Mickey7
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—Bueno —dice Berto desde la cabina—, podría haber ido mejor.
Cat le lanza una mirada asesina. La sensibilidad nunca ha sido el punto fuerte de Berto.
—Acaban de morir tres personas —digo.
—Ya, lo he visto —responde Berto—. ¿Qué diablos ha pasado? Me pareció ver que los de Seguridad apuntaban con sus armas a Dugan.
—Intentaban salvarlo —aclara Cat.
—Pues vaya manera de hacerlo —comenta Berto mientras viramos por encima de la cúpula principal y reducimos la velocidad para planear hacia la pista de aterrizaje—. Ni siquiera un traje acorazado aguanta mucho tiempo el disparo de un burner a máxima potencia. ¿En qué estaban pensando?
Miro de soslayo a Cat. Tiene los puños apretados.
—Pensaban en que Dugan tenía dos gusanos en la pierna —espeta Cat—. Y, no es por nada pero eran amigos míos, capullo. Y, tampoco por nada, pero si nos hubieras avisado de que estábamos encima de un nido la misión habría ido un poco mejor, ¿no crees?
Berto echa un vistazo atrás desde la cabina cuando nos posamos en la pista. Me sorprende ligeramente advertir que se siente avergonzado.
—Lo siento —dice—. No quería parecer irrespetuoso.
—Ya, bueno, pues has sido irrespetuoso —responde Cat.
Berto apaga el motor del lifter y se pone con las comprobaciones que debe realizar después de cada aterrizaje. Noto que mi peso aplasta un poco el acolchamiento de mi asiento plegable a medida que se disipa la gravedad.
—Siento mucho lo que ha pasado —insiste Berto—. Os habría avisado si hubiera podido. No sé de dónde salieron esas cosas, pero no se movían debajo de la nieve. Mi georradar no detectó nada la última vez que pasé por encima de vosotros, y el ataque se produjo menos de un minuto después.
—Da igual —dice Cat. No puedo verle la cara al otro lado de la visera, pero oigo el gesto ceñudo en su voz.
—En fin —dice Berto—, misión cumplida, ¿no?
Cat y yo nos desabrochamos los cinturones mientras él se levanta de su asiento y se acerca a nosotros. En el suelo está lo que queda del gusano. Berto le da un golpecito con la punta de la bota. Dos patas de la criatura se agitan y Berto está a punto de trastabillarse al retirar el pie.
—¡Joder! —exclama. Cuando recupera el equilibrio hace una mueca y vuelve a adelantarse para sentarse en cuclillas entre nosotros. El cuerpo del gusano está vibrando. Berto le toca el carapacho con un dedo, pero esta vez el gusano no reacciona—. Bueno, solo espero que haya valido la pena.
—Voy a necesitar su ayuda —dice Marshall—. Porque tengo serios problemas para entender cómo es posible que hayamos perdido tres personas en las últimas dos horas, cuatro si contamos a Gallaher, cinco si incluimos a Torricelli, y usted no sea ninguna de ellas.
Cat se revuelve en su silla, a mi lado. Marshall se echa hacia delante, con los codos apoyados en el escritorio. No da la impresión de que esté tratando de decidir si matarme o no, sino más bien el método que utilizará para hacerlo.
—Tiene razón, señor. Le pido disculpas por sobrevivir. Intentaré hacerlo mejor la próxima vez.
Mis palabras hacen que se levante de la silla.
—¡Ahórrese esa mierda, Barnes! ¡Usted es un Prescindible! ¡No tiene que preocuparse por sobrevivir!
Me limpio su saliva de la frente mientras él vuelve a sentarse lentamente.
—Ahora quiero que me explique de manera clara y concisa por qué decidió salvar su culo en lugar de ayudar al señor Dugan. Piénselo bien antes de hablar, Barnes, porque si su respuesta no me convence, lo arrojaré con mis propias manos al pozo de los cadáveres con los huevos por delante.
—Señor… —interviene Cat.
—Silencio, Chen. Me ocuparé de usted cuando acabe con él.
Me miran los dos, Cat con una mezcla de compasión y de preocupación; Marshall con la misma expresión con la que un halcón miraría a un ratón de campo.
—Bueno… —empiezo a decir, pero entonces me entran las dudas. Pensaba mencionar lo fácil que es decir que a mí no debería preocuparme si sobrevivo o no cuando uno está cómodamente sentado y fuera de todo peligro dentro del cuerpo en el que nació, mientras que a mí me devoran o me disuelven cada seis semanas, pero al mirarle la cara a Marshall de repente me doy cuenta de que es posible que hablara en serio cuando ha dicho lo de tirarme al pozo de los cadáveres, así que empiezo de nuevo—: Bueno, señor, nos enviaron allí con un objetivo. Nos ordenó que capturáramos un gusano. Después de lo que les pasó a Torricelli y a Gallaher, todos éramos plenamente conscientes de lo peligrosa que era la misión, pero usted decidió seguir adelante de todos modos. Por lo tanto, llegué a la conclusión de que nuestra prioridad era cumplir la tarea para la que nos envió allí. Cuando nos dimos cuenta de lo que le estaba pasando al señor Dugan, estimé que no podíamos hacer nada para ayudarlo. Así pues, decidí concentrar todos mis esfuerzos en cumplir la misión… Lo cual, me gustaría apuntar, hice con éxito.
Marshall me mira fijamente durante lo que me parece una eternidad.
—Lo que está diciendo, pues, es que lo que he visto en el vídeo grabado por Gomez no es en realidad usted huyendo aterrorizado para salvar la vida, sino haciendo todo lo necesario para cumplir la misión y proteger la colonia sin perder la calma en ningún momento. ¿Lo he entendido bien?
Miro a Cat, que se encoge de hombros.
—Esto… Sí.
El silencio se extiende durante cinco largos segundos. Cat abre la boca para hablar, pero Marshall la manda callar con la mirada.
—¿Sabía antes de salir de la cúpula que nuestros burners eran ineficaces con esas criaturas?
—No —respondo—. No estaba seguro.
—¿Por qué eligió entonces llevar un acelerador?
—Principalmente porque estoy más entrenado en el uso del acelerador que en el del burner, señor. También porque sabía que llevaba un burner en las dos ocasiones anteriores en las que me había topado con los gusanos y no sobreviví a ninguno de esos encuentros. Por lo tanto, me pareció buena idea cambiar de táctica.
Las cejas de Marshall se juntan en su ceño y se dibuja una línea recta en sus labios apretados. Me aventuro a mirar de soslayo a Cat. Ella mantiene la vista fija al frente. Marshall se vuelve hacia ella.
—¿Y usted, Chen? ¿Cómo explica sus actos? ¿Acaso no estaba allí para proteger al señor Dugan?
—Sí, señor.
—Y lo abandonó porque…
—Lo abandoné porque vi lo que estaba pasando, señor. Los otros dos agentes de seguridad eran amigos míos. Si hubiera creído que podía hacer algo para ayudarlos, lo habría hecho. Pero la verdad es que nuestras armas eran ineficaces y no se me ocurría una razón para morir devorada por los gusanos junto al señor Dugan.
—El arma de Barnes era eficaz, se la podría haber cogido.
—Es cierto —replicó Cat—, pero no habría servido de nada. Un acelerador lineal no es un arma de precisión, señor. Le podría haber reventado la pierna al señor Dugan, pero en ningún caso lo habría salvado.
Marshall se recuesta en su silla y se pasa las manos por el pelo cortado al cepillo y salpicado de canas.
—Miren —dice—. La expedición partió con ciento noventa y ocho personas a bordo. Quedábamos ciento ochenta cuando aterrizamos en este planeta y ahora somos ciento setenta y cinco. Desde el punto de vista demográfico, nos acercamos a pasos agigantados al límite de una colonia cabeza de puente. Como consecuencia de ello, por desgracia no puedo arrojar a ninguno de ustedes dos al pozo de los cadáveres, ni siquiera imponerles un castigo severo, por mucho que me encantaría hacerlo.
»Barnes, tengo la firme sospecha de que sabe más sobre esas criaturas de lo que nos cuenta. Si resulta ser así, lo único que puedo hacer es pedirle que piense bien en lo que está haciendo, porque si esta colonia se va a pique, usted pasará el resto de sus días como aquel pobre cabrón enfermo de Roanoke, rodeado de un montón de Mickeys Barnes. Lo cual, y se lo digo por propia experiencia, que he tenido que convivir con uno, sería absolutamente insoportable.
»Chen, sinceramente, no sé qué hacer con usted ahora mismo. Empiezo a sospechar que podría haber tenido alguna clase de relación preexistente con Barnes, de la cual debería haber informado antes de salir para cumplir la misión. En el futuro, por favor, recuerde que debe informar a la Comandancia si existe la posibilidad de que sus asuntos personales interfieran en el desempeño de su deber.
Cat abre la boca para responder, pero Marshall corta el aire de lado a lado con la mano para interrumpirla.
—No quiero oírlo —dice el comandante—. Solo deseo que de ahora en adelante se lo piense bien a la hora de elegir a sus amigos.
Marshall me mira, luego mira a Cat y de nuevo a mí.
—Eso es todo. Márchense. Se les avisará cuando se les vuelva a necesitar.
—Ha sido divertido —comenta Cat.
Estamos en la cafetería, en el último turno de la cena. Hay al menos treinta personas en el comedor, repartidas en grupos de tres o cuatro, inclinadas sobre sus mesas y con las cabezas casi pegadas, charlando en voz baja. Cinco muertes en un día en una colonia cabeza de puente es una cosa seria, y la mayoría mantenemos la costumbre ancestral de la humanidad de poner de relieve lo estúpida que era la gente que acaba de fallecer con el fin de convencernos de que a nosotros no puede pasarnos lo mismo.
—Sí —digo—. No nos ha matado. Para mí eso es una victoria.
Cat sonríe. Está mucho más guapa vestida con el mono que con el traje de combate. Tiene un cara dulce con forma de corazón y lleva el cabello negro y denso recogido en una coleta que le cae sobre los hombros. Está comiendo con desgana los tomates asados y la paletilla de conejo con aspecto fibroso de su bandeja. Yo estoy entretenido con mi medio tazón de puré reciclado de cien kilocalorías. Sé que le prometí a Ocho el resto de nuestra ración del día, pero he estado a punto de morir mientras él se echaba una siesta. Eso hay que tenerlo en cuenta, ¿no?
—Bueno, Marshall piensa que estamos liados —digo.
Cat frunce el ceño y su rostro se endurece.
—Marshall puede irse a la mierda.
—¡Guau! —exclamo—. Menuda reacción. ¿Te molesta que alguien piense que estás liada con un Prescindible?
Cat niega con la cabeza.
—Qué va. Yo no soy natalista. Para mí eres igual que todos los demás bichos raros que se apuntaron a este viaje. Lo que no me gusta es que insinúe que no hice bien mi trabajo por culpa de mis hormonas. Es decir, no he oído que a ti te echara la bronca por eso, ¿no?
—Yo no… —Dejo la frase a medias porque estoy a punto de decir que yo no pienso que Marshall lo dijera en ese sentido, pero se me acaba de ocurrir que probablemente sí lo hiciera.
—Tú no ¿qué?
—Nada —digo—. Tienes toda la razón del mundo. A la mierda Marshall.
—Amén —dice Cat, y levanta el vaso de agua hacia mí—. A la mierda Marshall.
Hago chocar mi tazón con su vaso y bebemos.
Aprovecho que está distraída para robarle un tomate de la bandeja y me lo meto en la boca sin darle tiempo a reaccionar.
—¡Oye! —gruñe, y me da un puñetazo en el hombro lo suficientemente fuerte para hacerme un cardenal—. No juegues conmigo, Barnes. Si vuelves a tocar mi comida te romperé el brazo.
—Lo siento —me disculpo, y empujo mi tazón de puré hacia ella—. Coge un poco si quieres.
Ella vuelve a arrugar el ceño y lo empuja de nuevo hacia mí.
—Estoy bien, gracias. Si te apetece comer tomates, ¿por qué no vas a cogerlos? No me digas que agotaste tu ración diaria antes de salir para la misión.
—Pues sí, casi toda. Han sido unos días duros.
—Ah —dice—. Es cierto. Había olvidado que anoche moriste. Acabas de salir del tanque, ¿verdad? —Se mete una porción de comida en la boca, mastica y traga—. ¿Cómo es?
—¿El qué? ¿Salir del tanque?
Cat asiente con la cabeza, coge el hueso del conejo y lo roe para comerse la carne que hay alrededor de la articulación.
—Sí. Siempre me he preguntado cómo sería despertarse un día sabiendo que acabas de morir, que el cuerpo en el que estás era un puré de proteínas en la biorrecicladora solo unas horas antes. ¿Cómo se vive eso?
—Bueno… En el tanque no estás consciente. Te despiertas en la cama, un poco desorientado y con una resaca atroz y no recuerdas cómo has llegado allí. Piensas que quizá la noche anterior te la pasaste bebiendo, aunque tampoco lo recuerdas. Lo último que recuerdas es que estabas conectándote para subir la copia de seguridad.
Cat se inclina hacia mí y asiente.
—Claro. Ese es el momento en el que te das cuenta de lo que pasa.
—Sí, eso es. Ya lo he hecho siete veces, y siempre es como si me dieran una patada en la entrepierna.
Me regala una sonrisa compasiva, pero entonces sus ojos miran por encima de mi hombro y se pone seria. Me doy la vuelta y me encuentro a Nasha parada detrás de mí, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Hola, ¿qué tal con el comandante? —pregunta.
Me echo a un lado para hacerle un hueco. Ella pasa las piernas por encima del banco y se sienta.
—Bien —respondo—. Bueno, más bien diría que aceptable, supongo. Marshall me amenazó con tirarme al pozo de los cadáveres, pero al final no lo ha hecho.
Nasha hace una mueca.
—¿Aún cree que esa amenaza funciona? Después de lo que ese capullo te hizo cuando aterrizamos, no me explico que todavía piense que puede asustarte con eso.
Cat mira a Nasha y luego a mí.
—Bueno —dice—. Le amenazó con tirarlo con los huevos por delante.
Nasha niega con la cabeza y apoya una mano en mi espalda.
—Hermana, no tienes ni idea de por lo que ha pasado este hombre.
—¿Te refieres a tratamientos médicos?
—Me refiero a tratamientos médicos.
Cat mira a otro lado y se pone a roer de nuevo su paletilla de conejo. Le doy un leve codazo a Nasha. Cat ya ha tenido un día lo suficientemente duro y no es el momento de hurgar en la herida. Nasha suspira.
—Por cierto —dice Nasha—, siento lo que les ha pasado a Gillian y a Rob. Sé que erais amigos.
—Gracias —dice Cat—. Ya se lo he preguntado a Gomez, pero… ¿no visteis nada antes de que nos atacaran? O sea, de algún sitio tuvieron que salir, ¿no?
Nasha niega con la cabeza.
—No. Nada. Ni con la inspección visual ni con los infrarrojos ni con el georradar. Os juro que no vi nada la última vez que pasé por encima de vosotros.
—Ya, eso fue lo que nos dijo Gomez. Entre el paso de uno y de otro no pudimos estar más de treinta segundos solos. No se me ocurre una explicación.
—No sé —dice Nasha—. En la esclusa principal entraron por el suelo, ¿no? El georradar no penetra el granito. A lo mejor excavan galerías. ¡Dios mío, lo mismo están creando una red de túneles debajo de nuestros pies en este preciso momento!
Cat lanza una mirada al suelo.
—Gracias, Nasha. Ahora estoy más tranquila.
Nasha sonríe.
—La suerte es que todos tenemos los dormitorios arriba, ¿no?
—Sí —dice Cat—, es una suerte. —Juega desganadamente con el último trozo de piel de tomate que queda en su bandeja y luego me mira—. Vosotros estáis juntos desde siempre, ¿no? Desde Midgard.
Miro a Nasha. Ella se encoge de hombros.
—Casi. Por lo menos cuando no lo están devorando, o ardiendo, o lo aplasta una montaña de bidones. ¿Por qué? ¿Quieres intentarlo con él?
—No me convence —responde Cat—. ¿Por qué? ¿Valdrían la pena todos los problemas?
Nasha me mira con el rabillo del ojo.
—Es posible. Supongo que depende de lo que busques.
Noto cómo me pongo rojo cuando las dos se echan a reír.
—Es broma —dice Nasha, y me pasa un brazo por encima de los hombros—. Este es mío. Como le toques un pelo, te destriparé como si fueras un pez.
Cat levanta las manos en señal de rendición.
—Oh, no te preocupes. Este ladrón de tomates es todo tuyo. De hecho, ya me iba.
Cat se echa hacia atrás para apartarse de la mesa y recoge sus cosas. Cuando se ha ido, Nasha apoya su frente en la mía y me envuelve la cara con las manos.
—Ahora ya lo sabes. No solo la destriparía a ella.
Me da un beso rápido antes de ponerse en pie y marcharse.
Vuelvo a mi cuarto y me encuentro a Ocho sentado en mi silla, detrás de mi escritorio. Está leyendo algo en mi tableta, pero apaga el dispositivo cuando me oye entrar. Se ha quitado la venda compresiva de la muñeca sana.
—¿Qué tal? ¿Cómo ha ido?
—Genial —respondo—. Estamos solo a cinco muertos de conseguirte una habitación propia.
—Vaya. —Guarda la tableta en el cajón del escritorio, se pone en pie y se estira—. ¿Nosotros siempre hemos sido unos sociópatas o solo es una de tus innovaciones postsubida de copia de seguridad?
—¿Nosotros? ¿En serio estás hablando en plural?
Ocho sonríe.
—Lo siento. Los pronombres no se diseñaron para estas situaciones, ¿verdad?
—No, supongo que no. Y en respuesta a tu pregunta, no, no somos unos sociópatas. Pero sí unas personas muy hambrientas.
Ocho suelta una carcajada malhumorada.
—Oh, no, no quiero oír nada sobre hambre. Acabo de salir del tanque, ¿lo recuerdas? Intenta tú sobrevivir solo a base de puré reciclado nada más salir del tanque.
—Hablando de eso… Acabo de consumir cien kilocalorías. Solo te quedan doscientas. Lo siento.
La expresión de Ocho se endurece.
—Eso me pasa por ser bueno.
Niego con la cabeza.
—No es eso, Ocho. Casi me matan mientras tú dormías. Eso hay que tenerlo en cuenta.
—Quizá no lo haya mencionado, pero estoy literalmente muriéndome de hambre, Siete.
Tiene razón, por supuesto. Seis y yo no parábamos de echar pestes de las raciones cuando salimos del tanque, y eso que comíamos como reyes en comparación con la ración que le toca a Ocho. Me desabrocho la camisa y la dejo caer al suelo, me siento en la cama y me pongo a desatarme los cordones de las botas. Ocho se sienta a mi lado.
—Por cierto, ¿qué está pasando ahí fuera? El comunicado solo informa de que han muerto cuatro personas de manera accidental y otra ha desaparecido fuera de la cúpula. ¿Cómo ha sucedido?
Termino de desatarme las botas y me las saco. Me tumbo en la cama.
—Bueno —digo—. En primer lugar, siendo rigurosos, no todos murieron fuera. Uno lo hizo en la esclusa principal, la cual, por cierto, ha quedado fuera de servicio, ya que han usado el voladizo.
Mis palabras quedan flotando en el aire durante unos largos e incómodos segundos.
Junto las manos detrás de la cabeza y cierro los ojos.
—Contra los gusanos.
Ocho ríe, esta vez de una manera un poco más franca.
—Vale, ya lo pillo. Estás tomándome el pelo. Ahora, dime qué ha pasado de verdad.
—Es verdad, vertieron el plasma en la esclusa para cargarse a los gusanos que habían entrado haciendo un agujero en el suelo, y en el proceso frieron a un agonizante segurata llamado Gallaher.
—Los gusanos son animales, Siete. No se utiliza un plasma vivo para matar a un animal.
—Creo que no me has oído —insisto—. Entraron haciendo un agujero en el suelo.
—Con «haciendo un agujero» te refieres a que…
—A que perforaron directamente el suelo de la esclusa y arrancaron el metal.
—¿Arrancaron el metal? ¿Estás diciendo que… se lo llevaron?
Me encojo de hombros.
—Eso parece. Este planeta es pobre en metales, ya lo sabes. A lo mejor lo necesitaban para algo.
—Mmm… —murmura Ocho rascándose la coronilla—. Hazme un sitio.
Me desplazo hacia un lado en la cama y Ocho se tumba a mi lado. Todo este asunto de los dos Mickeys sigue pareciéndome extraño, pero me han pasado tantas cosas extrañas en las últimas veinticuatro horas que casi me he acostumbrado.
—Nadie pensaba que fueran inofensivos —dice Ocho—, pero cuesta asimilar que un ser vivo sea capaz de perforar el suelo de la nave, ¿no?
—No te diré que no. —Necesito bostezar antes de continuar hablando. Solo he dormido en periodos de dos horas desde hace dos noches—. No vi cómo lo hacían, si te soy sincero, pero sí vi el agujero en el suelo de la esclusa principal. También vi cómo un grupo de gusanos derribaban a dos seguratas enfundados en sus trajes acorazados y a un biólogo aterrorizado, y no fue un espectáculo bonito.
—¿Estás diciéndome que les viste atravesar con sus dientes una armadura de diez mil fibras?
—Bueno, eso exactamente no. Vi cómo envolvían con sus cuerpos las armaduras de diez mil fibras y vi caer a los tipos que las llevaban puestas. Pero doy por sentado que atravesaron las armaduras con sus dientes.
Ocho se incorpora apoyando un codo en la cama y se inclina hacia mí.
—Eso no tiene ni pies ni cabeza. Las especies no evolucionan con capacidades que no necesitan en su medio. ¿Por qué un gusano que vive en el hielo evolucionaría con unos dientes capaces de atravesar una armadura diseñada para detener el impacto de una descarga de diez gramos de un AL?
—Buena pregunta. —Vuelvo a bostezar—. Te prometo que te daré una respuesta igual de buena cuando me despierte.
Ocho continúa hablando, pero sus palabras van diluyéndose hasta convertirse en un zumbido de fondo. Lo último que recuerdo antes de dormirme es el ligero movimiento de la cama cuando Ocho se levanta.
Estas últimas semanas he tenido casi todas las noches el mismo… ¿sueño recurrente? No, supongo que más bien es una visión. Siempre me viene en el momento de quedarme dormido o cuando estoy despertándome. Es una de las razones por las que dejé de subir actualizaciones.
Me preocupa que pueda haberse producido un fallo técnico durante el proceso de regeneración. En el caso de que sea así, no quiero que se incluya en mi registro de personalidad.
Y más importante aún, no quiero que ningún psicólogo se entere y sugiera que quizá deberían desecharme y probar con uno nuevo.
En el sueño estoy en Midgard, en el bosque que cubre las cumbres de las montañas Ullr. Un sendero lo recorre, ochocientos kilómetros de naturaleza virgen llena de cascadas, vistas que se extienden un centenar de kilómetros y árboles que crecen allí desde hace trescientos años, pues se sembraron sus semillas durante los trabajos de terraformación originales. Lo he recorrido de punta a punta cuatro veces. En Midgard hay mucho espacio deshabitado, pero esas montañas son el lugar más solitario de un planeta casi desierto. Creo que nunca he visto más de dos o tres personas en todo el tiempo que he pasado allí.
En el sueño he acampado para pasar la noche. Estoy sentado en un tronco, delante de un pequeño fuego, y miro fijamente las llamas. Hasta ahí todo normal, ¿no? Quizá solo esté nostálgico. Pero entonces oigo un ruido, como un carraspeo. Levanto la mirada y veo una oruga gigante sentada al otro lado del fuego.
Sé que debería cagarme de miedo, pero no es así. Esta es la parte de la experiencia que se parece más a un sueño.
La oruga y yo charlamos, o al menos lo intentamos. Su boca se mueve y de ella salen unos sonidos que parecen palabras, pero no las entiendo. Le pido que pare, que hable más despacio, le digo que si pronunciara las palabras de una manera más clara quizá entendería lo que dice. Pero pasa de mí y sigue hablando hasta que empieza a dolerme la cabeza. Miro el fuego y me doy cuenta de que los troncos están recuperando su estado previo a encenderlo y que las llamas están absorbiendo el humo del aire, como si el tiempo corriera hacia atrás. Vuelvo a levantar la mirada y descubro que la oruga está desvaneciéndose, hasta que llega un momento en el que solo queda su sonrisa.
Finalmente, incluso su sonrisa desaparece, y entonces yo abandono ese mundo pseudorreal y me sumerjo en el sueño propiamente dicho, el mismo que he tenido durante años. Soy Mickey2 y estoy en la parte exterior del casco de la Drakkar, gateando de vuelta a la escotilla mientras la piel se desprende de mi cuerpo y mi sangre escapa de los vasos sanguíneos reventados y me empapa como si fuera el sudor durante un episodio de fiebre, se me mete en la boca y me inunda la garganta y los pulmones. Me detengo y busco a tientas los cierres que hay en mi cuello. Mis dedos parecen salchichas; están hinchados y reventados, pero milagrosamente consigo abrir un cierre y luego otro. Mi casco sale volando y el vacío absorbe todo lo que hay dentro de mí.
El aire.
La sangre.
Las heces.
Todo.
Ya debería estar muerto, pero no lo estoy y no sé por qué.
Despego los labios agrietados para tomar una bocanada de nada. Pero antes de gritar me despierto bruscamente, con los ojos como platos y sudando en la oscuridad impenetrable.