Mickey7
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No debería ponerme nervioso ir a ver a Marshall. Es decir, es bastante improbable que hoy me mate, y eso es algo que no siempre puedo decir, sobre todo últimamente.
En cualquier caso, a pesar de que sea nuestro jefe supremo, Marshall es, después de Berto, la persona a la que conozco desde hace más tiempo de todas las que hay en Niflheim. Fue él quien me recibió cuando mi transbordador aterrizó en la planta de montaje orbital donde estaban dando el toque final a la Drakkar dos días después de mi entrevista con Gwen Johansen y tres días después de que los secuaces de Darius Blank me hicieran pasar los treinta segundos más largos de mi vida mirando a la cara a Satán.
Bueno, quizá la palabra «recibir» sea algo exagerada para describir lo que hizo Marshall, pero lo que es seguro es que estaba allí a mi llegada.
Para ser justo con él, he de reconocer que probablemente no le causé una buena primera impresión. Cuando el transbordador apagó el sistema de gravitación para acercarnos a la estación fue la primera vez que experimenté la caída libre. Había visto vídeos de gente en órbita, por supuesto. Era imposible pasar más de cinco minutos en cualquier red de entretenimiento sin ver el anuncio de algún complejo de vacaciones lleno de turistas con traje aéreo que jugaban en condiciones de ingravidez a balonmano o a cualquier otra gilipollez. Siempre supuse que sería relajante, como flotar en el mar, pero sin la preocupación de que un kraken te devorara.
Sin embargo, por algo no se le llama flotación libre, sino caída libre.
En cuanto el campo gravitacional se apagó, el estómago se me subió a la garganta, el corazón empezó a latirme con tanta fuerza que lo sentía en las yemas de los dedos y mi cerebro reptiliano me dejó claro que, dejando al margen las evidencias visuales, estábamos cayendo como la lluvia de un cielo radiante hacia una muerte segura.
Yo no perdí los papeles como algunos de mis compañeros de viaje. No me puse a chillar ni agité con frenesí los brazos y las piernas. Tampoco tuve que usar la máscara de vacío que había en el respaldo del asiento para la gente que no era capaz de mantener la comida en el estómago. Aguanté el tipo. Pero no voy a decir que fue agradable, y cuando aterrizamos y salí por la esclusa al vestíbulo de la terminal de llegadas estaba empapado en sudor y temblando.
Seguramente tenía el aspecto de un adicto a la morfina con el mono… Y esa fue la primera impresión que el comandante Marshall se llevó de mí.
Marshall estaba esperándonos en el vestíbulo, flotando junto a la ventana que había enfrente de la esclusa, a través de la cual contemplaba el lado de Midgard donde era de noche en ese momento mientras el planeta rotaba a más de quinientos kilómetros de distancia. Esperó hasta que la docena de futuros colonos saliéramos del transbordador y la puerta interior de la esclusa se cerrara con un ruido metálico detrás de él para darnos la bienvenida. Enseguida me di cuenta de que estaba delante de una persona que se consideraba al mando de todo. Desde su pelo negrísimo y rapado en los costados y en la parte posterior de la cabeza y un poco más largo en la parte superior, hasta su mandíbula perpetuamente en tensión y el hecho de que de alguna manera conseguía dar la impresión de que tenía una vara metálica por columna vertebral incluso en la caída libre, casi parecía una parodia del militar con mirada de acero y curtido en mil batallas que en realidad Midgard nunca ha tenido ni necesitado.
Tardé tres años y dos reencarnaciones en comprender que su apariencia respondía a un diez por ciento de genuina pedantería, otro diez por ciento de inseguridad y un ochenta por ciento de sobrecompensación por el hecho de que, a pesar de que había sido nombrado comandante de la colonia, durante el viaje hasta el nuevo planeta solo era parte de la carga.
—Bueno —dijo Marshall, y apoyó los pies en el suelo para impulsarse hacia nosotros. Se agarró a una barra que había en el techo y se puso más o menos recto delante de mí—. Bienvenidos a la estación Himmel. Soy Hieronymus Marshall, y estaré al mando de esta modesta expedición. ¿Alguno de ustedes había salido del planeta alguna vez?
Se alzaron media docena de manos. Marshall asintió con la cabeza.
—Excelente —dijo—. ¿Y cuántos de ustedes están haciendo un esfuerzo para no vomitar ahora mismo?
Inmediatamente se levantaron tres manos, y una cuarta tras una breve vacilación. Marshall volvió a asentir.
—Ya, bueno. Se les pasará con el tiempo. O no, supongo. En cualquier caso, tendrán que permanecer aquí hasta el final, como suele decirse.
—¿Señor? —intervino uno de los que tenía ganas de vomitar. Marshall se volvió hacia él.
—¿Sí?
—Me llamo Dugan, señor. Soy uno de los biólogos… —Le sobrevino una arcada, hizo una mueca y tragó saliva—. Esto… ¿Cuándo trasladarán a bordo nuestros enseres personales? No nos han permitido embarcarlos en el transbordador.
Marshall sonrió con los labios apretados.
—Por desgracia, eso no ocurrirá. Como probablemente imaginarán, la masa es un problema en esta clase de viajes. Por lo tanto, hemos tomado la decisión de prescindir de los enseres personales. —Las palabras de Marshall provocaron una oleada de protestas entre los recién llegados, pero el comandante las cortó de cuajo—. Basta, por favor. Les prometo que se les facilitará todo lo que necesiten, pero descubrirán que se necesita muy poco en una colonia cabeza de puente. —Paseó la mirada por nuestros rostros—. ¿Alguna otra pregunta?
Levanté la mano. Ese fue el primero de los muchos errores que cometí durante mis primeros días como colono.
—¿Sí? ¿Quién es usted? —preguntó Marshall.
—Mickey Barnes. Nos dijeron que podríamos viajar con treinta kilos de equipaje personal.
El comandante apretó un poco más los labios y su sonrisa se debilitó ligeramente.
—Como ya he explicado, señor Barnes, se ha tomado la decisión de revocar ese privilegio.
—Nadie nos informó de ello —insistí—. Necesito algunas de las cosas que tenía en mi equipaje.
La sonrisa de Marshall desapareció definitivamente de sus labios.
—Señor Barnes, a bordo de la Drakkar van a viajar ciento noventa personas entre colonos y tripulantes. Si cada uno de ellos subiera con treinta kilos de figuritas, crema de manos y demás chismes, la masa de la nave se incrementaría cerca de seis toneladas.
—Lo sé —dije—, sé multiplicar. Es solo que…
—¿Sabe cuánta energía se necesita para acelerar seis toneladas hasta alcanzar una velocidad de 0,9 c?
—Mmm…
La sonrisa regresó a los labios de Marshall.
—No se le dan tan bien las matemáticas, después de todo, ¿eh?
—No importa. Seis toneladas no pueden suponer más que un error de redondeo en la masa de la nave —repuse.
—Sí importa —aseveró Marshall—. La respuesta, si es que quiere saberla, es un poco más de cuatro veces 1023 J, y al final del viaje se necesita una cantidad similar de energía para desacelerar y detener la nave. La física es cruel, señor Barnes, y la antimateria que mueve esta nave es extraordinariamente cara. Se ha reducido la masa de la Drakkar a lo mínimo imprescindible para mantenerlo vivo durante los nueve años que tardaremos en llegar a nuestro destino, lo cual supone un gasto astronómico para las arcas del gobierno de Midgard. Supongo que está al tanto de que el noventa por ciento de sus compañeros colonos viajan en forma de embriones congelados, ¿me equivoco?
—Ya, pero…
—¿Por qué cree que es así, señor Barnes? ¿Piensa que es porque deseamos dedicar unos años de nuestra vida a hacer de niñeras de una multitud de críos? —Marshall hizo una pausa y me miró como si esperara una respuesta. Cuando quedó claro que yo no iba a dársela, continuó—: No, no es por eso. Es porque los embriones son ligeros y los adultos completamente formados son pesados. ¿Sabe qué otra cosa es pesada? La comida, señor Barnes. Cuando se entere de cuál va a ser su ración diaria de calorías durante el resto de su vida natural, tal vez se arrepentirá de no haber dedicado esas seis toneladas a incrementar nuestra producción agrícola. Personalmente, si pudiéramos permitirnos aumentar la masa, me inclinaría sin duda por asignar el espacio sobrante a setenta u ochenta colonos más. En cualquier caso, estoy seguro de que a todos se nos ocurrirían cientos de opciones más productivas que su equipaje de dedicar cualquier cantidad de masa adicional que pudiera transportarse.
Abrí la boca para argumentar que, a diferencia de otros setenta colonos, mi equipaje no requeriría aumentar un cuarenta por ciento las provisiones de comida, agua y oxígeno ni el espacio dentro de la nave. Y, más importante aún, para dejar claro que si alguien me hubiera avisado de que no podría subir equipaje, antes de embarcar en el transbordador me habría metido en el bolsillo la tableta y un par de unidades de almacenamiento, que en realidad era todo lo que quería traer.
Pero no soy un estúpido integral. La expresión de la cara de Marshall me convenció de que la protesta silenciosa era la mejor manera de proceder en ese momento.
—Por cierto —añadió Marshall—, creo que no me he quedado con su función en la colonia, señor Barnes.
—¿Mi qué?
—Su función, hijo. El señor Dugan es biólogo. ¿Qué es usted?
Aquí es cuando se agravó mi error inicial. Sonreí.
—Soy su Prescindible, señor.
Marshall no me devolvió la sonrisa. Sus facciones se arrugaron cuando frunció el ceño de una manera que había visto en alguien cuando mordía un alimento podrido o pisaba descalzo una mierda.
—Supongo que debería haberlo adivinado —repuso.
El comandante agarró con las dos manos la barra del techo para impulsarse hacia la salida que había al final del vestíbulo, a continuación ejecutó una pulcra voltereta y planeó por el aire con la elegancia de un nadador.
—Evidentemente, en la estación no hay suficientes habitaciones individuales para todos los colonos y miembros de la tripulación de la misión —añadió hablando por encima del hombro mientras la puerta se deslizaba lateralmente para abrirse—. Sin embargo se han colgado hamacas en la mayoría de los espacios comunes. Busquen una. Será su hogar hasta que podamos embarcar en la Drakkar.
El comandante pasó al otro lado de la puerta y esta volvió a cerrarse detrás de él.
—¡Vaya! —exclamó Dugan—. ¿Qué es lo que acaba de pasar aquí?
—El comandante Marshall es natalista —dijo una mujer alta y morena que se había quedado al lado de la puerta de la esclusa.
Dugan soltó una carcajada breve y seca.
—¿En serio? —Se volvió hacia mí—. Estás jodido, amigo.
Mi mirada saltó de Dugan a la mujer. Esta se impulsó apoyando los pies en la pared casi con la misma destreza que había demostrado Marshall, se agarró a la barra del techo y aterrizó delante de mí.
—Es una religión seria, y el comandante Marshall es un creyente serio. He examinado su perfil digital. En realidad he examinado el perfil digital de todas las personas que están al mando de esta misión antes de apuntarme. ¿Tú no lo has hecho?
Tuve la sensación de que quizá no era el mejor momento para explayarme en el hecho de que había estado demasiado ocupado huyendo de unos gánsteres con máquinas de tortura para dedicarme a hacer de detective en las redes sociales, así que me limité a negar con la cabeza.
La mujer se echó a reír.
—Es broma, ¿no? Eres consciente de que nuestras vidas les pertenecerán a estas personas hasta el fin de nuestros días, ¿verdad? ¿No te has molestado siquiera en averiguar quiénes son?
—No, no lo he hecho —respondí.
Dugan rio de nuevo. Para entonces ya había decidido que no me gustaba su risa.
—De lo contrario no habría hecho lo que ha hecho —dijo Dugan—. Tú vienes obligado, ¿verdad? ¿Estabas en la cárcel o algo así?
—¿Cómo? ¡No, no estaba en la cárcel! Y, no, no vengo obligado. Me seleccionaron para la misión, como a todos vosotros.
—Ya, bueno —dijo Dugan—. Seleccionado, obligado o lo que sea, lo importante es que no tuviste elección.
Negué con la cabeza.
—¿Es que no me escucháis? Yo lo elegí. Entré voluntariamente en la oficina de reclutamiento hace dos días. Una mujer que se llamaba Gwen me hizo una entrevista. Me dijo que era un candidato excelente y que estaban muy contentos de tenerme en el equipo.
Los dos me miraron como si me hubiera crecido una segunda cabeza.
—Nos estás tomando el pelo —dijo Dugan.
—No, qué va.
—Si me permites la pregunta —dijo la mujer—, ¿en qué narices estabas pensando cuando hiciste eso?
Se me pasó por la cabeza soltarlo todo sobre Darius Blank, pero el sentido común me detuvo. No tenía ninguna necesidad de que la gente con la que iba a pasar el resto de mi vida pensara que era alguna clase de criminal.
—Da igual —dije—. Lo que quiero que quede claro es que me ofrecí voluntario, que nunca he estado en la cárcel y que no investigué a nuestros superiores en las redes sociales antes de inscribirme.
—Yo tampoco —confesó Dugan—. Es la primera expedición colonizadora que parte de Midgard, ¿no? Di por descontado que todas las personas implicadas en ella serían las mejores y las más brillantes en sus respectivos campos. Me parece increíble que hayan elegido a un natalista para que dirija el espectáculo.
—¿Qué problema hay? —repuso la mujer. Se volvió de nuevo a mí—. Bueno, para él sí es un problema, pero para el resto de nosotros, no. —Me miró con pena y luego tendió la mano hacia Dugan—. Soy Bree, por cierto. Mi especialidad es la agricultura. Supongo que colaboraremos a menudo.
El resto de los recién llegados ya se había marchado, seguramente en busca de una hamaca que hacer suya. Mientras Bree y Dugan se estrechaban la mano y sonreían, comenzó a rondarme la sospecha de que quizá este plan de escapar del planeta no era tan sólido como había esperado.
—Escuchad —les interrumpí—, no quiero parecer estúpido, pero ¿alguno de vosotros podría explicarme por favor qué tiene que ver la religión de Marshall conmigo?
Bree se dio la vuelta para mirarme. Su expresión delataba que pensaba que Dugan era mucho más interesante que yo, probablemente porque había llegado a la conclusión de que yo tenía un problema grave y porque estaba empezando a crisparle los nervios.
—Una de las principales doctrinas de la Iglesia Natalista es la creencia en que el alma unitaria es sagrada —declaró Bree.
—Eh…
—No les gustan las copias de seguridad —apostilló Dugan—. Creen que solo hay un alma para cada cuerpo, y que una vez que tu cuerpo original muere, también lo hace tu alma.
—Correcto —repuso Bree—. Eso significa que un cuerpo bioimpreso con una personalidad implantada desde una copia de seguridad es, de hecho, un monstruo sin alma.
—Eso es. Una abominación —aseveró Dugan.
—No es un ser humano completo.
Dugan asintió.
—En realidad ni siquiera puede considerarse un ser humano.
—Vaya —dije—. Eso es…
—Lo sé —me interrumpió Bree—. Muy mala suerte.
—¡Pero, oye! —exclamó Dugan—. Solo porque seas un Prescindible no significa que ya hayan prescindido de ti, ¿no? Es decir, sigues siendo el original, ¿verdad?
—Sí, bueno. Solo hace dos días que firmé mi contrato para la expedición. Ni siquiera sé muy bien cómo funciona eso de las copias de seguridad. Al menos por ahora estoy dentro del cuerpo que tenía cuando nací.
—Genial —dijo Dugan, y me dio una palmada en la espalda—. Tú preocúpate por ganarte la simpatía de Marshall y todo irá bien.
Un consejo muy útil, hermano.
No me explico por qué no se me ocurrió seguirlo.