Mickey7
016
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—Oye —dice Cat—. Despierta.
Abro los ojos. Estoy desorientado y tardo un minuto en darme cuenta de dónde me encuentro. Anoche Cat y yo juntamos su cama y la de su excompañera, pero hemos acabado durmiendo los dos en la suya. Supongo que Cat lo ha hecho por costumbre, y yo porque tenía la ligera sensación de que era una falta de respeto dormir en el catre de una persona que acaba de morir. Cat se ha incorporado de lado con un codo apoyado en la cama y el brazo apretado contra mi hombro. Nuestras caras casi se tocan.
Quiero dejar clara una cosa: anoche no pasó nada ni remotamente sexual entre nosotros.
Es posible que eso suene extraño cuando acabo de decir que básicamente hemos dormido uno encima del otro, pero cuando llegó el momento, no fui capaz de desenredar lo que siento por Cat de mis sentimientos por Nasha y por Ocho, y Cat… supongo que ella solo necesitaba un cuerpo caliente a su lado para mantener alejados los monstruos.
Yo no puse ninguna objeción. Sé cómo se siente.
—Son casi las nueve —dice—. ¿Te esperan en algún sitio?
Es una buena pregunta, la verdad. Abro con un parpadeo la lista de turnos de hoy. Según parece, hoy me toca pasar el día en Hidroponía intentando convencer a un puñado de plantas moribundas de que saquen un par de tomates. En realidad hace como una hora que debería estar allí. Sin embargo no he recibido ningún aviso por no haberme presentado puntualmente, así que Ocho debe estar allí arrancando brotes y comprobando los niveles de pH.
Al parecer, yo trabajo los días que toca ser devorado por los gusanos y él cuando hay que cuidar plantas. Voy a tener que hablar de esto con él.
Por otra parte, da la impresión de que tengo el día libre, yo diría que por primera vez desde que aterrizamos en Niflheim. Solo tengo que asegurarme de no coincidir con Ocho en ningún sitio y de no cruzarme con nadie que pudiera haberlo visto hoy.
Mi misión sería mucho más sencilla si no viviéramos en una ensaladera puesta del revés de un kilómetro de diámetro.
—Tengo el día libre. ¿Y tú?
Cat se encoge de hombros.
—Han estado a punto de matarme dos veces en dos días. Supongo que en Seguridad te lo compensan reduciéndote el turno a la mitad. No entro hasta el mediodía.
Me despego del brazo de Cat y me incorporo con cuidado de no mover más de lo necesario la muñeca izquierda, que aún sigue hinchada. Ella gira hacia el otro lado y se levanta de la cama. Los dos todavía llevamos puesta la ropa interior, unas camisetas y unos pantalones cortos grises y anodinos, descoloridos por el sudor y el exceso de lavados. Son unas prendas tan feas que, por extraño que parezca, ver a Cat vestida con ellas da una sensación de relación íntima mucho mayor que si estuviera desnuda.
—Bueno, ¿y qué planes tienes para hoy? —me pregunta.
Me froto la cara con las manos y me echo el flequillo hacia atrás mientras ella abre el armario y saca una camiseta limpia.
—Pues no lo sé. Hace tiempo que no tengo un día libre.
La verdad es que mi plan consiste en intentar pasar desapercibido en la cúpula, con la esperanza de que no me vea nadie que pueda saber que también estoy en Agricultura, alimentando tomates recién nacidos con un cuentagotas, pero eso no puedo decirlo. Cat se enfunda unos pantalones y vuelve a sentarse en la cama para ponerse las botas.
—Bueno —dice—. En este momento, mi plan es ir a comer algo. ¿Te apuntas?
Sonrío.
—Claro. ¿Invitas tú?
Me lanza una mirada por encima del hombro con los ojos entornados.
—No, no invito. Y, para que lo sepas, como vuelvas a tocar mi comida vas a tener dos manos vendadas en vez de una.
Es justo. Me visto y nos vamos.
A esta hora del día los pasillos están casi vacíos, y las pocas personas con las que nos cruzamos apenas nos prestan atención. A Cat la saludan un par de veces, pero yo parezco invisible. Mi trabajo, sobre todo desde que aterrizamos, parece haberme aislado de los demás. No sé por qué, pero incluso la gente que no me considera un monstruo sin alma prefiere no relacionarse con una persona sobre quien pesa una perpetua sentencia de muerte.
Ahora mismo eso juega a mi favor.
Nadie quiere tampoco relacionarse con alguien que apesta como si fuera un pie gigante sudoroso, así que nos detenemos un momento en la ducha química. Cat me lanza una mirada indescifrable cuando llegamos a la ducha. ¿Está preguntándome si quiero ducharme con ella? Sonrío, inclino ligeramente la cabeza y le cedo el paso con un gesto. Ella se encoge de hombros, entra en el cubículo y cierra la puerta. Cuando vuelve a salir unos minutos después, entro yo. Me desnudo, me friego el cuerpo y me seco. Vuelvo a ponerme la ropa sucia porque, aunque quisiera subir a mi cuarto, Ocho lleva puesta mi única muda limpia.
Esto me recuerda que, si bien echo de menos en mayor o menor grado un montón de cosas de Midgard, el agua caliente ocupa uno de los primeros puestos de la lista. Lo que da más rabia es que es evidente que hay una gran cantidad de agua acumulada en ventisqueros fuera de la cúpula. Sin embargo, los sistemas internos de la cúpula proceden directamente de la Drakkar, así que todavía racionamos el agua como si estuviéramos varados en el desierto interestelar. Y esto no cambiará hasta que comencemos a construir en el planeta, lo cual no sucederá hasta que se complete una larga lista de tareas previas, empezando por la fabricación de metal y terminando por resolver el problema con los gusanos.
Mientras tanto, la ducha química es eficaz para el aseo e imprescindible para mantener bajo control el olor corporal, pero es lo menos placentero que existe.
Al menos cuando te duchas solo.
Eso me lleva a pensar en Nasha, y en Ocho.
Pero ahora me conviene no pensar en eso.
La cafetería principal está casi vacía cuando llegamos. Solo hay una pareja, que conversa en voz baja con las cabezas pegadas, sentada a una mesa en el lado opuesto de donde se encuentra el mostrador con la comida, y un tipo de Seguridad sentado solo cerca de la entrada, dando cuenta de una montaña de grillos fritos. El gorila saluda a Cat con la cabeza cuando pasamos a su lado y ella le responde con la mano. Yo me acerco al mostrador y le muestro mi ocular al escáner, que emite un pitido. El saldo que me queda de la ración diaria aparece en la esquina superior izquierda de mi campo visual: seiscientas kilocalorías. Se ve que Ocho ha desayunado como un rey esta mañana.
Me gustaría cabrearme con él, pero sé que no es su culpa. Los primeros días nada más salir del tanque son una verdadera mierda.
Allí estoy, con los brazos cruzados sobre mi quejumbrosa barriga, intentando decidir si voy a derrochar mi saldo con una única comida en todo el día consistente en un puñado de daditos de boniato seguido de un tazón de puré reciclado, cuando Cat se pone a mi lado y nuestros brazos se rozan.
—¿Vas a pedir algo?
Arrugo el ceño y aprieto el botón con el icono del dispensador de puré.
Cat sonríe, enseña su ocular y pide un revuelto de boniato y tomate. Empiezo a salivar, pero teniendo en cuenta el saldo que me queda en la cuenta, tanto daba que el montón de boniato al que le había echado el ojo fuera un solomillo de ternera. Hago una mueca, tomo un sorbo de mi tazón de puré y vuelvo a rellenarlo antes de darme la vuelta. Trescientas kilocalorías. Eso significa que por lo menos puedo tomarme otro tazón antes de acostarme esta noche.
—No sé cómo puedes comerte eso —dice Cat cuando la bandeja con su comida sale por una ranura situada en el otro extremo del mostrador.
La miro y abro la boca para soltarle algo borde, pero me lo pienso mejor y sacudo la cabeza.
—Como tus amigos del departamento de Agricultura no encuentren una solución, creo que pronto lo descubrirás —digo.
Cat esboza una sonrisa de suficiencia. Enfilo con mi tazón en la mano hacia una mesa situada en el centro de la cafetería. Cat me sigue.
—No sé si te habrás dado cuenta, pero ahora mismo estás restregándome en la cara tu comida de ricachona.
Cat se echa a reír, pero se nota que no está segura del todo de que le hable en broma.
De hecho, no se lo digo en broma.
Pero ella no tiene la culpa de ninguno de mis problemas. Sonrío y Cat se relaja visiblemente.
—En fin. ¿Qué tal en Seguridad? ¿Hay alguna novedad desde el fiasco de las patrullas?
Cat toma un bocado de boniato, mastica y traga. Yo tuerzo el gesto y tomo un trago del tazón de puré.
—Bueno —dice con un segundo bocado en la boca—. Amundsen está bastante cabreado con todo este asunto de los gusanos. Nos ha puesto turnos de doce horas, lo cual es una auténtica putada, y todo el mundo debe llevar un acelerador lineal durante el servicio, lo cual también es un asco, porque son incómodos, pesan un montón y acabas con la espalda hecha polvo. Además, después de lo que ha pasado estos días, estamos confinados en la cúpula, así que se acabaron los paseos por la nieve. —Hace una pausa para tragar—. La verdad, no sé qué espera que hagamos con un acelerador dentro de la cúpula. ¿Sabes qué clase de daño puede causar un rayo de diez gramos que empiece a rebotar de un lado a otro?
Se queda mirando con expresión expectante. Tardo cinco segundos en darme cuenta de que no es una pregunta retórica.
—Esto… No.
—Pues uno devastador —dice Cat—. Esa clase de daño.
Ya casi me he terminado el puré y mi estómago continúa vacío.
—Pero eso es mi problema. ¿Y tú? ¿Ya se te ha ocurrido alguna idea de cómo pasar el día libre?
—Ah, bueno. No sé. Holgazanearé un poco. Me atiborraré de puré reciclado. Esperaré a qué Marshall encuentre una manera nueva de matarme. Supongo que será un día más en el paraíso.
Cat ríe. La risa de Cat no es delicada, sino la que esperarías oír de alguien que ve cómo resbalas en una placa de hielo.
—Cuéntame —dice mientras rebaña la bandeja—, ¿por qué te metiste en el negocio de los Prescindibles?
La primera idea que se me pasa por la cabeza es responderle con alguna tontería sobre el servicio y el sentido del deber, pero por alguna razón no me apetece soltarle una ristra de mentiras interesadas a Cat. Al final me encojo de hombros y le cuento la verdad.
—Quería salir de Midgard. Esta era la única manera de hacerlo.
—Ah. Te entiendo.
Asiento, inclino el tazón y vacío los posos grumosos del puré en mi boca.
—Un momento. ¿Me entiendes? ¿Qué es lo que entiendes?
—Por qué te apuntaste —responde Cat—. Eras un delincuente, ¿no? ¿Mataste a alguien o algo así?
Se repite la historia.
—No, no maté a nadie —digo.
—Mmm. ¿Entonces qué hiciste? ¿Extorsión? ¿Robo a mano armada? ¿Delitos sexuales?
—No, no y no. No soy un delincuente. ¿Crees que si lo fuera me habrían aceptado en la primera misión colonizadora en la historia de Midgard?
—¿Como Prescindible? Es posible. Durante el entrenamiento oí que hablaban de traer a alguien obligado.
—Sí, yo también lo oí. Pero eso pone en duda tu criterio para tomar decisiones, ¿no crees? Ayer invitaste a un violador asesino y extorsionista a pasar la noche en tu habitación.
Cat sonríe.
—Nunca he dicho que sea la más lista de la clase.
Paso el dedo por la pared interior del tazón para recoger los trocitos de puré que se han quedado pegados.
—¡Vaya! Te encanta esa porquería, ¿eh?
—Ya lo creo —digo frunciendo el ceño—. No hay nada mejor.
Cat rasca la bandeja para arrancar los restos requemados de boniato.
—Nunca he pensado que seas un asesino. Nunca se me pasaría por la cabeza que enviaran a alguien así en una misión colonizadora, aunque solo fuera por no echar a perder el acervo genético. Pero casi todas las personas con las que he hablado creen que nos mintieron cuando se enteraron de que habían conseguido un voluntario. Cuesta imaginarse a alguien aceptando… bueno, ya sabes, hacer lo que tú haces. Gillian estaba convencida de que eras un presidiario o algo por el estilo, y que se habían inventado el cuento de que te habías ofrecido voluntario para que no te margináramos y eso.
—Vaya, pues ha funcionado.
Cat pone los ojos en blanco.
—Venga ya. Tienes amigos. Te he visto con Gomez, y a Nasha pareces caerle muy bien. Pero todavía no has respondido mi pregunta. ¿Qué tenías en la cabeza cuando firmaste el contrato para convertirte en el conejillo de Indias de una colonia cabeza de puente?
Ahora sería un buen momento para contarle los verdaderos motivos que me llevaron a la oficina de Gwen.
Sería un buen momento, pero no lo haré. Quizá un par de mentiras interesadas no sea tan mala idea.
—¿Quién sabe? A lo mejor soy un idealista. A lo mejor era la manera que encontré de aportar mi granito de arena a la Unión.
Cat vuelve a reírse, esta vez más fuerte.
—¡Guau! —exclama—. ¿Y cómo te va? —Se pone seria, mira primero su bandeja vacía y luego a mí—. De hecho, te va bastante bien, ¿no? Por lo menos mejor que a Gillian, o a Rob, o a Dugan.
No sé a dónde quiere llegar con ese comentario, pero por alguna razón un escalofrío me recorre la espalda.
—Lo que quiero decir es que tiene unas ventajas indudables no poder morir en un sitio como este, ¿no crees?
—No soy inmortal —apunto—. Me matan cada dos por tres. En eso consiste ser el Prescindible, no lo olvides.
—Y aun así, estás aquí. ¿Dónde está ahora Gillian?
No tengo una respuesta. Permanecemos callados. Cat hace una mueca y bebe un trago del puré reciclado que ha ido a buscar para complementar su desayuno. El médico afirma que todos deberíamos beber todos los días unos cuantos decilitros de puré por las vitaminas. Según parece, una dieta basada en boniato y grillos no está completamente equilibrada. Cuando se termina el puré, se reclina en la silla y la sonrisa vuelve a sus labios.
—En fin. No tiene nada que ver, pero… supongo que me gustaría darte las gracias, Mickey. Sé que anoche fue todo un poco raro, pero…
—No fue raro —digo—. Lo entiendo.
Cat desvía la mirada.
—Ya. Yo… lo necesitaba.
No sé muy bien qué decir, así que me inclino sobre la mesa y pongo una mano sobre la suya. Ella pone la otra encima de la mía y luego la retira.
—Bueno —dice Cat—, ¿y esta noche qué te toca?
Dudo antes de responder, pero no se me ocurre ninguna razón para mentir también sobre esto.
—Creo que también tengo libre la noche.
Cat vuelve a inclinarse hacia mí, apoya las manos en la mesa y se impulsa para levantarse.
—¿En serio? Ahora estás libre, ¿no? ¿Cómo es eso?
—Bueno, son comprensivos conmigo cuando acabo de salir del tanque.
—Vaya. No es broma, la lista de ventajas no para de crecer, ¿eh?
No sabría decir si sonríe o no mientras va a la papelera y tira la bandeja.
—De todas maneras —añade—, envíame un mensaje a eso de las diez si estás libre. A lo mejor podemos hacer algo divertido juntos.
Cuando Cat se va, saco la tableta e indago en la historia de los Prescindibles en las expediciones colonizadoras. Siempre he pensado que era un miembro más del equipo estándar para esta clase de misiones, pero lo cierto es que la tecnología que los permite solo es viable desde hace unos doscientos años, e incluso en todo este tiempo muchas expediciones no contaron con ellos. Desde el punto de vista práctico parece una locura renunciar al Prescindible, porque cuando estás a media docena de años luz del lugar más cercano para reponer suministros y solo cuentas con un grupo reducido de personas adultas y un puñado de embriones que tardarán años en crecer lo suficiente para echar una mano, debería ser irresistible la capacidad de crear nuevos colonos más o menos a tu antojo.
Pero resulta ser que hay un montón de objeciones. Las religiosas son las más obvias, aunque no van conmigo. Al parecer, coger a alguien de la calle o de una cárcel y obligarlo a morir una y otra vez también plantea ciertos dilemas éticos. Conseguir un voluntario elimina algunas de esas consideraciones, evidentemente, ¿pero qué probabilidades hay de encontrar uno?
Quizá debería haber hecho estas averiguaciones antes de entregarle a Gwen mi ADN. No sé si me habrían hecho cambiar de opinión (aquella máquina de tortura tenía un gran poder de motivación), pero por lo menos habría solicitado mejores bonificaciones al firmar.
Es casi mediodía cuando concluyo mi investigación y la cafetería está empezando a llenarse. Todavía tengo el estómago vacío y oigo sus rugidos. Observar a mis compañeros colonizadores mientras llenan sus bandejas no ayuda. Consulto mi saldo con un parpadeo. Me quedan cuatrocientas cincuenta kilocalorías para lo que resta de día.
Corrijo: nos quedan cuatrocientas cincuenta kilocalorías para lo que resta de día. Si respeto el trato que tengo con Ocho, trescientas son suyas.
Es un condicional muy tentador.
¿Qué es lo peor que podría pasar si me adelanto a él y vacío el saldo de nuestra cuenta? No veo a Ocho yendo a Comandancia para presentar una queja.
Por supuesto, tampoco me veo a mí haciéndolo. Si hubiera informado de este lío hace dos días, probablemente yo habría sido el elegido para seguir vivo. Sin embargo, a estas alturas estoy seguro de que si Marshall nos descubre nos hará picadillo a los dos.
Además, esta mañana Ocho ha comentado algo sobre asesinarme mientras duermo. Seguramente debería olvidarme de estas tonterías y respetar el trato.
De todas maneras, todavía me quedan ciento cincuenta kilocalorías que puedo gastar como quiera, pero no creo que en este momento fuera capaz de meterme entre pecho y espalda otro tazón de puré, así que decido regresar a mi cuarto. Tal vez me eche una siesta para ahorrar energía.
Cuando llego a la escalera central me aparto para dejar pasar a un hombre y una mujer de Biología que discuten en voz alta y gesticulando ostensiblemente. Ya he subido dos escalones cuando el hombre con el que acabo de cruzarme dice:
—¿Eres tú, Barnes?
Me doy la vuelta y hurgo en mi memoria. ¿Cómo se llamaba? ¿Ryan? ¿Bryan?
—Hola. ¿Qué sucede?
—Tu turno no ha terminado aún —dice el hombre—. ¿A dónde vas?
Oh, vaya.
—Necesito una cosa de mi habitación. Tardaré cinco minutos.
El hombre frunce el ceño.
—Que sean tres. Tenemos un fago nuevo que habría que probar en los tomates esta tarde. Podría ser peligroso. Te necesitarán para que eches una mano en su aplicación.
—Claro. Allí estaré.
La pareja reanuda su discusión. Yo dudo antes de darme la vuelta y continuar por la escalera, esta vez subiendo los escalones de dos en dos.
Después de eso, el plan de la siesta es una pifia. Cuando llego a mi habitación el corazón me aporrea el pecho y tardo casi una hora en tranquilizarme lo suficiente para poder dormir. Cuando por fin lo hago vuelvo a tener el sueño de la oruga, pero esta vez es una pesadilla normal, y en vez de hablarme, el monstruo me persigue por un bosque con unas mandíbulas y unas patas gigantes. El bosque no tarda en desaparecer y vuelvo a encontrarme en los túneles, corriendo a ciegas y tropezando con las piedras sueltas que hay en el suelo, perseguido por el ruido cada vez más cercano de un millar de piececitos.
Me despierta el ruido de la cerradura. Es Ocho, que vuelve después de una jornada jugando a los granjeros.
—Hola —digo después de sacarme la pesadilla de la cabeza y de que mi corazón recupere un ritmo normal—. ¿Qué tal los tomates?
Ocho niega con la cabeza.
—¿Sinceramente? Bastante mal. La mayoría de las plantas están muriéndose, y las que están sanas dan unos tomates que parecen pasas grandes. Martin cree que hay algo en el aire, un microorganismo, tal vez, o algún tipo de oligogás, que interfiere de alguna manera en la fotosíntesis. Pero no tiene candidatos con nombre y apellidos, así que ahora mismo solo son especulaciones. Lo único que sabemos a ciencia cierta es que nuestros tomates están enfermos. —Se quita la camisa y se limpia el sudor de la frente con ella—. Pero te juro que aun así he tenido que hacer un gran esfuerzo para no metérmelos en la boca.
—Ya. Te entiendo. Gracias por refrenarte. Si nos vuelven a sancionar reduciéndonos la ración diaria, ya sí que nos morimos de hambre.
Ocho ríe, pero es evidente que no le hace ni pizca de gracia.
—Estoy seguro de que eso va a pasar de todas maneras, colega. Esta mañana he gastado dos tercios de mi parte en el desayuno, y ahora tengo tanta hambre que me comería mi propio brazo. —Se deja caer en la cama—. Hazme un sitio, anda.
Se quita las botas y se tumba suspirando.
—Por cierto —añade—. ¿Has estado pasando el rato con Cat Chen?
Oh, vaya.
—Sí, más o menos. ¿Por qué?
—Por nada. Me he cruzado con ella cuando venía hacia aquí, cerca de la esclusa principal, y me ha dicho que no olvide escribirle. —Gira la cabeza para mirarme—. No estaremos poniéndole los cuernos a Nasha, ¿eh? Porque, si es así, te lo digo ahora, me parece que es una idea terrible.
—No le estamos poniendo los cuernos —digo, y hablando en sentido estricto es verdad—. Créeme, tengo tanto interés como tú en seguir de una pieza.
—Bien. Me alegra oírte decir eso. Además, dejando a un lado a Nasha, Chen parecía un poco desconcertada, la verdad. Me dijo que mi mano tenía buen aspecto y me miró con cara de no entender nada cuando le dije que no sabía de qué me hablaba.
La venda de Ocho cuelga del respaldo de la silla de nuestro escritorio.
—Oh —exclama de pronto—. Ya, vale. Eso. Lo siento.