Mickey7

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Hay una pequeña multitud esperándome en la entrada principal. Marshall también está allí, con Dugan, de Biología, y una pandilla de seguratas. Berto y Nasha se mantienen un poco apartados de los demás. Berto se encorva y acerca su cara a la de Nasha hasta que casi se tocan. Le dice algo breve y cortante. Ella mira a otro lado y niega con la cabeza.

—Hola —digo—. ¿Qué ocurre?

Marshall me hace un gesto para que me acerque.

—Eche un vistazo —me ordena señalando el monitor que hay encima de la puerta.

Miro arriba. La puerta exterior de la esclusa está cerrada. Veo lo que me parece el cuerpo carbonizado de un hombre derrumbado en un rincón.

—Mierda. —Miro detenidamente. Lo que en un primer momento me parecía metal manchado de hollín es en realidad un agujero de casi dos metros de diámetro en el suelo de la esclusa—. ¿Dónde está el suelo?

—Ha desaparecido —responde Dugan—. Algo lo atravesó y se puso a arrancarlo mientras Gallaher estaba esperando a que terminara el ciclo de la esclusa.

—¿Gallaher? ¿Se refiere a ese cuerpo tirado en el rincón?

—Sí —dice Marshall—. Ese es él. Tuvimos que utilizar el voladizo.

Me quedo boquiabierto.

—¿Han vertido plasma en la esclusa principal? ¿Con uno de los nuestros dentro?

—Sí —responde Marshall—. Las heridas de Gallaher eran graves y ya estaba desangrándose. La criatura que arrancó la primera sección del suelo se llevó por delante su pierna. La AI que controla el perímetro de seguridad activó la alarma y no me gusta contradecirla. No podíamos correr el riesgo de que el intruso entrara en la cúpula.

La explicación de Marshall me deja sin palabras.

—Han sido los gusanos —aclara Berto—. Dos o tres como mínimo.

Sacudo la cabeza.

—¿Cómo…?

—Se ve que sus mandíbulas están más afiladas de lo que parece —explica Berto—. O sea, no es la primera vez que les veo atravesar algo…

—¿Algo? —digo—. ¿Te refieres a mi cabeza?

Eso provoca cinco segundos de silencio incómodo.

—En todo caso —interviene Dugan—, me ha sorprendido descubrir que apenas tenemos datos claros sobre estas criaturas. Hemos conseguido esbozar un par de descripciones a partir de los informes redactados por Gomez y Adjaya después de los vuelos de reconocimiento, pero eso es todo. Por eso le hemos llamado.

Miro a Berto y de nuevo a Dugan.

—Gomez nos ha explicado que ha tenido alguna experiencia directa con esas criaturas —continúa Dugan—. De hecho afirma que ha desarrollado una especie de obsesión con ellas, y el comandante Marshall nos ha informado de que está enviándole para observarlas desde hace un par de semanas. Necesitamos saber más sobre ellas. Tenemos que saber a qué nos enfrentamos exactamente. Si se ponen a agujerear la cúpula, estamos muertos.

Lanzo otra mirada a Berto, pero él evita mirarme a los ojos.

—¿Experiencia directa?

—Eso es —asevera Marshall—. Porque le han comido.

—Es verdad —dice Berto—. Mickey es un experto en ser devorado por los gusanos.

Ahora Berto y Nasha sí que me miran. Pongo los ojos en blanco.

—Acabamos de hablar de ello. No recuerdo nada de lo que les pasó a Seis o a Siete. Ni siquiera sabría cómo murieron si Berto no me lo hubiera contado.

—¿Estás seguro Mickey? —me pregunta Berto—. Esto es importante. ¿No recuerdas nada de lo que pasó anoche?

Berto me mira fijamente. Nasha mira a otro lado.

—He salido del tanque esta mañana. Ya lo sabes, Berto.

Marshall entrecierra los ojos y pregunta:

—¿Está pasando algo de lo que debería enterarme?

Berto me lanza una de sus miradas recriminatorias y niega con la cabeza.

—No, señor, no pasa nada. Mickey tiene razón. Como hemos hablado esta mañana, Mickey llevaba algún tiempo sin subir una copia de seguridad cuando anoche murió.

Marshall no es idiota, pero supongo que es consciente de que tiene otros problemas más importantes que requieren su atención. Mira con dureza a Berto unos segundos más y luego dice:

—Da igual. Ahora equípense todos. Gomez y Adjaya, ustedes proporcionarán cobertura aérea. Quiero una batida exhaustiva con georradares en un radio de dos kilómetros desde el perímetro. Quiero saber el número exacto de criaturas que hay ahí fuera y su ubicación. También quiero que carguen sus armas como si fueran a matar osos. Asegúrense de que llevan los lanzamisiles cargados antes de despegar. Cuando tengamos lo que necesitamos y nuestra gente se haya retirado, quiero que limpien de criaturas el terreno en un kilómetro a la redonda. —Marshall hace una pausa y pasea la mirada por los presentes—. Los demás, prepárense para salir a pie por la esclusa auxiliar dentro de quince minutos. Dugan, para estudiar a fondo a estas criaturas necesitará disponer de un espécimen en su laboratorio. —Sonríe, pero su expresión transmite más morbosidad que alegría—. Caballeros, van a salir a cazar gamusinos.

—Ya sabe que para mí no es la primera vez.

—¿Eh?

Dugan levanta la cabeza para mirarme. No nos hemos relacionado mucho desde nuestro primer día en la estación Himmel. No suelen enviarme para que eche una mano a Biología, y cuando lo hacen normalmente es para tareas como limpiar los laboratorios. En este momento está enfundándose en el traje acorazado de combate, lo cual en otras circunstancias sería para troncharse de risa. En cierta clase de tipos, el traje de combate a medio poner te da el aspecto de uno de esos dioses de la guerra de la historia antigua. Dugan no pertenece a esa clase de tipos. Él parece un pollo desplumado preparándose para una fiesta de disfraces.

—He dicho que para mí no es la primera vez. Se arrepentirá de habérselo puesto.

Dugan mira alrededor. Los gorilas de Seguridad ya están completamente equipados. Llevo diez minutos intentando recordar sus nombres. El calvo con el ceño fruncido es Robert algo (en todo caso nunca le llames Bob); la mujer más baja es Cat Chen. Estoy casi seguro de que la otra se llama Gillian, pero no pondría la mano en el fuego. En este momento están paseándose por el depósito del armamento, comprobando que todos sus servos funcionan correctamente. Esta será la primera salida que realizamos armados desde que aterrizamos.

—Me parece que esa es una opinión minoritaria —dice Dugan.

Me encojo de hombros.

—Ellos son de Seguridad. Se acostarían con el traje acorazado puesto si pudieran. El traje te crea la ilusión de que eres invencible, pero pesa casi cien kilos. Eso también te hace demasiado lento para caminar con las raquetas para la nieve, y, créame, cuando salgamos ahí fuera solo querrá estar pisando nieve. Avanzar hundido un metro o más en el polvo es bastante desagradable.

Dugan me mira de arriba abajo. Estoy tapado de pies a cabeza, pero mi equipo me protege exclusivamente del frío. Él lleva dos burners en sendas pistoleras en la cintura. Yo tengo un acelerador lineal, que pesa más que las armas de Dugan, es mucho menos versátil y estoy seguro de que mi maltrecha muñeca protestará amargamente si tengo que levantarla para usarla, pero no he practicado con ninguna otra arma y de todos modos he cogido un poco de manía a los burners desde aquella última noche en la estación Himmel.

—Gracias por el consejo, pero he visto lo que esas cosas le hicieron a la pierna de Gallaher y me gustaría que entre ellas y yo se interpusiera algo más resistente que un traje para la nieve.

—¿Vio lo que le hicieron a Gallaher? Entonces también vio lo que hicieron al suelo de la esclusa, ¿no?

Me clava una mirada feroz que salta de mí a su guante de la mano derecha, que parece negarse a acoplarse al puño de la manga del traje.

—Déjeme probar a mí —digo.

Dugan levanta el brazo. Giro el guante y el conector se engancha a la manga.

—Gracias —dice. Flexiona la mano para asegurarse de que todo está correctamente enganchado y coge el peto de la armadura—. Entiendo su punto de vista —añade después de colocarse el peto—. Para usted no tiene ninguna trascendencia, pero debe comprender, Barnes, que los demás no podemos darle al botón de reinicializar si morimos. Si yo muero es para siempre. Así que, sí, voy a ponerme el traje acorazado.

Sonrío.

—El botón de reinicializar, ¿eh? ¿Cree que la excursión al tanque es eso?

—Mire, no quiero empezar una discusión, pero el hecho es que usted es un Prescindible y yo no. Nuestros incentivos son diferentes. Yo solo quiero salir ahí fuera, recoger unas muestras y regresar sano y salvo.

Me paso la correa del acelerador por encima de la cabeza. Quiero que esté lo bastante suelta para poder empuñar el arma con rapidez, pero lo suficientemente tirante para que no me golpee la espalda mientras camino.

—Eso no se lo voy a discutir, se lo aseguro —respondo—. Pero eso a lo que usted se refiere con darle al botón de reinicializar no es tan divertido como cree.

Recibo un mensaje en el ocular.

<Comandancia1>: Adjaya y Gomez han comenzado la batida. Es la hora.

Miro a mi alrededor. Los seguratas se dirigen a la puerta de la esclusa acompañados por el tintineo de sus trajes. Cierro herméticamente mi reciclador de aire. Dugan se coloca el casco y nos ponemos en marcha.

La última vez que una especie nativa opuso una resistencia seria a una de nuestras misiones de colonización fue hace poco menos de dos siglos, y ocurrió a unos cincuenta años luz en dirección rotatoria de aquí. El comandante de aquella misión de cabeza de puente probablemente le puso un nombre a aquel planeta, pero nunca llegó a nosotros. Actualmente se llama Roanoke.

Roanoke no es lo que se diría un hábitat ideal. Su sol es una enana roja y el planeta en sí es una roca con rotación sincrónica sin apenas oblicuidad de la eclíptica, con muy poca agua y un periodo orbital de treinta y un días. Uno de sus polos es caliente, ya que la temperatura ambiental rara vez baja de los 8 ºC, y en el otro polo nieva hielo seco. En medio se extiende una franja más o menos habitable de una amplitud de unos mil kilómetros, anclada en un crepúsculo perpetuo. Roanoke es un planeta viejo. Se especula con que alberga vida desde hace más de siete mil millones de años. Y durante ese tiempo, todo lo que ha evolucionado allí se ha enzarzado en una lucha por ocupar ese ventoso espacio de mil kilómetros de anchura.

Al parecer, presentarse en un lugar así con unos cuantos millones de litros de agua en estado líquido es como hacerlo con un saco gigante lleno de dinero en un poblado de chabolas, ya que solo una semana después de que los colonizadores hollaran el planeta, todas las criaturas que lo habitaban se les echaron encima. Entre ellos, una especie de insectos diminutos que eran arrastrados por el viento y picaban en las zonas del cuerpo que no estaban tapadas. Sus picaduras provocaban unos sarpullidos que daban paso a unas ampollas purulentas y luego a una sepsis que era la antesala de la muerte. También había unas criaturas semejantes a estrellas de mar que vivían en madrigueras que hacían en la arena y estaban dotadas de unos colmillos capaces de atravesar los trajes acorazados; inyectaban un veneno necrotizante que mataba en cuestión de minutos. Otros seres endémicos de Roanoke eran unos insectos del tamaño de un niño de tres años que arrojaban unos chorros de una concentración de ácido sulfúrico por unas glándulas situadas en sus cabezas. La mayoría de las criaturas del planeta parecía haber evolucionado para derrotar las defensas de la colonia. Aunque ahora nos parece obvio lo que sucedió, a juzgar por los informes que el comandante de la misión consiguió transmitir antes de que todos murieran, los colonizadores nunca encontraron una explicación.

Casi desde el primer día, el comandante de la colonia de Roanoke fue incapaz de mantener con vida a la gente que estaba a su mando fuera de la cúpula durante más de una hora. Los colonizadores fueron cayendo de uno en uno o de dos en dos, semana tras semana, hasta que se vieron obligados a mandar los tabús a la mierda y crear copias adicionales de su Prescindible para llenar las habitaciones.

Finalmente decidieron encerrarse en la cúpula e intentar pasar desapercibidos mientras investigaban lo que les estaba pasando. Pero para entonces ya había algo reproduciéndose en el interior de la cúpula. El comandante puso en marcha media docena de protocolos de esterilización, pero lo que quiera que fuera que se había introducido en la colonia siempre regresaba. Llegó un momento en el que toda la colonia estuvo formada por réplicas del Prescindible. El procesador central continuó produciéndolos hasta que se agotaron los aminoácidos.

Uno de los últimos Prescindibles supervivientes por lo menos vislumbró la verdad de lo que estaba ocurriendo antes de morir. Biología había liberado un fago diseñado para exterminar uno de los microorganismos que estaba haciendo estragos en la colonia. Seis horas después apareció una variedad resistente al virus. Las últimas palabras que dejó grabadas en su diario personal, dictadas mientras sus tripas se licuaban y escapaban por todos los orificios de su cuerpo, fueron las siguientes: «No estoy paranoico. No sé quién es, pero aquí hay alguien que va a por mí».

Pienso en ese tipo, Jerrol doscientos y pico, mientras salimos a la nieve. Las criaturas autóctonas de Roanoke no hicieron sonar las campanas de alarma al ver a los colonizadores porque no usaban herramientas en el sentido clásico del término. No producían emisiones electromagnéticas ni tenían centrales eléctricas, carreteras, coches ni ciudades. Hasta donde sabemos, ni siquiera tenían agricultura. Sin embargo eran unos ases de la ingeniería genética. Si eso se combina con su territorialismo y su xenofobia radicales, el resultado es predecible, teniendo en cuenta que toda su historia evolutiva había estado encaminada hacia la lucha con individuos de su propia especie y con todo lo demás que había en su planeta de mierda por una estrecha franja de territorio habitable. Ahí está la explicación del fiasco de la misión de cabeza de puente en Roanoke.

Pienso en Jerrol y en el amiguito gigantón que excavó el túnel anoche. En Roanoke murió todo el mundo porque allí vivían seres sentientes y los colonizadores no se dieron cuenta de ello hasta que ya fue tarde. Me pregunto si alguien como yo tuvo un encontronazo con uno de los habitantes autóctonos de Roanoke, lo identificó como ser sentiente y no informó de ello a Comandancia.

Un gran número de misiones de cabeza de puente fracasan por un motivo u otro. Sinceramente, odiaría que esta fracasara por mi culpa.

Ya se extingue el resplandor postrero de la puesta de sol en el horizonte y se ven las primeras estrellas en el este. Hace diez minutos que hemos salido de la esclusa y nos hemos alejado alrededor de medio kilómetro del perímetro de seguridad. Dugan está hablando con Berto y con Nasha por la radio sobre dónde es más probable encontrar un gusano pero no un centenar cuando Cat se acerca a mí caminando pesadamente. En el depósito de armas nuestros ojos quedaban más o menos a la misma altura, pero ahora yo estoy encima de casi un metro de nieve y ella tiene que estirar el cuello para mirarme.

—Hola —dice—. ¿Por qué llevas el AL? Pensaba que todos debíamos llevar burners.

Tardo un momento en comprender que se refiere a mi arma. La verdad es que en este momento no me apetece entrar en detalles sobre la aversión que tengo a los burners desde el episodio con Jemma. Esta persona es una auténtica desconocida para mí, e incluso pasados nueve años todavía me parece una historia demasiado personal.

—Por ninguna razón en particular —respondo—. Solo es una sensación.

—¿Una sensación? Está bien dejarse llevar por una sensación cuando se trata de elegir la ropa para una primera cita, pero es raro hacerlo para escoger el arma, ¿no crees?

Vale. Parece ser que no va a dejar el tema.

—Mi sensación, para ser concreto, es que no creo que los burners sean eficaces contra los gusanos.

—Ah. ¿Lo dices por experiencia personal?

Me encojo de hombros. No puedo ver su cara a través de la visera con efecto de espejo, pero capto un ligero tono de preocupación en su voz.

—No es eso. Cuando estábamos en el depósito de armas me he preguntado qué elegiría para esta misión en circunstancias normales.

Cat ladea la cabeza.

—¿Y?

—Un burner. Sin dudarlo. La cadencia de fuego máxima de esta arma es de un disparo por segundo y pesa un huevo. O sea, no pesa tanto como esa estúpida armadura, pero casi.

—No lo pillo.

Sonrío, aunque ella no puede verlo porque el reciclador de aire me tapa la boca.

—Esas criaturas ya me han matado dos veces haciendo lo que hago siempre. Así que esta vez he decidido hacer lo contrario.

Cat asiente con la cabeza.

—Ahora lo pillo. Es una actitud muy zen, Barnes.

—Bueno, me reencarno continuamente.

—Eso es verdad —dice Cat—. Quieres alcanzar el nirvana, ¿eh?

Me parece que es un momento raro para hacer bromas, pero ¿qué más da? Niego con la cabeza.

—No lo creo. No me extrañaría regresar reencarnado en una tenia o algo así.

—Pero siempre te despiertas siendo tú. A lo mejor Mickey Barnes es lo más bajo a lo que puedes llegar desde el punto de vista del karma.

Miro en derredor. No parece estar pasando nada importante.

—Sí, supongo.

Dugan está hundido hasta la cintura en la nieve a una veintena de metros de mí. Aún está charlando con Berto. Podría decirle dónde puede encontrar un montón de gusanos, o al menos uno bien grande, pero imagino que no todos recibirían la información con la misma alegría. Alzo la vista al cielo. Hace una noche bonita para lo que es habitual en Niflheim. El cielo está despejado y tiene un intenso color negro. La luz que emana de la cúpula solo hace visibles unas pocas estrellas, pero estas son unas esquirlas duras y brillantes de plata.

—Oye, tú y yo nunca habíamos charlado antes, ¿verdad?

Vuelvo a mirar a Cat. Está observando a Dugan con una mano apoyada en el burner.

—No que yo recuerde —respondo.

—Qué raro, ¿no? ¿Has estado evitándome?

Estoy a punto de decirle que no, que no es raro que nunca hayamos hablado, porque la mitad de la gente de la Drakkar me considera una especie de abominación y a la otra mitad le doy repelús. De manera que en los últimos nueve años no me he relacionado con nadie que no se acercara primero a mí, lo cual, al parecer, ella nunca había hecho. Sin embargo, antes de que pueda decírselo, suena y se apaga el gemido de la gravedad cuando Nasha pasa por encima de nosotros a unos sesenta metros de altura.

—Vamos —dice Dugan por la radio—. Nos movemos.

Avanzamos trabajosamente hacia el norte, dejando la cúpula a nuestra espalda, en dirección al lugar por el que salí de los túneles esta mañana. ¿Qué haría Dugan si mi amigote emergiera de la nieve delante de él?

—¿Ha pasado algo gracioso? —pregunta Cat.

—No —respondo—, solo estaba acordándome de una cosa que me pasó una vez.

—Cuéntamelo. Esto es un aburrimiento.

Por supuesto, no puedo contárselo. Tampoco puedo decirle que no puedo contárselo porque entonces tendría que explicarle el porqué. Sin embargo, no tengo que preocuparme por encontrar la manera de salir de este apuro porque Dugan se pone a chillar. Está chillando y bailando.

—¡Eh! —exclama Cat—. ¿Qué demonios…?

En eso Dugan levanta la pierna derecha para sacarla de la nieve y veo que un gusano se ha enganchado a ella. Veo también unas manchas marrones en su traje acorazado allí donde la criatura ha clavado sus piececitos puntiagudos mientras mordisquea con sus mandíbulas la costura del traje situada en la parte posterior de la rodilla.

Los acontecimientos se suceden con rapidez. Los otros dos seguratas, que no se han separado de Dugan durante los últimos diez minutos, apuntan sus burners a la pierna del biólogo. Al principio da la impresión de que Dugan los anima para que disparen, pero entonces su armadura comienza a brillar y el gusano continúa mordisqueándolo y hundiendo sus patitas en el material cada vez más blando del traje acorazado. Entonces brota un chorro de vapor de la nieve que los oculta y los chillidos de Dugan se convierten en unos alaridos desgarradores. Yo me doy la vuelta y diviso una roca de granito gris a unos treinta metros. Echo a correr hacia allí.

Correr con raquetas no es práctico ni divertido. No he dado ni tres pasos cuando caigo de bruces al suelo. Me revuelvo en la nieve, convencido de que en cualquier momento sentiré las mandíbulas de un gusano clavándose en mi nuca, pero entonces un par de guantes motorizados me agarran el brazo y me levantan.

—¡Vamos! —grita Cat—. ¡No te quedes parado!

Me da un empujón en la espalda que casi me tira de nuevo al suelo. Oigo los esforzados pasos de Cat a mi espalda y, un poco más lejanos, las imprecaciones y los gritos de los otros dos seguratas. Me arriesgo a echar un vistazo atrás. Una racha de viento del norte ha disipado el vapor. Dugan ha desaparecido, supongo que arrastrado debajo de la nieve. Los otros dos agentes de Seguridad siguen en pie, pero no creo que eso dure mucho porque cada uno de ellos tiene encima un par de gusanos.

Subo a la roca y me paso el acelerador que llevo colgado a la espalda por debajo del brazo para empuñarlo. Mi mano izquierda tiembla bajo el gran peso del cañón. Cat se pone a mi lado encima de la roca un segundo después. Estamos medio metro por encima de la nieve en una isla de granito de unos tres metros de ancho. Un gusano asoma la cabeza tan cerca de mí que casi puedo tocarlo. Apunto y disparo. El retroceso del acelerador me lanza contra Cat en el mismo instante en el que los primeros tres segmentos del gusano explotan convertidos en una lluvia de metralla.

—Mierda —exclama Cat—. Bravo por el zen.

Los otros dos seguratas ya han desaparecido, aunque me parece distinguir un movimiento de forcejeo debajo de la nieve. Abro la boca para hablar, pero entonces un estruendo de gravedad anuncia la llegada de Berto. Dos focos nos iluminan antes de desviarse hacia el lugar donde han caído Dugan y los demás.

—¿Habéis conseguido la muestra? —pregunta Berto por la radio.

—Una parte de una.

Bajo de un salto de la roca y recojo lo que queda del gusano. La pinza de la nave de Berto ya está descendiendo. Vuelvo a subir a la roca y le entrego el gusano a Cat, luego acoplo su traje acorazado a la pinza. Ella me rodea con un brazo y ascendemos juntos. Cuando unos segundos después miro abajo, la superficie de granito está infestada de gusanos. En cuanto entramos en la bodega de Berto, Nasha aparece chillando en vuelo rasante y dispara los dos primeros misiles. Las puertas de la bodega se cierran violentamente y nos alejamos de allí deslizándonos por encima de la primera oleada de plasma.

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