Mickey7
019
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Estoy perdiendo el control.
El hecho de que esté perdiendo el control hace que me sienta peor que si ya lo hubiera perdido.
Nasha tiene todo el derecho del mundo a estar fuera de sí. Para ella es la primera vez que se dirige a su ejecución. Pero yo no tengo excusa. En mi caso es casi una rutina. Una vez sufrí tres ejecuciones en dos semanas.
Una nave colonizadora no aterriza nada más llegar a su destino. Es demasiado voluminosa y frágil para aguantar la entrada en una atmósfera o la exposición a un campo gravitatorio. Una colonia desciende de la órbita por etapas y por partes.
La primera parte que bajó a la superficie de Niflheim, solo unas horas después de instalarnos en su órbita, fue un módulo de descenso pilotado por Nasha que transportaba una cámara de aislamiento biológico, un equipo del departamento Médico, otro de Biología y a mí.
Ya sabíamos que estábamos más o menos jodidos en cuanto al clima y la composición de la atmósfera de nuestro nuevo hogar. De hecho, Marshall se había planteado seriamente la posibilidad de intentar llegar a un destino secundario cuando se enteró de que no podríamos sobrevivir en el exterior sin los recicladores de aire, pero tras una acalorada discusión y una dosis justa de gritos, Dugan y otros miembros de Biología lo convencieron de que, una vez que introdujéramos algunas algas modificadas genéticamente en el ecosistema, podríamos subir la presión parcial del oxígeno en la atmósfera hasta niveles adecuados para la supervivencia en un plazo relativamente razonable (en este caso, «razonable» no significaba necesariamente que los miembros adultos de la expedición vivirían para verlo, pero posiblemente sí lo harían algunos de los embriones que llevábamos en la bodega).
Como creo que ya he mencionado antes, las probabilidades de que una expedición como la nuestra consiga alcanzar un destino secundario son casi nulas, así que al final Marshall decidió darle una oportunidad a Niflheim.
Lo primero que tiene que hacer toda nueva colonia es determinar si en la microbiota local hay algún agente que podría suponer un peligro para la salud del ser humano.
Para que conste, en la microbiota local siempre hay algo que no solo podría ser un peligro para la salud del ser humano, sino que lo será seguro.
El método que se utiliza para determinarlo, naturalmente, consiste en exponer al Prescindible a todos los elementos del medio local que pueden aislarse y esperar a ver cómo le afectan.
Llevábamos menos de un día en la superficie de Niflheim cuando Nasha me dio un beso de despedida y una palmada en la espalda y un técnico del departamento Médico llamado Arkady me acompañó al interior de la cámara de aislamiento. Lo último que Arkady hizo antes de dejarme solo fue colocarme un casco con escáner que subía copias de seguridad de manera ininterrumpida. Cuando le pregunté para qué era eso que me ponía en la cabeza, me respondió:
—Supongo que luego querrán hacerte preguntas.
—¿En serio? —exclamé—. ¿Vais a inocularme un superherpes? De acuerdo. Es mi trabajo. ¿Es obligatorio que lo recuerde?
Arkady se encogió de hombros, salió de la cámara y cerró la puerta.
La cámara de aislamiento era un cilindro tan estrecho que, si levantaba los brazos, casi podía tocar las paredes con las dos manos a la vez, y con la altura justa para estar dentro de pie sin golpearme la cabeza con el techo. En el centro había una silla metálica que, si deslizabas la tapa del asiento, también hacía las veces de retrete. En el techo había un hueco de ventilación, y en la pared opuesta a la puerta se abría un cajón donde me habían dejado algo de comer por si acaso no moría inmediatamente. Me senté y oí el silbido del aire que entraba por el hueco de ventilación.
—Respira hondo varias veces —me dijo Arkady por el intercomunicador—. Toma el aire por la boca, si no te importa.
No me importó porque, a pesar de que no sabía qué era lo que salía por el hueco de ventilación, olía a pedo de perro.
También sabía a pedo de perro.
Al cabo de un minuto o así, el hueco de ventilación se cerró con un sonoro clic.
—Gracias —dijo Arkady—. Ahora ponte cómodo. Esto podría ser largo.
Tuve que morderme la lengua para no decirle que me sabía muy mal causarle estas molestias y que intentaría morir lo antes posible.
Unos minutos después apareció la cara de Nasha en el ventanuco de la puerta.
—Hola. ¿Cómo va?
Hice una mueca.
—Genial. —Señalé el cajón que había detrás de mí—. Me han dejado algo para picar.
Nasha sonrió.
—Eres un suertudo. A mí solo me dan puré reciclado y agua.
Me di la vuelta y rebusqué en el cajón. Encontré una barrita de proteínas y la saqué del envoltorio.
—Bueno —dije, y le di un bocado—. Solo lo mejor de lo mejor para el cerdo expiatorio.
—El chivo —me corrigió Nasha.
—¿Cómo?
—Es el chivo expiatorio, Mickey. Los cerdos son unos animales sucios y bastos, no se sacrifican, solo se comen.
Suspiré.
—Da igual. También los matan.
Nasha lo intentó. Juro por Dios que lo hizo. Supongo que desde el mismo momento en que nos besamos por primera vez supo que algún día tendría que verme morir, pero por fin estaba pasando, ocho años después, y creo que no sabía cómo comportarse. Creo que no sabía cómo sentirse. Así que se quedó horas al otro lado del ventanuco, dándome conversación. Me describió el planeta según lo veía por las pantallas. Echó pestes de Arkady. Me habló de una serie que estaba viendo sobre una familia asquerosamente rica de Midgard.
Me enumeró todas las cosas que haríamos juntos cuando volviera a salir del tanque.
Yo también lo intenté, porque ella lo estaba intentando y no quería que se sintiera peor de lo que seguramente ya se sentía. No obstante, al cabo de unas horas empecé a encontrarme mal. Al principio pensé que era una cosa psicosomática. ¿Quién tenía noticia de un virus que actuara tan rápido? Sin embargo, enseguida me subió la fiebre. Arkady vino para hacerme algunas preguntas sobre cómo me sentía. Le respondí que me sentía como si tuviera los primeros síntomas de una gripe. Él asintió con la cabeza y se marchó. La tos empezó tres horas después, y media hora más tarde apareció la sangre. Nasha ya casi no hablaba, pero seguía allí, mirándome por el ventanuco, con una mano apoyada en el vidrio al lado de la cara.
A las cuatro horas reuní el aliento necesario para pedirle que se fuera. No quería que viera lo que iba a pasarme a continuación.
Nasha no se fue. Cuando no hubo duda de lo que estaba sucediendo, le retorció el brazo a Arkady para obligarle a que le proporcionara un traje de protección completa y así poder entrar en la cámara conmigo. Al principio la rechacé. Sin embargo, cuando las cosas se pusieron feas de verdad y empecé a toser con tanta violencia que me rompí una costilla y vomité trozos de tejido, me cogió la mano, apoyó mi cabeza en su vientre y me habló mientras yo agonizaba. Fue espantoso y hermoso a la vez, y no podré agradecérselo lo suficiente ni aunque viva mil años.
A partir de ese momento, solo pasó otra hora. Un consejo: si tienes la oportunidad de elegir la manera de dejar este mundo, ni te plantees la hemorragia pulmonar. Creo que soy una voz autorizada en la materia. Te arrepentirás si no me haces caso.
Me desperté desnudo y recubierto de una sustancia pegajosa, tendido en el suelo al lado del tanque portátil que habían bajado en el módulo de aterrizaje.
—¿En serio? —dije después de toser para vaciar los restos del fluido de los pulmones, que ya no me sangraban—. ¿Ni una maldita cama?
Burke, mi amigo de la enfermería, me lanzó una toalla.
—Estaba cubierto de porquería. No me apetecía lavar luego las sábanas.
Me limpié del cuerpo todo el potingue que pude y después me metí en un mono gris que Burke me alargó.
—Coma algo —me dijo Burke—. Tiene veinticuatro horas antes de volver a entrar.
—Ha sido duro —dijo Nasha.
Estaba sentada enfrente de mí en la mesa de la sala común. La miré, pero ella evitó mirarme a los ojos.
—Sí, ha sido duro. Gracias por quedarte conmigo.
Ella miraba al techo, sus manos… Cualquier cosa menos a mí.
—Mickey… —dijo.
Esperé a que continuara, pero cuando me quedó claro que no iba a hacerlo, no quise presionarla más.
—No tienes que hacerlo otra vez —dije—. Nadie debería ver a la persona que…
—Ama —dijo ella.
Sonreí a mi pesar. Ya llevábamos juntos ocho años, pero era la primera vez que uno de los dos pronunciaba esa palabra.
—No tendrías por qué verme morir más de una vez.
—No, estaré allí. Morir, aunque sea de manera temporal… No puede ser que el capullo de Arkady sea tu única compañía.
Tendí las manos por encima de la mesa y entrelazamos los dedos.
—De todos modos —añadió—, alguien tiene que estar allí para asegurarse de que no te escapas.
Al final pasó casi una semana hasta que volvieron a enviarme a la cámara. Pasé la mayor parte de ese tiempo con Nasha. Charlábamos un rato o jugábamos un par de partidas de un juego de cartas que se había traído de la Drakkar, pero casi todo el tiempo lo pasábamos abrazados. No había mucho más que hacer.
Al cabo de cuatro días, Burke entró en el rincón separado por una cortina donde yo dormía, me pidió que me arremangara un brazo y me puso media docena de inyecciones con unas agujas que parecían unas tuberías cortadas con sierra. Cuando me había puesto la mitad tuvimos que cambiar de brazo porque mi hombro izquierdo ya estaba poniéndose de color morado. Cuando le pregunté qué me estaba metiendo en el cuerpo, me miró con una expresión que me dejaba claro que pensaba que no tenía por qué dar explicaciones a la cobaya. Sin embargo volví a preguntárselo, y esta vez puso los ojos en blanco y me respondió:
—Las dos primeras eran unas dosis de refuerzo del sistema inmunológico. Las otras cuatro son vacunas contra los microorganismos que mataron a su réplica anterior. Esperaremos dos días para que hagan efecto y volveremos a intentarlo.
—Genial. ¿Cree que esta vez tengo una oportunidad?
Burke me miró, se encogió de hombros y dio media vuelta.
—Nunca se sabe —contestó, pero cuando después de salir soltó la cortina para que recuperara su posición, añadió—: Pero no es probable.
No me acuerdo de lo que le pasó a Mickey4. Sé que murió en los brazos de Nasha, más o menos como Mickey3, porque me hicieron ver la grabación de las cámaras de videovigilancia. Sin embargo no lo recuerdo, porque lo primero que hizo cuando abrieron el hueco de la ventilación de la cámara de aislamiento fue desenchufar los cables del casco con el escáner y quitárselo.
—¡Eh! ¿Pero qué narices haces? —espetó Arkady.
Cuatro puso los ojos en blanco y respondió:
—¿A ti qué te parece?
—¡Póntelo otra vez! ¡Estás saltándote el protocolo!
Cuatro negó con la cabeza.
—Lo siento, Arkady. Si las vacunas son eficaces, haremos una grabación completa en cuanto salga de aquí. Si no…
—Si no lo son perderemos un montón de información valiosa.
Cuatro volvió a poner los ojos en blanco.
—¿Información valiosa? ¡Pero qué tonterías dices! No me has hecho ni una sola pregunta sobre lo que le pasó a Tres.
—Sabemos lo que le pasó a tu réplica anterior, Barnes. Se desangró por los pulmones. No era necesario preguntarte nada sobre eso. ¿Y si lo que te pasa a ti es más interesante?
Cuatro miró fijamente a Arkady a través del ventanuco de la puerta de la cámara durante diez largos segundos y luego rompió a reír.
—¿Interesante? —exclamó cuando paró de reír—. ¿Interesante? Voy a decirte una cosa, capullo, si me pasa algo interesante estando aquí dentro, me aseguraré de que te enteres. ¿Te ha quedado claro?
—Barnes —replicó Arkady—. Ponte el casco. Ahora mismo.
Cuatro se cruzó de brazos y lo miró con una sonrisita de suficiencia en los labios.
—Esos trajes de protección son delicados. Sería bastante fácil agujerearlo, ¿verdad? Piénsalo un momento y luego entra aquí y oblígame a ponérmelo.
Al final lo que le pasó a Cuatro no fue especialmente interesante. Aguantó mucho más que Tres, unas veinticuatro horas, antes de empezar a presentar síntomas. Sin embargo, una vez que el virus que lo mató empezó a actuar, fue al grano. Primero le atacó el tracto gastrointestinal, que empezó a expulsar torrencialmente fluidos sanguinolentos por los dos extremos. Cuando no hubo más que hacer en ese frente, se cebó con su hígado y sus riñones. Pasadas treinta y dos horas apareció la septicemia y perdió el conocimiento a las treinta y seis. En la hora cuarenta falleció.
Volví a despertarme en el suelo. Esta vez estaban esperándome once inyecciones.
—¡Vaya! ¡Qué prisas!
—No se crea —repuso Burke—. Han pasado ocho días desde la última prueba. Dugan nos pidió que no le replicáramos hasta que tuviéramos preparada la siguiente ronda de inoculaciones. No hay por qué gastar recursos en su alimentación cuando de todas maneras va a volver a la tolva, ¿no cree?
Me puso las inyecciones; cuatro en el hombro derecho, tres en el izquierdo y las demás en el muslo derecho.
—Ah, por cierto —dijo cuando terminó—. Dugan también me ha pedido que le diga que Marshall ha ordenado que esta vez se ponga el casco.
—No voy a ponérmelo.
—Dugan ya contaba con que diría eso, así que también me ha pedido que le diga que si no lo hace estamos autorizados a meter su siguiente réplica en la cámara sin vacunas, y repetirlo tantas veces como sea necesario hasta que cumpla las normas del programa.
Luego se marchó y me dejó sentado desnudo en el borde del tanque para que sopesara qué era peor, si un sufrimiento atroz en bucle del que no guardas recuerdo o una sola muerte que se te queda grabada en la mente para siempre.
Al final me puse el casco. Nasha volvió a venir para verme morir. Esta vez, cuando me besó me envolvió con sus brazos y no me soltó hasta que Arkady la arrancó de mí.
—Esta es la buena —me dijo mientras salía de la cámara—. Esta vez saldrás vivo de aquí.
—¿Tú qué opinas? —le pregunté a Arkady mientras conectaba los cables del casco—. ¿Esta es la buena?
Se encogió de hombros.
—Cosas más raras se han visto —me respondió.
Después de todo un día en la cámara me encontraba bien.
Después de dos días seguía sintiéndome bien.
Después de tres días estaba con un humor de perros y agarrotado porque era imposible dormir en aquella maldita silla y el cajón de los aperitivos estaba vaciándose. Por lo demás, me sentía bien.
La mañana del octavo día, Arkady me pidió que me desnudara, separara las piernas y pusiera los brazos en cruz, contuviera el aliento y cerrara los ojos. Durante los siguientes treinta segundos me roció con una serie de aerosoles cada vez más cáusticos y casi seguro tóxicos.
—Ahora respira —me dijo cuando terminó—, pero no abras los ojos.
Aun con los párpados cerrados sentí el dolor del resplandor del desinfectante ultravioleta.
Ese ciclo se repitió tres veces.
Concluido el proceso, estaba rojo como la sangre de la cabeza a los pies y me sentía como si me hubieran despellejado vivo.
Pero estaba vivo.
Por primera vez salí de la cámara de aislamiento por mi propio pie.
—Vístete y pásate por la enfermería. Aún no has salido del túnel, colega.
—¿Puedo acompañarlo? —preguntó Nasha.
Arkady la miró largamente y luego negó con la cabeza.
—Mejor no. Si le dejan salir después del chequeo, será todo para ti. Hasta entonces sigue siendo un potencial vector.
El examen médico fue casi perfecto.
Casi.
Análisis sanguíneo, pruebas físicas, cultivos de piel, cultivos de la garganta, cultivos de las fosas nasales… Todo salió limpio. La última prueba era una resonancia magnética de todo el cuerpo.
—Solo para asegurarnos —dijo Burke.
Célebres últimas palabras.
Estaba otra vez en el comedor, sentado enfrente de Nasha mientras ella bebía un batido de puré y enumeraba con todo lujo de detalles la lista de las cosas que iba a hacerme cuando le permitieran tocarme de nuevo, cuando dejó una frase a medias y miró detrás de mí. Me di la vuelta. Era Burke. Tenía una tableta en las manos.
—¿Ya han intercambiado fluidos?
—Aún no —respondió Nasha—. Pero le aseguro que vamos a hacerlo.
—Pues va a ser que no —aseveró Burke.
Giró la tableta para que viéramos lo que mostraba la pantalla. La imagen, una nuez partida por la mitad, con la materia gris rodeando la materia blanca, que a su vez rodeaba…
—Es su cerebro —explicó Burke.
—Joder —masculló Nasha. Se inclinó hacia la tableta y tocó con el dedo una figura sinuosa situada en el centro de la imagen—. ¿Qué cojones es eso, capullo?
—Un tumor —dije—. Tengo un tumor cerebral, ¿verdad?
—No —repuso Burke—. Un tumor cerebral no es, eso se lo aseguro. Su cuerpo apenas tiene una semana de vida. Los tumores cerebrales no crecen tan rápido.
—Vale, entonces, ¿qué es?
—No lo sé —reconoció Burke—, pero va a volver a la cámara hasta que lo averigüemos.
¿Recuerdas que te aconsejé que evitaras morir de una hemorragia pulmonar? Bueno, pues añade a la lista esta otra forma de morir que debes evitar: gusanos parásitos que se comen tu cerebro de dentro afuera.
Tardaron casi un mes en acabar conmigo, pero la última semana más o menos la pasé reducido a algo así como la concha vacía de un molusco. Sin embargo, la segunda y la tercera semanas no fueron divertidas. Primero aparecieron los dolores de cabeza, luego los ataques y finalmente la demencia progresiva. Durante la última fase, las paredes me hablaban y me decían que Nasha no me quería, que todas mis réplicas anteriores estaban esperándome en el infierno, que los parásitos seguirían comiendo perpetuamente y no me dejarían morir nunca.
En cualquier caso me mintieron. Porque me dejaron morir.
Cuando todo terminó, las larvas empezaron a salir al exterior por mi boca y por los orificios de mi nariz, listas para pasar a cualquiera que fuera la siguiente fase de su ciclo vital, porque nunca lo averiguamos, ya que Arkady se las cargó con la esterilización y luego echó todo el estropicio a la tolva para crear mi nueva réplica.
Después de lo que acabo de contarte seguro que ahora piensas que nada de lo que Marshall me tenga preparado podría asustarme, ¿verdad?
Seguro que lo piensas… Pero, joder, ya te digo si estoy asustado.