Mickey7

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Las misiones suicidas como esta cacería de gamusinos de Marshall ya se han convertido en algo rutinario para mí. Ahora bien, eso de que me rescaten es nuevo. Esta parte es un poco desconcertante. Antes de poner en escena mi simulacro de ejecución, Jemma se aseguró de que tenía absolutamente claro lo que debía esperar en situaciones como esta, y te aseguro que no era que Berto apareciera de repente convertido en mi ángel de la guarda y me salvara.

A veces pienso que no fue tan bueno el trabajo que Jemma hizo conmigo y que no fue capaz de transmitirme lo que significa de verdad ser un Prescindible. Después de que la Drakkar zarpara y saliera de la órbita de Midgard, pasé las primeras semanas de viaje deambulando desganadamente por los pasillos de la nave, esperando a que ocurriera alguna de las cosas para las que Jemma me había preparado, como que me pidieran que me metiera en los motores, o que saliera al espacio, o que pusiera la cabeza en una batidora para comprobar si las cuchillas estaban afiladas.

Sin embargo no pasó nada de eso durante mucho tiempo. La Drakkar representaba una parte muy importante de la riqueza acumulada de Midgard, así que los ingenieros de sistemas habían volcado todos sus esfuerzos en asegurarse en la medida de lo posible de que no explotaría antes de llegar a su destino. Por otra parte, en contra de todas mis expectativas, nadie mostró un interés especial en matarme por diversión.

A medida que pasaba el tiempo sin que se produjeran desastres y yo le daba más vueltas en la cabeza a todo lo que implicaba nuestra misión, más crecían mis expectativas de llegar a Niflheim sin pasar por el tanque. Es decir, todo el mundo sabe que los viajes interestelares son un muermo, ¿no? Sobre todo después de la fase de aceleración, cuando los motores están a pleno rendimiento, toda la nave soporta una gran presión y piensas que todo lo que puede romperse se romperá. La fase de crucero de una misión colonizadora resulta ser tan monótona como un desierto de arena.

Hasta que deja de serlo.

Lo último que recuerdo de mi vida en el cuerpo en el que nací es que un técnico me quitó el casco de las subidas de las copias de seguridad mientras mis brazos y mis piernas se agitaban espasmódicamente y la sangre escapaba por mi nariz y mi boca y formaba un charco debajo de mi piel llena de ampollas. Había pasado casi un año desde nuestra partida de Midgard. Habíamos realizado la primera aceleración, atravesado la heliopausa de nuestro sol a una velocidad subrelativista, habíamos arrancado los motores para una segunda aceleración, y finalmente nos habíamos instalado en una velocidad solo un pelo por debajo de 0,9 c para la larga travesía hasta Niflheim.

En general, la vida a bordo de la Drakkar era sencilla. A ojos de la tripulación, los colonizadores que viajaban con ellos eran poco más que equipaje. Y yo más que nadie, ya que no estaba adscrito a ningún departamento en particular. Se suponía que tenía que hacer dos horas de formación diarias, rotando entre las distintas secciones según las necesidades. Pero a muchas de las personas que debían formarme les provocaba escalofríos mi presencia, y los demás, la mayoría ingenieros, estaban demasiado ocupados haciendo su trabajo y no podían dedicar una parte de su tiempo a instruir a alguien sin conocimientos técnicos previos, así que lo más habitual era que recibiera dos horas de formación a la semana. Aparte de eso, durante el resto del día me alimentaba, me echaba siestas y mataba el tiempo con Berto en las zonas comunes, donde resolvíamos rompecabezas en nuestras tabletas. Un poco de gravedad y no diferiría demasiado de lo que había sido mi vida en Midgard.

Pero estaban a punto de recordarme que no estábamos en Midgard. Viajábamos por el espacio interestelar a doscientos setenta millones de metros por segundo. A esas velocidades, la física de partículas pasa del señor Newton y la cosa se desmadra.

El espacio, como Jemma me explicó detalladamente, no está tan vacío como podría pensarse. Un metro cúbico de lo que consideraríamos vacío en realidad contiene del orden de cien mil átomos de hidrógeno, por ejemplo. En reposo, los átomos de hidrógeno son inofensivos, pero a 0,9 c se convierten en peligrosos proyectiles. La Drakkar tenía en su morro un generador de campo que los desviaba y los transformaba en unos haces continuos de rayos cósmicos que envolvían la superficie del casco de la nave mientras atravesábamos el medio interestelar. Por lo tanto no eran un problema siempre y cuando permanecieras dentro de la nave, y eso era algo que, posiblemente aparte de mí, estaba decidido a hacer todo el mundo durante el tiempo que durara el viaje.

El espacio interestelar también contiene partículas de polvo, en un volumen de apenas un metro cúbico por cada millón de metros cúbicos de espacio, pero cada metro cuadrado de superficie de la Drakkar atravesaba doscientos setenta millones de metros cúbicos de espacio por segundo, así que también eran bastante frecuentes los impactos con polvo cósmico. La mayor parte de las partículas de polvo tenían la carga suficiente para que nuestro generador de campo las canalizara y evitar de esa manera que chocaran con el casco de la nave. Pero algunas no, y estas producían una secuencia ininterrumpida de pequeñas explosiones contra el cono del morro. No obstante, la nave estaba diseñada para soportarlas. El blindaje del morro era de un material ablativo, y lo bastante grueso para aguantar el desgaste de veinte años o más de uso normal de la nave. Sin embargo no estaba diseñado para soportar el impacto de algo mayor que un grano de arena.

Para ser justo con la gente que montó la Drakkar, tengo que reconocer que, una vez que pasas la heliopausa, es muy raro encontrarse cosas mayores que eso, y no existe un blindaje lo suficientemente grueso para protegerte de un gran objeto. A la velocidad de crucero de la Drakkar, una roca del tamaño de mi cabeza lleva la energía de cien bombas nucleares.

Por suerte, el objeto que chocó con nosotros no era tan grande.

Evidentemente, no sabemos qué era exactamente ese objeto, pues el impacto lo redujo a los quarks y los gluones que lo componían. Aunque sabemos que tenía una masa de entre quince y veinte gramos. Uno de los ingenieros la calculó basándose en el volumen del blindaje que se vaporizó y la cantidad de energía cinética que la nave perdió por el impacto.

La sacudida fue importante, por cierto. Estábamos en caída libre, así que la mayoría de las cosas estaban convenientemente aseguradas, pero todo lo que no lo estaba, incluido un número nada despreciable de tripulantes, salió disparado contra los mamparos. Hubo un par de brazos rotos, y una conmoción cerebral grave. Yo me golpeé con el borde una mesa al caer y me torcí un tobillo.

Nadie se preocupó de eso. En el cono del morro había un agujero y uno de los módulos del generador de campo había desaparecido. El veinte por ciento del volumen interior de la nave estaba inundado de repente por una intensa radiación.

Era mi momento de gloria.

El aviso llegó de Maggie Ling, que era la jefa del departamento de Ingeniería de Sistemas durante el viaje. Se reunió conmigo en el cuarto de máquinas, que era el compartimento seguro más próximo a la escotilla de acceso al cono del morro. Dos miembros de su departamento me metieron en un traje espacial mientras ella me explicaba con pelos y señales lo que necesitaba que hiciera.

—Creemos que el sistema de inyección de energía está agujereado. No estamos seguros, pero no tenemos tiempo para andar enredando, así que vas a sustituir la unidad entera.

Otro de los ingenieros acababa de sacar de un cajón de embalaje un cubo plateado cuyas caras medían unos cincuenta centímetros cuadrados. De uno de los lados sobresalían unos cables con un conector, y en otro tenía un par de palancas.

—Cuando termines —continuó Maggie—, si puedes, trae la unidad vieja.

—¿Si puedo?

—Sí, antes de morir. Ese compartimento está abierto al espacio ahora mismo. Hasta que consigas poner en funcionamiento la nueva unidad, estarás absorbiendo una dosis de radiación letal cada 3,5 segundos.

Debí mirarla raro en ese momento, porque puso los ojos en blanco.

—No te preocupes. Eso no significa que vayas a morir en cuanto entres por esa escotilla. Es sorprendente lo que tarda el cuerpo humano en dejar de funcionar, incluso tras sufrir un bombardeo de dosis letales. Siempre y cuando no recibas el impacto directo de una partícula de polvo, deberías disponer del tiempo suficiente para subir la copia de seguridad antes de morir, y ya tenemos tu réplica cocinándose en el tanque.

En su breve exposición había un montón de cosas que deseaba discutir, empezando por el hecho de que me preocupaba mucho más la certeza de que iba a morir que la duración precisa del proceso, o si me daría tiempo a subir la copia de seguridad antes de que eso ocurriera, y continuando por la seguridad que tenía Maggie Ling de que iba a hacer aquello a pesar de que en realidad nadie me lo había pedido.

Sin embargo, el hecho era que… ella tenía razón. Iba a hacerlo. Jemma no había escatimado en explicaciones para dejarme clara la importancia del generador de campo, y yo era plenamente consciente de lo jodidos que estaríamos hasta que se sustituyera esa unidad.

Cuando terminaron de ponerme el casco, levanté con sumo cuidado el generador en mis manos y enfilé hacia la esclusa de aire portátil que habían montado delante de la escotilla de acceso.

—¿He mencionado que tenemos un poco de prisa? —me preguntó Maggie por la radio.

Gruñí una respuesta, pero no me di más prisa. En caída libre, los objetos pesados no tienen peso, pero conservan la masa, y es muy fácil cargarse algo si te mueves demasiado deprisa. Cuando finalmente entré en la esclusa, sellaron la puerta a mi espalda y mi traje comenzó a ponerse tirante a medida que vaciaban la cámara. Cuando el silbido del aire extraído de la esclusa cesó, la escotilla se abrió.

El generador de campo estaba formado por seis cubos, todos ellos idénticos al que yo tenía en las manos. Enseguida vi cuál de ellos era el problema. La unidad que quedaba más cerca de mí tenía un agujero con el borde ennegrecido de unos dos o tres centímetros de diámetro en su cara superior. Miré arriba. En el techo de la cámara había un agujero un poco más grande por el que pasaba un rayo de luz azulada que iluminaba como si fuera un foco la parte superior de la unidad estropeada.

Más o menos en ese momento se me empezó a quemar la piel.

Al principio no dolía mucho. Como me habían dicho tanto Maggie como Jemma, es sorprendente la lentitud con la que el cuerpo humano reacciona al envenenamiento agudo por radiación. Arranqué los cables de la unidad rota, solté los enganches que la sujetaban al suelo y la levanté para sacarla sin demasiados problemas. Sin embargo, cuando fui a colocar la nueva, mi cabeza debió pasar a través de ese haz de luz.

Unos diez segundos después me quedé ciego.

Para entonces ya habían empezado a salirme ampollas en las manos y había perdido casi por completo el sentido del tacto. Enganché la unidad en su sitio y conecté el primer cable, pero cuando fui a conectar el segundo no encontraba el puerto de conexión por ninguna parte. Lo busqué a tientas unos segundos con el cable en la mano, presa del pánico. Maggie habló en mi oído.

—¿Barnes? ¿Estás bien?

Intenté responder que no, pero tenía la lengua demasiado hinchada para hablar y lo único que salió de mi boca fue un gemido.

—Para —me dijo—. No tires del cable.

Paré, o al menos lo intenté, porque me temblaba demasiado el cuerpo como para estar quieto.

Busqué a ciegas el canto de la unidad y agaché la cabeza hacia donde calculaba que debía estar el puerto de conexión.

—Vale —dijo Maggie—. Mantén la cámara ahí. Ahora mueve el conector hacia la izquierda, aproximadamente diez centímetros.

Deslicé el conector por el suelo.

—Bien —dijo Maggie—, ahora muévelo hacia delante unos tres centímetros… Uno a la derecha… Uno atrás. Aprieta.

Noté el clic que hizo el conector al entrar en el puerto.

—Perfecto —me felicitó Maggie—. Campo restablecido. Buen trabajo, Barnes. Ahora intenta relajarte. Enviaremos a alguien a buscarte.

Es sorprendentemente difícil relajarse cuando tu cuerpo se está quemando por dentro. Si hubiera podido hacer saltar los cierres del casco y despresurizarme allí mismo, lo habría hecho, pero mis manos estaban peor que inutilizables, con los dedos demasiado hinchados para flexionarlos, así que dejé que mi cuerpo tembloroso flotara mientras yo gemía y apretaba los dientes en espera de que alguien me llevara de nuevo al mundo.

Comprendo por qué me obligaron a subir una actualización antes de dejarme morir. Jemma también se encargó de explicármelo. El conocimiento y la experiencia adquiridos durante una situación crítica son valiosísimos, y no se puede permitir que se pierdan con una réplica concreta de mí.

No obstante hay cosas que sería mejor olvidarlas.

La situación era ligeramente menos crítica cuando salí del tanque convertido en Mickey2. El generador de campo funcionaba y las condiciones dentro de la Drakkar habían regresado casi a la plena normalidad, al menos si se dejaba de lado el hecho de que treinta y cuatro personas sufrían en mayor o menor grado un envenenamiento por radiación debido a que se encontraban en sitios equivocados de la nave cuando el campo se apagó. Sin embargo, todavía teníamos un agujero en el casco, y solo con que una partícula de polvo siguiera la trayectoria correcta regresaríamos a la casilla de salida. Por lo tanto, en cuanto desperté y estuve listo para volver al trabajo, Maggie y su equipo me metieron en otro traje espacial y me sacaron de la nave cargado con un bidón lleno de nanorrobots de alta densidad para parches de emergencia, tras una clase de cinco minutos sobre cómo utilizarlos.

La máxima densidad del flujo de protones canalizados a lo largo del casco se encontraba a unos dos metros de la superficie de la nave. Maggie me dijo que, si me mantenía pegado al casco y tenía la suerte de que ninguna partícula de polvo chocaba conmigo, era bastante posible que mi exposición fuera tan baja que sobreviviera. Así que lo intenté. En lugar de darme simplemente unas sujeciones de fuerza para las botas, como las que Jemma y yo usábamos cuando salíamos de excursión en la órbita de Midgard, Maggie me ató una especie de imanes a las palmas de las manos y las rodillas. Salí por la esclusa delantera y gateé durante cien metros o así hasta el lugar del impacto.

Al principio pensé que saldría airoso de esta. Sin embargo, según me acercaba al morro de la nave se estrechaba la distancia entre la superficie y el flujo de protones. Empecé a ver unos destellos de luz cuando me separaban unos veinte metros del orificio, y cuando llegué a él veía borroso y en mi boca se había instalado un sabor a hierro. Me descolgué de la espalda el bidón con los nanorrobots, saqué el aplicador y apreté el gatillo.

Los nanorrobots salieron como un chorro denso y pegajoso, se aferraron a las paredes irregulares del agujero y, antes de que terminara de aplicarlos, comenzaron a unirse para formar el mismo material hiperdenso del blindaje del casco.

Tardé unos veinte minutos en vaciar el bidón. En el sitio donde había estado el agujero había ahora un pegote viscoso. En el curso de los minutos siguientes, el montón pegajoso fue aplanándose y alisándose hasta que llegó un momento en el que habría sido necesario un microscopio electrónico para encontrar la diferencia entre el parche y el blindaje original.

Solo sé todo esto porque, cuando a la mañana siguiente salí del tanque como Mickey3, lo primero que me pidieron que hiciera fue ver y escuchar la grabación realizada por la cámara de mi traje, hasta el momento en el que, a mitad del camino de vuelta a la esclusa, dejaba de moverme, hacía saltar los cierres del cuello de mi traje y le mostraba mi cara descubierta al universo.

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