencia que tengo yo, menos las seis semanas que han pasado desde mi última copia de seguridad. Ni siquiera sabrías que acabas de salir del tanque si no estuvieras todo pringado.
Me mira con cara de pocos amigos.
Le miro fijamente.
—Es absurdo seguir discutiendo sobre este asunto, Siete. Es decir, ¿no ves que nunca nos pondremos de acuerdo?
Tiene razón, por supuesto. Estamos ante la típica discusión que solo termina cuando una de las partes se da por vencida al cabo de un rato. No es como pagar la cuenta en un restaurante. No podemos alternarnos.
—Vale —digo—. ¿Qué hacemos entonces? ¿Informamos a Comandancia?
—No —responde Ocho, quizá con excesiva precipitación—. Mala idea. Marshall ya nos considera una abominación. Si descubre que somos más de uno nos matará allí mismo a los dos. Nadie puede enterarse de esto.
La verdad es que si fuéramos ahora a verlo, Marshall probablemente diría que Ocho no debería haber salido del tanque y que, por lo tanto, había que revertir el proceso y devolverlo a su estado líquido sin demora. Me planteo comentárselo a Ocho, pero…
No sé. Quizá Ocho tenga razón. En cierta manera me parece injusto enviarlo de nuevo a la inexistencia antes incluso de que se haya sacado la porquería del tanque de los oídos.
Pero ¿qué alternativa tenemos? Yo tengo tan pocas ganas como él de que me tiren al pozo de los cadáveres.
—Escucha —digo—. Podemos arreglarlo. Voy a cambiarme de ropa y limpiaré un poco esto. Mientras tanto, tú ve a la ducha química y sácate los restos de la mugre del tanque. Nos reuniremos en la recicladora dentro de media hora.
Me mira con recelo antes de levantarse.
—De acuerdo —dice—. Media hora. Hasta luego.
Da dos pasos hasta la puerta, gira el pestillo y la abre. Justo cuando va a salir al pasillo duda y se vuelve para mirarme.
—Oye, no irás a jugármela, ¿verdad? Es decir, no estarás pensando en llamar a Comandancia mientras estoy en la ducha para que tomen una decisión sobre nosotros, ¿eh?
—No —le aseguro—. Yo nunca haría eso, aunque estoy convencido de que ganaría yo. Lo solucionaremos por nuestra cuenta.
Ocho sonríe.
—Gracias, Siete. Nos vemos dentro de media hora —se despide, y cierra la puerta al salir.
Ocho probablemente necesitará una hora. Limpiarse el pringue del tanque es una pesadilla, y la ducha química no es lo más eficaz. Me acuesto para echar una cabezada cuando llaman a mi puerta con unos golpes suaves.
—Adelante —digo.
La puerta se abre. Berto asoma la cabeza y echa un vistazo dentro. Luego entra y vuelve a cerrar la puerta.
—¿Qué tal, colega? ¿Cómo te encuentras? —pregunta.
Se sienta detrás del escritorio, como había hecho yo cuando entré y me encontré a Ocho en mi cama. Yo no tengo ese problema, pero Berto es demasiado grande para esa silla. Él mide casi dos metros, lo cual es una rareza en una misión de cabeza de puente, donde se prefiere lo compacto, tanto por una cuestión de comodidad como de eficiencia. Yo apenas llego al metro sesenta, y la mía es la estatura media de la tripulación. Entre la restricción calórica y el hecho de que la mayor parte del tiempo tiene que agachar la cabeza y comprimir su cuerpo, Berto parece un insecto palo pálido y pelirrojo.
Me incorporo en la cama y me echo el pelo hacia atrás con la mano. Escondo la mano vendada debajo de la manta.
—Bien, supongo.
—Tienes muy buen aspecto para estar recién salido del tanque. ¿Ya te has pasado el estropajo?
Asiento con la cabeza. Berto me mira fijamente un momento y luego aparta los ojos de mí.
—Bueno, ¿qué ha pasado esta vez? —pregunto—. ¿Qué le ocurrió a Siete?
Berto sacude la cabeza.
—Hermano, es mejor que no lo sepas.
—Eh, ¿no es eso exactamente lo que dijiste sobre Seis?
Berto me mira otra vez.
—Tal vez. No me acuerdo. ¿Acaso importa?
—Sí —respondo—, sí importa. Tú eres piloto, ¿verdad? ¿Qué es lo último, lo más importante que estás obligado a hacer si te derriban?
Berto entrecierra los ojos.
—Siempre hay que informar de qué es lo que te mata.
—Exacto. Pues lo mismo sucede con los Prescindibles. Por eso, cada vez que Marshall me mata me obliga a subir una copia de seguridad justo antes de dejar el mundo. Me gustaría saber qué le pasó a Siete para evitar que me pase a mí. Y podríamos aprovechar para que me contaras lo que le ocurrió a Seis. Sea lo que sea lo que acabó con él, estoy seguro de que podré digerirlo.
Berto me mira detenidamente. Luego se encoge de hombros y vuelve a mirar a otro lado. Tomo nota mental de que debo invitarle a apostar la ración diaria al póker alguna vez. Se le da fatal mentir.
—Seis y Siete murieron de la misma manera, acosados por un enjambre de gusanos.
—De acuerdo. ¿Dónde ocurrió y qué estaba haciendo yo en ese momento?
Berto suspira.
—Estabas fuera, realizando uno de los estúpidos paseos de Marshall. Estos últimos meses te ha tenido la mayor parte del tiempo cartografiando las grietas que hay alrededor de la cúpula y explorándolas en busca de gusanos. Personalmente no lo entiendo, pero parece haber desarrollado alguna clase de obsesión con esos bichos. —Duda antes de continuar—: A veces tú también pareces obsesionado con ellos, la verdad. Cuando empezó con todo ese rollo no parabas de protestar. Pero al cabo de una semana o así de que Siete saliera del tanque dejaste de hacerlo. En estas últimas semanas aceptabas sin rechistar la orden y salías. ¿Tienes alguna idea del porqué?
Niego con la cabeza.
—No tengo recuerdos de las últimas seis semanas. Al parecer, Siete no llevaba al día las copias de seguridad.
—Ya, me comentó algo al respecto anoche, cuando se dio cuenta de que iba a morir.
Me rasco el mentón con la mano sana.
—¿De verdad? ¿El último pensamiento que tuvo mientras lo descuartizaban los gusanos fue que últimamente no había estado subiendo copias de seguridad?
La boca de Berto se abre y se cierra dos veces sin emitir sonido alguno, como un pez sacado del agua. Yo tengo que apretar los dientes para que no se me escape la risa. En serio que miente fatal.
—Fue antes —consigue decir finalmente—. Supongo que tuvo una premonición.
—Una premonición.
—Sí. Bueno, es una suposición.
Podría insistir en el asunto, pero yo también tengo un secreto que hay que mantener oculto, así que decido no presionarlo.
—En todo caso —añade Berto—. Dejé a Siete cerca de una grieta situada a unos ocho kilómetros del perímetro ayer por la tarde. Llevaba encima un burner. Como de costumbre, tenía que cartografiar la zona y buscar gusanos, con el objetivo de volver con uno si era posible. Yo debía recogerlo en la siguiente pasada.
—Pero la misión salió mal.
—No, no salió mal. Surgieron de la nieve todos a la vez, casi en el mismo momento en que lo dejé. Eran veinte o treinta. Yo estaba justo encima de él, pero lo descuartizaron antes de que pudiera bajar la pinza para recogerlo.
Comprendo que no quiera reconocer que me abandonó a una muerte segura. Es una de esas cosas que podría acabar para siempre con una amistad. Sin embargo, ahora me surge la duda de qué fue lo que le pasó realmente a Seis. ¿También me mintió sobre él?
—En cualquier caso —continúa Berto—, quería pasarme para asegurarme de que estabas bien. He pensado que podríamos presentar un informe rápido a la Comandancia y después desayunar juntos.
Lo último que quiero hacer ahora mismo es informar a la Comandancia. En todo caso, primero me gustaría arreglar las cosas con Ocho.
—Verás, la verdad es que todavía me siento como si me hubieran dado una paliza. Ve tú a desayunar si te apetece, yo quiero echar una cabezada. Cuando me levante iré a Seguridad para registrarme y después podemos ir a hablar con la Comandancia si quieres.
Me mira con recelo. Se huele que pasa algo raro. Normalmente salgo disparado hacia la cafetería en cuanto salgo del tanque. Aquí nadie se salta una comida por propia voluntad. Aparte de eso, la bioimpresora no imprime comida dentro de tu aparato digestivo. Cuando te despiertas tienes el estómago como si hubieras ayunado durante las últimas setenta y dos horas.
—Vale —dice—. Pero no tardes. Ya sabes que sintetizar tu culo le pega un buen bocado a nuestras reservas de proteínas. La Comandancia querrá saber lo que ocurrió y por qué, y cómo pensamos recuperar el déficit. Es tu segunda replicación en ocho semanas, así que esta vez se nos tendrá que ocurrir una buena excusa.
—Podemos contarles la verdad de lo que pasó.
Berto niega con la cabeza.
—Debemos ser un poco creativos. La Comandancia está especialmente susceptible cuando se trata de gastar calorías y proteínas, y Marshall no va a aceptar asumir la responsabilidad de lo ocurrido a pesar de que esas estúpidas salidas son idea suya. Probablemente te echará la bronca por no haberte defendido como es debido, y seguro que se cabreará conmigo por no haber bajado para recuperar tu cuerpo. Sinceramente, si esto sigue así llegará un momento en que se negará a autorizar tu replicación.
Un escalofrío recorre mi espalda.
—¿Eso es una premonición?
—Oye, ¿seguro que estás bien? Te noto un poco raro, Mickey.
Me froto los ojos con la mano derecha. Espero que no se haya fijado en que no he sacado la izquierda de debajo de la manta en todo el rato.
—Sí —respondo—, estoy bien. Necesito dormir un poco para recuperarme del mal del tanque. Te veo en la cafetería dentro de una hora.
Berto me mira de arriba abajo. Luego se pone en pie, se acerca a mí y me da una palmadita en la pierna.
—Buen chico. Te guardaré un poco de puré.
—Gracias, Berto. Eres un colega de verdad.
—Por cierto —dice cuando la puerta ya está cerrándose a su espalda—. No he podido evitar fijarme en que no has movido la mano de tus partes en todo el rato que he estado contigo. Ándate con ojo. Nasha podría ponerse celosa.
—Lo sé, Berto. Gracias por avisar de todas maneras.
—De nada. Te veo dentro de una hora.
Oigo sus risitas al otro lado de la puerta cuando la cierra.
He muerto seis veces en los últimos ocho años. Seguro que piensas que ya me he acostumbrado.
Para ser justos he de decir que una de esas muertes me pilló por sorpresa, otra fue en una situación de emergencia y en otra mi réplica se negó a subir una copia de seguridad antes de morir. Solo recuerdo lo que se sube, así que lo único que sé sobre lo que les pasó a esas copias de mí es lo que Nasha o Berto me han contado, o lo que he visto en las imágenes grabadas por las cámaras de seguridad. Pero las tres restantes fueron planificadas, y el procedimiento estándar determina que el Prescindible debe subir una copia de seguridad en el momento más próximo a su defunción, básicamente por la razón que le he dado a Berto, es decir, que la siguiente réplica debe saber lo que le ocurrió a la anterior para así, con un poco de suerte, evitar que se repita. Por lo tanto, supongo que estoy más familiarizado de lo que llegará a estarlo cualquier otra persona con la sensación de vacío que tengo en el estómago ahora mismo.
Por supuesto, esta vez no tiene nada que ver con las anteriores. Para empezar, los otros Mickeys sabían que iban a palmarla. A menos que Ocho esté planeando clavarme un puñal por la espalda o algo por el estilo, esta vez solo tengo un cincuenta por ciento de probabilidades de morir.
No estoy seguro de que eso sea bueno. El hecho de tener la certeza absoluta de lo que va a pasarte procura cierta paz. La posibilidad de que llegue vivo a la hora de comer me produce ansiedad y al mismo tiempo me da esperanza.
Sin embargo, la mayor diferencia entre esta vez y las anteriores no es la incertidumbre. La mayor diferencia es que, hasta ahora, cada vez que moría por lo menos podía creerme la mitad de las chorradas que mis cuidadores me soltaban sobre mi inmortalidad. Sabía que un par de horas después de que Mickey3 muriera, Mickey4 saldría del tanque, y no me costaba imaginar que yo seguiría siendo el mismo en los dos cuerpos, como si cerrara los ojos y volviera a abrirlos.
Si ahora muriera, sin embargo, no saldría otro yo del tanque. El otro yo ya está aquí y, a pesar de las apariencias, Ocho no es ni mucho menos una continuación de mí.
Y, sinceramente, tengo la impresión de que ni siquiera le caigo bien.
La recicladora está en la planta baja y en el lado opuesto de donde se encuentra mi habitación. El paseo en realidad es corto, pero esta mañana se me está haciendo larguísimo. Los pasillos están casi vacíos y mientras camino lo único que oigo son mis pasos y mi pulso en los oídos. Sé que no hay una razón para ello, pero en lo más profundo de mi ser tengo la sensación de que esto va a terminar mal para mí. Cuando subo los dos escalones que llevan a la puerta de la recicladora me siento como si estuviera subiendo la escalera del patíbulo.
La biorrecicladora es el corazón y el alma de todas las colonias cabeza de puente. Se ocupa de nuestra mierda, de los pedúnculos de los tomates, de las peladuras de las patatas y de los huesos y los cartílagos mordisqueados de los conejos, del pelo y de las uñas que nos cortamos, de las costras que se nos caen, de los pañuelos de papel después de usarlos y, en último lugar, de nuestros cadáveres. A cambio, nos devuelve puré de proteínas, batido de vitaminas y fertilizante. A nadie le gusta vivir a base de la pasta obtenida de la recicladora, pero una colonia desesperada es capaz de hacerlo durante mucho tiempo.
La recicladora desintegra cualquier cosa que eches al pozo de los cadáveres en los átomos que la componen y luego vuelve a juntarlos en el orden que le pidas. Este proceso requiere una cantidad de energía obscena, pero nuestra central eléctrica es un motor de nave espacial que utiliza energía obtenida de la antimateria. Energía es lo único que tenemos de sobra.
Ocho entra justo cuando acabo de introducir mi código de acceso en la consola de control. Levanto la tapa de seguridad, aprieto el gran botón rojo y el pozo de los cadáveres se abre como si fuera el iris de un ojo en el suelo, en el centro de la cámara.
El pozo de los cadáveres es una de esas cosas en las que evitamos pensar. Solo lo he visto abrirse en las raras ocasiones en las que me he tenido que encargar de la basura, y la verdad es que nunca he echado un vistazo a su interior. No sé cómo te imaginas la boca de una central de antimateria (¿como un infierno de llamas rugientes y con un fuerte olor a azufre, quizá?), pero en realidad es muy silenciosa e inodora, y a su manera es bastante bonita. Al principio no es más que un disco negro plano, pero luego el campo de descomposición comienza a atrapar motas de polvo, que desaparecen de una en una convertidas en diminutos destellos de luciérnaga.
No está mal.
En todo caso, es mejor que acabar descuartizado por un enjambre de gusanos.
—¿Estás listo? —pregunta Ocho.
Me encojo de hombros.
—Sí, supongo que sí. Para serte sincero, ahora me arrepiento un poco de no haber informado a la Comandancia, pero hagámoslo de una vez.
Ocho sonríe y me da una palmada en la espalda.
—Me caes bien, Siete. Me sentiré fatal cuando te tire al pozo.
El corazón me da un vuelco.
—¿Qué es eso de tirarme?
Se le borra la sonrisa de los labios.
—Piénsalo. ¿De verdad quieres entrar ahí despierto?
¡Eh! Bien pensado. A los cadáveres reales se los desciende lentamente al agujero. No sé cuál es la tasa de alimentación de esta máquina, pero, si es menos que infinito, la manera más inteligente de entrar ahí es sin conocimiento o muerto.
Ocho se da la vuelta para ponerse a mi lado y mira el pozo.
—Aún estás a tiempo de hacer lo correcto y ofrecerte voluntario para ser el que se marche.
—Sí, claro. Tú también —respondo.
Ocho me pasa un brazo por los hombros.
—Pero eso no va a pasar, ¿eh?
—No lo creo.
El disco ha vuelto a ponerse negro. Imagino que ya no hay polvo. Ocho reúne dentro de la boca un pegote del fluido del tanque y escupe. Su escupitajo destella cuando entra en el agujero, hace un breve ruido de siseo y desaparece.
—Tiene pinta de que va a ser más doloroso de lo que pensaba.
—Sí —digo—. Creo que primero te estrangularé y luego te arrojaré al pozo.
Ocho sonríe.
—Gracias, Siete. Tu altruismo me conmueve.
Nos quedamos callados un rato. Noto cada vez más pesado el brazo que ha puesto encima de mis hombros, hasta que finalmente me aparto de él y me vuelvo para mirarlo a los ojos.
—A ver —digo—. ¿Vamos a hacerlo o no?
—Supongo que sí.
Ocho levanta la mano izquierda y yo la derecha, las cerramos y contamos juntos:
—Uno… Dos… Y… Tres. Ya.
Desde el principio tenía pensado sacar piedra, pero entonces recuerdo que él es yo, así que probablemente pensamos igual. ¿Papel entonces? Pero ¿y si él está pensando lo mismo? A lo mejor espera que saque papel y él sacará tijeras. Eso me lleva de nuevo a la piedra. Menos mal, porque todo este razonamiento ha consumido el tiempo y todavía tengo la mano cerrada.
Bajo la mirada.
Ocho sostiene la mano completamente abierta en el aire.
—Lo siento, hermano —dice.
Ya, seguro que lo sientes.
Gracias, capullo.