Mickey7

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Es difícil volver a conciliar el sueño después de ese truculento sueño en el que estoy en la parte exterior del casco. Es imposible con Ocho apretujado en la cama a mi lado, sin parar de moverse ni de murmurar en sueños. Así que al cabo de media hora o así me doy por vencido y me levanto, saco la tableta del cajón de la mesa y me largo a la cafetería para leer un rato. Aún es muy temprano, de manera que los pasillos están desiertos salvo por algún que otro segurata y tengo toda la cafetería para mí solo. Elijo una mesa en el rincón más alejado de la entrada porque no quiero que me molesten en el improbable caso de que aparezca alguien más.

Mi estómago se pone a rugir en cuanto me siento. Al parecer sabe que aquí es donde venimos para comer. Me encantaría complacerlo, pero mi cuenta de racionamiento está a cero y no recuperará su saldo diario hasta las 8.00, para lo que todavía faltan un par de horas. ¿Pegas? De aquí a entonces podría comerme mi propio hígado. ¿Ventajas? Tengo mucho de tiempo para aprender un montón de cosas que en realidad no quiero saber sobre una colonia cualquiera que fracasó estrepitosamente sin que me interrumpan.

Ahora mismo no tengo ninguna lectura a medias, así que dedico unos minutos a rebuscar entre los archivos. La verdad es que nada me llama la atención, así que, solo por curiosidad, abro un documento sobre Nueva Esperanza. No he vuelto a sumergirme en la historia de esa colonia desde que inicié mi funesto recorrido por la historia de la Diáspora, sobre todo porque, como cualquier otra persona que haya vivido en Midgard en los últimos treinta años, ya tengo una idea general de lo que ocurrió allí.

Nueva Esperanza se fue a pique unos veinticinco años después de que la expedición cabeza de puente hollara el planeta por primera vez. La causa principal fue una brutal guerra civil que enfrentó a lo que quedaba de los colonizadores originales con la primera generación nacida en Nueva Esperanza, y que destruyó buena parte de las infraestructuras que todavía eran esenciales para la supervivencia en un planeta semihostil. Un grupo de refugiados, todos ellos de la nueva generación, consiguió llegar a la nave colonizadora original (que, como la nuestra en Niflheim, la mayor parte del tiempo está orbitando alrededor del planeta), la despojaron de todo aquello que juzgaron innecesario para sobrevivir en ella en un viaje de cinco años (sacaron embriones, equipo para operaciones de terraformación, departamento de Agricultura y apenas dejaron los equipos de soporte vital, una recicladora y un mínimo de víveres). Incluso recortaron la mayor parte del espacio habitable.

Cuando terminaron, la masa de la nave era menos de un diez por ciento de la que tenía la Drakkar cuando fue lanzada. Entre el combustible residual que quedaba en los depósitos de la nave y la antimateria que consiguieron reunir de la destrozada central eléctrica de la colonia, tenían lo justo para recorrer a trompicones la distancia que los separaba de Midgard, donde no los recibieron precisamente con los brazos abiertos.

Según avanzo en la lectura me voy dando cuenta de que el artículo está trufado de detalles que dan una visión considerablemente diferente de la historia que me enseñaron en el colegio. Para empezar, en la escuela restaban importancia a las causas de la guerra, y yo siempre había supuesto que fueron las habituales de todas las guerras civiles: raza, religión, recursos, filosofía política y blablablá. Sin embargo, en este artículo se afirma que la casus belli fue la discusión sobre si una especie autóctona de unas aves semejantes a los córvidos era sentiente, y por lo tanto merecía ser protegida y respetada, o deliciosa, y por lo tanto merecía ser marinada con especias y asada durante una hora.

Supongo que entiendo por qué apenas se menciona eso. Si una colonia puede acabar borrada del mapa por una cosa así, todos estamos a un solo paso del pozo de los cadáveres. No obstante, no sé qué moraleja sacar de la historia… Quizá que una vez que se entra en una espiral es muy difícil salir de ella.

Estoy contando hacia atrás los diez minutos que faltan para que pueda mostrar mi ocular y obtener, con entusiasmo y asco a partes iguales, un tazón de puré reciclado, cuando recibo un mensaje de recursos humanos. Empieza mi turno. Me envían a reforzar a Seguridad. Tengo que estar en la Esclusa 2 a las 8.30, vestido y equipado para una patrulla perimetral.

Me parece que es un trabajo para Ocho. Justo cuando voy a decírselo recibo un mensaje de él.

<Mickey8>: ¡Buenas, Siete! ¿Te pillo yendo a la esclusa?

<Mickey8>: Pues la verdad es que estaba pensando que hoy podrías trabajar tú. Ya sabes, deberíamos tener en cuenta que ayer casi me devoran mientras tú te echabas la siesta.

<Mickey8>: Bueno, lo haría encantado, pero…

<Mickey8>: Venga ya, Ocho. Me lo debes.

<Mickey8>: Creo que te equivocas, amigo. No sé si lo recuerdas, pero soy yo quien magnánimamente no te ha tirado de cabeza al pozo de los cadáveres después de ganarte de manera limpia nuestra partida a vida o muerte de piedra, papel, tijera. A mí me parece que eres tú el que está en deuda conmigo. Además, todavía no he desayunado. Encárgate tú de esto y yo me ocuparé de lo que nos pidan mañana, sea lo que sea.

Estoy pensando mi respuesta, que invariablemente comenzará con «Escucha, capullo», cuando se abre una segunda ventana de conversación.

<CChen0197>: ¿Qué tal, Mickey? He visto que estás en la lista para esta mañana. A mí también me envían a patrullar el perímetro. ¿Quieres ser mi pareja? Pienso que ayer formamos un buen equipo, ¿tú no?

Estoy pensándome la respuesta cuando Ocho me escribe de nuevo.

<Mickey8>: Supongo que han decidido por nosotros. No sé qué travesuras haríais anoche tú y Chen, pero en cuanto lleve cinco minutos charlando conmigo nos descubrirá, ¿verdad? Verdad. Bueno, ahora voy a echarme otro ratito, ¿vale? Ya me contarás qué tal ha ido.

Ocho cierra la ventana. Se me pasa por la cabeza la idea de volver a abrirla, incluso de presentarme allí, agarrarlo por los tobillos, sacarlo de la cama y bajarlo a rastras hasta la esclusa, pero…

Pero lo cierto es que él tiene razón.

<CChen0197>: ¿Estás ahí?

<Mickey8>: Buenas, Cat. Sí, estoy aquí. Estaba desayunando algo antes de bajar. Nos vemos dentro de veinte minutos.

—Bueno —dice Cat—. No a la armadura, sí al acelerador, ¿eh?

Levanto la mirada de las raquetas para la nieve que estoy abrochándome, niego con la cabeza y devuelvo mi atención a los cordones.

—No voy a decirte lo que tienes que hacer, Cat. Dugan tenía razón ayer. Vosotros tenéis una estructura de incentivos diferentes.

—¿Estructura de incentivos? —exclama Cat—. ¿Te refieres al incentivo de que esas cosas no nos descuarticen?

—Sí, a ese.

Me levanto y me aparto del banco en el que he estado sentado. Golpeo el suelo con los pies para asegurarme de que las raquetas están bien sujetas. Cat se ha equipado como yo, con tres capas de ropa térmica de camuflaje blanco, raquetas para la nieve y un reciclador de aire que lleva subido en la frente. Aún no hemos sacado las armas del armero, pero tiene razón, sobre todo después de lo que pasó ayer, así que no tengo ninguna duda de que cogeré un acelerador.

—Tu argumento no me convence —dice Cat—. Ayer te vi. Tú tenías tan pocas ganas de morir como cualquiera de nosotros. Sé que se supone que eres inmortal, pero actúas como si no te lo creyeras.

Me la quedo mirando un momento, me encojo de hombros y me acerco arrastrando los pies al armero.

—¿Alguna vez has metido la mano en una trituradora?

Cat se echa a reír.

—¡Qué va!

Saco un acelerador del armario, miro que esté enchufado y compruebo la carga.

—¿Por qué no? No te morirías, y la prótesis que te darían sería más fuerte que tu mano real. Un par de horas en la enfermería y estarías mejor que nueva.

—Ah —dice—. Ya sé a dónde quieres llegar.

—Lo has pillado. Aunque no crea que es permanente, la verdad es que no me apetece morir más veces de las estrictamente necesarias. Morir es doloroso. —Me cuelgo del hombro el acelerador y me pongo los guantes—. Dicho lo cual, tengo una teoría sobre los gusanos. No creo que vayan a por nosotros. Creo que lo que quieren es nuestro metal, igual que los nativos de Roanoke querían el agua de los colonizadores. Si tengo razón, salir ahí fuera enfundado en un traje acorazado es como meterse en una guarida de lobos envuelto en beicon.

—¿El metal? —pregunta Cat—. Son animales, Mickey. ¿Para qué quieren el metal?

Me encojo de hombros.

—¿Quién sabe? A lo mejor no son animales.

Cat saca un arma del armero.

—Eso no me gusta. Volvamos al tema de la inmortalidad. ¿Lo crees?

Miro fijamente a Cat.

—¿Si creo el qué?

Ella pone los ojos en blanco.

—Si crees que eres inmortal, Mickey.

Suspiro.

—¿Te suena la nave de Teseo?

Se queda pensando un momento.

—Creo que sí. ¿Es la de la colonización de Edén?

—No —respondo—. La nave de Teseo era un barco de madera de la antigüedad, de la Tierra. Se hundió y tuvieron que reconstruirla… O no, supongo, pero el caso es que tuvieron que repararla…

—Espera un momento. ¿Un barco? ¿De los que navegan por el mar?

—Sí. Teseo viajó por todo el mundo en su barco y, se hundiera o no, tuvo que reconstruirlo.

—Esto es un poco confuso. ¿Es una cosa de esas como lo del gato de Schrödinger?

—¿El qué?

—El gato de Schrödinger. Ya sabes, lo de la caja y el gas venenoso. La superposición cuántica y eso.

—¿Eh? No. Ya te he dicho que era un barco, no un gato.

—Te he oído. No he pensado que el barco fuera un gato. Solo me ha parecido que podría ser uno de esos experimentos, ¿vale?

Tengo que hacer una pausa para pensar en ello. Por un momento me da la impresión de que lo que dice Cat no es tan absurdo.

Pero solo por un momento.

—No —digo—. En absoluto. ¿Por qué lo piensas?

Cat abre la boca para responder, pero la puerta interior de la esclusa se abre antes y el segurata con cara de aburrido que está sentado al lado nos hace un gesto para que entremos.

—Chen. Barnes. Os toca.

—Ya terminaremos después esta conversación —dice Cat.

Nos colocamos los recicladores de aire. Cat revisa mis cierres y yo los suyos.

—El ciclo comenzará dentro de diez segundos con vosotros dentro o no —dice el gorila.

Cat se cuelga el arma del hombro y nos vamos.

—Esto es una mierda —dice Cat.

Me vuelvo hacia ella. No me habla por el sistema de comunicación, así que la combinación del reciclador de aire y la atmósfera de Niflheim le da a su voz un timbre más agudo, áspero y débil de lo normal. Estamos patrullando el perímetro, arrastrando los pies calzados con las raquetas para la nieve de una torre de electricidad a la siguiente en busca de indicios de una incursión de los gusanos. Hay otras dos parejas patrullando el perímetro con nosotros, separadas unas de otras una distancia equidistante a lo largo del círculo de un kilómetro de diámetro que define la presencia humana en este planeta. En principio tenemos que movernos a una velocidad constante y cada piquete debe dar dos vueltas completas al círculo en las seis horas que dura el turno. Cada vez que pasamos por una torre, esta nos detecta y actualiza en nuestros oculares la posición de las otras patrullas.

—¿Qué parte exactamente? —pregunto—. ¿La parte en la que nos pasamos el día con el culo helado dando vueltas a la cúpula? ¿O la parte en la que los gusanos podrían descuartizarnos sin venir a cuento?

—Ni la una ni la otra —responde Cat—. Te va bien caminar, y supongo que en el contrato que firmas para trabajar en Seguridad está estipulado que podrían descuartizarte. ¡La mierda es esto! —Estira un brazo para abarcar todo lo que nos rodea: la cúpula, la nieve y la cordillera que se divisa a lo lejos—. Se suponía que este sitio era habitable, ¿lo recuerdas? Está en la zona de habitabilidad estelar, tiene una atmósfera compuesta por oxígeno y nitrógeno y blablablá. —Lanza al aire una bola de nieve de una patada al suelo y contempla cómo se descompone en una nube de polvo que brilla a la luz amarilla del sol bajo—. ¡Aquí no se puede vivir ni de coña, Mickey! ¡Este lugar es una mierda!

Abro la boca para hablarle del sitio al que los habitantes del planeta de Asher enviaron a su gente. Al menos este planeta no nos ha exterminado nada más llegar. Pero Cat se da la vuelta y echa a andar, así que cambio de opinión. No soy la persona más sensible del mundo, pero he vivido lo suficiente para saber que es mala idea decirle a una persona que se siente desgraciada que las cosas podrían ser mucho peores.

Las torres se levantan a intervalos de cien metros a lo largo del perímetro. Cuando llegamos a la siguiente, mi ocular me avisa de que estamos moviéndonos más rápido que los otros dos equipos y que tenemos que reducir la velocidad un diez por ciento.

—¡Puf! —exclama Cat—. ¿Es que se puede ir más despacio?

—Probablemente ellos llevan puesta la armadura completa —señalo—. Y no llevan las raquetas para la nieve. ¿Recuerdas lo bien que te lo pasaste ayer?

—Ya. Aun así.

Mi ocular vuelve a sonar. Comandancia quiere que esperemos doce minutos antes de continuar. Cat suspira, se apoya en una torre y apunta con la mirilla de su acelerador a una roca que sobresale de la nieve a medio centenar de metros.

—No he disparado uno de estos desde el entrenamiento básico en Midgard. Espero no haber olvidado cómo funcionan.

—Apuntas y disparas —digo—. El programa informático hace casi todo el trabajo, y el tamaño del orificio de salida se ocupa del resto.

Su arma emite un zumbido y la culata le golpea el hombro. Un instante después, la parte superior de la roca explota convertida en una nube de granito pulverizado.

—Sí, supongo que funciona bien.

Cuando estoy a punto de comentarle que debería guardar las balas para cuando las necesitemos de verdad, el polvo se asienta alrededor de la roca.

Agazapado allí hay un gusano cuya cabeza asoma justo donde ha impactado el proyectil de Cat. Sus segmentos posteriores se hunden en la nieve, tiene las mandíbulas extendidas y las patas que usa para alimentarse se agitan.

—¿Cat?

—Chsss. Ya lo veo.

Cat apunta cuidadosamente y el acelerador vuelve a zumbar y a darle un culatazo. Los segmentos delanteros del gusano se desintegran en metralla y el resto de su cuerpo cae desplomado sobre la nieve.

—¡Guau, vaya si funciona!

La nieve que hay alrededor de la roca se remueve y la turbulencia avanza como una onda expansiva en dirección a nosotros.

—¿Mickey?

Un gusano surge de la nieve a unos treinta metros de nosotros. Cat apunta y dispara, pero los nervios le juegan una mala pasada y su disparo provoca una explosión de vapor y nieve pero no alcanza al gusano. El burner instalado en la torre que se levanta por encima de nosotros se enciende y su rayo de luz baila por la nieve que hay alrededor de la roca; un instante después se le unen los rayos de las torres que tenemos a nuestra izquierda y a nuestra derecha. Del suelo se levantan unas nubes de vapor que ocultan la onda que viene hacia nosotros. Yo ya he levantado mi arma, pero mi visión se escinde antes de que pueda disparar. Mi ojo derecho está mirando por la mirilla del acelerador en la dirección en la que calculo que vienen los gusanos que componen la avanzadilla. Sin embargo, mi ojo izquierdo está observando la distante cúpula. Vislumbro la roca que Cat ha hecho trizas y las columnas de vapor que surgen de la nieve vaporizada por los burners. Solo veo imágenes distorsionadas, colores pálidos y contornos borrosos.

Por un resquicio en las nubes de vapor atisbo dos figuras humanas representadas mediante dibujos de palitos que me miran fijamente, inmóviles.

Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos, pero ahora lo único que veo es la imagen esquemática a través de mi ocular. Tal vez sea la transmisión que está realizando la cámara de una de las torres. Sacudo la cabeza y reculo ligeramente. La raqueta de mi pie izquierdo se queda atascada y noto que empiezo a caerme. En el ocular veo que una de las figuras de palitos suelta el dibujo de su rifle y se tambalea hacia atrás mientras la otra gira el globo que tiene por cabeza para volver a mirarme. Yo estoy agitando los brazos para evitar la caída, pero mi punto de vista no cambia cuando el dibujo desarmado desaparece en la nieve pixelada. La otra figura de palitos levanta el arma y dispara una y otra vez, y cada uno de sus disparos provoca una explosión en un punto medio del espacio que nos separa.

Oigo voces, pero no soy capaz de separar los gritos que me llegan por el sistema de comunicación de los alaridos de rabia de Cat ni de otra voz más serena y tranquila pero no del todo inteligible. La figura de palitos que queda en pie levanta el arma y la rayita que representa su rifle mengua hasta convertirse en un punto…

—Está despertándose.

No reconozco la voz y tardo unos segundos en darme cuenta de que se está hablando de mí.

—¿Nos oye?

Quien ha hablado ahora es Cat. Abro los ojos y descubro que estoy tendido bocarriba en la mesa de exámenes de un cubículo de la enfermería. Cat está inclinada sobre mí. Parece preocupada.

—Hola —dice—. ¿Estás despierto?

Me lleva un tiempo reunir la saliva necesaria para hablar.

—Sí —respondo finalmente—. ¿Qué ha pasado?

Cat se endereza y yo intento incorporarme, pero unas manos se posan en mis hombros y me empujan con delicadeza para acostarme de nuevo.

—Tómeselo con calma, Barnes. No debe moverse hasta que nos aseguremos de que todo está bien.

Miro hacia atrás y mis ojos se topan con las fosas nasales llenas de pelos blancos de un médico calvo y de mediana edad llamado Burke.

Su presencia no me tranquiliza. Burke me ha matado en varias ocasiones.

—Perdón —digo—. ¿Tengo algo?

—No lo sabemos —responde Burke—. No encuentro señales de traumatismo y su electroencefalograma es normal de momento. Según me ha contado Cat, de repente cayó desplomado como un saco de patatas. Normalmente, desde el punto de vista médico, eso nunca es buena señal.

—¿Por qué no estamos muertos? Los gusanos iban a atacarnos, ¿no?

—Sí —responde Cat—. No sé qué los detuvo en el último momento.

—Las torres —digo—. Dispararon, ¿verdad?

—Sí —dice Cat—. Los burners de las torres son mucho más potentes que los portátiles. No encontramos gusanos muertos cuando las nubes de vapor se disiparon, pero quizá los obligaron a meterse debajo de la nieve.

—Quizá —digo, pero no sé por qué no lo creo.

—O quizá me cargué a su líder —añade Cat.

Me quito de encima las manos de Burke y me incorporo.

—¿Cómo dices?

—Cuando las torres empezaron a disparar, el vapor no me dejó ver lo que pasaba delante de nosotros, así que miré arriba y vi en la ladera un gusano gigante que emergía de la nieve.

Esto me interesa.

—¿Cómo de gigante?

Cat se encoge de hombros.

—No sabría decirte. Medía por lo menos cien metros. Diría que su tamaño era el doble que el de los otros. Quizá un poco más. En cualquier caso, era lo único a lo que podía apuntar con mi arma, así que le disparé. Unos segundos después cesaron los disparos de los burners de las torres y los gusanos habían desaparecido.

Paso las piernas por el borde de la mesa.

—¿Cuántas mandíbulas tenía?

Cat frunce el ceño.

—Ninguna después de que le disparara. Y antes no lo sé porque no me paré a contarlas.

Me pongo en pie. El mundo gira brevemente a mi alrededor, pero enseguida vuelve a quedarse quieto.

—Debería permanecer aquí un rato —dice Burke—. No hay que tomarse a broma estos casos neurológicos, Barnes. Me gustaría hacerle una resonancia. Podría tener un tumor.

Lo fulmino con la mirada. Luego niego con la cabeza y recojo mi camisa de la silla giratoria donde alguien debió de ponerla cuando me trajeron aquí.

—No tengo un tumor —mascullo.

—Eso no lo sabe —insiste Burke.

—No es la primera vez que tenemos esta conversación —digo—. ¿Lo ha olvidado? Los tumores no crecen de un día para otro, y yo solo llevo vivo un día y medio.

Burke se estremece. Supongo que lo recuerda.

—De acuerdo —dice—, no es un tumor. Pero déjeme hacerle otra prueba.

Se da la vuelta pare rebuscar en un cajón y saca una varita con lo que parece una ventosa en un extremo y un dispositivo electrónico con una pantallita en el otro. Regresa a mi lado mientras estoy poniéndome la camisa y me agarra un hombro.

—Ahora estese quieto y mire al techo.

Dejo salir el aire con un suspiro de fastidio y alzo la vista hasta donde puedo sin levantar la cabeza. Burke me sujeta la cabeza con una mano y aprieta la ventosa de la varita contra mi ojo izquierdo.

—¡Ay!

—Oh, no se sea niño. Solo será un momento.

La varita emite un pitido y Burke despega la ventosa de mi ojo.

—Mmm.

Cat se acerca y mira por encima del hombro del doctor la pantallita del dispositivo.

—¿Qué indica eso?

Burke se vuelve para mirarla.

—Al parecer ha habido una subida de tensión en su ocular durante la última hora. Debería ir a que lo revisen, Barnes. Ya sabe que están conectados al cerebro. Un ocular averiado es peligroso.

—Vale —digo—. ¿Me lo puede mirar usted?

Burke niega con la cabeza.

—Yo solo me encargo de los órganos. Necesita a alguien de Bioelectrónica.

Claro.

—Gracias. Le prometo que le haré caso.

—Dime, Mickey, ¿qué te paso ahí fuera? —me pregunta Cat.

Estamos en el pasillo principal de la primera planta, cerca de la recicladora.

Entiendo por qué la enfermería y la recicladora están la una al lado de la otra, pero eso no evita que me recorra un escalofrío al pasar por delante de la puerta.

—Ni idea. Me desmayé.

¿Fue eso lo que me paso? Porque el recuerdo de vernos a Cat y a mí representados por unos dibujos me parece cada vez más la clase de cosa que haría un cerebro tras recibir una descarga eléctrica justo antes de fundirse. Sin embargo…

—Te diría que fueras a ver a un médico, pero supongo que es lo que acabas de hacer, ¿no? ¿Vas a ir para que alguien revise tu ocular, como te ha aconsejado Burke?

—Quizá. Esta tarde estoy ocupado, pero intentaré conseguir una cita con alguien mañana.

—A mí me parece que es algo que deberías hacer cuanto antes, pero supongo que la decisión es tuya.

—Gracias —digo—. Me lo pensaré.

Es mentira. Ya he pensado todo lo que tenía que pensar sobre este asunto. Como Burke ha dicho, los implantes oculares están unidos a nuestros nervios ópticos y conectados con nuestro cerebro en otra media docena de sitios. No se trata de arrancar el averiado y sustituirlo por otro sin más. Cualquier otra persona tendría que someterse a una larga y compleja operación de microcirugía para instalar una unidad nueva. Pero por alguna razón creo que conmigo no dedicarán tanto esfuerzo. Es mucho más fácil enviarme de paseo al tanque.

Llegamos a la escalera central y pongo el pie en el primer escalón. Me doy la vuelta, pero veo que Cat no me sigue.

—Aún me quedan tres horas de turno —dice—. Amundsen me dijo que podía quedarme contigo hasta que me asegurara de que estabas bien, pero luego tenía que volver.

—Ah. ¿Me necesitan a mí?

Cat esboza media sonrisa.

—¿Después de lo que acaba de pasar? No. De momento no, y creo que no te llamarán en una temporada. En Seguridad no les gusta la gente que se desmaya en mitad de un tiroteo.

¡Ay!

—No me desmayé. Ha sido una avería. Capté algo…

Cat arquea una ceja.

—¿Captaste algo?

—Sí. Yo…

De pronto pienso que quizá sea mejor no contarle a Cat lo que estaba viendo cuando me caí. No quiero que piense que estoy volviéndome loco.

Y yo no quiero pensar en lo que podría significar lo que vi si es que no estoy volviéndome loco.

—No lo sé —continúo—. Pasó algo raro, eso es seguro, pero también sé que no me desmayé.

Cat parece incómoda de repente.

—No pasa nada, Mickey. No serías la primera persona que sufre un ataque de pánico en mitad de un tiroteo.

—¿Crees que fue eso?

Cat mira a otro lado.

—Lo que yo piense no importa. Luego nos vemos, Mickey.

Después de despedirme de Cat me paso por la cafetería para meterme otro chute de puré reciclado antes de volver a mi cuarto. No tengo otra cosa que hacer. Cuando entro en mi habitación me encuentro a Ocho sentado en la cama, con la tableta apoyada en las rodillas.

—Hola. Llegas pronto.

Me dejo caer en nuestra silla y me desato los cordones de las botas.

—Han vuelto a atacarme. He estado a punto de morir otra vez. Esta vez he terminado en la enfermería. Me han dicho que descanse y que te diga que ya es hora de que empieces a cumplir tu parte de este trato de mierda.

Ocho deja la tableta, se estira y se pone de pie.

—Ajá. Bueno, ahora que has vuelto iré a comer algo. ¿Cuánto me has dejado de nuestra ración diaria?

—No lo sé. Creo que unas novecientas kilocalorías.

—Genial. Me las pido todas.

Empiezo a protestar, pero Ocho ya está saliendo por la puerta.

—Ni lo intentes —me dice sin volverse—. Acabo de salir del tanque.

—¡Oye! —grito a su espalda—. Ponte la venda en la muñeca.

Ocho se arremanga para enseñármela, pero la lleva torcida. Abro la boca para hablar, pero él me corta poniendo los ojos en blanco.

—No te preocupes. Si alguien me pregunta le responderé que suelo curarme rápido.

Cuando se ha ido, me meto en la cama y cojo la tableta. Ha estado leyendo sobre el planeta de Asher. El asombro que me produce descubrir que le interesan exactamente las mismas cosas que a mí me dura cinco segundos, porque entonces recuerdo que lo sorprendente sería lo contrario, teniendo en cuenta que, redondeando, él es fundamentalmente yo.

Bueno, menos las últimas seis semanas o así. Por alguna razón, me parece que eso amplía nuestras diferencias.

He estado dándole vueltas a esto y mis conclusiones sobre la expedición del planeta de Asher son las siguientes: su situación no era muy distinta de la nuestra. Este planeta no es tan frío, pero casi. Una lectura mejor de los niveles de oxígeno libre en la atmósfera probablemente habría dado más pistas a los científicos que planificaron la misión desde Midgard de la fragilidad de la biosfera de Niflheim, pero supongo que a más de siete años luz de distancia no se puede pedir más.

No puedo evitar preguntarme por lo que habríamos hecho en el caso de que las condiciones de este planeta hubieran sido solo una pizca peores: un par de grados menos de temperatura, un poco menos de oxígeno, la presencia de un agente verdaderamente tóxico en la atmósfera… Hemos traído el equipo necesario para la terraformación, pero es un proceso desesperantemente lento. He leído sobre docenas de colonias que se enfrentaron a dificultades similares. Algunas intentaron reorganizarse, reunir combustible y llegar a otro objetivo. Otras se refugiaron en la órbita, enviaron sus equipos de terraformación y trataron de sacar adelante la misión. Y otras, como la del planeta de Asher, simplemente se rindieron.

De las que nunca se dieron por vencidas, puedo contar con los dedos de una mano las que finalmente prosperaron. Si ya es difícil fundar una colonia en un planeta hospitalario, hacerlo en uno hostil es un maldito milagro.

¿Y en uno como Niflheim? Supongo que el tiempo lo dirá.

Estoy reflexionando sobre esta cuestión y las consecuencias que tendría para mí que esto se fuera a pique cuando mi ocular me alerta de que he recibido un mensaje.

<RedHawk>: Buenas, Mickey. Me he enterado de que has tenido un día duro. Acabo mi turno a las 16.00. ¿Cenas conmigo? Invito yo.

Mi respuesta es: «¡Ya lo creo, joder!». Pero esta compite dentro de mi cabeza con la pregunta: «¿Cómo narices puedes permitirte saltarte una cena?». Sin embargo, antes de que pueda poner en orden mis ideas y responder a Berto, otro mensaje aparece en mi ocular.

<Mickey8>: Por supuesto. Luego nos vemos, colega.

Esto sí que no. Abro una ventana privada.

<Mickey8>: No vas a ir tú, Ocho. Esta es para mí.

<Mickey8>: Mal del tanque, Ocho. Necesito comida de verdad. Aún quedan trescientas kilocalorías en la cuenta para hoy. Son tuyas.

<Mickey8>: Escucha, amigo. En las últimas veinticuatro horas he estado a punto de palmarla dos veces mientras tú dormías la siesta. Si no cedes en esto, te veo en la recicladora dentro de veinte minutos y esta vez vamos a darle una solución definitiva.

<Mickey8>: Vaya, no me esperaba este crecimiento acelerado de la hostilidad.

<Mickey8>: …

<Mickey8>: ¿Y bien?

<Mickey8>: Vale, vale. Disfruta de la cenita, hombretón. Tío, estoy impaciente por que te devoren de una vez.

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