Mickey7
005
Página 7 de 31

Aún no me he arrojado a la recicladora. El campo de descomposición todavía no me ha atrapado.
Te lo digo porque te veo nervioso.
Estoy de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo, mirando el agujero. Juro por Dios que voy a hacerlo. Agacho la cabeza justo al lado de la interfaz. Siento cómo el campo tira de mí; su caricia me provoca un cosquilleo en las mejillas y en la nariz. Estoy intentando pensar en la manera de hacer que esto sea menos doloroso cuando noto una mano en la espalda.
—¡Espera, dame un minuto! —bramo mientras me imagino a Ocho empujándome con la cabeza por delante al agujero.
—No —espeta Ocho. Tira de mí para ponerme en cuclillas y me ofrece una mano para ayudarme a levantarme—. Esto no está bien. No puedo quedarme mirando como si nada mientras tú te tiras.
Le dejo que me levante. Tiemblo tanto que apenas puedo mantenerme en pie.
—Vale —digo—. Pienso como tú.
Respiro hondo una vez, dos. No sé por qué, pero me da más miedo este disco negro que el gusano de la noche anterior.
—Bueno, esto… ¿qué sugieres? —pregunto.
—Volvamos arriba —propone Ocho—. Puedo ahogarte en el baño. Luego te descuartizaré en la ducha química y arrojaré poco a poco tus pedazos a la recicladora.
Me lo quedo mirando. Sonríe.
—No estoy para bromas —digo finalmente—. No lo estoy. En serio, Ocho, ¿qué vamos a hacer? Solo tenemos una habitación y una cuenta de racionamiento. Y lo más importante, solo una identidad registrada. Si se descubre que somos dos…
Ocho se encoge de hombros.
—Son circunstancias excepcionales, ¿no?
—Sí, tal vez…, pero, teniendo en cuenta que estamos en un momento de escasez de recursos, no creo que la Comandancia se muestre comprensible con nosotros. Si acudimos a Marshall ahora, seguro que uno de los dos acabará en ese agujero.
—Es lo más probable —dice Ocho—. Y si intentamos mantenerlo oculto, hay muchas probabilidades de que los dos acabemos reducidos a puré.
Cierro los ojos y espero a que el ritmo de los latidos de mi corazón se reduzca de martillo neumático a pajarito asustado y finalmente a algo más normal. Cuando vuelvo a abrirlos, Ocho está mirándome con una expresión de concentración que claramente roza la alarma.
—¿Te encuentras bien, Siete?
—Sí —respondo. Sacudo la cabeza. Inspiro y espiro—. Estoy bien. Te hablan de mirar cara a cara a la muerte, pero…
—Esto es demasiado literal, ¿eh?
—Eso mismo —digo—. Si Marshall va a arrojarme a la recicladora, espero de verdad que tenga la decencia de matarme primero.
Ocho pone una mano en mi hombro.
—A ti y a mí, hermano. Mientras tanto, tenemos que pensar un plan.
—Estoy de acuerdo. ¿Se te ocurre alguno?
Se pasa las manos por el pelo.
—No sé… No sé… En el entrenamiento no tocan esta situación.
Eso es verdad. El entrenamiento se centraba exclusivamente en la muerte. No recuerdo que dedicaran un solo segundo a cómo seguir vivo.
—Mira —dice Ocho—. Aún tenemos una cuenta de racionamiento bien cargada. A menos que hayas hecho alguna tontería desde nuestra última subida, estamos en disposición de conseguir dos mil kilocalorías al día.
—Sí, creo que sí.
—Si las dividimos a partes iguales, tendremos suficiente para sobrevivir una temporada. Será duro, pero estaremos vivos.
Noto cómo mi cara se retuerce para hacer una mueca.
—¿Mil kilocalorías diarias cada uno? Eso es una salvajada, Ocho. Hay que pensar algo mejor. ¿Y Berto? Él es el principal culpable de esta situación. Creo que si le contamos lo que pasa se sentirá culpable y contribuirá con una parte de su puré reciclado.
Ocho no parece convencido.
—Es posible. Pero yo reservaría esa opción para un momento de desesperación. Berto no es el tío más altruista de Niflheim, y no sé hasta dónde llega su fundamentalismo en esto de los múltiples.
—Ya —digo—. Tienes razón en todo lo que dices. Además, anoche me abandonó en aquella cueva a sabiendas de que iba a morir, así que podemos colocar eso en el lado de la balanza de «quizá sea mejor no confiar en él».
—Exacto. Así es. Vale. ¿Y si le pedimos a Marshall un aumento de nuestra ración?
Pongo los ojos en blanco.
—Claro. Ahora mismo voy a solicitárselo.
—Mira —dice Ocho—. Cuando he pasado por la cafetería de camino aquí, el puré tenía un descuento del veinticinco por ciento. Si solo comemos eso, cada uno ingerirá diariamente mil doscientas cincuenta kilocalorías. No es gran cosa, pero…
—Vale —digo—. Está bien. Supongo que por lo menos no nos moriremos de hambre a corto plazo. Pero eso no resuelve nuestro principal problema. Somos dos. Cada vez que Marshall tiene que enfrentarse al hecho de que hay un Mickey Barnes en su colonia parece que ha pisado algo podrido. Si se entera de esto, la recicladora es lo mejor que nos puede pasar.
Debería señalar que el comandante Marshall se enteró de mis problemas con Darius Blank una semana después de que abandonáramos la órbita de Midgard, y se lo tomó como una prueba de que un elemento criminal se había infiltrado en su colonia. Si a eso le añadimos que Marshall proviene de una tradición religiosa que considera que el concepto en sí de sacar personas de un tanque, aunque sea de una en una, es una abominación, comprenderás que estuviera a treinta segundos de ser arrojado al espacio por una esclusa, hasta que la capitana de la Drakkar, una mujer muy maja llamada Mara Singh, que ahora es la jefa de nuestro departamento de Ingeniería, le recordó que él no estaría al mando de la misión hasta que holláramos Niflheim.
No sé por qué, pero me da que esta situación no va a hacer que cambie la opinión que tiene de mí.
—Lo sé —dice Ocho—. Lo sé… Pero, a menos que cambies de idea sobre lo de tirarte hoy al agujero, no hay nada que podamos hacer para arreglar ese punto, ¿no crees?
—No, supongo que no.
—Por supuesto, si cambiaras de idea…
—No sufras, Ocho. Serás el primero en saberlo si eso pasa.
Ocho sonríe. Yo no.
—Gracias. Oye, ¿y Nasha? ¿Crees que podemos recurrir a ella?
Tengo que meditarlo antes de responderle. Nasha y yo estamos juntos desde Mickey3 y, a diferencia de Berto, anoche estaba dispuesta a arriesgar su vida para sacarme de aquel agujero. Si hay alguien aquí en quien puedo confiar, esa persona es ella.
Por otro lado, si finalmente nos presentamos delante de Marshall con este problema, sinceramente, preferiría que ella no pagara el pato por nuestra culpa.
—¿Sabes qué? —digo—. Será mejor que esto quede entre nosotros dos, ¿no te parece?
—Claro —responde Ocho—. De todos modos, por cómo han ido las cosas desde que aterrizamos, uno de los dos morirá más pronto que tarde, ¿no? Problema resuelto.
Vaya. Seguramente también tenga razón en esto.
En relación con el tema de morir pronto, me gustaría contarte una historia. Un par de meses después de aterrizar, cuando yo todavía era Mickey6, Berto me llevó a dar un paseo. Ese día nos subimos a un flitter de reconocimiento de alas fijas y un solo motor en lugar de una de las pesadas lifters que suele pilotar. Ya habíamos despegado y estábamos sobrevolando en círculo la cúpula cuando le pregunté cómo hacían para meter un generador gravitatorio en una nave tan diminuta. Berto se volvió hacia mí con una sutil sonrisa en los labios.
—¿Gravitatorio? ¿Estás burlándote de mí?
—No —respondí—. Para nada.
Berto negó con la cabeza, luego aceleró y ascendimos vertiginosamente con la nave ladeada.
—Estamos en una aeronave, Mickey. Lo único que nos mantiene en el aire es el principio de Bernoulli.
Yo no tenía ni idea de quién era ese tal Bernoulli ni de sus principios, pero no me gustaba cómo sonaba aquello. Nunca antes había despegado los pies del suelo sin tener la certeza absoluta de que estaba rodeado por un campo gravitatorio que bajo ninguna circunstancia permitiría que me estrellara contra el suelo a una velocidad de ciento cincuenta metros por segundo y me partiera como un melón maduro.
—¿Berto? —dije—. ¿No crees que deberías enderezar la nave? O, mejor aún, quizá deberíamos volver y cambiar esta nave por otra un poco más estable.
Berto se rio en mi cara.
—¿Hablas en serio? No tienes ni idea de lo que me ha costado convencerlos para que me dejen sacar el flitter. Si hoy he cogido esta nave es porque puede hacer cosas que están fuera del alcance de una pesada lifter.
Abrí la boca para informarle de que no tenía ningún deseo de hacer nada que una lifter no pudiera hacer, pero antes de que la primera palabra saliera de mi boca, la nave hizo una maniobra de tonel y yo me puse a gritar como… bueno, como lo que era, supongo: alguien con el estómago revuelto por un repentino e indisimulado terror a morir.
Creo que esa fue la primera vez que me di cuenta de que, a pesar de todo el entrenamiento y el adoctrinamiento, y del hecho incontrovertible de que ya había muerto cinco veces y obviamente seguía vivo, en lo más profundo de mi corazón no creía en la inmortalidad.
—Bueno —dice Nasha—, ¿qué ha pasado con el desayuno de los pobres?
Ya he engullido la mitad de un cuenco de seiscientas kilocalorías de puré reciclado sin endulzar. Llegados a este punto, he de señalar que en la economía de una colonia cabeza de puente una kilocaloría no es una kilocaloría real. Distintos productos pueden categorizarse desde saldos hasta artículos de lujo, dependiendo del grado de semejanza que guarden con algo que te meterías con ganas en la boca. Como había dicho Ocho, el puré y el batido tenían un veinte por ciento de descuento en ese momento. Lo cual significa que, si me alimentara exclusivamente de ellos, mantendría mi peso durante al menos un par de semanas. Nasha está comiendo un revuelto de boniato y grillos al estilo cajun. Esta mañana vamos a la par. Lo cierto es que en la cafetería también ofrecen paletillas de conejo y unos tomates con un aspecto poco apetitoso, pero su precio está incrementado un cuarenta por ciento. Supongo que tengo que olvidarme de esa clase de lujos mientras Ocho esté por aquí.
—Bueno —digo—. Estaba pensando en hacer un poco de ejercicio. Si maximizo mis calorías y gano musculatura, puede ser que la próxima vez los gusanos tarden más en devorarme.
Nasha ríe entre dientes. La risa de Nasha es una de las cosas que más me gustan de ella. Es suave y delicada, y cuando ríe suele desviar la mirada y taparse la boca con la mano. El efecto que produce contrasta tanto con su rollo de tía dura piloto de combate que parece otra persona.
—Me alegra comprobar que te lo tomas con sentido del humor —dice—. Has muerto unas cuantas veces desde que aterrizamos. Muchas personas en tu lugar ya estarían amargadas.
Relleno mi vaso de agua. El puré reciclado no está diseñado para ser comido solo. No sabe a nada en particular, pero es denso y granuloso, y se necesita mucha agua para tragarlo.
—Bueno. Intento verlo de la siguiente manera: si Siete no la hubiera palmado, yo no habría salido del tanque, ¿no?
Nasha se pone seria.
—Supongo que no.
Levanto los ojos de mi porquería de desayuno.
—¿Qué pasa?
Ella niega con la cabeza.
—Para mí es duro, Mickey, y cada vez que mueres lo es más. Anoche me sentía fatal, peor que cuando murió Seis, tal vez incluso peor que como me sentí con lo que le pasó a Cinco. Después de que me dijeras que ibas a apagarte me quedé un rato dentro de la zona de cobertura del sistema de comunicación por si acaso cambiabas de opinión. Cuando me di por vencida y regresé a la cúpula, me pasé una hora en el muelle, sentada en la cabina de la nave, llorando como un bebé. Pero ahora estás aquí y, como has dicho, si anoche te hubiera salvado, este tú de ahora no estaría… Y yo ahora no sé cómo tengo que sentirme.
—Ya. La inmortalidad es desconcertante, ¿eh?
—Cuánta razón tienes —dice Berto.
Me doy la vuelta y lo veo justo detrás de mí, con una bandeja con boniato y grillos en las manos.
—Buenos días, Berto —dice Nasha—. Siéntate con nosotros si quieres.
Berto deja la bandeja al lado de la mía y se sienta en el banco.
—¿A qué viene esa papilla, Mickey? ¿Y qué le ha pasado a tu mano?
Bajo la mirada. Llevo la muñeca vendada, pero el moratón asoma por los bordes de la venda.
—Me caí al levantarme de la cama. Ya sabes, el mal del tanque.
Berto se me queda mirando y yo puedo ver cómo giran los engranajes dentro de su cabeza.
—Ya —dice—. ¿Y cuándo te has caído exactamente?
—Después de que te pasaras por mi cuarto. ¿A qué viene tanto interés?
Nasha levanta la mirada de su desayuno.
—¿Pasa algo que yo no sé?
—Quizá —responde Berto—. ¿Exactamente cuánto tiempo después de que me pasara por tu cuarto?
—No lo sé. Fue antes de bajar aquí. Hará media hora.
—No le pasaba nada a tu muñeca cuando te vi en el cuarto de la ducha —apunta Nasha.
—Ya —digo—. Me pasó después.
Berto entrecierra los ojos y niega con la cabeza.
—En serio, ¿qué pasa? —insiste Nasha.
—No estoy seguro —responde Berto—. ¿Mickey? ¿Qué sucede?
Me llevo a la boca la última cucharada de puré reciclado mientras me pregunto si Berto se habrá cruzado con Ocho de camino aquí. De ser así, solo me queda confesarlo todo y rezar para que él acepte mantener la boca cerrada. De lo contrario…
—No sucede nada —digo—. Solo estoy intentando desayunar.
Echo un vistazo a mi alrededor. Ya es tarde para desayunar, pero aún es temprano para comer. No hay nadie sentado lo suficientemente cerca de nosotros para oír nuestra conversación. Berto sigue mirándome fijamente.
—¿Y bien? —digo—. ¿Hay algo que quieras decir, Berto?
Berto se mete en la boca el tenedor con grillos y boniato, mastica lentamente y traga.
—No lo sé, Mickey. Te he visto salir del tanque muchas veces, pero esta vez te noto un poco distinto.
Siento cómo mi frente se arruga.
—Quizá si pusieras menos atención en mi comportamiento cuando salgo del tanque y más en evitar que me maten para que no tenga que volver a salir de él, ahora no tendríamos esta conversación.
—Ah, vaya. Esta es la amargura de la que hablaba.
—En todo caso —dice Berto—, no me he sentado para discutir sobre cómo se ha lesionado la muñeca Mickey. Quería preguntaros si alguno de vosotros ha oído algo sobre lo que ha pasado en el perímetro esta mañana.
Nasha frunce el ceño sin apartar la mirada de su desayuno y, sin demasiado entusiasmo, tantea con el tenedor un trozo quemado de piel de boniato.
—He oído que tengo que salir otra vez, a pesar de que solo hace cuatro horas que acabó mi turno. Supongo que hay una razón para ello, pero nadie me ha contado nada.
Berto se inclina sobre la mesa para acercarse a Nasha y susurra:
—Hemos perdido a alguien.
—¿Qué quiere decir que hemos perdido a alguien? ¿Cómo? —pregunta Nasha.
Berto se encoge de hombros.
—Al parecer, nadie lo sabe. El tío de Seguridad del punto de control oriental ha dado la voz de alarma. Dani ha dicho que se trata de Gabe Torricelli. Hubo comunicación con él a las ocho, pero no a las ocho y media. Enviaron a alguien para echar un vistazo, pero solo encontró un montón de nieve revuelta.
Ya he abierto la boca para decir que he visto a Gabe esta mañana cuando recuerdo que ninguno de ellos tiene por qué saber que hoy he estado fuera de la cúpula. Gabe fue quien me dio vía libre para entrar en la base a mi regreso del laberinto. Eso debió de ser sobre las…
¿Ocho y cuarto?
Mierda.
¿Me habrán seguido los gusanos hasta la cúpula?
Me asalta el recuerdo de la araña que liberé en el jardín cuando era un crío. ¿Y si no es eso lo que pasó anoche? ¿Y si yo en realidad solo era una hormiga que no aplastaron porque querían utilizarme para averiguar dónde está el hormiguero?
—¿Qué pasa? —pregunta Nasha.
Mi mirada salta de ella a Berto y de nuevo a ella. Los dos están mirándome fijamente.
—Joder, Mickey, tienes cara de que acabas de mearte encima —interviene Berto—. ¿Tú y ese tío erais muy amigos?
Esa es una pregunta que sobra, teniendo en cuenta que hay poco menos de doscientos seres humanos en este planeta y que llevamos juntos los últimos nueve años. Sin embargo dice mucho de lo poco que los tres nos hemos relacionado con nuestros colegas colonos el hecho de que no, Gabe y yo no éramos muy amigos. En realidad, más allá de reconocer su cara y de tener la vaga sensación de que no era uno de los malos, sabía muy poco de él. Y era obvio que Nasha y Berto no lo conocían mejor.
—Sé quién era —digo—. No éramos amigos. Pero ¿qué importa eso? Hemos perdido como un 0,6 % de la población, Berto.
—Ya, supongo que tienes razón —dice Berto—. Aunque, para serte sincero, no era el mayor fan del viejo Gabe. Durante el viaje era uno de los que siempre estaban dando por saco porque no pasábamos el tiempo suficiente en la noria. Pero tienes razón. Hasta que empecemos a descongelar los embriones, no podemos permitirnos demasiadas pérdidas en la base del acervo genético.
—Eso no me preocupa —dice Nasha—. Es decir, en el caso de que necesitáramos más varones blancos genéricos, siempre podemos producir unos cuantos Mickeys, ¿no?
Los dos se echan a reír. Yo dudo más tiempo de lo debido antes de sumarme a ellos.
—Ahora hablando en serio —dice Berto—. Mickey tiene razón.
No sé en qué puedo tener razón, pero vale.
—Cierto —afirma Nasha—. Estoy segura de que Gabe no salió a dar un paseo.
—Los gusanos lo capturaron —dice Berto.
Nasha levanta los ojos del puré de boniato que queda en su bandeja.
—¿Estás seguro?
—No, pero ¿qué otra cosa podría habérselo llevado? Todavía no hemos visto nada más grande que una ameba en esta roca.
Nasha niega con la cabeza.
—El hecho de que los gusanos se hayan acercado tanto a la cúpula es una mala noticia. Y peor aún lo es que se hayan cargado a un segurata enfundado en la armadura. Porque llevaba puesta la armadura, ¿no?
Sí, pero es otra cosa que yo tampoco debería saber.
—No lo sé —responde Berto—. Pero probablemente no. Hasta ahora no había habido motivos para que se la pusiera, ¿no? Es decir, en realidad es la primera vez que los gusanos matan a alguien.
—A mí me mataron —puntualizo—. Y dos veces, para ser exactos.
Berto me pasa un brazo alrededor del cuello y me estruja el hombro.
—Lo sé, colega.
Nasha ríe entre dientes. La fulmino con la mirada, pero ella está mirando otra vez su desayuno y no se da cuenta. Puedo esperar esta clase de comentarios hirientes de Berto, pero ella suele mantenerse al margen.
—Con armadura o sin ella —dice Berto—, lo que sí es seguro es que Gabe estaba armado con el burner reglamentario, ¿no? ¿Cómo es posible que un puñado de insectos te maten si estás armado con un arma capaz de carbonizar a un búfalo?
—Los burners no les hacen nada —comento.
Los dos se vuelven para mirarme.
—¿Cómo? —pregunta Nasha.
—Sí, Mickey, ¿qué estás diciendo?
Abro la boca para responder, pero dejo que vuelva a cerrarse cuando veo que Berto ha puesto los ojos como platos. Una vez más tengo que jugar una partida de póker con él.
—Creo que estoy perdiéndome algo —dice Nasha—. Los amigos no tienen secretos, Mickey.
—No —dice Berto—. No, Mickey tiene razón. Anoche, cuando lo capturaron, tenía un burner y no le sirvió de nada. Supongo que lo había olvidado.
Lo miré con mi mejor cara de póker.
—¿Lo habías olvidado?
—Sí, lo había olvidado.
—Habías olvidado que viste cómo descuartizaban a tu mejor amigo hace menos de veinticuatro horas.
—Bueno —dice Berto—, eso de mi mejor amigo podría discutirse.
—¿Descuartizado? —dice Nasha—. Pensaba que murió por congelación en el fondo de la grieta.
Le dirijo a Berto mi mejor mirada de desconcierto no exento de furia.
—¿Qué es eso de que morí por congelación, Berto?
Berto lanza una mirada asesina a Nasha. Luego niega con la cabeza y dice:
—Eso no es importante. Lo que cuenta es que te caíste y nosotros no podíamos hacer nada para rescatarte.
—Eso no es verdad —le contradice Nasha, y vuelve a remover el desayuno con el tenedor—. Yo podría haberte salvado. —Me mira y esboza media sonrisa—. No me dejaste. Anoche fuiste valiente, Mickey. No quisiste que arriesgara mi vida por ti. Eso te honra, por muy tonto que fueras para caer por aquel agujero. —Se le borra la sonrisa de los labios, sustituida por un gesto ceñudo—. En cualquier caso, lo importante es que esta mañana a Gabe Torricelli lo han matado, secuestrado o devorado, y por culpa de eso ahora yo tengo que fastidiarme y doblar el turno. —Mira de reojo a Berto—. Hablando del tema… ¿Cómo es que tú tienes la mañana libre? Anoche estuviste fuera el mismo tiempo que yo.
Berto se encoge de hombros.
—Supongo que yo le caigo mejor a Marshall.
El comentario aún flota en el aire cuando se abre una ventana de conversación en mi ocular.
<Comandancia1>: Tiene la obligación de presentarse en el despacho del comandante Marshall antes de las 10.30 para informar.
En el caso de que no lo haga, será considerado un acto de insubordinación y se le sancionará con una reducción de la ración diaria de comida. Se ruega acuse recibo de la notificación.
Envío el acuse de recibo cuando una segunda ventana se abre al lado de la primera y el texto tapa la mitad de la cara de Nasha.
<Mickey8>: ¿También has recibido la citación de Comandancia?
<Mickey8>: Sí, la he visto.
<Mickey8>: Uf. Ahora los dos somos Mickey8, ¿eh?
<Mickey8>: Eso parece.
<Mickey8>: Genial. Esto va a ser un lío.
<Mickey8>: Seguro que nos las apañaremos.
<Mickey8>: ¿Crees que la red va a marcar que el mismo nombre de usuario está transmitiendo desde dos ubicaciones distintas?
<Mickey8>: No creo que nadie se entere a no ser que indague en ella.
<Mickey8>: Entonces estaremos jodidos de todas maneras.
<Mickey8>: Correcto.
<Mickey8>: En cualquier caso, supongo que Marshall quiere vernos para echarnos la bronca por morir otra vez y malgastar setenta kilos de proteínas de la colonia. ¿Te importa ocuparte tú de esto? Estoy hecho polvo después de salir del tanque y me vendría bien una siesta.
<Mickey8>: ¿Tengo elección?
<Mickey8>: Zzz.
Pestañeo para cerrar las dos ventanas. Berto y Nasha están mirándome.
—Eres lo peor —dice Nasha.
—Sí, soy lo peor de lo peor —responde Berto. Apoya las manos en la mesa y empuja la silla hacia atrás, se levanta y coge la bandeja—. Dicho lo cual, tengo que irme pitando. Espero que te diviertas ahí fuera, Nasha.
Nasha coge un trozo de piel de boniato con el tenedor y se lo lanza a la espalda mientras Berto se aleja. Reprimo el impulso de cazar al vuelo ese trozo de piel y metérmelo en la boca.
—En cualquier caso —dice Nasha cuando Berto ya se ha ido—, tengo una hora libre antes de despegar otra vez. ¿Te apetece que acabemos lo que empezamos en la ducha?
Tardo un par de segundos en conectar su pregunta con el comentario que me ha hecho antes de que me ha visto en la ducha y me hago una idea de lo que está sugiriendo. Luego tardo un par más en borrar de mi cabeza la imagen de ella con Ocho. No puede ser que esté celoso de mí mismo, ¿no?
Pues al parecer lo estoy.
Sin embargo, da igual. Para bien o para mal, tengo que acudir a otra cita.
—De hecho —digo—, acabo de recibir una llamada de Comandancia. Tengo que ir a ver a Marshall.
—Ah. No pasa nada. No le hace gracia tirar a la basura otro montón de proteínas, ¿eh?
—Sí, seguramente sea eso.
Nasha levanta el culo de la silla, se inclina sobre la mesa y me agarra por la nuca para besarme.
—No te lo tomes en serio —dice—. Tu trabajo consiste en palmarla, y estabas allí cumpliendo órdenes. No puede cabrearse contigo por ser un patoso. —Me besa otra vez, ahora en la frente—. Estaré hecha polvo cuando vuelva, pero después de descansar te llamaré, ¿vale? —Vuelve a besarme en la boca—. Pero acuérdate de lavarte los dientes antes. Este puré reciclado es asqueroso.
Me da una palmada en la mejilla, recoge la bandeja y se marcha.