Mickey7

Mickey7


004

Página 6 de 31

Arrodillado en el suelo, con la cara a quince centímetros de la interfaz del campo de descomposición y ante la perspectiva de convertirme en puré para los hambrientos colonos de Niflheim, me doy cuenta de que estoy dándole vueltas otra vez a la pregunta de si tomé la decisión correcta cuando apreté la yema del dedo pulgar en el lector de huellas en la oficina de Gwen Johansen hace nueve años.

A pesar de todo, todavía me digo que sí. En realidad no tengo ninguna duda de que hice lo que debía.

No volví directamente a casa cuando salí de la oficina de Gwen. Me habría gustado hacerlo, porque tenía hambre, estaba cansado y me habría sentado bien una ducha. Sin embargo, no podía hacerlo, por la misma razón que no podía rechazar la tentadora oferta de una inmortalidad más que cuestionable de Gwen. Verás, me habían puesto en la puñetera lista de Darius Blank, y, que yo supiera, no había una manera razonable de salir de ella.

La raíz de este problema en concreto (como la raíz de buena parte de mis problemas, ahora que lo pienso) era Berto.

Berto era la única persona a bordo de la Drakkar que conocía antes de darle mi ADN a Gwen y entregarle mi vida. Nos conocimos en el colegio. Él era alto, listo, atlético y extrañamente guapo teniendo en cuenta cómo resultó ser. Yo era… bueno, no he cambiado mucho desde entonces, así que solo era más joven. Nos unían nuestra pasión por el simulador de vuelo, que él dominó en menos de una hora y en el que yo seguía estrellándome cuando nos graduamos, y nuestro odio a los administradores de la escuela, quienes a su vez me odiaban porque estaba obsesionado con la historia y perdía el tiempo con ella cuando podría haber estado estudiando algo útil; sin embargo a Berto lo adoraban como si fuera el hijo que nunca habían tenido. En décimo, el instructor de cálculo de Berto le aconsejó que se replanteara pasar tanto tiempo conmigo si quería alcanzar su máximo potencial.

Creo que Berto se tomó eso como otro desafío.

Lo que quiero que entiendas sobre Berto es que era uno de esos odiosos chicos a los que se les da de fábula casi todo lo que prueban. Cuando teníamos quince años, su madre le regaló una raqueta de pogbol. Nunca fue a clases ni se apuntó a la liga de aficionados. Se pasó un par de meses lanzando pelotas contra la pared del edificio de administración después de las clases para estudiar el intríngulis del juego, jugó una temporada en el equipo de la escuela, mejoró un montón y se apuntó a un torneo para profesionales y aficionados. Nadie sabía quién era cuando se presentó en el primer partido. Lo ganó sin despeinarse, y cuando la semana llegó a su fin, Berto acabó segundo en su categoría. Al año siguiente ganó la división de aficionados. El verano después de graduarnos comenzó a jugar por dinero. Cuando dos años después lo dejó para empezar a estudiar en serio para ser piloto, ocupaba el décimo puesto en la clasificación planetaria de jugadores de pogbol.

Todo esto no habría tenido mayor importancia de no ser porque nueve años después yo vivía en el apartamento más anodino que te puedas imaginar en la parte más anodina de Kiruna y Berto había sido seleccionado para formar parte de la tripulación de la Drakkar. Estábamos sentados en una cafetería llamada Shaky Joe, matando el tiempo tomando un té mientras esperábamos a que empezara un partido en la pantalla del bar, cuando me comentó que estaba pensando en volver a coger la raqueta para una última participación en el torneo de primavera para profesionales y aficionados antes de desaparecer para siempre en lo desconocido.

—Piénsalo —dijo—. Si gano el trofeo después de tanto tiempo retirado, me convertiré en una leyenda. Dentro de cien años aún se hablará de mí.

Abrí la boca para responder que sí, que sería una leyenda, pero no porque ganara un torneo planetario y luego desapareciera en el crepúsculo, sino porque se había creído capaz de lograr tamaña hazaña después de pasar nueve años retirado y había perdido por cien puntos de diferencia el primer partido contra un chaval de dieciocho años.

Sin embargo no fue eso lo que le dije, porque de repente me di cuenta de que yo sabía una cosa que la mayoría de la población de Kiruna ignoraba, y es que en los últimos nueve años Berto había pasado conmigo casi todo el tiempo que no estaba volando o en órbita. La gente aún recordaba al Berto Gomez veinteañero que derrotaba sin sudar a experimentados jugadores profesionales. Lo recordaban haciendo cosas con la raqueta que no sabían que eran posibles hasta que se las veían hacer a él, y recordaban que los comentaristas se referían a él como el jugador más talentoso que hubieran visto jamás. La gente no tenía ni idea de que no había tocado una raqueta en nueve años.

Así que lo que dije fue:

—Sí, adelante, tío. Te convertirás en una leyenda.

Así que siguió adelante con su idea y se apuntó al torneo. Un medio de comunicación cubrió la noticia y publicó un reportaje con fotografías de su último torneo, que había ganado sin perder un solo juego.

Yo, por mi parte, reuní todos los créditos que tenía y una pequeña fortuna que me prestaron y lo aposté todo a que Berto perdía el primer partido.

No tengo argumentos de peso para defender esa decisión, excepto que el mercado laboral para los historiadores aficionados en Kiruna es limitado, yo no tenía perspectivas reales de conseguir un empleo bien remunerado y la idea de vivir el resto de mi vida del subsidio básico era tan deprimente que evitaba contemplarla.

¿Era peor que la perspectiva de acabar desintegrado? Tal vez no, pero por entonces no se me pasaba por la cabeza esa posibilidad.

Cuando Berto ganó el maldito torneo, yo estaba tan ahogado en deudas que, aun en el caso de que milagrosamente hubiera encontrado un trabajo remunerado, habría tardado media vida en salir a flote.

La persona que me mantenía sumergido era concretamente Darius Blank.

Las películas están llenas de historias de gente asesinada porque se había retrasado en el pago de las deudas de juego, pero la realidad suele ser distinta. Después de todo, si ya es difícil que un vivo te pague una deuda, imagínate que lo haga un muerto. Además, a fin de cuentas, cobrar deudas es la única preocupación en la vida de la gente como Darius Blank. La posibilidad de que me matara no me quitaba el sueño. Supongo que me imaginaba que se quedaría con mi subsidio y tal vez me obligaría a trabajar como chico de los recados o algo así. Sería un asco de vida, pero sobreviviría.

He de decir en favor de Berto que hizo todo lo posible para que abriera los ojos y me diera cuenta de lo equivocado que estaba con este asunto.

También debo añadir en su favor que se sintió fatal cuando se enteró de las consecuencias que había tenido para mí su victoria. Me sugirió una manera de arreglarlo: me aconsejó que presentara mi solicitud para formar parte de la tripulación de la Drakkar.

Berto tenía un vago presentimiento de que podría conseguirme un puesto como gorila de Seguridad. Después de todo era un tipo famoso y, hasta ese momento, siempre había conseguido todo lo que se había propuesto en la vida. ¿Por qué ahora iba a ser diferente?

Gwen Johansen me ofreció una respuesta concisa a esa pregunta durante nuestra entrevista. Había muchos candidatos para los puestos en Seguridad y solo dieciocho vacantes. Y la mayoría terminaron en manos de gente que tuviera tanto la cualificación requerida (experiencia en las fuerzas del orden, práctica en el uso de armas, etc.) como los convenientes contactos políticos. Yo no tenía nada de eso, porque el hecho de haber leído todo lo que se había escrito sobre la Batalla de Midway no cuenta como experiencia militar, además de que resultó ser que Berto no tenía tanta influencia como él pensaba.

La verdad es que rellené una solicitud para un puesto en Seguridad. Menos de un segundo después recibí la notificación de que me rechazaban.

A la tarde siguiente quedé con Berto para tomar un café en Shaky Joe. Le enseñé la notificación en la tableta.

—Vaya —dijo—. Qué pena.

—Ya —repuse—. De todos modos era una idea estúpida. Solo son unas deudas de nada. ¿Quién huye del planeta por eso?

—Debes un montón de pasta, Mickey, y los tipos como Darius Blank no perdonan ni olvidan. ¿Cuánto es? ¿Cien mil créditos? ¿Cómo piensas devolver tanto dinero?

Me encogí de hombros.

—¿Un plan de financiación?

—No has comprado un flitter de segunda mano, colega.

—Ya lo sé —dije. Sepulté la cara en las manos—. Soy un idiota. Tendría que haberte pedido que te dejaras ganar.

Berto me miró fijamente un momento y luego rio.

—Sí, podrías habérmelo pedido, pero no te habría escuchado. Este torneo será lo último que sabrán de mí los niñatos de este planeta, Mickey. Iba a ganarlo sí o sí.

Así es Berto. Nuestra amistad tiene un límite, y nunca lo traspasa.

Mientras volvía a casa después de tomar el café con él, recuerdo que pensé que mi situación tampoco era tan mala. Sí, de acuerdo, Blank iba a quedarse con una parte de mi subsidio, pero tendría que dejarme lo suficiente para vivir, ¿no? Porque si me moría de hambre él nunca recuperaría su dinero. Y quizá ser su chico de los recados no era tan malo. En todo caso me obligaría a salir de mi apartamento.

Llegué a mi edificio y subí en el ascensor hasta la planta donde estaba mi apartamento. Entré y, antes de que la puerta se cerrara a mi espalda, me fallaron las piernas y caí de bruces al suelo.

—Hola, Mickey —me saludó una voz. Intenté responder, pero la boca tampoco me obedeció y lo único que salió de ella fue un débil gemido—. Tranquilo. Será breve.

Noté una presión en la nuca y pasé los siguientes treinta segundos en el infierno.

Después me enteré de que el objeto que me apretaron contra el cuello era en realidad un inductor neural, configurado para actuar directamente sobre mis centros del dolor. No causa un daño físico, pero si tienes curiosidad por saber qué experimenté exactamente, intenta desollarte vivo mientras un amigo te quema con un soplete.

Así sentirás alrededor de un diez por ciento del dolor que sentí yo.

Cuando terminó, me sorprendió descubrir que seguía vivo. Estaba llorando, paralizado y me había cagado encima, pero estaba vivo. Me dieron una palmada en la espalda.

—Ha sido divertido —dijo la voz—. Tú y yo trabajaremos juntos hasta que estés en paz con el señor Blank. Nos vemos mañana, Mickey.

El desconocido no cerró la puerta al salir.

Pasó como una hora hasta que pude moverme otra vez. Me levanté del suelo, entré arrastrando los pies en el cuarto de baño y me aseé. Después me senté y lloré a moco tendido.

Esa noche entré en la página de reclutamiento para la Drakkar. Consulté la lista de los puestos ofertados en las distintas secciones y los candidatos que habían sido seleccionados para cada uno de ellos hasta el momento.

Todos los puestos estaban asignados.

Salvo uno.

Llamé a Berto.

—Hola —dije—. Oye, ¿qué es un Prescindible?

—Es el puesto que no querrías ver ni en pintura —respondió Berto.

—Es el único que continúa vacante. Lo quiero.

Berto se quedó callado un momento. Cuando volvió a hablar su voz tenía ese tono que emplearías con alguien para convencerlo de que se aleje de la cornisa.

—Mira —dijo—. No me malinterpretes. Me encantaría tenerte a bordo conmigo en este viaje. Es un viaje sin retorno y sería genial hacerlo con un amigo al lado. Pero, Mickey…

—¿Puedes interceder por mí?

—Estoy intentando decirte…

—Berto —le interrumpí—. Estoy pidiéndote ayuda. En cierta manera estoy en esta situación por tu culpa y lo sabes.

—No me culpes a mí. Yo no te pedí que apostaras contra mí. Si me hubieras consultado, te habría aconsejado que apostaras por mi victoria. Sabía que iba a ganar.

—¿Vas a ayudarme o no?

Berto suspiró.

—Si te soy sincero, Mickey, no creo que necesites mi ayuda.

Me colgó. Volví a la página de reclutamiento y solicité una entrevista para la tarde siguiente.

Doce horas después, cuando Gwen me recitó la lista de todas las cosas horribles que podrían ocurrirme durante mi servicio como Prescindible, lo único que pensé fue: «Pues no es para tanto». Me entrenaron a conciencia para quitarme el miedo a morir antes de enviarme a la Drakkar, cuando ya no podría echarme atrás y renunciar al trabajo, pero, sinceramente, la preparación no me causó una gran impresión. En una tarde había recibido todo el entrenamiento que cualquier persona necesita para cuando se encuentre en esa situación.

Ir a la siguiente página

Report Page