Mickey7

Mickey7


018

Página 20 de 31

Son las diez de la noche. No escribo a Cat. ¿Sabe lo que Ocho y yo nos traemos entre manos? No estoy seguro, pero no hay duda de que después de toparse con Ocho esta tarde sabe que pasa algo, y por alguna razón no creo que sea de la clase de personas que dejan que las abominaciones se salgan con la suya. Empiezo a convencerme de que lo mejor que puedo hacer para no acabar convertido en puré de proteínas es evitar a Cat en la medida de lo posible y aferrarme a la esperanza de que los gusanos se la coman más pronto que tarde.

El plan se frustra pronto. Cat me envía un mensaje a las 22.02.

<CChen0197>: ¿Al final tienes libre?

—No servirá de nada evitarla —dice Ocho—. ¿Vas a contestarle?

Me vuelvo para mirarlo. Está estirado en la cama con las manos detrás de la cabeza. Yo estoy sentado en la silla giratoria, con los pies apoyados en la mesa. He estado leyendo sobre otro desastre colonial, una expedición cabeza de puente que se fue a pique por culpa de las insurrecciones y las guerras civiles antes incluso de tener un nombre, pero la narración no me ha atrapado en ningún momento.

—Sí. Supongo que no me queda más remedio.

<Mickey8>: Hola, Cat. Estaba poniéndome al día con algunas cosa, pero, sí, estoy libre.

Cuanto más me veo etiquetado como Mickey8 más raro me siento. Imagino que el presentimiento que me inspira ese ocho al final de mi nombre podría compararse con el que inspiraría a una persona normal ver su nombre grabado en una lápida.

<CChen0197>: Genial. Tenemos que hablar.

<Mickey8>: ¿Quedamos en tu habitación?

<CChen0197>: …

<CChen0197>: Mejor no, Mickey. ¿Por qué no quedamos en el gimnasio? ¿Dentro de diez minutos?

<Mickey8>: Mmm… Claro. Hasta ahora.

—¿El gimnasio? ¿Y eso? —pregunta Ocho.

Me encojo de hombros.

—En serio, Siete, ¿quién hace ejercicio físico durante una hambruna?

—Hay una explicación —digo—. Anoche me encontré con ella allí cuando evité volver aquí por si acaso todavía estabas con Nasha.

—Aún estaba con ella, solo para tu información.

Lo fulmino con la mirada. Él cruza las piernas a la altura de los tobillos y sonríe.

—De todas maneras, ten cuidado. Noto algo raro en ella.

—¿Por qué te preocupas tanto? Si me mata, la ración diaria será toda para ti, ¿no?

Su sonrisa se ensancha.

—Buena observación. Oye, ¿qué vas a hacer con esa mano?

Bajo la mirada. La hinchazón ya casi ha desaparecido, pero todavía la llevo vendada.

—Ni idea. ¿Me quito la venda?

—Yo no lo haría. Aún está un poco morada. ¿Por qué no…? Yo qué sé… Métela en el bolsillo y no la saques.

Niego con la cabeza.

—Ni hablar. Me duele solo de pensarlo. ¿Por qué no vas tú en mi lugar?

—No —responde Ocho—. De eso nada. Vosotros dos compartís algo. ¿Y si quiere hablar sobre lo que pasó entre vosotros anoche?

Ya es mala suerte, pero tiene razón.

—En cualquier caso —añade—, yo he trabajado hoy y estoy cansado. Pásalo bien.

Ocho cierra los ojos. Abro la boca para contestarle, pero no se me ocurre nada que decir, así que me pongo en pie y me marcho.

Llega un mensaje a mi ocular cuando estoy a mitad de camino del gimnasio.

<Mickey8>: ¿Er chi**?

¿Qué demonios pasa?

<Mickey8>: ¿Ocho?

<Mickey8>: ¿Qué?

<Mickey8>: ¿Co m…ren?

<Mickey8>: ¿Qué demonios pasa, Siete?

<Mickey8>: Vuelve a dormirte, Ocho. No tengo tiempo para esto.

<Mickey8>: ¿Mol**an inv?

Paso de todo y cierro la ventana de conversación.

—Hola —dice Cat—. ¿Por qué no me has escrito?

Está sentada en una de las cintas de correr, pero esta vez no va vestida para hacer ejercicio.

—Iba a hacerlo —miento—. Te adelantaste.

Cat se encoge de hombros.

—Bueno, da igual. Siéntate. —Da unas palmadas a la cinta de correr que tiene al lado.

Dudo, hasta que me digo que si tiene pensado matarme no necesita engatusarme para que me siente en una cinta de correr para hacerlo, así que me siento.

—Bueno —digo—. Esto… ¿Vamos a correr un poco?

Me mira durante lo que me parece una eternidad.

—No —responde finalmente—, no vamos a correr. Estamos en el gimnasio porque quería hablar en privado contigo, y este es el último lugar al que alguien de esta colonia que no sea yo vendría de manera voluntaria.

—Podríamos haber quedado en tu cuarto.

Cat mira a otro lado.

—No me parece buena idea. Al menos hasta que aclaremos algunas cosas. ¿De acuerdo?

—Sí, de acuerdo. ¿De qué quieres hablar?

Vuelve a mirarme largamente.

—¿Cómo está tu mano, Mickey?

Suspiro.

—Mejor. Gracias por preguntar.

Cat asiente con la cabeza.

—Esta tarde estaba mucho mejor.

No hay razón para alargar esto.

—Bueno, cuéntame por qué estamos aquí.

—Está bien. Pongamos las cartas sobre la mesa. Sois dos, Mickey. Contigo desayuné esta mañana. Tú dormiste anoche en mi cama. Tú tienes la mano lesionada y tú has tenido el día libre hoy. El otro, con el que me crucé en el pasillo hace unas horas, tiene la mano bien y ha pasado el día ocupado con los tomates. No sé el cómo ni el porqué, pero eres un múltiple.

Y yo sabía que ella lo sabía, pero eso no evita que se me haga un nudo el estómago. Y todavía noto cómo me palpita el corazón en la garganta.

—¿Has hablado con Comandancia?

Pone cara de ofendida.

—¿Me lo estás preguntando en serio? No hace ni dos días que me salvaste la vida, y yo te la salvé a ti ayer. ¡Pero si has dormido en mi cama, Mickey! ¿De verdad piensas que después de todo eso iba a delatarte sin hablar primero contigo?

Cierro los ojos y el nudo que tengo en el estómago se afloja ligeramente.

—No me interpretes mal —continúa Cat—. Lo que estás haciendo me parece fatal. Por cierto, ¿cómo has convencido a Biología para que cree un múltiple? Todas las personas que hayan participado en esto han cometido un delito capital.

Niego con la cabeza.

—Yo no he convencido a nadie para que haga nada. Conozco la ley y no tengo ningún interés en acabar convertido en puré. Ha sido un error.

—¿Un error? —Cat arquea una ceja—. ¿Algo así como que alguien tropezó, cayó encima de la bioimpresora y tú saliste por el otro lado?

—Sí, algo así.

Cat abre la boca, pero le entra la duda y niega con la cabeza.

—¿Sabes qué? No quiero saberlo. Si esta mierda acaba estallándote en la cara, yo no quiero tener nada que ver. Esa es otra razón por la que no quería que nos viéramos en mi habitación. Pero, te lo advierto, antes o después alguien que sí quiera saberlo se olerá que pasa algo raro contigo, y entonces más vale que tengas preparada una historia mejor que «ha sido un error».

—Sí, tienes razón.

Permanecemos en silencio un rato. Me gustaría preguntarle por qué ha querido que quedemos. No tengo la impresión de que pretenda matarme y todavía no ha insinuado nada sobre un chantaje. La única otra opción que se me ocurre es que quiera que lo retomemos desde donde lo dejamos esta mañana, pero «lo que estás haciendo me parece fatal» también parece descartarla. Justo cuando estoy pensando que lo mejor será desearle buenas noches y volver a mi cuarto, me pregunta:

—¿Crees que eres inmortal?

Me pilla desprevenido.

—¿Perdona?

—¿Crees que eres inmortal? ¿Cuántas veces has muerto? ¿Siete?

—Seis. Solo seis hasta ahora. Esa es básicamente la raíz del problema.

—Da igual. ¿Eres la misma persona que subió a bordo del transbordador que te sacó de Midgard?

Tengo que pensar antes de responder.

—Bueno —digo finalmente—. Es evidente que este cuerpo no es el mismo.

—Ya, pero no es eso lo que te pregunto.

—Sí, lo sé. Pues, sí, recuerdo ser el Mickey Barnes de Midgard. Recuerdo la casa en la que creció. Recuerdo su primer beso. Recuerdo la última vez que vio a su madre. Recuerdo que firmó el contrato para esta estúpida expedición. Recuerdo todas esas cosas como si me hubieran pasado a mí y no a otra persona. Pero ¿eso significa que yo soy Mickey Barnes? —Me encojo de hombros—. ¿Quién lo sabe?

Cat está mirándome fijamente, con los ojos entrecerrados, y vuelvo a sentir ese escalofrío que esta mañana me recorría la nuca.

—He mirado eso de la nave de Teseo. Lo describiste fatal.

—Ya, lo sé. Es una de esas cosas que aprendí durante el entrenamiento que creía que nunca olvidaría, pero cuando empecé a hablar me di cuenta de que en realidad no recordaba nada.

—Me sorprende, porque la analogía con tu vida es extraordinaria. Esperaba que la historia se te hubiera quedado grabada.

—Lo siento —digo encogiéndome de hombros.

—¿No te parece que es un razonamiento sin fisuras?

Comienzo una respuesta, pero entonces niego con la cabeza y vuelvo a empezar:

—Estoy hecho un lío, Cat. ¿A dónde quieres llegar con esto?

—Quiero saber si eres Mickey Barnes, o solo un tío que se pasea por el mundo con su ropa.

—Ya te lo he dicho, no lo sé. Sé lo que Jemma me contó en la estación Himmel, y sé que siento que soy la misma persona que era en Midgard, pero… no lo sé. Esa es la otra cara de la moneda del argumento, ¿no? El hecho de que no cambie absolutamente nada que sea o no la misma persona significa que no tengo manera de saberlo a ciencia cierta. Es una pregunta sin respuesta.

—Aun así —insiste Cat—, no sabes que no eres él, ¿no es así?

—Supongo que no.

Cat no dice nada. Nos quedamos callados un rato. Cuando voy a preguntarle si ya hemos terminado, ella dice:

—¿Sabes? He estado pensando mucho estos últimos dos días.

—Mmm. Vale. ¿En qué?

—En la muerte. He estado pensando en mi muerte. Solo tengo treinta y cuatro años. No debería pensar en mi muerte hasta dentro de otros cincuenta, pero ya ves.

Las colonias cabeza de puente son unos lugares peligrosos. Me pregunto si hicieron tanto hincapié en eso durante su etapa de entrenamiento como en la mía. Sin embargo, no tengo la oportunidad de preguntárselo porque, según parece, ya ha oído todo lo que necesitaba saber. Se pone en pie y me ofrece la mano para ayudarme a levantarme.

—Mira, Mickey, me gustas.

—Gracias. A mí también me gustas tú.

—Creo que eres un buen tipo. Si no fuera por esto de los múltiples…

Si no fuera por esto, ayer habría pasado la noche con Nasha en vez de con ella, pero probablemente ahora no sea un buen momento para decir eso. Estoy intentando pensar algo que pueda decir cuando ella se pone de puntillas y me besa en la mejilla. Retrocede, esboza media sonrisa y abre la puerta.

—Saluda de mi parte al otro, ¿vale?

La observo, ligeramente boquiabierto, hasta que desaparece al otro lado de la puerta.

Cuando vuelvo a mi cuarto me encuentro la puerta cerrada con llave. Muestro mi ocular, espero a oír el clic de la cerradura y empujo la puerta. Dentro está oscuro, pero la luz que entra del pasillo me permite distinguir dos cuerpos acostados en mi cama.

Dos personas desnudas.

Una de ellas es Ocho. La otra es Nasha.

Me quedo paralizado. No tengo ni idea de lo que debería sentir en este momento. ¿Celos? ¿Ira?

¿Un terror abyecto?

—Entra —dice Ocho—. Cierra la puerta.

—Pero… —balbuceo—. Joder, Ocho, ¿qué haces? Joder, ¿qué es esto?

—Lo siento —se disculpa—. Pensaba que esta noche también te quedarías con Chen. Eso o que estarías muerto.

Nasha se incorpora con un codo apoyado en la cama.

—¿Te has acostado con otra?

—No —digo—. O sea, sí. He dormido en su habitación, pero no hemos…

—Oh —exclama Nasha—. ¿Solo habéis dormido abrazaditos?

Abro la boca para protestar, pero entonces me doy cuenta de que Nasha está riéndose de mí.

—Perdona, pero tú te has acostado con Ocho.

—¿Ocho? ¿Así os llamáis el uno al otro? ¿Siete y Ocho?

—Sí —dice Ocho—. ¿Se te ocurre algo mejor?

—No —responde Nasha—. Me parece encantador.

—Ocho —digo.

—Siete —dice él—. Cierra la puerta.

La cierro. Está tan oscuro que mi ocular activa los infrarrojos. Ocho aparece en mi visión como una mancha de un pálido color naranja. Nasha, de un brillante color rojo. Me dejo caer en la silla del escritorio y sepulto la cara en las manos.

—¿Qué tal ha ido con Chen? —pregunta Ocho.

Levanto la cabeza.

—¿Cómo? ¿Qué más da Chen? ¿Qué estás haciendo aquí, Ocho?

—¿En serio me lo preguntas? Creía que era bastante obvio.

—¡No! —espeto—. Lo que quiero decir es… ¡Vete a la mierda! ¡Ya sabes lo que quiero decir!

—Yo te diré lo que está haciendo Ocho —interviene Nasha—. Está robándote a tu mujer. ¿Qué vas a hacer tú al respecto?

—Ocho —digo—, ya lo habíamos hablado. ¿Por qué no me has consultado antes de meter a Nasha en esto?

—Oh, tranquilízate —dice Nasha—. Sois unos pervertidos, pero no voy a entregaros a Comandancia.

—No somos unos pervertidos —protesto—. Ha sido un accidente.

—Le he contado lo que ha pasado —dice Ocho—. Solo está tomándote el pelo. Pero te lo pregunto en serio, ¿cómo ha ido con Chen? ¿Ha intentado matarte?

—¿Chen? —inquiere Nasha—. ¿Cat Chen, de Seguridad?

—Sí —digo—. Ayer la amenazaste con destriparla como a un pez, ¿te acuerdas?

—Solo si te tocaba. ¿Te ha tocado, Mickey?

—No… Es decir, sí, más o menos, pero no busca eso, creo, sobre todo ahora. Parecía bastante contrariada con todo esto de los múltiples.

—No me sorprende —dice Nasha—. Todos los de Seguridad tienen un palo metido en el culo.

—Rebobina —dice Ocho—. ¿Lo sabe?

—Sí, lo sabe. El milagro de la mano que se cura y vuelve a lesionarse le hizo sospechar. Además, según parece, le dijiste que hoy habías estado en Agricultura, cuando yo le había dicho que tenía el día libre.

—Mmm —murmura Ocho—. Esto no me gusta. ¿Qué crees que va a hacer?

Suspiro.

—Sinceramente, no tengo ni idea. No me ha dicho que vaya a delatarnos, así que supongo que eso es bueno. Aunque tampoco ha dicho que no vaya a hacerlo, así que supongo que eso no es tan bueno.

—¿Te has planteado la posibilidad de cargártela? —suelta Nasha—. Podrías dejarla fuera de la esclusa y decir que un gusano se la comió. Problema resuelto, ¿no?

Ocho ríe disimuladamente.

—No era Chen la que, según todas las previsiones, iba a morir esta noche.

—Eso es verdad —digo—, pero no sé de qué te ríes. Si yo acabo en el pozo de los cadáveres, tú me acompañarás. ¿Lo has olvidado?

—Nadie va a acabar en el pozo de los cadáveres —dice Nasha—. Chen no va a delataros.

—¿De verdad lo piensas? —le pregunto—. ¿Por qué no lo haría?

O sea, yo también creo que no va a chivarse, pero imagino que las razones que tiene Nasha para pensar así no tienen nada que ver con las mías.

—Porque le asustan las represalias.

—¿Las represalias? —pregunta Ocho.

—Es decir, le asusto yo —asevera Nasha—. Yo soy las represalias.

No le falta razón, la verdad. A mí no me gustaría tenerla como enemiga.

Por supuesto, tampoco me gustaría tener como enemiga a Cat. Los gorilas de Seguridad dan miedo.

—Escuchad, todo va a salir bien —nos asegura Nasha—. Solo tenéis que intentar pasar desapercibidos hasta que uno de los dos la palme en alguna estúpida misión suicida. Entonces registraremos al que quede como Mickey9 y todos viviremos felices y comeremos perdices.

—Bueno, casi todos —puntualiza Ocho.

—Correcto —dice Nasha—, casi todos.

—No sé —digo—. Solo hace dos días que Ocho salió del tanque y ya hay dos personas que lo saben. A este ritmo, toda la colonia se habrá enterado en menos de dos semanas. Dudo que pueda morir antes de que eso ocurra.

Nasha se echa a reír.

—¿Sabes una cosa, Mickey? Piensas demasiado. Quítate esa ropa y ven a la cama. Tienes demasiada sangre acumulada en el cerebro, tienes que sacarla de ahí un rato.

Me la quedo mirando.

—Vamos, Siete —me anima Ocho—. ¿No somos ya unos pervertidos? Y con represalias o no, yo no estoy tan seguro de que no acabamos más pronto que tarde en el pozo de los cadáveres. Disfrutemos un poco mientras podamos.

Las siguientes dos horas son raras. Creo que prefiero no hablar sobre ellas.

Solo quiero dejar clara una cosa: no me arrepiento de nada.

Los tres estamos sumidos en ese estado de paz de después, yo con medio cuerpo fuera de la cama por un lado y Ocho por el otro, con Nasha en medio, apretada contra nosotros, cuando llaman a la puerta. Nasha está diciéndole a Ocho lo mucho que nos vamos a divertir hasta que uno de los dos termine en la recicladora, pero suelta un grito ahogado en mitad de una frase.

Vuelven a llamar.

—¿Creéis que debo preguntar quién es? —susurro—. Puedo intentar librarme de quien sea.

Ocho pasa un brazo por encima de Nasha para darme un cachete en la cabeza.

—Cállate —me ordena en voz baja—. Debe ser Berto. Si no oye ruido se irá.

—¿Mickey? ¿Estás ahí?

Oh, mierda. No es Berto.

Nasha se da la vuelta y pega la boca a mi oreja.

—Echaste el pestillo, ¿verdad?

El mecanismo de apertura de la cerradura emite un suave clic y una grieta de luz aparece en el borde de la puerta.

—No —susurro.

—¿Mickey?

Joder. Joder. Joder. Joder.

La puerta se abre.

—Hola —dice Ocho—. Eres Chen, ¿verdad? Me alegro de verte.

Cat nos mira moviendo la boca sin emitir ningún sonido.

—¿Cat? —digo—. Cierra la puerta, por favor. Hablemos.

Ella niega con la cabeza.

—¿Cat?

Me incorporo en la cama y tiendo una mano hacia ella, pero Cat retrocede medio paso.

—¿Qué es esto, Mickey?

—¿A ti qué te parece? —suelta Nasha—. Entra o vete, Chen, pero cierra la puerta.

Cat gira sobre los talones y sale disparada dejando la puerta abierta detrás de ella.

—Será mejor que cierres la puerta —dice Nasha.

Salgo de la cama y cierro la puerta de un empujón. Esta vez recuerdo correr el pestillo.

—Esto no me gusta —comento, y me dejo caer en la silla del escritorio.

—Dijiste que ya lo sabía, ¿no? —dice Ocho—. Por lo tanto, no ha cambiado nada.

Casi me convence. Entonces, ¿por qué mi corazón late como si quisiera salir de mi pecho?

—No te preocupes, Mickey, vuelve a la cama —dice Nasha.

Inspiro hondo, retengo el aire en los pulmones y lo suelto. A lo mejor tienen razón.

No, no la tienen. Sé que no la tienen.

Sin embargo, ahora mismo no puedo hacer nada. Levanto la sábana y vuelvo a acostarme. Nasha se enrosca en mí y me besa.

—Relájate, Mickey. Durmamos un poco.

Estoy durmiendo y me despierta en la oscuridad el ruido metálico que hace el cerrojo cuando lo fuerzan. A continuación entra un chorro de luz y una voz masculina retumba en mi habitación:

—Esto tiene que ser una broma.

Parpadeo deslumbrado por el resplandor que entra desde el pasillo. Dos gorilas de Seguridad se han colado en mi cuarto. Van armados con burners.

—¡Joder! —exclama el que es más pequeño—. Sois unos degenerados.

El otro sacude la cabeza.

—Eso no importa. Levantaos… Y vestíos, joder. Los tres tenéis una cita con la recicladora.

Ir a la siguiente página

Report Page