Mickey7

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—¿Otro diez por ciento? ¡Venga ya, Siete! ¿Cómo me haces esto?

—En primer lugar, yo no te hago nada. Esto nos afecta a los dos. Y en segundo lugar, la culpa no es mía. Si quieres echarle la bronca a alguien, ve a ver a Berto. Es él quien decidió timar a la mitad del departamento de Seguridad para quedarse con sus raciones y luego pegar a uno de ellos en la cafetería.

Ocho se deja caer en la cama y sepulta la cara en las manos.

—No puedo seguir así, Siete. Nunca me recuperaré de la salida del tanque. Ya sabes que este cuerpo no ha ingerido ni un alimento sólido. Solo pienso en comer desde que me despierto hasta que me duermo. ¿Cuánto kilocalorías nos toca a cada uno ahora? ¿Setecientas veinte? Para mí es imposible. Joder, es imposible.

—Lo siento, de verdad. Sé que ahora mismo debes estar viviendo un infierno, pero no podemos hacer nada. Si no quieres que volvamos al pozo de los cadáveres, tendremos que salir adelante como sea.

Ocho levanta la cabeza para mirarme.

—No voy a mentirte, Siete. Cada vez me parece mejor idea el pozo de los cadáveres.

Me dejo caer en la silla del escritorio, me quito las botas y apoyo los pies en la cama, al lado de Ocho.

—Quizá sea inevitable, pero todavía no ha llegado ese momento. Te diré qué haremos. Puedes quedarte todo lo que queda en la cuenta para hoy, y… ¿te parecen bien novecientas de mañana? ¿Te sientes mejor así?

Ocho gruñe.

—Mira —continúo—, yo solo me quedo con quinientas cuarenta para las próximas treinta y seis horas, y ni siquiera había terminado de cenar cuando Berto empezó la pelea. Sé que ahora mismo estás más muerto que vivo, pero para mí tampoco es lo que diríamos un pícnic.

Ocho suspira y se deja caer de espaldas a la cama.

—Ya lo sé —dice mirando al techo—. Sé que también lo estás pasando mal y te agradezco el ofrecimiento. Eres un buen tipo, Siete. Me sentiré fatal cuando te estrangule mientras duermes y me coma tu cadáver.

Recibo una alerta en el ocular antes de que se me ocurra una réplica.

<Black Hornet>: ¡Hola! ¿Estás libre?

Empiezo a redactar una respuesta, pero Ocho se me adelanta.

<Mickey8>: Sí. ¿No tenías vuelo esta noche?

<Black Hornet>: Sí, pero ya no. No sé por qué, pero se ve que le han asignado mis turnos de los próximos días a Berto, así que estoy libre hasta nueva orden. ¿Te apetece que nos veamos?

<Mickey8>: ¡Nada me gustaría más!

<Black Hornet>: Eres un cielo. Quedamos dentro de diez minutos.

—Lo siento —dice Ocho—, pero tienes que largarte.

—Oye…

—No, Siete —me interrumpe—. Lo necesito. Lo necesito. Lo de estrangularte mientras duermes era broma, pero como te pongas a discutir por esto te juro que acabaré contigo.

Reconozco que la ira que bulle en mi interior es completamente desproporcionada con lo que ha dicho.

Lo reconozco, pero me da igual.

—Escucha, cabrón de mierda, sé que estás pasándolo mal, pero estás abusando de mi generosidad. Llevo dos días jugándome la vida mientras tú te quedas aquí durmiendo a pierna suelta, y acabo de ofrecerte tres cuartas partes de nuestras raciones de los próximos dos días porque soy un imbécil con un corazón de oro. Acabas de salir del tanque, de acuerdo, y tienes hambre… Pero yo también paso hambre y hoy he estado a punto de morir. Y, en cualquier caso, no recuerdo que el mal de tanque aumente el deseo sexual. Así que si quieres seguir por ese camino, vayamos ahora mismo al despacho de Marshall y arreglemos esto de una vez por todas.

Me mira durante cinco largos segundos, con la boca entreabierta.

—Espera un momento —dice finalmente—. ¿Crees que esto es por el sexo?

Su pregunta me desconcierta.

—Esto… Sí.

Ocho gruñe, se incorpora y se frota la cara con las manos.

—Por Dios, Siete. ¿Es que no acabo de decirte que me muero de hambre? ¿Crees que ahora mismo tengo fuerzas para mantener relaciones sexuales? No me voy a abalanzar sobre Nasha para desnudarla en cuanto entre por esa puerta, idiota. Voy a intentar convencerla para que me consiga comida. Tú le sacaste una cena a Berto, aunque tuvieras que dejarla a medias. No puedes privarme de esta oportunidad.

Y tal como vino, la ira desaparece.

—Ah. De acuerdo.

—De acuerdo. ¿Y bien?

Lo miro fijamente. Él me mira a mí. Pasados unos segundos, pone los ojos en blanco y señala la puerta.

—De acuerdo —repito.

Me pongo las botas y salgo de la habitación.

Voy a contarte una historia divertida sobre morirse de hambre. Todo el mundo sabe que Edén fue la primera colonia, ¿verdad? El primer lugar que la antigua Tierra contaminó con éxito con sus descendientes. Sin embargo, poca gente sabe que la misión que finalmente holló Edén en realidad era el segundo intento de colonización terrícola.

El primero, llevado a cabo por una nave llamada Ching Shih, partió de la Tierra casi cuarenta años antes, unos veinte años después del final de la Guerra de las Burbujas. Esa expedición fue el primer intento desesperado de nuestra especie de viajar más allá de la heliopausa de nuestro sol y, como la mayoría de las cosas que intentábamos por primera vez, no salió especialmente bien. La nave no contaba con una recicladora y la eficiencia de sus motores distaba mucho de la de los nuestros, y la distancia entre la Tierra y Edén era considerable incluso para los parámetros modernos. Estaba previsto que el viaje de la Ching Shih durara veintiún años, y esperaban obtener todos los alimentos necesarios de los cultivos agrícolas que se realizarían a bordo.

Teniendo en cuenta todos los contratiempos que encontraron, lo primitivo de sus fundamentos tecnológicos y su ignorancia acerca de los efectos que el medio interestelar puede tener a velocidades relativistas, en realidad es impresionante que consiguieran llegar tan lejos. Llevaban doce años de viaje cuando sus cosechas comenzaron a sufrir problemas. De sus transmisiones se infiere que nunca llegaron a comprender de verdad lo que estaba pasando. Lo más probable, de acuerdo con el relato que he leído, es que la acumulación de radiación dañara las plantas; el efecto fue agravándose a lo largo de generaciones hasta que el excesivo número de mutaciones provocó que los organismos dejaran de ser viables. Los generadores de campo de la Ching Shih no eran tan eficientes como los nuestros y su departamento de Agricultura estaba ubicado en el tercio delantero de la nave, al parecer porque en la época se consideraba que eran los seres humanos los que necesitaban la protección, así que aquellas pobres plantas recibían de lo lindo.

Lo esencial de los desastres en el espacio interestelar es que algunos son rápidos y otros lentos, pero todos acaban matándote. La Ching Shih murió lentamente. Hay que reconocerles el mérito de que documentaran todo el proceso, incluso cuando quedó claro que no tenían ninguna esperanza de sobrevivir, con el único fin de que la siguiente misión no cometiera el mismo error. La reducción progresiva de las raciones se alargó durante casi un año. Cuando se hizo evidente que esa medida no sería suficiente, la comandante de la misión pidió voluntarios para transformarse de consumidores de calorías en fuente de ellas.

La muerte por inanición es dolorosa. La comandante recibió un número sorprendente de ofrecimientos.

Pasaron tres años más hasta que finalmente la comandante afrontó el hecho de que, incluso reduciendo la tripulación al mínimo necesario para mantener en funcionamiento la nave, y quizá para sacar los embriones almacenados de sus depósitos al final del viaje, no lo conseguirían. La producción del departamento de Agricultura era casi nula. El plan de la misión era que los cultivos, además de proporcionar alimentos, jugaran un papel fundamental en el ciclo del carbono, así que la expedición estaba fracasando en varios niveles. Aún faltaban cuatro años para llegar a Edén cuando los últimos doce tripulantes de la Ching Shih apagaron los motores, se quedaron en ropa interior y salieron por la esclusa principal de la nave.

La Ching Shih sigue ahí fuera, vagando por el vacío a 0,6 c, como supongo que también lo están los cuerpos de esos doce colonizadores frustrados. A veces me pregunto si alguien se cruzará alguna vez con ellos y se preguntará a dónde van con tanta prisa… y por qué demonios van desnudos.

El problema de que te echen de tu cuarto cuando vives en una cúpula que es una ratonera en un planeta con una atmósfera tóxica y habitantes nativos hostiles es que no hay muchos sitios adonde ir. No tenemos teatros ni cines. Tampoco cafeterías, parques, plazas o bares. De lo que sí andamos sobrados es de lugares de trabajo; el abanico es amplio, y van desde los desagradables (la zona de reciclaje de aguas residuales) hasta los hostiles (la sala común del departamento de Seguridad). En el departamento de Agricultura no se está mal, siempre y cuando seas capaz de no deprimirte al ver lo débiles que están la mayoría de los cultivos, pero allí solo soy bien recibido los días que me envían a echarles una mano, así que es una zona prohibida.

A falta de opciones mejores, pongo rumbo a la cafetería.

Es la hora del último turno de la cena, así que imagino que apenas habrá gente, pero cuando entro me la encuentro más vacía de lo que esperaba. Hay un grupo de cuatro personas sentadas a una mesa casi al fondo de la cafetería, picoteando de un par de bandejas con patatas que comparten. También hay un tipo de Biología al que conozco un poco de vista, sentado solo en el rincón opuesto, con lo que parece un batido de puré reciclado en la mano y los ojos pegados a la pantalla de una tableta. Se llama Highsmith. Es aficionado a la historia. Una vez tuve una entretenida conversación con él acerca del paralelismo entre la Diáspora y la expansión original de la especie humana desde África en la Tierra. La mayoría de sus opiniones eran erróneas, pero me lo pasé bien explicándole detalladamente el porqué.

Por un breve momento, brevísimo, me planteo la posibilidad de preguntarle si le apetece tener compañía. Pero entonces recuerdo que el saldo de mi cuenta de racionamiento está a cero para lo que queda de día y me doy cuenta de lo raro que sería sentarme enfrente de él en la cafetería sin un plato delante e intentar entablar una conversación. De manera que me siento en un banco próximo a la puerta y tan alejado de Highsmith y de los demás como es posible, saco la tableta y me pongo a buscar algo con lo que distraerme.

Pasados unos diez minutos, falto de inspiración, decido regresar a los clásicos y leo un artículo sobre el fracaso de la colonia que el pueblo vikingo de la antigua Tierra intentó fundar en un lugar llamado Groenlandia. Resulta ser que se encontraron en una situación muy parecida a la nuestra en muchos aspectos. Intentaron fundar una sociedad sostenible en un lugar frío e inhóspito donde no se daban las condiciones para sus cultivos tradicionales. También se enfrentaron con nativos hostiles. Supongo que su líder era un capullo.

Finalmente murieron de hambre.

Esto me hace pensar en Ocho, acostado en nuestra cama y gimoteando mientras balbucea que va a comerse su propio hígado, y en Nasha, que probablemente va a nuestro cuarto con la expectativa de pasar un buen rato y lo único que va a recibir son las súplicas de Ocho, haciéndose pasar por mí, para que le invite a comer.

Comida.

¿A dónde irían para comer?

Me pongo en pie antes de que este pensamiento acabe de formarse. Highsmith levanta los ojos de la pantalla cuando vuelco mi banco al levantarme y salgo disparado hacia la puerta. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Y cuánto tiempo podría tardar Ocho en convencer a Nasha para que vengan a la cafetería? ¿Y cuánto tiempo podrían tardar en llegar aquí? Ignoro la respuesta a todas esas preguntas, pero no puedo evitar pensar que seguramente convergen rápidamente. Envío un mensaje a Ocho.

<Mickey8>: ¿Dónde estás?

<Mickey8>: Yendo a la cafetería. ¿Por qué?

<Mickey8>: ¿Dónde estás ahora exactamente?

<Mickey8>: Acabamos de bajar la escalera central. ¿Qué demonios pasa, Mickey?

Aparecerán por esa esquina dentro de diez segundos.

Está bien. Tengo tiempo. Ni siquiera es necesario que corra; solo tengo que caminar con paso ligero por el pasillo hasta la siguiente intersección y girar. Una vez hecho eso, apoyo la espalda en la pared, inspiro hondo y dejo salir el aire lentamente. ¿Y si no lo hubiera pensado a tiempo? ¿Qué habría pasado si Nasha y Ocho hubieran entrado en la cafetería y me hubieran encontrado sentado a la mesa, absorto en la pantalla de la tableta?

Y ya puestos, ¿qué va a pensar Highsmith cuando entre de nuevo por la puerta después de verme salir corriendo veinte segundos antes, esta vez acompañado por Nasha?

Ay. Con Nasha. Y con otra ropa. Espero que no sea un tipo observador.

Prefiero no pensar en ello. Ahora lo importante es decidir a dónde voy.

No puedo volver a mi cuarto. Creo que lo más prudente es suponer que volverán allí en cuanto Ocho tenga algo en la barriga.

Se me pasa por la cabeza la opción de esconderme en la habitación de Nasha. La comparte con una mujer de Agricultura llamada Trudy. Trudy es maja. Seguramente no le importará que me quede un rato allí si le digo que estoy esperando a Nasha… que antes o después aparecerá y seguramente se preguntará cómo es posible que yo haya llegado antes que ella a su cuarto desde el mío, y también qué carajo hago yo allí.

Sí, mala idea.

En toda la cúpula solo queda otro espacio común, y por suerte para mí tengo la garantía de que está vacío casi siempre.

Suspiro y me enderezo antes de dirigirme al gimnasio.

No es habitual que un gimnasio forme parte del equipamiento de una colonia cabeza de puente. El hecho de que contemos con uno da fe de la firme creencia de Hieronymus Marshall en los beneficios que tiene el ejercicio físico para mantener altos los niveles de moral y de ética de las personas.

Y el hecho de que sea el único espacio de la cúpula donde sabes que no encontrarás a nadie a cualquier hora del día y de la noche da fe de que, a pesar de lo que Hieronymus Marshall piense sobre el tema, el ejercicio físico es lo último de lo último que haría nadie durante una época de hambruna.

Confieso que no sé dónde está el gimnasio. Tengo que abrir un mapa de la cúpula en el ocular para averiguarlo. Resulta ser que se encuentra en el mismo pasillo que la recicladora, lo cual, justo en este momento, me parece extrañamente apropiado.

Decido dar un largo rodeo hasta allí. Enfilo por uno de los pasillos radiales hasta el anillo exterior de la cúpula y recorro la mitad de este antes de entrar en otro pasillo radial para volver al centro, pensando que así es menos probable que me tope con alguien que se dirija a la cafetería o para empezar su turno en Agricultura. A pesar de mis precauciones, me cruzo con media docena de personas y tengo la sensación de que me miran raro. ¿Paranoia? Tal vez. O tal vez también se han cruzado con Ocho y con Nasha, se imaginan lo que está pasando y envían mensajes a Seguridad en cuanto me pierden de vista.

Solo llevamos con esto dos días y ya estoy volviéndome loco.

Cuando por fin llego al gimnasio, entreabro la puerta y me escabullo dentro como si fuera un fugitivo al que persiguen. Cierro la puerta detrás de mí, cierro los ojos y apoyo la frente en la fría superficie de plástico.

—¿Algún problema?

Vuelvo bruscamente la cabeza y el corazón me da un vuelco tan violento que por un instante pienso que me estoy muriendo. El equipamiento del gimnasio deja mucho que desear; consta de unas cuantas cintas de correr puestas en fila, unas espaldera y media docena de mancuernas en un espacio que es dos o tres veces mi cuarto.

No está vacío.

De hecho hay una mujer en la espaldera, vuelta hacia mí, con los pies en las barras laterales y una esterilla extendida debajo de ella.

El pánico se ceba conmigo durante un largo segundo hasta que me doy cuenta de que es Cat.

Nos miramos fijamente. Interrumpe el ejercicio, baja de la espaldera y se cruza de brazos.

—¿Qué haces aquí? —consigo preguntar.

Cat pone los ojos en blanco.

—¿Estás seguro de que te toca a ti hacer esa pregunta?

Cierro los ojos y respiro hasta que mi pulso recupera un ritmo cercano a lo normal. Cuando vuelvo a abrirlos, su expresión de confusión se torna en una de preocupación.

—Lo siento —digo. Cruzo la habitación en tres pasos, me doy la vuelta y me siento en la última cinta de correr de la fila—. Estoy teniendo un día raro.

—Ya lo sé. ¿Por qué no vuelves a la enfermería? Pareces un poco ido.

—No —respondo, quizá demasiado rápido—. No, me encuentro bien. Supongo que solo necesitaba estar un rato a solas y me ha sorprendido encontrarte aquí. Nunca imaginé que habría alguien haciendo ejercicio.

Cat sonríe, deja caer los brazos a ambos lados de su cuerpo y viene a sentarse conmigo.

—Es normal.

La miro. Tiene el pelo recogido detrás en una coleta alta y lleva puesto el traje interior ajustado de su armadura. No sé cómo lo hace, pero la favorece. Apenas suda, así que supongo que ha llegado hace poco.

—Dime la verdad, ¿qué haces aquí? Te has enterado de que estamos en mitad de una hambruna, ¿verdad?

—Sí, ya lo sé —responde.

—¿Entonces?

Suspira.

—Gillian Branch era mi compañera de habitación.

—Ah… ¿Y quién era Gillian?

Cat me clava una mirada asesina.

—Para ti todos somos unos matones anónimos, ¿no?

Me echo hacia atrás y levanto las manos en señal de rendición.

—¡No! ¡No! No es culpa vuestra sino mía. Apenas me relaciono con nadie, Cat. Vivo rodeado de gente que piensa que soy una abominación. Y la mayoría de la gente que se acerca para hablar conmigo parece que esté realizando alguna clase de fantasía fetichista. Casi siempre es más fácil mantener las distancias.

—Ah, los cazafantasmas, ¿eh?

—Eso. ¿Tú no…?

Entrecierra los ojos.

—¿Disculpa?

—Perdona, es solo que…

—Ya te dije que no soy natalista, si eso es lo que estás preguntando.

—Está bien. O sea, me alegro, supongo. Berto me ha dicho más de una vez que suena genial eso de que te consideren un fetiche. Pero, créeme, no lo es.

Su expresión se suaviza y yo bajo las manos.

—Ya, te entiendo. No sé si te habrás fijado, pero Maggie Ling y yo somos las únicas mujeres en todo Niflheim con los ojos rasgados. También he sufrido el fetichismo. —Sonríe—. Te propongo un trato: yo no te cosificaré si tú no lo haces conmigo.

Le tiendo la mano.

—Acepto.

Estrechamos las manos. Su sonrisa se ensancha brevemente y desaparece cuando me suelta la mano.

—De todos modos, Gillian formaba parte del equipo que salió ayer.

—Ah —digo—. Ya. Era esa Gillian.

Cat asiente con la cabeza y mira a otro lado.

—Vaya, lo siento —añado—. Después de que ocurriera tú no parecías… Es decir…

—No te voy a engañar —dice Cat—. No era ni mucho menos mi mejor amiga. No es fácil compartir un espacio pequeño con otra persona. Si te soy sincera, la mayor parte del tiempo nos tratábamos como si fuéramos unas simples conocidas.

—Aun así…

—Aun así. Volví a mi cuarto cuando acabó mi turno y…

—Te dio el bajón.

Cat se frota la cara con las manos.

—Eso es, me dio el bajón. —Suelta una carcajada entrecortada y sepulta la cara en las manos cuando su risa se convierte en un gimoteo—. A nadie le habría extrañado que hubiera saltado de alegría por tener toda la habitación para mí, ¿verdad?

Le pongo una mano en la espalda. Ella levanta la cabeza para mirarme y se arrima a mí; ahora tiene medio trasero apoyado en mi cinta de correr y nuestras caderas se tocan. Le paso un brazo por los hombros y apoya la cabeza en mi pecho.

—Lo siento —dice. No habías venido aquí para consolarme. —De repente se pone derecha y me mira—. ¿Para qué has venido realmente? ¿No tienes una habitación individual? Si lo que buscabas era soledad, ¿por qué no simplemente te has encerrado en tu cuarto?

—Buena pregunta —digo.

Nos miramos fijamente a los ojos. Después de lo que seguramente solo son diez segundos pero a mí me parece una eternidad, me pregunta:

—¿Vas a responderme o no?

Suspiro.

—Nasha está en mi habitación.

—Ah. ¿Vosotros…?

—Está con otra persona.

Eso la deja parada un momento.

—¿En tu habitación? —dice finalmente.

Me encojo de hombros y ella niega con la cabeza.

—¿Sabes qué? Prefiero no saberlo.

—Me parece una sabia decisión.

Continuamos sentados en silencio un momento. Estoy empezando a pensar que voy a tener que pasar toda la noche deambulando por los pasillos como si fuera el terrorífico fantasma de Niflheim cuando Cat dice:

—No sé si acabaré arrepintiéndome de esto, pero… yo tengo una habitación doble.

Me vuelvo para mirarla con una ceja arqueada.

—¿Estás cosificándome?

Cat se echa a reír.

—Nada de eso. Solo le estoy ofreciendo una cama disponible a una persona sin hogar. De todas maneras debo reconocerte que me sorprende que Nasha y tú tengáis una relación abierta. Te prometo que ayer no me dio esa impresión.

—Es complicado —digo encogiéndome de hombros.

—De acuerdo. Pero ¿es la clase de complicación en la que mañana acabo destripada?

—No… En fin, no me parece probable. Lo peor que puede pasar es que a mí me tiren al pozo de los cadáveres.

Apoya un dedo en el mentón y finge reflexionar profundamente.

—Creo que es un riesgo que estoy dispuesta a correr.

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