Mickey7
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Hago toda clase de tareas en la cúpula. No estoy adscrito a ningún departamento en particular, así que en general voy rotando por todos ellos dependiendo de dónde necesitan ayuda para un trabajo pesado. He cuidado de las conejeras para Agricultura; he hecho turnos de guardia para Seguridad; incluso una vez sustituí a Marshall en la administración de la cúpula cuando se puso enfermo. Luego descubrí que su indisposición se debió a un intento de elaborar un licor casero con resultados desastrosos. Todas esas tareas, sin embargo, eran asignaciones aleatorias realizadas por el sistema semiautónomo que gestiona los recursos humanos de la colonia. Cuando recibo una llamada directa de Comandancia no es porque necesiten a alguien para trasladar unas cajas, sino porque me necesitan a mí para hacer mi trabajo.
Y me quedó bastante claro en qué consistía mi trabajo desde mi primer día entero en la estación Himmel. Después de mucho buscar por fin había encontrado un cuarto de baño y, tras varios intentos dolorosos y errores humillantes, averigüé más o menos cómo había que mear en condiciones de ingravidez. También había encontrado la sala donde repartían los paquetes de comida. Incluso había encontrado una hamaca libre que colgaba junto a otras cuarenta en lo que parecía una sala de reuniones. Lo peor era el olor, pero ya había empezado a acostumbrarme a él. En definitiva, sentía que estaba adaptándome bastante bien a mi nueva vida.
De manera que estaba echándome una siesta envuelto en mi hamaca, contento porque por fin casi era capaz de imaginar que estaba flotando en vez de cayendo al vacío, cuando noté que algo duro y puntiagudo se clavaba en mis costillas. Le di un palmetazo, lo que hizo que la hamaca se pusiera a girar sobre su eje longitudinal. Abrí los ojos y vi el suelo, luego la pared, el techo y finalmente a la persona que me había pinchado con el objeto duro y puntiagudo. Era una mujer alta, de piel oscura y con la cabeza afeitada, y llevaba puesto el mono recto que usaba todo el personal permanente de la estación. Me agarró con las manos, afirmó los pies en el suelo y detuvo mis giros.
—¿Eres Barnes?
La miré desconcertado.
—Es posible. ¿Quién lo pregunta?
La mujer sonrió.
—Soy Jemma. Levántate. Es hora de trabajar.
Jemma me cayó bien durante la mayor parte del tiempo que pasé en la Himmel. Era una profesora excelente. Era divertida y simpática, y extrañamente considerada. Cuando teníamos sesiones matinales me traía una taza de té chai caliente. Cuando me costaba pillar algo, ella volvía a explicármelo desde el principio, más despacio, y me lo repetía todas las veces que hiciera falta hasta que estaba segura de que lo había entendido. Si durante todo ese proceso se le pasó alguna vez por la cabeza la idea de que yo era un lerdo, nunca dejó que se notara.
Aquel primer día comenzamos con una introducción esquemática a los sistemas de propulsión de la Drakkar. Aprendí dónde se almacenaba la antimateria, cómo se guardaba, dónde se encontraban los reactivos, cómo se unían ambos, y (esta es la parte en la que Jemma hizo hincapié) qué ocurriría si había algún problema con esos componentes.
—No tenemos que preocuparnos por un fallo en la unidad de contención de la antimateria —explicó—, porque el problema se resuelve solo.
Estábamos sentados el uno enfrente del otro en una mesa para jugar a las cartas en lo que parecía un cuarto trastero por lo demás vacío. Jemma esbozó una sonrisa de satisfacción y esperó. Al cabo de unos cinco segundos le cambió la cara.
—¿No vas a preguntarme cómo lo hace?
Puse los ojos en blanco.
—¿Matándonos a todos?
—Así es, pero yo iba a decirlo de una manera mucho más divertida —protestó ella.
Suspiré.
—¿Qué necesidad tengo yo de saber todo esto? ¿No tenemos ingenieros? Si todos ellos mueren, no creo que toda la información que puedas meterme en la cabeza en las próximas dos semanas cambie nada. A mí me gusta la historia. Puedo explicarte quién fue Wernher von Braun. Pero soy limitado para temas como la tecnología de propulsión. Aprobé por los pelos la asignatura de física cuántica en el instituto, y de eso ya hace mucho tiempo.
—No pretendo convertirte en ingeniero. La Drakkar llevará a bordo un equipo complementario de especialistas en propulsión. Ellos te explicarán con pelos y señales lo que tienes que hacer en el caso de que sea necesario, pero probablemente en una situación así el tiempo del que dispondréis será escaso, así que todo irá mucho más rápido si posees unos conocimientos básicos.
—Y si las cosas se ponen feas necesitarán mi ayuda para arreglarlo porque…
A Jemma se le borró la sonrisa.
—Porque una hora después del apagón, el flujo de neutrones en la cámara de combustión sigue siendo lo suficientemente alto como para inocular una dosis letal incluso a través de un blindaje de combate completo en menos de sesenta segundos. Y, créeme, tú no llevarás puesto un blindaje de combate completo. Son caros.
—Ya. No me refería a que los ingenieros entrarían personalmente en los motores. Es obvio que no lo harán. Pero pensaba que en esos casos se utilizaban drones.
Jemma negó con la cabeza.
—Los drones, como tú, no son inmunes a los daños causados por partículas de altas energías. De hecho, si supieras lo que es capaz de aguantar de más un ser humano un bombardeo continuo de partículas pesadas en comparación con una máquina, te sorprendería. Quizá en la práctica estés muerto al cabo de sesenta segundos, pero tu cuerpo tardará una hora o más en enterarse de ello, y mientras tanto puedes realizar un trabajo útil. En esas condiciones, un dron dejaría de estar operativo en menos de un minuto. Además, cuando os encontréis lejos de las fábricas de Midgard será mucho más difícil sustituir un dron dañado que a ti. Tu cargo oficial es el de Operario Prescindible, Mickey. Una parte de mi trabajo durante los próximos doce días consiste en asegurarme de que entiendas bien lo que eso significa.
Creo que fue ese el momento en el que empezó a caerme un poco peor.
Jemma y yo no hablábamos solo sobre motores y envenenamiento por radiación. Cuando quedaba claro que en mi cabeza ya no entraban más datos técnicos, nos poníamos a hablar sobre filosofía, que era un tema más cercano a mis gustos.
Resulta ser que la gente ha estado hurgando en la periferia de la que ha sido la cuestión fundamental de mi vida durante mucho tiempo. Aquel primer día, cuando dimos por finiquitada nuestra conversación sobre las numerosas maneras en las que podría desintegrarme, Jemma me habló de la nave de Teseo.
—Imagina que un día Teseo decide levar anclas y navegar por todo el mundo.
—Vale —dije—. Sé que debería saberlo, pero ¿quién es Teseo?
—Un héroe antiguo de la Tierra. Muy muy antiguo… de unos tres mil años antes de la Diáspora.
—Mmm… ¿Y navega por todo el mundo?
—Sí, en un barco de madera. Durante el viaje, algunas partes de su embarcación se deterioran o se rompen y él las sustituye. Años después, cuando regresa a casa, no queda una sola tabla de la nave original. Por lo tanto, ¿es o no es el mismo barco en el que partió?
—Menuda tontería —respondí—. Claro que lo es.
—Vale. ¿Y si una tormenta destruye el barco y Teseo tiene que reconstruirla por completo para poder seguir navegando? ¿Es la misma nave?
—No, es otra. Si tiene que reconstruirla por completo sería el Barco de Teseo II, la Continuación.
Jemma se inclinó hacia mí con los codos apoyados en la mesa.
—¿De verdad? ¿Por qué? ¿Qué diferencia hay entre sustituir todas las partes en momentos distintos y hacerlo a la vez?
Abrí la boca para responder, pero me di cuenta de que no se me ocurría nada que decir.
—Esa es la clave para aceptar la naturaleza de este trabajo, Mickey. Tú eres el barco de Teseo. Todos lo somos. En mi cuerpo no hay una sola célula ni una sola parte de mí que viviera hace diez años, y lo mismo puede decirse de ti. Estamos inmersos en un continuo proceso de reconstrucción. Si aceptas este trabajo, probablemente en algún momento reconstruirán todas tus partes simultáneamente, pero en el fondo es lo mismo, ¿no? Cuando un Prescindible pasa por el tanque, en realidad solo está haciendo lo que su cuerpo haría de manera natural a lo largo de un periodo de tiempo prolongado. Siempre y cuando se conserve su memoria, no puede afirmarse que haya muerto realmente. Simplemente se ha sometido a una reconstrucción extraordinariamente rápida.
No quiero que parezca que mi entrenamiento solo consistía en nociones de ingeniería y Teseo. A veces incluso era divertido. Jemma me enseñó lo básico para utilizar un acelerador lineal, por ejemplo. En la estación no podía disparar uno de verdad, pero me hizo practicar con un simulador bastante realista en el que tenía que luchar con unos zombis espaciales, y cuando años después por fin tuve la ocasión de utilizar uno de verdad, apenas noté la diferencia. También me enseñó a ponerme y a quitarme un traje de vacío y a montar un traje blindado de combate completo. El sexto día me llevó de prácticas fuera y estuvimos moviéndonos por el casco de la estación durante una hora, apretando y aflojando tuercas con una llave inglesa. Nunca olvidaré el momento que compartimos en la parte inferior de la estación, admirando la mitad oscurecida de Midgard.
—Lo sé —dijo Jemma—. Es bonito, ¿verdad?
—Eso brillante de ahí es Kiruna, ¿no?
—Sí. ¿Eres de ahí?
Asentí con la cabeza. Ella no podía verme a través de la visera con efecto de espejo, pero pareció entenderlo.
—Y ahora te marchas para siempre —dijo ella. Nos quedamos un rato allí contemplando la rotación de Midgard hasta que Kiruna desapareció en el horizonte—. Os admiro —confesó entonces—. Me refiero a los colonizadores. No os entiendo, pero os admiro. Veo el aspecto romántico de vuestra misión, ese querer expandir la humanidad hasta donde sea posible, proteger la especie de los desastres… Es la esencia de la Diáspora. Pero yo nunca podría ir.
Me encogí de hombros.
—Ya, bueno. Algunos nacemos exploradores, supongo.
Jemma resopló incrédula. Me volví para mirarla, pero yo tampoco podía ver su rostro al otro lado de la visera.
—He preparado a otros Prescindibles. A veces los necesitamos en la estación. El trato con ellos suele ser difícil. Tú eres un coñazo, pero cuando los saco al espacio como a ti ahora casi siempre tengo miedo de que corten mi cable y me arrojen al vacío. ¿Te imaginas por qué?
Suspiré antes de responder:
—Sé que la mayoría de los Prescindibles son presidiarios. Aunque es diferente trabajar como Prescindible en la estación Himmel, donde aceptas que de vez en cuando morirás sin que haya una buena razón para ello. Pero yo me he apuntado a una misión colonizadora. Como has dicho, tiene algo de romántico, ¿no?
Jemma se echó a reír.
—Oh, por favor. He hablado con tu amigo, ¿Gomez…? El piloto. Sé por qué te apuntaste a la misión.
—Ah. Bueno…
Ella volvió a reírse.
—No te preocupes. No se lo voy a contar a nadie importante. Tus razones para ir seguramente son tan válidas como las suyas, o las de Marshall, o las de cualquiera de los otros. Pero espero que sepas que es una solución permanente a un problema pasajero.
—¿No dicen lo mismo sobre el suicidio?
Me puso una mano en el hombro.
—Vamos, Mickey. Volvamos dentro. Tenemos que hablar sobre John Locke.
Mi primera copia de seguridad llegó la mañana de mi duodécimo día en la estación Himmel. La parte física fue bastante sencilla. Me sacaron una muestra de sangre, me rasparon un poco de piel de la barriga, me hicieron una punción para extraerme un poco del líquido cefalorraquídeo y luego me metieron en un escáner que tardó tres horas en elaborar un mapa de la distribución y la composición química de todas y cada una de las células de mi cuerpo. Jemma estaba esperándome cuando salí.
—Espero que hoy sea uno de esos días en los que te sientes radiante. El aspecto que tienes ahora es exactamente el mismo que tendrás cada vez que salgas del tanque durante el resto de tu vida.
—Mmm… ¿Esto solo se hace una vez?
—Me temo que sí —dijo Jemma—. El escáner consume un montón de energía, y el programa de reconocimiento estará casi una semana organizando toda la información que ha extraído. Además, acabas de absorber una cantidad de radiación que en circunstancias normales se consideraría problemática.
—Oh.
Se agarró a un asidero y se impulsó por el pasillo. La seguí.
—Espera —dije cuando llegamos a nuestra siguiente parada—. ¿Qué quieres decir con «se consideraría» problemática?
Me dedicó una sonrisa triste.
—Ya lo averiguarás.
La copia de seguridad de mi personalidad, que desde entonces he estado realizando de manera regular, fue más sencilla y extraña que la de mi cuerpo. Me senté en una silla y un técnico me puso un casco en la cabeza. Por fuera era liso y metálico, pero por dentro tenía una multitud de lo que parecían una especie de agujas con la punta roma que se apretaron contra mi cuero cabelludo y mi frente.
—Es un SQUID —me explicó el técnico—. Es un poco incómodo, pero no te dolerá.
Más adelante me enteré de que un SQUID, además del nombre en inglés de un invertebrado marino sorprendentemente inteligente de la Tierra, era un dispositivo superconductor de interferencia cuántica. Espero que estas palabrejas signifiquen para ti más de que lo significaron para mí en aquel momento.
El técnico no me mintió, el procedimiento para realizar la copia de seguridad no es doloroso. Sin embargo es extremadamente raro. Las copias de seguridad rutinarias son simples actualizaciones que están listas en una hora más o menos. No obstante, la primera duró casi dieciocho horas, aunque a mí me parecieron muchas más, y se desarrolló como si fuera un episodio de fiebre; ves pasar por tu cabeza pedazos de tu pasado, imágenes y sonidos, olores y sensaciones, todos ellos totalmente fuera de control y a una velocidad a la que es imposible procesarlos. Lo que recuerdo de una forma más vívida de aquella primera copia de seguridad es un primer plano de mi madre. Murió en un accidente de flitter cuando yo tenía nueve años y apenas recuerdo su cara… Pero en esa imagen era joven y guapa y rebosaba vida, y cuando finalmente me quité el casco, estaba llorando como un niño.
Hecha la copia de seguridad, Jemma me llevó al comedor de la tripulación, nos sentamos a una mesa y me dijo que pidiera lo que quisiera. Cuando le pregunté qué pasaba, ella me volvió a dedicar esa media sonrisa triste tan suya y dijo:
—Estamos de celebración, Mickey. Hoy te gradúas.
—¿De verdad? ¿Y cuándo es la ceremonia?
Ella miró a otro lado.
—En cuanto acabemos aquí. Tómate tu tiempo.
Aún recuerdo aquellas horas como las más extrañas de mi vida. La comida no estaba mal, teniendo en cuenta que casi todo consistía en alimentos artificiales producidos en laboratorio y elaborados en condiciones de ingravidez. Por razones que se me escapaban, la conversación entre nosotros fue incómoda. Sabía que la Drakkar ya estaba casi lista y pronto se empezaría a cargar. Lo creas o no, llegué a pensar que Jemma estaba un poco triste porque iba a echarme de menos cuando me fuera.
Cuando terminó la cena y Jemma se puso en pie, pensé que yo volvería a mi hamaca para dormir. No había permanecido despierto durante todo el proceso de la copia de seguridad, pero lo cierto es que tampoco podría decirse que hubiera descansado. No me sentía cansado exactamente, más bien débil y sin fuerzas, y como desconectado de la realidad. Sin embargo, Jemma me agarró del brazo cuando me di la vuelta para marcharme por el pasillo.
—Espera. ¿Has olvidado tu ceremonia de graduación?
—Ah —dije—. Creía que era una broma.
Me miró durante un largo momento, luego negó con la cabeza y enfiló por el pasillo en dirección a nuestro trastero. Me encogí de hombros y la seguí.
—Bueno —dije cuando cerró la puerta a su espalda—. ¿Vas a darme un bonete y un toga?
Me deslicé hacia ella.
Pensaba que estábamos a punto de enrollarnos.
Sí, así de estúpido soy.
Jemma me miró con una cara tan inexpresiva como una máscara de madera. Metió una mano en el bolsillo de su mono y sacó una cosa negra y brillante, algo mayor que su mano.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Ella lo sostuvo en el aire. Tenía el mango de una pistola y un cañón con la punta de cristal blanco. Por primera vez en casi dos semanas volvió a apoderarse de mí esa sensación de estar cayendo imparablemente.
—Es un burner. De baja potencia, así que su uso es seguro dentro de la estación. No corta metal, pero sí casi cualquier material orgánico. —Lo agarró por el cañón y me lo ofreció. Lo cogí tras un momento de vacilación—. ¿Ves ese interruptor rojo en un lado de la empuñadura? Es el seguro. Deslízalo hacia arriba.
Hice lo que me pidió y la punta de cristal brilló con una pálida luz amarilla.
—Vale, ahora está cargado. Ten cuidado con el gatillo. Es ese bultito que hay junto a tu dedo índice.
Giré el arma que tenía en la mano a un lado y a otro para estudiarla con extrañeza.
—No lo entiendo —dije.
Entonces ella volvió a mirarme con su habitual expresión triste y lo entendí.
—Esta es tu graduación, Mickey. Ha llegado el momento de comprobar si has comprendido lo que significa ser un Prescindible.
La miré a los ojos. Ella me sostuvo la mirada.
—Es broma, ¿verdad?
—Cuanto antes lo hagas, mejor —dijo ella—. Gira la cabeza todo lo que puedas y aprieta la punta contra la parte blanda que tienes justo detrás de la oreja. Intenta inclinar ligeramente el cañón para que dispare hacia arriba. Está configurado para que lance un rayo en forma de abanico. Si lo haces bien, te cargarás todo el bulbo raquídeo y buena parte del cerebelo de un disparo. Te prometo que no sentirás nada. Si fallas el tiro, tendré que limpiar el estropicio. Y ninguno de los dos quiere eso.
—Jemma…
—En realidad no es una ceremonia de graduación, más bien el examen final. Si te niegas a hacerlo, mañana por la mañana te meterán en un transbordador y te enviarán de vuelta a Midgard, y yo tendré que empezar todo de nuevo con tu sustituto, que esta vez no será un voluntario. Tampoco ninguno de los dos quiere eso. Lo siento, Mickey, pero te apuntaste para esto. La inmortalidad tiene un precio.
Reflexioné un momento. Me imaginé volviendo a Midgard, a mi cuchitril y mi subsidio, que no me alcanzaba ni para comer. Pensé en cuando les dijera a mis amigos que al final no iría en la Drakkar. Pensé en la máquina de tortura de Darius Blank.
—Será como si me quedara dormido, ¿verdad? ¿Después me despertaré en mi hamaca fresco como una rosa?
—Sí, eso es —dijo Jemma—. Quizá tengas un poco de resaca, pero nada más. —Sonrió.
Yo suspiré, miré a otro lado y pegué el burner a mi cabeza.
—¿Así?
—Sí, no es necesario acercarlo más.
Cerré los ojos, inspiré hondo y solté el aire.
Apreté el gatillo.
Me quedé paralizado, temblando, hasta que Jemma tendió una mano y apartó con delicadeza el burner de mi cabeza.
—Felicidades —dijo en voz baja—. A partir de hoy eres oficialmente Mickey1.