Mickey7

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—No te prives, colega —dice Berto—. Coge lo que quieras.

Mis ojos se deslizan hasta el conejo.

—Dentro de lo razonable —añade—, que no estoy hecho de kilocalorías.

Echo un vistazo a la cafetería. Aún es temprano para cenar, así que está casi vacía. Cerca de la puerta hay una mesa ocupada por un grupo de tipos de Seguridad. Mi mirada se cruza con la de uno de ellos, que les comenta algo a sus amigos y todos estallan en carcajadas.

Genial. Ahora soy el Prescindible al que le da miedo morir. Estoy casi seguro de que no se puede caer más bajo en el estatus social de la colonia.

—Oye, ¿sigues aquí? —dice Berto.

Devuelvo mi atención al mostrador de la comida.

—Ponme un límite —digo—, porque te juro que sería capaz de comerme todo lo que hay aquí.

Berto pasea la mirada por el mostrador y se rasca encima de la nuca.

—Te diré qué haremos: no puedes superar las mil kilocalorías. ¿De acuerdo?

Me lo quedo mirando.

—¿Mil? ¿Estás seguro?

—Sí. Lo que te dije era verdad. Eres mi mejor amigo y no debería haberte mentido. Supongo que es la manera que tengo de disculparme.

Todavía me miente, pero en este momento eso me trae sin cuidado. Pido patatas, grillos fritos y un cuenco diminuto de ensalada de lechuga y tomate. Eso solo suma setecientas kilocalorías, así que le añado una taza de puré. Nunca hay que dejar pasar una oportunidad porque no se sabe lo que aguarda el futuro, ¿no crees? Veo que Berto también pide su cena mientras mi bandeja sale del dispensador. Ha elegido el conejo.

—¿Y eso, Berto? Yo flipo contigo.

Me sonríe.

—No pensarías que yo iba a morirme de hambre por ti. Vamos, Mickey, me siento mal, pero no tanto. No voy a flagelarme. Tómatelo como que quiero compartir mi abundancia contigo.

El conjunto de nuestras cenas suma dos mil cuatrocientas kilocalorías. Berto muestra el ocular al escáner y se enciende la luz verde.

—No, en serio, Berto. Yo. Flipo. Contigo.

Se ensancha la sonrisa de Berto.

—¿Recuerdas cuando saliste conmigo en el flitter?

Cómo olvidarlo.

—Sí, creo que sí.

El dispensador expulsa su bandeja. Cada uno con su bandeja en las manos, vamos hasta una mesa en el fondo. Noto las miradas de los seguratas clavadas en mi nuca mientras camino.

—¿Y recuerdas cuando viramos sobre aquella cresta unos veinte kilómetros al sur de la cúpula?

La verdad es que guardo un recuerdo borroso de todo lo relacionado con aquel viaje y no tengo ni idea de qué habla, pero asiento porque no quiero alargar más de lo necesario la historia. Nos sentamos y Berto inmediatamente ataca su paletilla de conejo.

—En la cima de la cresta había una formación rocosa —dice mientras mastica—. Pasamos por encima de ella. ¿La recuerdas?

Creo que en este momento hemos llegado al límite de la fantochada.

—No, sinceramente, no la recuerdo.

Berto se encoge de hombros.

—Da igual. Imagínate una especie de monolito de granito de unos treinta metros de altura, con otra losa solo un poco más corta apoyada en uno de sus costados. El espacio entre las dos piedras es de unos diez metros en la base, y se va estrechando a medida que subimos.

—Vale, me lo estoy imaginando.

De hecho, ahora que oigo su descripción, creo recordar haber visto el sitio del que habla. En aquel momento pensé que era un buen lugar para hacer escalada. Obviamente, eso fue antes de descubrir a los gusanos.

—De acuerdo. Pues desde hace unas semanas he estado diciéndole a todo aquel que quería escucharme que creía que era capaz de pasar con el flitter por el agujero. Una locura, ¿verdad? O sea, incluso girando noventa grados, el espacio que me quedaría por cada lado sería como mucho de medio metro, y hay que empezar el giro con un margen de quizá una décima de segundo.

—Sí, parece una locura. ¿Y?

—Y a todo el mundo también le pareció una locura. He estado recogiendo apuestas.

En ese momento hace una pausa para meterse un trozo de carne en la boca, pero no necesito a Berto para saber cómo acaba la historia.

—Lo hiciste.

—Sí —afirma con una sonrisa que no recuerdo haber visto desde que ganó aquel maldito torneo de pogbol—. Lo hice. En total gané tres mil kilocalorías. No está mal, ¿eh?

—Podrías… —comienzo a decir, pero tengo que hacer una pausa para reponerme—. Podrías haberte matado, Berto.

—Podría, pero no pasó.

Dejo el tenedor al lado de la bandeja y aprieto los puños.

—Arriesgaste la vida. Arriesgaste la vida por las raciones de dos días.

Se le borra la sonrisa de engreimiento de los labios.

—Oye, tranquilo, tío, no fue tan peligroso.

—¿Que no fue tan peligroso? Arriesgaste la vida por unas malditas calorías, Berto. Pero no te dio la gana arriesgarla por mí, joder.

Berto se queda paralizado. Me mira fijamente. Yo lo miro a él.

En este momento me doy cuenta de que acabo de decir algo que se suponía que yo no sabía… ¿o sí podía saberlo? Dios mío, a estas alturas tengo un lío monumental con mis propias mentiras, así que imagínate con las de Berto.

—¿Mickey? ¿Qué quieres decir exactamente con eso?

Abro la boca para responder, pero dejo que vuelva a cerrarse.

—Acabas de salir del tanque, ¿no, Mickey?

Miro a otro lado. Uno de los tíos de Seguridad está observándonos.

—Sí, Berto, ya lo sabes.

—Eso pensaba. Pero te juro por Dios que me haces dudar.

Pincho una patata, me la meto en la boca y mastico. Esta comida es lo primero sólido que ingiero en dos días. Es un pecado que no la esté disfrutando como merece. En un lapso de cinco segundos decido sincerarme con él y cambio de opinión media docena de veces. Cuando vuelvo a mirarlo, Berto está masticando muy despacio y mirándome con los ojos entrecerrados. «No morí —me imagino diciéndole—. Me abandonaste en aquella maldita grieta, pero no morí. —Cuando se mete otro trozo de conejo en la boca, añado—: Quizá debería haberte ofrecido las raciones de dos días para que volvieras a rescatarme». Ya estoy reuniendo el valor para abrir la boca y decirlo en voz alta cuando el gorila que estaba mirándonos se levanta y enfila hacia nosotros.

Conozco a este tipo, de vista al menos. Se llama Darren. Es grande para tratarse de un colonizador; tiene casi la misma estatura que Berto y debe de pesar unos diez kilos más. Lleva el pelo negro muy corto y debajo de la barbilla le crece un excéntrico mechón de barba rizada. No es idiota (ninguna de las personas seleccionadas para esta expedición lo es), pero siempre me ha parecido que tenía la actitud que suelen adoptar los idiotas cuando se les concede una pizca de poder. Se detiene detrás de Berto, a un par de pasos de él, cruza los brazos y ladea la cabeza.

—Buenas. ¿Están disfrutando de sus raciones los caballeros?

Berto se da la vuelta para mirar al recién llegado, se lleva la paletilla de conejo a la boca y le da un mordisco con una lentitud deliberada.

—Pues sí —responde con la boca llena—. Mucho, la verdad.

El rostro de Darren se arruga.

—Eres un gilipollas, Gomez. Podríamos haberos perdido a ti y nuestro único flitter operativo esta mañana.

Berto se encoge de hombros y se vuelve de nuevo hacia mí antes de dar otro mordisco al conejo.

—De todos modos el flitter no os sirve de nada sin mí. Nasha no volaría en nada que no dispusiera de una cubierta gravitatoria. —Mastica, traga y se limpia la boca con la manga—. En cualquier caso, si tanto interés tienes en proteger los bienes de la colonia, ¿por qué apostaste tus calorías? No me la habría jugado si nadie hubiera apostado. —La sonrisa regresa a su cara, me mira y me guiña un ojo—. ¡Ay! ¿Pero a quién quiero engañar? ¡Claro que me la habría jugado! Este lugar es un aburrimiento. Me lo pasé de fábula.

Se lo pasó de fábula. Joder, apuesto a que sí. Estoy apretando tanto los dientes que creo que me los voy a partir. La mirada de Darren se posa en mí.

—¿Y tú qué problema tienes, Barnes?

No confío en mi voz para responderle. Darren frunce el ceño y se adelanta medio paso.

—En serio —continúa—. Si tienes algo que decir, dilo. De lo contrario cambia esa cara.

—Tranquilo —dice Berto—. Mickey está teniendo unos días difíciles.

—Ya, eso he oído —contesta Darren—. Ayer hizo que mataran a dos de los nuestros, y hoy ha dejado tirada a Chen en mitad de un combate para salvar el culo por segunda vez en veinticuatro horas. Me das pena, tío.

Berto deposita cuidadosamente la paletilla de conejo que estaba royendo en la bandeja y apoya las manos abiertas en la mesa. Ya no sonríe.

—Largo, Darren.

—Vete a la mierda, Gomez. Acabo de cenar el puto puré reciclado y no estoy de humor para…

Se detiene ahí, porque ha tomado la pésima decisión de dar un empujoncito por detrás en la cabeza a Berto. Como ya he dicho, Darren es un tipo grande y trabaja en Seguridad. Probablemente está acostumbrado a salirse con la suya en esta clase de situaciones.

Hasta donde yo sé, Berto nunca ha permitido que nadie se saliera con la suya en esta clase de situaciones.

Berto se separa de la mesa y gira sobre los talones al mismo tiempo que prepara el puñetazo y el banco en el que ha estado sentado golpea las espinillas de Darren.

Berto es tan bueno en el pogbol por una razón: es excepcionalmente rápido para su altura. Darren no tiene tiempo para levantar las manos antes de que el puño de Berto impacte en su mejilla izquierda y lo derribe.

En ese momento, lo que había sido hasta entonces una tontería de comedor de colegio se convierte en un disturbio.

Me pongo en pie y rodeo la mesa mientras Darren intenta levantarse. Solo ha apoyado una rodilla en el suelo cuando Berto le pone un pie en el hombro y lo empuja hacia atrás. Berto todavía tiene el pie en el aire cuando uno de los matones que estaba sentado con Darren lo embiste y lo tira de bruces contra nuestra mesa. El golpe es tan fuerte que tengo que saltar hacia atrás para que la mesa no me lleve por delante cuando se desliza medio metro por el suelo. Berto intenta zafarse de su agresor, pero otros dos tipos de Seguridad le sujetan los brazos en la espalda al mismo tiempo que le patean las piernas. Yo consigo poner mi mano sana en el hombro de uno de ellos, pero entonces me agarran del cuello de la camisa, me tiran al suelo, bocabajo, y me plantan un pie en la espalda. Lo último que siento son los dientes de una pistola táser apretados contra mi nuca.

—Explíquense.

Miro de soslayo a Berto, que tiene la mirada fija en un punto detrás de la cabeza de Marshall. Pasados cinco segundos de silencio incómodo, digo:

—Ha sido un malentendido, señor.

Marshall cierra los ojos y relaja ostensiblemente la mandíbula. Cuando vuelve a abrirlos apenas son dos rendijas en su rostro.

—Un malentendido —repite él—. ¿Así calificaría usted lo que ha sucedido esta tarde, Gomez?

—No, señor —responde Berto—. Creo que todas las personas involucradas en el incidente entendían perfectamente lo que estaba pasando.

—Ya veo. ¿Y qué era exactamente eso que todo el mundo entendía perfectamente?

Berto no puede evitar que se le dibuje una sonrisa incipiente en los labios.

—Principalmente que los agentes de Seguridad involucrados no aceptaron las consecuencias de sus malas decisiones y uno de ellos decidió pagar su frustración con un espectador inocente.

—Mmm. ¿El señor Drake le atacó? ¿Cómo se explica entonces que él haya terminado en la enfermería con una fractura en el arco cigomático mientras usted parece completamente ileso?

Berto se encoge de hombros.

—He dicho que me atacó. En ningún momento he señalado que su ataque fuera eficaz.

El gesto ceñudo de Marshall se acentúa. Se vuelve hacia mí.

—¿Está de acuerdo con la versión de Gomez del incidente, señor Barnes?

—En lo fundamental, sí —contesto—. Darren se acercó para hablar con nosotros por propia iniciativa. Nosotros ni siquiera lo estábamos mirando. Era obvio que estaba bastante disgustado por el hecho de haber tenido que cenar puré reciclado, y parecía decidido a desahogarse conmigo. Una vez que empezó todo, pareció sorprendido, pero no sé muy bien por qué. Es decir, él le puso la mano encima a Berto primero.

Marshall hace la mueca de quien acaba de comerse una caca de perro.

—Ya, bueno. Me encantaría sancionarles por este asunto, sobre todo porque es la segunda vez en veinticuatro horas que vienen a mi despacho. Pero, por desgracia, las cámaras de videovigilancia parecen respaldar en gran medida su versión. Queda claro que Drake se acercó a ustedes por propia voluntad y parece que al menos tocó a Gomez antes de que este lo derribara. Sinceramente, espero mucho más de nuestro equipo de Seguridad.

Marshall no aclara si espera de ellos más cabeza a la hora de tomar decisiones o más destreza en una pelea. Se recuesta en la silla y cruza los brazos.

—Sin embargo —añade—, hay un detalle que despierta mi curiosidad. ¿Él estaba comiendo puré reciclado mientras ustedes, comparativamente, estaban disfrutando de un banquete? Si no recuerdo mal, ayer mismo les reduje las raciones, mientras que él tiene asignadas dos mil kilocalorías diarias. —Se acaricia el mentón con aire pensativo—. Y, dejando a un lado que tenga razón para hacerlo o no, ¿por qué le culparía a usted de ello?

Berto me lanza una mirada, pero yo me quedo en blanco.

—Quién sabe, señor —responde Berto—. A lo mejor desayunó fuerte.

—Entiendo —dice Marshall—. Entonces, esto no tiene nada que ver, ¿verdad?

Da unos golpecitos a una tableta que hay encima de su escritorio. Parpadeo para reproducir el vídeo en mi ocular. Es una grabación granulada realizada a gran distancia del flitter de Berto, que se desliza a toda velocidad hacia unas rocas apiladas en una cresta nevada. La formación rocosa se parece mucho a la que recuerdo, con dos grandes piedras planas apoyadas la una en la otra que se levantan de un pedregal formando un triángulo. Desde el ángulo en el que está grabada la imagen da la impresión de que es imposible que el flitter pueda pasar por el hueco que queda entre las dos piedras y, aunque sé cómo acaba todo, se me hace un nudo en el estómago. Berto reduce la velocidad cuando está a un centenar de metros de las rocas, hace una leve corrección de la altura y, en el último momento, ladea la aeronave para pasar por el hueco sin que la pintura sufra el menor rasguño.

—¡Ah! —exclama Berto—. Así que lo grabaron.

—Sí —asevera Marshall—. Lo grabamos. Estamos en un momento de alerta máxima, Gomez. Hemos perdido gente y no podemos permitirnos el lujo de perder a nadie más. Por lo tanto, no dejamos nada sin vigilar. Son muy pocas las cosas que pueden hacer sin que nos enteremos. Veamos, puesto que es consciente de nuestra precaria situación en cuanto a los recursos materiales y los personales, ¿le importaría explicarme por qué consideró necesario arriesgar su vida y, lo que es más importante aún, dos toneladas de metal y sistemas electrónicos irreemplazables por lo que parece ser una fanfarronada juvenil?

Berto permanece callado con los ojos fijos en la pared. Marshall lo mira fijamente durante lo que parece una eternidad.

—Muy bien —dice finalmente Marshall—. Estoy al tanto de su apuesta, evidentemente. Supongo que no es necesario que le haga una relación de las normas que ha infringido en los dos últimos días porque es obvio que no le importa. —Se echa hacia delante, planta los codos en la mesa y suspira—. Ha llegado un punto en el que ya no sé qué hacer con usted, Gomez. No puedo permitirme dejarlo en tierra, lo cual, hablando claro, es lo menos que merece, y, por desgracia, en las directrices de la Unión no se contempla el castigo físico como medida disciplinaria. —Marshall hace una pausa y me mira—. ¿Tiene usted alguna sugerencia, señor Barnes?

Lanzo una mirada fugaz a Berto y vuelvo a mirar a Marshall.

—¿Yo, señor? No, señor.

Marshall vuelve a suspirar y se recuesta en la silla.

—Dadas mis limitadas opciones, supongo que lo único que puedo hacer es aumentar su carga de trabajo y reducir sus raciones. Durante los próximos cinco días también cubrirá los turnos de Adjaya. Eso por lo menos debería mantenerlo alejado de los problemas. Además voy a reducir sus raciones otro diez por ciento. Eso no debería preocuparle, ya que no va a tener tiempo para comer. También voy a bloquear su cuenta para que no pueda recibir transferencias de otros miembros del personal, por si acaso se le ocurriera alguna otra idea para timar a sus compañeros.

—Señor…

Marshall interrumpe a Berto antes de que este termine de pronunciar esa primera palabra.

—No malgaste saliva, Gomez. Como ya he dicho, es lo menos que merece. Si continúa presionándome me veré obligado a buscar soluciones más radicales para el problema que usted representa.

Da la impresión de que Berto todavía no ha dicho la última palabra, pero, no sin un esfuerzo evidente, traga saliva y vuelve a fijar la mirada en un punto detrás de la cabeza de Marshall.

—Sí, señor. Gracias, señor —dice finalmente.

—Excelente —dice a su vez Marshall—. Ahora, márchense. —Cuando nos levantamos y damos media vuelta para salir del despacho, Marshall añade—: ¿Barnes? No sé cuál es su implicación en este incidente, pero supongo que algo habrá tenido que ver con él, así que también le reduciré las raciones un cinco por ciento.

Me doy la vuelta.

—¿Cómo? ¡No puede hacer eso!

—Un diez por ciento —dice Marshall. Cuando vuelvo a abrir la boca, añade—: ¿Prefiere un quince?

Mi boca vuelve a cerrarse con el chasquido de mis mandíbulas.

—No, señor. Gracias, señor.

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