Mickey7
012
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Mickey2 fue mi reencarnación más breve.
Mickey3 la más longeva.
Tardé algún tiempo en reponerme de lo que le pasó a Uno. El primer beso nunca se olvida, ¿no? Pues bien, la primera muerte tampoco, y la que experimentó mi cuerpo original fue bastante traumática. Mi segunda muerte no debería haberme afectado tanto, sobre todo porque lo cierto era que no recordaba nada de lo que había vivido siendo él. Sin embargo, el hecho de saber que pasó por una experiencia tan atroz que hizo que la descompresión explosiva le pareciera una buena idea pesaba como una losa en mi conciencia. Durante mis primeras semanas siendo Tres casi siempre estaba hundido en el abatimiento; me sobresaltaba cada vez que oía un ruido un poco más alto de lo normal y esperaba que ocurriera algo malo.
Sin embargo, pasó el tiempo. Las semanas sumaron meses y estos se acumularon hasta casi completar un año tranquilo en el que no pasó nada malo. Resulta curioso, pero incluso esperar una muerte repentina y violenta acaba volviéndose aburrido transcurrido un tiempo.
Más o menos por esa época, mi interés general en la historia evolucionó hacia un interés morboso en las historias de las colonias fallidas. Nadie pensaría que en la biblioteca de la nave habría disponible material sobre ese tema (por ser negativo para la moral de la tripulación y cosas así), pero nada más lejos de la realidad. Mis profesores nunca hablaban de los fracasos en clase. No calificaría de propaganda lo que nos enseñaban en las escuelas, pero en todas las asignaturas, desde biología hasta historia o física, se aseguraban de introducir algún elemento que resaltara la importancia y la nobleza de la Diáspora, y, aunque nunca lo afirmaban abiertamente, en sus lecciones estaba implícita la idea de que la expansión de la humanidad por la galaxia había sido una sucesión ininterrumpida de éxitos. Por lo tanto, me sorprendió descubrir que había habido casi tantos fracasos como éxitos durante los últimos mil años.
Cuando los colonizadores embarcaban en una nave como la Drakkar, en realidad no tenían ni idea de lo que encontrarían al llegar a su destino. La física de los propulsores de antimateria dictamina que estos solo funcionan a gran escala, y la producción de antimateria es extraordinariamente compleja y cara, de manera que un planeta que desea lanzar una nave colonizadora solo puede permitirse enviar unas sondas a un reducido número de estrellas candidatas para llevar a cabo una exploración previa. Así que hay que arreglárselas con lo que se observa desde el sistema propio. Cuando nosotros partimos de Midgard, por ejemplo, sabíamos que nos dirigíamos a una estrella de tipo G de la secuencia principal. También sabíamos que por lo menos tenía tres planetas rocosos más bien pequeños y que uno de ellos se encontraba en el borde exterior de la zona de habitabilidad de la estrella. Y sabíamos que en ese planeta, nuestro destino, había vapor de agua y por lo menos algo de oxígeno libre en su atmósfera, lo que hizo que llegáramos a la conclusión de que era casi seguro que albergaba alguna forma de vida.
Eso era todo, la verdad… Y el hecho de que Midgard y Niflheim estaban relativamente cerca. También hay que señalar que nuestras capacidades de observación han mejorado extraordinariamente con el paso del tiempo, así que nosotros disponíamos de mucha más información que la mayoría de las naves colonizadoras. Uno de los testimonios más breves que encontré pertenecía a una expedición enviada desde el planeta de Asher hace algo más de cien años. El planeta de Asher se encuentra casi tan lejos en la dirección del límite como nosotros nos hemos aventurado a ir, y allí las estrellas están más dispersas. El destino de la misión se encontraba a unos veinte años luz, lo cual queda en la frontera del alcance de una nave colonizadora, y quizá incluso lo supere un poco. Los colonizadores adultos habían envejecido, estaban cansados y ya pasaban hambre cuando comenzaron la desaceleración, y su nave prácticamente se había caído a pedazos.
Por desgracia, su planeta de destino no estaba en la órbita esperada, sino una pizca demasiado cerca de su sol. El error se debía a que habían visto un espectro de absorción de moléculas de oxígeno en su atmósfera. Era cierto que había oxígeno, pero no agua en estado líquido, ya que la temperatura en la superficie era demasiado alta. La teoría decía que eso era imposible, pero el universo es un lugar curioso y así era. Conjeturaron que el planeta pudo haber sido habitable, que de hecho debió de estar habitado por unos organismos capaces de separar el carbono del dióxido de carbono para producir oxígeno libre, pero un devastador efecto invernadero, similar al que había llevado a los límites de lo habitable algunas zonas de la Tierra en los años previos a la Diáspora, había esterilizado el planeta en tiempos recientes. Si esa teoría era cierta, el oxígeno residual que habían detectado todavía no había tenido tiempo de unirse para salir de la atmósfera. He ahí la explicación.
Con cien años de trabajos de terraformación habrían salido adelante, pero no disponían de cien años. A juzgar por el estado en el que se encontraba su nave, es probable que ni siquiera les quedaran diez años. De manera que enviaron todos sus hallazgos a casa, luego pusieron la nave en una órbita estable, drogaron a todo el que quiso ser drogado y reventaron las esclusas de aire. Como Dos podría contarte, la descompresión explosiva no es divertida, pero al menos es rápida.
Me puse a pensar en Dos mientras leía esa crónica y eso me metió en una espiral que duró casi un mes entero.
Solo salí de ella gracias a Nasha.
Evidentemente, conocía de vista a Nasha desde los tiempos en la estación Himmel. Cuando vives en una lata gigante con poco más de doscientas personas, llega un momento en el que conoces de vista a todo el mundo. Sin embargo, nunca había hablado con ella, principalmente por la misma razón por la que no había hablado con casi ninguna de las personas que había a bordo de la Drakkar. La mayoría no quería saber nada de mí, y yo me vengaba no queriendo saber nada de ellos.
Puede decirse que nos conocimos de verdad tras la colisión que terminó matando a Uno y a Dos. Para entonces ya llevábamos algún tiempo en la fase de punto muerto del viaje y nos deslizábamos por el vacío a una velocidad que solo era un pelín por debajo de 0,9 c, sin gravedad, comiendo poco y muertos de aburrimiento. Comandancia había ordenado que todo el personal invirtiera al menos dos horas de su turno en la noria. En principio era para que todavía tuviéramos huesos y qué se yo cuando por fin aterrizáramos, pero creo que en realidad nos obligaban a ello para que no empezáramos a matarnos unos a otros simplemente por romper la monotonía.
La noria era exactamente eso: una rueda de unos ciento veinte metros de diámetro que daba vueltas alrededor de lo que podríamos considerar la cintura de la nave, con una superficie interior plana y tapizada de goma de unos seis metros de anchura. Rotaba a una velocidad de tres revoluciones por minuto, lo suficientemente alta para generar una fuerza de gravedad que era la mitad de la estándar y lo suficientemente baja para que la persona que estaba dentro pudiera mantenerse erguida sin que el efecto Coriolis le hiciera vomitar la comida.
Se suponía que mientras estábamos en la noria debíamos realizar ejercicio físico, pero a nadie parecía importarle de verdad lo que hiciéramos durante el tiempo que pasábamos allí. Siempre había alguien que te miraba mal cuando pasaba a tu lado y no te veía haciendo sentadillas, practicando yoga o krav maga, pero, hasta donde yo sé, nadie se tomó la molestia de rellenar un impreso para denunciar a un compañero.
Yo tenía la buena costumbre de correr alrededor de la rueda al menos un par de veces cada día, hasta que Uno y Dos murieron. A partir de entonces, sin embargo, mi motivación descendió extraordinariamente. Era absurdo que me preocupara por la densidad mineral de mis huesos y por mi tono muscular cuando mis huesos y mis músculos tenían la durabilidad de un yogur abierto, ¿no? Así que empecé a llevarme una tableta a la noria; buscaba un sitio lo más alejado posible de los que hacían sentadillas, apoyaba la espalda en la pared y me ponía a leer todo lo que encontraba sobre otras colonias cabeza de puente. Así es como me enteré de la suerte que corrieron la expedición del planeta de Asher, Roanoke y de muchos otros desastres recientes.
No me parece necesario señalar que esas lecturas no incrementaron mi motivación para hacer ejercicio.
Uno de esos días en la noria, sentado en cuclillas y con la espalda apoyada en la pared, leí el testimonio escrito en primera persona de una expedición que estuvo a punto de fracasar casi mil años antes, y que ahora era uno de los planetas más densamente poblados de la Unión. El problema había sido la agricultura, pero finalmente descubrieron que la culpa de que no creciera nada era de un virus endémico que se encontraba en el suelo. Entonces no disponían de biorrecicladoras y el narrador daba a entender que pasaron mucha hambre hasta que consiguieron resolver el misterio.
Yo estaba a punto de llegar a la parte en la que el director del departamento de Biología, que resultaba ser también el narrador, se erigía en el héroe salvador con un bacteriófago diseñado a medida para facilitar el crecimiento de plantas útiles para el ser humano (al mismo tiempo que eliminaba el microorganismo que hacía posible el crecimiento de las plantas autóctonas, de manera que se destruyó por completo el ecosistema local), cuando recibí un puntapié en la espalda lo suficientemente fuerte para doblarme por la mitad.
—Hola —dijo ella—. ¿No deberías estar haciendo flexiones?
Le clavé una mirada asesina. Ella sonrió y se agachó a mi lado.
—Solo estaba tomándote el pelo. Eres el Prescindible, ¿verdad?
—Me llamo Mickey Barnes. ¿Quién eres tú?
—Mickey Barnes, ¿eh? ¿No eres ahora Mickey3?
¡Ay!
—Sí, eso es —digo.
Ella apoyó la espalda en la pared. Suspiré, me puse derecho y me guardé la tableta en el bolsillo del pecho.
—Soy Nasha Adjaya. Piloto de combate.
La miré con el rabillo del ojo. Las trenzas le tapaban la cara, pero aún podía ver su sonrisa.
—Piloto de combate, ¿eh? Entonces eres colega de Berto.
—¿Gomez? Sí, no es mal tipo. Es mejor jugador de pogbol que piloto, pero nos llevamos bien.
Sonreí.
—Eso mismo pienso yo. Me pregunto cuál de sus dos habilidades será más necesaria cuando lleguemos a nuestro destino.
Nasha se inclinó hacia mí.
—¿No estarás cuestionando la importancia de los pilotos de combate para la misión?
—Bueno, más o menos. ¿Cuántos pilotos de combate son necesarios en una colonia cabeza de puente? Es decir, ¿esperan encontrar unas fuerzas aéreas en el planeta adonde nos dirigimos?
Su sonrisa se ensanchó.
—Supongo que nunca se sabe, ¿no? Solo porque nunca haya pasado no significa que no pueda pasar.
—Solo sois dos —repuse—, así que espero que las fuerzas aéreas del planeta no sean muy numerosas.
Nasha se echó a reír.
—No te preocupes, amigo. Soy una piloto de la hostia.
—Ya, seguro.
Los dos nos quedamos callados. Empezó a rondarme la idea de volver a sacar la tableta, o simplemente de levantarme y marcharme, pero entonces ella se volvió para mirarme. Yo también la miré. Se le había borrado la sonrisa de los labios y tenía los ojos entrecerrados. Sus iris eran tan oscuros que casi parecían negros.
—Bueno, ¿y qué se siente al morir?
Me encogí de hombros.
—Es como nacer pero al revés —respondí.
—¡Ja, ja, ja! ¡Buena respuesta! —Nasha volvió a sonreír—. ¿Sabes? No estás mal para ser un zombi.
—Gracias —respondí—. Uso mucha crema hidratante.
Nasha puso una mano en la mía y me acarició el antebrazo con un dedo.
—Te creo.
Su sonrisa se transformó en una mueca lujuriosa.
—Te… creo.
Más tarde, cuando estábamos semidesnudos y con los cuerpos entrelazados en la oscuridad de mi habitación, Nasha dijo:
—Quiero que sepas que no soy una cazafantasmas.
Fue la primera vez que oí ese término. Y no ha sido la última.
—¿Una cazafantasmas? —pregunté.
—Sí, ya sabes.
Esperé un momento a que siguiera hablando, pero me acarició en silencio la espalda y me pellizcó la oreja con la fuerza suficiente para provocarme un estremecimiento.
—No, no lo sé.
—Ah. Bueno, pero seguro que sabes que en esta nave hay un montón de natalistas, ¿no?
Fruncí el ceño.
—Sí, eso sí. Es una de las razones por las que apenas me relaciono con nadie.
—Bueno —continuó Nasha—. No todos quieren que te relaciones tan poco.
Giré el cuerpo hasta que nuestras frentes se tocaron.
—¿Qué quieres decir?
—¿Con cuántas mujeres has estado desde que empezamos este viaje?
—No lo sé —respondí—. Con unas cuantas.
Nasha me besó.
—Y con todas ha sido después de la colisión, ¿verdad? ¿Desde que saliste del tanque?
No respondí. Era obvio que ella lo sabía.
—Cazafantasmas —continuó Nasha—. Para una natalista eres algo así como el fruto prohibido. Las he oído hablar.
—Pero tú no lo eres.
—No —susurró—, no lo soy.
Es un poco complicado salir con alguien en una nave colonizadora. Las opciones de actividades que ofrece son muy limitadas. Podéis comer juntos, pero sorber la comida de un paquete de plástico mientras estáis atados a una cuerda en el comedor para no salir volando y chocar con alguien que también está sorbiendo un paquete de plástico es aún menos romántico de lo que suena. Podéis pasear, pero el único lugar en toda la nave donde es posible caminar es la noria, y allí pasas la mayor parte del tiempo con náuseas y estás más pendiente de evitar a la gente que está haciendo sentadillas que de tu pareja. Podéis contemplar las estrellas desde las ventanas de proa, pero yo era incapaz de hacerlo sin pensar en el flujo de protones a alta energía que pasaba rozando el casco, y en lo que me harían (otra vez) si le pasara algo a una de las unidades del generador de campo. Los ataques de pánico provocados por un trastorno de estrés postraumático tampoco son románticos.
Así que la mayor parte del tiempo estábamos follando.
También hablábamos mucho. Nasha había tenido una vida interesante. Sus padres eran emigrantes, lo cual, teniendo en cuenta las cantidades colosales de tiempo y de dinero que se necesitan para desplazarse de un lugar a otro dentro de la Unión, es algo que casi nadie, salvo los miembros de una misión colonizadora cabeza de puente, puede decir. Habían llegado a Midgard hacía treinta años, a bordo de la Esperanza perdida, una nave de refugiados de Nueva Esperanza, el planeta que, hasta que sus pobladores decidieron matarse unos a otros, había sido el vecino más cercano de Midgard.
Nadie pensaría que Midgard tratara con mano dura a los inmigrantes. Nos sobran espacio y recursos para acoger a unos cuantos centenares de almas desamparadas. Pero quien pensara así se equivocaría. Los humanos somos seres tribales, y el acento de los refugiados era suficiente para señalarlos como intrusos, incluso dejando de lado que la mayoría de los refugiados tenían un color de piel que era varios tonos más oscuro que el de la mayoría de la población original de Midgard. Los inmigrantes no llevaban ni un mes en Midgard cuando empezaron a aparecer en los boletines de noticias artículos anónimos en los que se les acusaba de ser portadores de la locura que había destruido Nueva Esperanza, y se alertaba de que arrastrarían a nuestro planeta por el mismo camino si se les permitía introducirse en la vida social y política de Midgard. El gobierno les concedió un subsidio y una vivienda, pero ya desde el principio les resultó casi imposible encontrar un trabajo de verdad. Cuando se cumplían dos años de su llegada, un par de docenas de refugiados hicieron una sentada que se transformó en una manifestación que dio lugar a una pequeña revuelta. A partir de entonces, incluso tuvieron problemas para matricular a sus hijos en las escuelas públicas.
Más o menos por esa época nació Nasha.
Ella nunca me contó mucho sobre su infancia, pero por las pocas cosas sueltas que me dijo pude hacerme la idea de que no fue fácil. Sin embargo fue bastante sincera en los motivos que la empujaron a convertirse en piloto. Desde que era niña sabía que esta misión se llevaría a cabo y quería formar parte de ella. No podía seguir el camino académico que culminaría con un doctorado en exobiología ni tenía los contactos que la habrían enchufado en Seguridad o en Comandancia, pero sí podría aprender a pilotar una aeronave de combate. Después de todo, si algo se le daba bien a la gente de Nueva Esperanza era matar, ¿no?
—Nunca sentí que Midgard fuera mi hogar —me confesó una noche con nuestros cuerpos enredados en su cama—. Ni nunca lo sentiría. Pero este lugar nuevo adonde vamos…
—Será un buen sitio —dije—. Soplará una brisa cálida, estará lleno de playas de arena blanca y no habrá nada que quiera devorarnos.
Me lucí con mis últimas palabras, ¿eh?
Estaba con Nasha y otras veinte o treinta personas en la sala común de proa cuando por fin apagamos el motor principal y encendimos los propulsores iónicos para entrar en la órbita alrededor de Niflheim. El resplandor de los gases de la nave nos había impedido ver nuestro nuevo hogar, así que todos estábamos bastante entusiasmados ante la posibilidad de poder contemplar por fin el lugar adonde nos dirigíamos. Un aviso de caída libre apareció en nuestros oculares y treinta segundos después nuestros cuerpos ligeros se elevaron del suelo y flotaron libremente por toda la sala. Más o menos un minuto después, la imagen del planeta para cuya colonización habíamos viajado ocho años luz apareció en la pantalla mural principal.
Alguien situado en las primeras filas profirió el comienzo de una ovación que casi murió antes de nacer.
No sé qué esperábamos. ¿Continentes verdes y océanos azules? ¿Las luces de una ciudad?
Lo que veíamos era blanco. Aún estábamos a varios millones de kilómetros de distancia, pero desde allí el planeta parecía una pelota blanca, lisa y anodina de pogbol.
—Eso… —dijo alguien—. ¿Eso son nubes?
Observamos en silencio mientras nuestra maniobra y la rotación del planeta cambiaban nuestro punto de vista. Todo era igual. Después de lo que parecieron horas, pero que en realidad seguramente fueron diez minutos, Nasha dijo:
—No es una capa de nubes. Es hielo. Ese planeta es una bola de nieve.
Estábamos cogidos de la mano, más que nada para no salir volando en distintas direcciones, y le estrujé los dedos. Había leído sobre colonias que no consiguieron prosperar por un motivo u otro. No daba la impresión de que este sitio fuera a recibirnos con los brazos abiertos, pero quizá…
Tiré de Nasha para acercarla a mí y pegué la boca a su oído.
—Es posible. La Tierra también fue así, justo antes de que floreciera la vida. Hay mucha agua y una atmósfera de oxígeno y nitrógeno. No necesitamos más.
Nasha suspiró y giró la cabeza para besarme en la mejilla.
—Eso espero. Me reventaría haber hecho este largo viaje solo para morir aquí.
Esas palabras todavía flotaban en el aire que nos separaba cuando apareció una alerta en mi ocular.
<Comandancia1>: Preséntese en Biología inmediatamente. Vaya listo para un despliegue.