Mickey7
007
Página 9 de 31

Por lo general intento no llegar tarde a mis citas, sobre todo cuando el retraso podría poner en peligro mi suministro de comida. Sin embargo, tampoco me gusta presentarme antes de hora en los sitios, menos aún a un rapapolvo de Hieronymus Marshall. De manera que me tomo mi tiempo para recorrer los pasillos de la cúpula y de hecho me detengo para charlar con un par de personas. Después aguardo delante de la puerta del despacho de Marshall hasta que el reloj situado en el margen de mi campo visual marca las 10.29 y finalmente llamo.
—Adelante.
La puerta se abre y veo a Marshall detrás de un escritorio bajo y robusto de metal y plástico. Está sentado en la silla, con el cuerpo echado hacia delante, los codos apoyados en los reposabrazos y las manos cruzadas encima de la barriga. Berto está sentado enfrente de él y se vuelve ligeramente para mirarme.
—Cierre la puerta —ordena Marshall—. Siéntese.
Acerco una silla para sentarme al lado de Berto. Marshall nos mira fijamente y en silencio durante lo que me parece una eternidad.
—Bueno… —dice Berto, pero Marshall lo manda callar con una mirada feroz.
—Usted, Barnes. ¿Qué réplica es?
—Esto… ¿la Ocho?
Marshall arquea las cejas interrogativamente.
—No parece estar seguro.
—No me estampan el número en la nuca, señor, y apenas tengo recuerdos de mi muerte. Solo sé que soy Ocho porque me lo dice la gente.
—Pero recuerda haber salido del tanque, ¿verdad?
Lanzo una mirada a Berto, pero él mantiene la mirada fija al frente.
—La verdad es que no, señor. Normalmente no recobro el conocimiento hasta pasadas unas horas. El primer recuerdo claro que tengo es despertarme en mi cama y sentirme como si tuviera una resaca atroz.
El rostro de Marshall se ensombrece, pero su expresión no cambia.
—Teniendo en cuenta que en Niflheim no tiene acceso a bebidas alcohólicas, señor Barnes, creo que podemos considerar que es más probable que esa sensación que experimenta indique una reactivación y no sea el resultado de una juerga de tres días, ¿está de acuerdo conmigo?
Tengo una respuesta ingeniosa para su pregunta, pero intuyo que no es el momento de soltarla.
—Sí, señor. Creo que es la suposición correcta.
—Por lo tanto, ¿cuántas veces la ha experimentado?
—Siete, señor.
—Entonces, usted es la octava réplica de Mickey Barnes.
—Sí, señor, soy la octava réplica.
Marshall me mira en silencio otro momento y luego se vuelve a Berto.
—Gomez, dígame, ¿por qué este señor es la octava réplica de Barnes?
—Bueno, señor —responde Berto—. De acuerdo con el protocolo, siempre debemos tener un Prescindible operativo.
—¿Y?
—Y, puesto que anoche la séptima réplica dejó de estar operativa, en cumplimiento del protocolo, presenté una solicitud para iniciar la producción de Mickey8.
—Gracias —dice Marshall—. Eso ha sonado muy oficioso. Ha conseguido que por un momento diera la impresión de que le importa el protocolo.
—Señor… —se apresura a añadir Berto, pero Marshall lo interrumpe con un gesto de negación con la cabeza.
—Ahórreselo, hijo. Solo quiero que me explique, con unas palabras normales, que no parezcan sacadas de un manual de campo, qué pasó exactamente anoche para que decidiera tirar a la basura setenta y cinco kilos de proteínas y calcio.
En realidad peso setenta y un kilos, y la mayoría es agua, de la que tenemos almacenada de sobra en depósitos situados fuera de la cúpula, pero no parece el momento adecuado de hacer esa puntualización.
—De acuerdo —dice Berto—. Verá, señor…
Marshall se echa hacia delante y clava los codos en la mesa, apoya el mentón en la palma abierta de una mano y arquea las cejas. Berto se aclara la garganta. Creo que nunca lo había visto tan nervioso.
—Como expuse en la solicitud para la replicación, perdimos a Mickey a eso de…
—Querrá decir a la séptima réplica del señor Barnes.
—Sí, señor, a Mickey7. Lo perdimos sobre las 25.30 horas de ayer, mientras explorábamos una grieta situada a unos ocho kilómetros al suroeste de la cúpula principal. La misión de exploración se realizaba conforme con su orden vigente de inspeccionar el terreno que rodea la colonia y de vigilar la fauna endémica. Cuando confirmé que su cuerpo era irrecuperable…
—¿Cómo lo confirmó?
Miro de soslayo a Berto. Él mantiene la vista fija al frente. Esto va a ser divertido.
—¿Señor?
—Creo que mi pregunta es muy clara —dice Marshall—. ¿Cómo confirmó que no se podía recuperar su cuerpo?
—Bueno —balbucea Berto, y me lanza una mirada fugaz.
—A mí no me mires. Yo era el cuerpo, ¿recuerdas?
—Si le incomoda esta conversación, señor Barnes, puede esperar fuera hasta que termine esta parte del interrogatorio.
Niego con la cabeza.
—Oh, no. Tengo tanto interés como usted en oír lo que tiene que decir Berto.
Los ojos de Marshall regresan a Berto.
—¿Y bien?
—Bueno —dice Berto—, cayó por un agujero.
Marshall se recuesta en la silla y cruza los brazos sobre el pecho.
—¿Que hizo qué?
—Cayó por un agujero —repite Berto—. Un pozo muy profundo. Cuando tocó fondo la señal de su transmisor era casi nula.
—¿Casi? Entonces podría haberlo localizado.
—Es decir…
—Podría haberlo localizado —insiste Marshall—. Eso significa que podría haberlo rescatado. ¿No es eso correcto?
—Ajá —digo—. A mí me parece una conclusión bastante razonable.
Marshall y Berto me clavan sus miradas simultáneamente. Berto se aclara la garganta e intenta explicarse.
—En mi opinión, señor, era arriesgado intentar aterrizar en la zona donde Mickey había caído.
—Entiendo —dice Marshall—. Sin embargo, no le pareció arriesgado depositarlo allí en un primer momento, ¿es eso correcto?
—Sí —digo yo—. ¿Cómo se explica eso?
Marshall me señala con el dedo.
—Silencio, Barnes. Me ocuparé de usted cuando termine con Gomez. —Mira de nuevo a Berto—. Escuche, hijo. Sus órdenes son explorar las inmediaciones de la cúpula y observar esas criaturas que llaman gusanos donde y cuando sea prudente hacerlo. Sin embargo, espero que utilice el maldito sentido común en la ejecución de las órdenes. Y sobre todo espero que, si valora que hay una probabilidad razonablemente alta de que el Prescindible muera en el cumplimiento del deber, haga una previsión para la recuperación y el reciclaje de su cuerpo. ¿He hablado claro?
Hace nueve años me habría sentido ofendido al descubrir que lo que estaba discutiéndose no era que Berto me hubiera dejado morir, sino que no hubiera hecho un esfuerzo para recuperar mi cadáver. A estas alturas, sin embargo, me habría sorprendido que Marshall lo hubiera enfocado de otra manera.
Berto abre la boca para replicar, pero Marshall entorna los ojos y supongo que Berto se lo piensa mejor, porque vuelve a cerrarla y asiente en silencio.
Marshall vuelve la mirada hacia mí.
—Y bien, Barnes, ¿qué tiene usted que decir sobre este asunto?
—¿Yo, señor? Me temo que no tengo ninguna opinión sobre esto. Recuerde que acabo de salir del tanque y, según parece, Siete llevaba algunas semanas sin subir una copia de seguridad. No tengo ni idea de lo que está hablándose aquí.
—Mmm… Supongo que tiene razón —dice Marshall—. A veces olvido que usted no es más que una construcción artificial.
En situaciones normales, habría entrado a discutir esa afirmación, pero una vez más me parece que no es el momento de hacerlo.
—En todo caso —continúa Marshall—, estoy seguro de que ambos están al tanto de que nuestro departamento de Agricultura está encontrando grandes dificultades para conseguir que crezca algo como es debido en este medio. Como consecuencia de ello, actualmente, en lo que respecta a las calorías, nuestro margen de actuación es muy pequeño. Las actividades que ha llevado a cabo en las últimas semanas han supuesto un gasto aproximado de trescientas mil kilocalorías de nuestro presupuesto de energía. Hasta y a menos que consigamos que el departamento de Agricultura produzca a pleno rendimiento, esta pérdida exige una nueva reducción de nuestras raciones de calorías. —Hace una pausa y vuelve a inclinarse con los codos hincados en el escritorio—. Estoy seguro de que los dos concordarán conmigo en que lo más justo sería que ambos asumieran la mayor parte de dicha reducción.
—Señor… —dice Berto, pero Marshall niega con la cabeza.
—No, Gomez, no quiero oírlo. A partir de este momento, sus cuentas de racionamiento se reducen un veinte por ciento de manera permanente.
—Pero…
—He dicho que no quiero oírlo —repite Marshall articulando de manera clara cada palabra. Mira fijamente a Berto y luego a mí—. ¿Desea añadir algo, señor Barnes?
—Bueno —digo—, para serle sincero, señor, no entiendo por qué se me sanciona a mí por la no recuperación de mi propio cadáver.
Marshall me mira fijamente durante cinco interminables segundos. Luego pestañea y dice:
—Permítame que reformule mi pregunta: ¿desea añadir algo que no sea un estúpido comentario de sabelotodo?
La respuesta es que sí, pero es obvio que sería como hablar con la pared, así que niego con la cabeza y contesto:
—No.
—Bien —dice Marshall—. Tal vez los gruñidos de sus estómagos les recuerden que deben ser más cuidadosos con los bienes de la colonia en el futuro. Pueden retirarse.
—Bueno —dice Berto cuando Marshall ya no puede oírnos—, ¿qué se siente al ser un bien de la colonia?
—Buena pregunta —respondo—. Yo también tengo una para ti: ¿qué se siente al ser un cabrón mentiroso?
Berto se detiene. Me doy la vuelta para mirarlo. A pesar de todo pone cara de herido.
—Vamos, Mickey. Eso no es justo.
—Me dijiste que me comieron los gusanos, Berto.
Berto mira a otro lado.
—Ya, y no pasó eso exactamente.
—¿Exactamente? Me has mentido. Me abandonaste en aquel agujero, ¿verdad?
Una mujer de Biología se cruza con nosotros en el pasillo y hace todo lo posible para pasar desapercibida y dejarnos claro su nulo interés en nuestra discusión. Cuando pasas nueve años hacinado en una caja de zapatos como los conejos en una conejera, buscas la manera de proporcionar a los demás al menos una pizca de privacidad.
—Por favor —me ruega Berto—, no alces la voz, ¿vale?
—Está bien.
Doy media vuelta y echo a andar de nuevo. Berto vacila un momento y corre para alcanzarme.
—Oye, lo siento. En serio. Debería haberte contado la verdad.
—Ya lo creo —digo.
—Lo sé. Eso ha estado mal… Pero yo no te dejé morir, Mickey. Debiste caer unos cien metros. Cuando impactaste contra el fondo ya estabas muerto. No iba a arriesgar el pellejo por setenta y cinco kilos de proteínas de Marshall, pero si hubiera habido alguna posibilidad de sacarte de allí vivo, lo habría hecho. Lo sabes, ¿verdad?
¡Dios mío!, ahora mismo me encantaría darle una paliza. Estaba sentado con nosotros cuando Nasha ha dicho que se comunicó conmigo después de mi caída. Se cree que solo porque me hable como si estuviera sincerándose conmigo sus mentiras se convertirán en verdades. Si no fuera porque no puede saber que sé exactamente lo que hizo anoche, ni porque es más alto, ágil y fuerte que yo y probablemente podría partirme el cuello como si fuera un pollo, le daría un puñetazo.
—Sí, lo sé —digo—. Tú nunca dejarías morir a tu mejor amigo, Berto. Es decir, tal vez a una réplica de un bien de la colonia, sí, porque eso no le hace daño a nadie. Pero ¿abandonar a un amigo en apuros? Harías todo lo que estuviera en tu mano para rescatarlo.
Berto me agarra por los hombros para detenerme y me gira. Luego me suelta, levanta las manos en señal de rendición y da un paso atrás cuando ve mi cara.
—Vaya. No sé que pasa aquí, Mickey, pero relájate. Es una putada que anoche murieras, pero, vamos, colega, en tu campo son gajes del oficio, ¿no? O sea, Marshall te ha matado a propósito ya tres veces y no recuerdo que te cabrearas así por ninguna de ellas. ¿Por qué ahora estás tan furioso?
Cierro los ojos, inspiro hondo y suelto el aire lentamente.
—Estoy furioso, Berto, porque mi vida es un caos absoluto. Más a menudo de lo que me gustaría me despierto en la cama con resaca y cubierto de porquería. Sé que me ha pasado algo horrible, pero no guardo ningún recuerdo de ello ni sé por qué me ha pasado ni lo que puedo hacer para evitar que vuelva a ocurrir. Y cuando eso sucede, confío en ti y en Nasha para que me ayudéis con esas lagunas, para que me contéis lo que me ha pasado. No me queda más remedio que confiar en vosotros porque no tengo manera de recordarlo por mí mismo. Y ahora sé a ciencia cierta que me has mentido por lo menos una vez sobre este asunto, y eso hace que me pregunte cuántas veces más lo habrás hecho. ¿Comprendes ahora por qué estoy así?
Es posible que mis palabras le hayan llegado al corazón, porque evita mirarme a los ojos.
—Sí, lo comprendo. Lo siento, Mickey. Lo siento mucho. Nunca me había parado a pensarlo desde ese punto de vista.
Parece sincero. Tal vez, después de todo, no sería tan mal jugador de póker como parece.
—Ya, bueno. Pues quizá deberías haberlo hecho.
—Quizá. —Levanta los ojos y esboza una sonrisa—. ¡Oye, la próxima vez intentaré grabarlo en vídeo! Si lo consigo, le enseñaré la grabación a Nueve nada más salga del tanque.
No quiero zanjar aquí el tema, pero, sea o no un cabrón mentiroso, es más o menos mi mejor amigo.
—Eso es muy considerado por tu parte, maldito idiota.
Entonces alarga las manos y me estrecha con fuerza entre sus larguiruchos brazos de mono.
—De verdad, siento mucho haberte mentido, Mickey. No lo volveré a hacer.
—Ya —mascullo con la cabeza pegada a su pecho—. Seguro que no.
Acabo de darme cuenta de que no estoy dejando bien parado a Berto y que seguramente estarás preguntándote por qué soy su amigo. La respuesta corta es que siempre he considerado importante aceptar a las personas que forman parte de tu vida tal como son. El amigo perfecto no existe, como no existe nada perfecto, y si excluyes de tu vida a todo el mundo por sus muchos y muy variados defectos, acabarás echando de menos todo lo bueno que te aportan.
Por ejemplo, en mis últimos años en el instituto tuve un amigo llamado Ben Aslan. Ben era un buenazo. Era lo bastante inteligente como para ayudarme a aprobar astrofísica dos semestres a pesar de que yo era un negado para las matemáticas; lo bastante divertido como para que me castigaran dos días en duodécimo curso por troncharme de risa durante el funeral de nuestro subdirector; y lo bastante leal para quedarse a mi lado y llevarse una paliza cuando le busqué las cosquillas a una pandilla de chicos mayores que iban borrachos como una cuba durante un concierto de Copper Fist el verano que nos graduamos.
Ben también era un auténtico rata, hasta el punto de que rayaba lo patológico.
Sus padres tenían una participación mayoritaria en la compañía concesionaria del transporte interurbano de todo el planeta. Su padre constantemente entraba y salía de la lista de las veinticinco personas más ricas de Midgard. El propio Ben tenía a su nombre un flitter, un vehículo terrestre, una casa en la playa y un tipo que le limpiaba el cuarto. A pesar de ello, en todo el tiempo que fui su amigo, creo que Ben Aslan nunca pagó una cuenta. No tenía implantes porque decía que le daba miedo que alguien le arrancase los ojos para acceder a su fondo fiduciario; y siempre parecía olvidar llevar encima un teléfono cuando salíamos porque, ¿por qué iba a hacerlo? Si necesitaba hablar con alguien, disponía de gente que podía hacerlo por él. El caso es que siempre que nos traían la cuenta, Ben sonreía, se encogía de hombros y prometía pagar la próxima.
Así fue durante años.
¿Por qué tragué con ello? ¿Por qué yo, un chaval que nunca tenía más de veinte créditos en la cuenta, invitaba a beber y a comer como un rey a la persona más rica que había conocido nunca? La respuesta es muy simple, la verdad: sabía cómo era Ben y lo aceptaba. Sumé los beneficios que me reportaba tenerlo en mi vida, resté las molestias de tener que pagarle todo en todos los sitios a los que íbamos y decidí que el resultado neto era positivo. Una vez tomada esa decisión, dejé de preocuparme por las cuentas. No valía la pena hacerlo.
Supongo que con Berto pasa lo mismo, con la diferencia de que en vez de escaquearse a la hora de pagar la cuenta en un restaurante a veces me deja morir de frío en un agujero y luego lo oculta con una mentira. Así es él. Todo es más fácil cuando eres capaz de aceptarlo y seguir adelante con tu vida.
Cuando vuelvo a mi cuarto encuentro a Ocho hecho un ovillo en mi cama, durmiendo profundamente. En un primer momento me planteo la posibilidad de dejarlo dormir, pues la salida del tanque te deja hecho polvo, pero yo también estoy cansado y además tenemos que hablar. Cierro la puerta con llave, agarro el borde superior de la sábana y tiro de ella para destaparlo. Está desnudo.
Tomo nota mental de que tengo que cambiar las sábanas.
Ocho levanta la cabeza y me mira con ojos somnolientos, luego agarra la sábana y tira de ella para intentar taparse de nuevo. Solo entonces reparo en que lleva una venda compresiva alrededor de la muñeca.
—Eh, ¿qué le ha pasado a tu mano?
Me lanza una mirada fulminante.
—Nada, idiota. ¿Es que has olvidado que ahora tiene que parecer que somos la misma persona? Tú no puedes quitarte la venda, así que yo he tenido que ponerme una.
—No está morada.
Ocho echa un vistazo a su mano y vuelve a mirarme.
—¿Cómo?
—Tu mano —digo—. La llevas vendada, pero no está morada. Cualquiera que la mire con un poco de atención se dará cuenta de que no le pasa nada.
—Si alguien la mira con atención probablemente ya estemos muertos —responde.
Deja caer la cabeza sobre la almohada y se tapa con la sábana hasta la barbilla. Yo suspiro y lo destapo de nuevo.
—Lo siento, pero es hora de levantarse. Tenemos que resolver unos asuntillos.
Ocho se incorpora en la cama, se frota los ojos con los nudillos y sube la sábana hasta su cintura.
—¿Lo dices en serio? Acabo de salir del tanque, lo recuerdas, ¿no? Siempre necesitamos por lo menos un día para recuperarnos.
Me siento en el borde de la cama.
—Sí, hoy no nos asignarán ninguna tarea. Menos mal, porque tenemos que pensar en cómo vamos a gestionar nuestros turnos de trabajo. Solo uno de los dos puede salir cada vez si no queremos que Marshall nos arroje a ambos al pozo de los cadáveres.
Ocho bosteza y vuelve a frotarse los ojos. Me mira. Una sonrisa se dibuja lentamente en sus labios.
—Oye, bien pensado. Es posible que al final incluso salga bien, ¿eh? No está tan mal eso de trabajar la mitad.
—Sí —digo—, siempre y cuando participemos en misiones de apoyo a Agricultura o Ingeniería. Pero ¿qué pasará la próxima vez que Marshall necesite a alguien para fregar el interior de la cámara de reacción de antimateria?
A Ocho se le borra la sonrisa.
—Antes o después eso ocurrirá, ¿verdad?
—Sí, así que estaría bien que decidiéramos cómo vamos a resolver ese problema con antelación.
Ocho se encoge de hombros.
—A mí me parece que la solución es bastante obvia. Yo no debería haber salido del tanque hasta que tú murieras. Ergo, para arreglar definitivamente este embrollo tú deberías ser quien asumiera la próxima misión suicida.
A mí no me parece tan obvio. Justo cuando me dispongo a explicarle por qué su argumento es una absoluta gilipollez… me doy cuenta de que no se me ocurre una sola razón.
—Está bien —digo—. Cuando Marshall nos venga con una misión suicida de verdad, es decir, algo como lo que le hizo a Tres, yo subiré al patíbulo. Pero no pienso realizar todas las tareas peligrosas. Si nos envía a otra misión de reconocimiento o nos pone a vigilar el perímetro, o nos vuelve a enviar con Berto en un flitter, lo echaremos a suertes.
Me mira con sorpresa, con la cabeza ladeada, y por un momento tengo la impresión de que va a rechazar mi sugerencia, pero finalmente se encoge de hombros y dice:
—De acuerdo, me parece justo.
—Perfecto. Supongo que podemos improvisar la próxima vez que nos llamen.
—De todos modos, hasta que uno de los dos caiga, va a ser duro vivir con media ración de comida.
—Sí —digo—. Me gustaría añadir algo sobre eso.
—¿Sobre qué? ¿Sobre las raciones? ¿Sobre las misiones?
—Sobre las raciones. La reunión con Marshall no ha ido exactamente como esperaba.
Ocho pone cara de preocupación.
—¿Qué ha pasado?
—Nos ha reducido la ración un veinte por ciento.
Ocho gruñe.
—Lo sé —añado—. Íbamos a pasar hambre incluso aunque uno de los dos no estuviera. Tal como están las cosas, nos esperan tiempos difíciles.
Ocho se recuesta contra la pared, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos.
—¿Eso crees? Esto es un desastre, Siete. Acabo de salir del tanque y ahora mismo me muero literalmente de hambre. Si no me meto calorías en el cuerpo es muy probable que te arranque el brazo de un mordisco y me lo coma mientras duermes.
Me paso las manos por el pelo y quedan recubiertas por una capa de grasa, lo cual me recuerda que hace casi una semana que no me ducho.
—¿Has desayunado algo?
Ocho abre los ojos, deja la mirada perdida y frunce el ceño.
—Yo no lo llamaría desayunar. Pillé un batido y un puré cuando pasé por delante de la cafetería.
—Bien. ¿Cuántas kilocalorías ingeriste?
—Unas seiscientas, creo.
—Sí. Yo también —digo—. Entonces nos quedan cuatrocientas para el resto del día.
—Dios mío —gimotea—. ¿Doscientas cada uno?
Tomo aire, lo aguanto en los pulmones y lo suelto lentamente.
—Te doy mi parte.
—¿En serio? —me pregunta con los ojos como platos.
—Solo estoy dándote doscientas kilocalorías en forma de puré. No es para tanto.
—¿Y mañana?
—No me presiones. Mañana volveremos al cincuenta por ciento cada uno.
Ocho suspira.
—Vale, me parece justo. De hecho, es más que justo. Gracias, Siete.
Le doy una palmada en la rodilla.
—No tiene importancia. Probablemente es lo menos que puedo hacer por ti después de que decidieras no matarme esta mañana.
—Sí, eso es verdad —dice Ocho—. Sinceramente, me siento orgulloso de mi magnanimidad. ¿Estás seguro de que no quieres cederme todo el saldo de la cuenta para mañana?
Le estrujo la pierna hasta hacerle daño antes de soltarla.
—Te lo repito, no me presiones. Seguro que la próxima vez que uno de los dos disfrute de una ración completa será porque el otro está muerto.
Vuelve a tumbarse en la cama y junta las manos detrás de la cabeza.
—Hay una ilusión en el horizonte.
—Sí. —Estoy a punto de comentar que en cierta manera no me parece tan mala idea lo de fregar la cámara de reacción cuando recuerdo la conversación en la cafetería—. Oye… Estaba pensando… ¿Por casualidad te has cruzado con Berto de camino aquí?
—No, ¿por qué?
—He estado con él en la cafetería esta mañana. Me dio a entender que os habíais visto. Creo que sospecha algo.
Ocho se encoge de hombros.
—Bueno, si hay que contárselo, se lo contaremos. Probablemente le parecerá una aberración, pero no creo que vaya corriendo a chivarse a Comandancia. Él tiene más culpa que nadie de esta situación.
—Eso es verdad. —Voy a añadir algo, pero tengo que reprimir un bostezo. Ocho ya ha cerrado los ojos. Le doy un empujoncito—. Hazme un sitio.
Ocho se desliza hacia el borde de la cama. Yo me quito las botas y me acuesto a su lado. Es un poco raro compartir cama conmigo mismo, pero supongo que tendré que acostumbrarme.
Ya estoy quedándome dormido cuando aparece un destello en mi ocular.
<Comandancia1>: Le necesitamos en la esclusa principal inmediatamente, Barnes. Tenemos un problema.
Me da un vuelco el corazón. ¿Ha vuelto Berto al despacho de Marshall y nos ha delatado?
No. Si Comandancia supiera algo, no creo que me hubiera llamado; seguramente habría enviado a Seguridad con bridas y armas. Me vuelvo para mirar a Ocho. Sigue con los ojos cerrados.
—Creo que te reclaman, amigo —dice.
Me incorporo.
—Es una convocatoria para un trabajo, Ocho.
—Ya. Si se trata de una misión suicida te la quedas tú, ¿no? Y si no es más que una tarea rutinaria también deberías encargarte tú, porque yo acabo de salir del tanque.
—¿Y si es algo intermedio? ¿Lo echaremos a suertes?
—No. Creo que me debes una.
Gira para darme la espalda y se sube la sábana hasta los hombros. Me quedó unos segundos mirándole fijamente la nuca. Luego apoyo los pies en el suelo, me siento en el borde de la cama y vuelvo a ponerme las botas. Ocho ya está roncando cuando cierro la puerta al salir de la habitación.