Mickey7

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Nos llevan en fila india por el pasillo radial hacia el centro de la cúpula. El gorila más pequeño encabeza la columna y el más grande la cierra. Nasha, Ocho y yo vamos en medio. Cuando empezamos a bajar la escalera central se me hace un nudo el estómago y de repente se me ocurre que vamos directamente a la recicladora. Al parecer, Nasha ha pensado lo mismo, porque cuando dejamos atrás el segundo nivel dice:

—No podéis adoptar ninguna medida disciplinaria contra nosotros hasta que se celebre un juicio. Lo sabéis, ¿verdad?

—¡Ah, por favor! —dice el gorila más grande—. Después de lo que hemos visto, tenéis suerte de que no os hayamos carbonizado allí mismo.

—¡Qué te jodan! —espeta Ocho—. ¿Es que eres natalista?

—Pues sí —responde el segurata—. Y Marshall también. Estáis jodidos.

—Tiene razón —dice sin volverse el que va delante.

—Esta colonia no se ha constituido como una teocracia —protesta Nasha—. No podéis quemarnos en la hoguera porque os dé la gana.

El segurata se encoge de hombros.

—Supongo que quien debe tomar esa decisión es Marshall.

Cuando llegamos a la planta baja no nos llevan a la recicladora. Tampoco a la mazmorra, porque no la tenemos. Que yo sepa, ni siquiera hay un calabozo. Por el contrario nos llevan a la sala de reuniones de Seguridad. Es una elección extraña, porque allí hay armarios llenos de trajes acorazados y armas. También hay una minicafetería con autoservicio. Podríamos iniciar una insurrección y además tomarnos un tentempié. Me parece a mí que la planificación de Seguridad deja mucho que desear.

—Esperad aquí —ordena el segurata grande antes de cerrar la puerta—. No toquéis nada, y ni se os ocurra comprar comida.

—¿O qué? —pregunta desafiante Nasha.

El segurata se la queda mirando, niega con la cabeza y dice:

—Vosotros esperad aquí.

Cuando nos dejan solos, Nasha se acerca a uno de los armarios y muestra el ocular al escáner. Se enciende una luz roja en la pantallita.

—Bueno, había que intentarlo —se lamenta.

—Mejor así —dice Ocho—. ¿Qué habrías hecho si se hubiera abierto?

Nasha se encoge de hombros.

—Supongo que me habría abierto paso a tiros hacia la libertad.

¿Qué haríamos si pudiéramos abrir los armarios? En realidad es una pregunta interesante. Ni siquiera nos han cerrado con llave, así que podríamos huir aunque no consiguiéramos las armas. Podríamos atacar a uno de los seguratas cuando vuelvan a buscarnos. Hay un montón de cosas que podríamos hacer. Pero ¿para qué? Esta cúpula es el único lugar en este planeta que no nos matará en menos que canta un gallo. Ahora que lo pienso detenidamente, me doy cuenta de que en cierto sentido Niflheim no es más que una cárcel grande y fría.

Hay un sofá y una mesa baja en el centro de la sala. Ocho se deja caer en una punta, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Yo me siento en la otra punta un minuto después. Nasha se sienta en medio, tira de nosotros para acercarnos y pasa los brazos por encima de nuestros hombros.

—¿Sabéis una cosa? Si antes de marcharnos de Midgard me hubierais preguntado cómo creía que iba a morir, arrojada al pozo de los cadáveres por delitos sexuales no habría estado en lo más alto de la lista.

—Hoy no vas a morir —dice Ocho sin abrir los ojos—. Solo tenemos dos pilotos que saben volar en la atmósfera y tú eres uno de ellos. Marshall encontrará la manera de hacértelo pasar mal por esto, pero no va a matarte.

—No lo sé —insiste Nasha—. Es posible. Pero quizá cambie de opinión cuando me cargue a Chen.

Ocho se encoge de hombros.

—Supongo que eso depende del esfuerzo que pongas en hacer que parezca un accidente.

Nos quedamos callados un rato, con los ojos cerrados y las cabezas pegadas. Creo que Ocho tiene razón, Marshall no se cargará a Nasha. Pero no tengo ninguna duda de que a nosotros dos sí va a matarnos, y a estas alturas estoy bastante seguro de que cuando Nueve salga del tanque no seré yo quien mire con sus ojos. Maldita sea la nave de Teseo.

En fin… Por lo menos la compañía es buena.

Pasa alrededor de una hora hasta que el más pequeño de los gorilas que nos han llevado allí regresa.

—Barnes —dice—, vamos. —Hace una mueca—. Los dos. Adjaya, tú te quedas aquí de momento.

Nasha aún tiene los brazos alrededor de nuestros cuellos. Besa a Ocho y luego a mí. El segurata se da la vuelta.

—Joder, Adjaya. A quién se le ocurre, de verdad. Joder.

—Vete a la mierda —dice ella.

Ocho suspira.

—Solo para que lo sepas, no nos estás ayudando con tu actitud.

Probablemente Ocho tenga razón. Por otro lado, al menos desde nuestra perspectiva, es imposible empeorar las cosas. Nos ponemos en pie y seguimos al gorila.

No nos lleva a la recicladora, sino hasta la cuarta puerta que hay en el pasillo. Es una habitación más o menos del tamaño de un cuarto trastero. Nos hace entrar.

—¿Dónde estamos? —pregunto.

—En un cuarto trastero —responde encogiéndose de hombros.

Nos empuja dentro y cierra la puerta. La habitación está oscura. Mi ocular activa los infrarrojos, pero me entra el sueño y los apago. Me acurruco en un rincón y apoyo la frente en las rodillas. Cuando ya estoy quedándome traspuesto se abre una ventana de conversación.

<Mickey8>: ¿Ab**sta ntien**s?

Vuelvo a activar los infrarrojos y miro a Ocho. Está en el rincón de enfrente, acurrucado como yo. Ya está roncando.

<Mickey8>: ¿Ent**n**s?

Mmm. Está escribiendo en sueños. Cierro la ventana con un parpadeo, apago el ocular y cierro los ojos.

No tengo ni idea de cuánto tiempo he dormido cuando me despierto sumergido en la luz que entra por el hueco de la puerta abierta. Ha venido a buscarnos un segurata nuevo. Lo reconozco; se llama Lucas. Solía encontrármelo en la noria practicando una especie de arte marcial cuyos movimientos ejecutaba a cámara lenta. Una vez le pregunté qué sentido tenía eso. Es decir, ¿la clave para ganar una pelea no está en ser más rápido que tu rival? Lucas me sonrió, sacudió con la cabeza y continuó a lo suyo.

Siempre me pareció un tipo decente, pero no parece alegrarse de tener que ocuparse de nosotros esta mañana.

—Hola. Te has metido en un buen lío, Mickey.

—Ya nos hemos dado cuenta —dice Ocho.

—¿Qué os pasó? ¿Cómo habéis acabado siendo múltiples?

—Es una larga historia —respondo—. La explicación breve es que es culpa de Berto.

Lucas se echa a reír.

—Debería habérmelo imaginado. Menudo personaje. Nunca he entendido por qué estás siempre con él.

—Ya, yo también he estado preguntándome lo mismo últimamente —dice Ocho.

—Bueno —dice Lucas—, más os vale levantaros ahora mismo. El jefazo quiere veros.

—Por Dios, Barnes —dice Marshall—. A pesar de todo, me negaba a creerlo.

Decido no preguntarle a qué se refiere exactamente con «a pesar de todo».

Ya estamos otra vez en su despacho, sentados en las mismas sillitas ridículas en las que Berto y yo nos sentamos hace un par de días. El humor de Marshall no parece haber mejorado en las últimas cuarenta y ocho horas.

—Mire —dice Ocho—, ya sé que parece un problema, pero no hay que tomárselo como si se acabara el mundo. Entiendo que no deberíamos ser dos, pero usted sabe que no lo hemos hecho a propósito. Y, en cualquier caso, en ciertos aspectos es una ventaja. La viabilidad de la colonia pende de un hilo, y los dos podemos ser el doble de útiles. En el fondo le va bien tenernos. Le va bien hacer la vista gorda.

La cara de Marshall se pone roja y su mandíbula vibra silenciosamente durante dos largos segundos hasta que se levanta como un resorte y golpea el escritorio con los puños.

—¡Escúchenme, endemoniadas abominaciones! ¡Me trae sin cuidado que no lo hayan hecho a propósito! Dejando de lado que han robado setenta kilos vitales de calcio y de proteínas de una colonia que corre el peligro de morir de hambre… Dejando de lado el hecho de que uno de los dos tendría que haber regresado a la recicladora solo un segundo después de descubrir que se habían convertido en múltiples… Por el amor de todo lo sagrado, Barnes, ¡estaban manteniendo relaciones el uno con el otro! ¡Yo… yo no…!

Balbucea hasta que se queda callado y se deja caer en la silla. Inspira hondo, cierra los ojos y deja salir el aire lentamente. Cuando vuelve a abrir los ojos, la inexpresividad de su cara me recuerda la de un maniquí.

—Son unos monstruos —sentencia con una voz grave y monótona—, y los dos van a ir directos a la recicladora. La única duda que tengo, la única pregunta cuya respuesta aún no está clara, es si habrá una novena réplica de ustedes, y si Adjaya debería acompañarlos al pozo de los cadáveres.

Ocho se queda paralizado al oír eso, y yo noto que he puesto los ojos como platos.

—Señor —dice Ocho—. Por favor…

—Nasha no lo sabía —intervengo—. Es decir, no se enteró hasta que yo aparecí mientras estaba con Ocho. Eso ocurrió justo antes de que Seguridad viniera a buscarnos. No puede culparla a ella. Ella no ha hecho nada.

—Ya he hablado con Adjaya —dice Marshall—. De hecho, ella afirma que lo sabía. Afirma que empezó a notar algo raro en usted hace dos días. También me ha dejado claro que lo que estaba haciendo con ustedes dos no es asunto mío y que puedo meterme por el culo mi estúpida moralidad natalista. —Hace una pausa para respirar hondo, como si fuera un acto purificador—. Si no fuera uno de nuestros dos pilotos de combate cualificados, y si actualmente no nos enfrentáramos a la posibilidad real de una guerra contra seres sentientes nativos hostiles, Adjaya ya no estaría con nosotros.

—Un momento… ¿Cómo? —exclama Ocho.

—El trofeo que trajeron de la cacería de gamusinos hace dos noches —dice Marshall— no era completamente biológico. Lo que ustedes han estado llamando «gusanos» parecen ser alguna clase de tecnología militar híbrida. Lo que fueron capaces de hacer a la cubierta de la esclusa principal despertó nuestras sospechas, por supuesto, pero el examen del espécimen lo ha confirmado. Ahora estamos en pie de guerra, lo cual significa que voy a tener que pensar largo y tendido qué hacer con Adjaya. —Se recuesta en la silla, cierra los ojos y se estruja el ceño—. Por suerte, no tengo ese problema con ustedes dos. —Hace una señal a Lucas, que se ha quedado esperando junto a la puerta—. Lléveselos, por favor. Ahora tengo que hablar con más personas. Nos ocuparemos de ellos cuando termine.

Y ahora algo divertido: resulta ser que sí tenemos un calabozo.

—Bueno —dice Ocho—, por lo menos nos lo hemos pasado bien estos días.

Me pongo en pie y camino los dos pasos que separan el banco de la cama. No tenía ni idea de que había un calabozo en la colonia hasta que nos han encerrado en él. Al parecer, los seguratas que nos han traído tampoco lo sabían, porque de lo contrario no habrían puesto en riesgo su máquina de comida. Estamos metidos en una habitación estándar de tres metros por dos. La única diferencia entre este lugar y las demás habitaciones de tres metros por dos que hay en la cúpula es que esta solo se cierra con llave desde fuera.

Hasta donde yo sé, somos sus primeros ocupantes desde que partimos de Midgard.

—Supongo que nuestro primer plan era el bueno —digo dejándome caer en la cama. Me tumbo y cierro los ojos—. Deberías haberme tirado al pozo de los cadáveres cuando tuviste la ocasión. Al menos me habrías lanzado de cabeza a él.

—Sí, supongo que tienes razón. ¿Estás convencido de que va a matarnos?

—Eso parece.

Permanecemos en silencio un rato. Es extraño, pero en cierta manera me siento aliviado. Desde que entré en mi habitación y encontré a Ocho cubierto de los fluidos del tanque acostado en mi cama este nudo que tengo en el estómago no me ha dado tregua. Sabía que no podríamos guardar el secreto eternamente y me aterrorizaba lo que sucedería cuando se descubriera. Ahora que por fin ha pasado y tengo una idea de lo que va a ocurrir y cuándo, me siento un poco más tranquilo. De hecho estoy dormitando cuando Ocho vuelve a hablar.

—Ha dicho que se está pensando si sacará a Nueve del tanque. Tú no crees que sea capaz de eso, ¿verdad? Es decir, la colonia necesita un Prescindible.

Abro los ojos y giro la cabeza para mirarlo.

—¿A ti te ha parecido que a Marshall le preocupa eso?

Comienza una respuesta, pero vacila y niega con la cabeza.

—No, supongo que no.

Cierro los ojos otra vez.

—Se me ocurre una pregunta mejor: ¿acaso importa?

—¿Qué quieres decir?

Suspiro, me incorporo y me vuelvo hacia él.

—Tú no eres yo, Ocho. Es obvio, ¿no?

Me mira durante cinco largos segundos antes de decir:

—¿A qué te refieres exactamente?

—Me refiero a que todas esas cosas que Jemma nos metió en la cabeza en la estación Himmel, todo eso sobre la inmortalidad, son patrañas. Así de claro. Las últimas seis semanas son la única vida que he vivido, y los últimos dos días son la única vida que tú has vivido. Somos unas malditas cachipollas, y cuando Marshall nos tire al pozo de los cadáveres desapareceremos para siempre. Nueve no será yo; solo será un tipo que duerme en mi cama, se come mis raciones y toquetea mis cosas.

Ocho niega con la cabeza.

—Yo no estoy tan seguro. ¿Recuerdas aquello de la nave de Teseo? ¿Y lo de Kant? Si él piensa que él es yo, y todas las personas que lo rodean piensan que él es yo, y no hay manera de demostrar que él no es yo, entonces él es yo. Esto que estás haciendo ahora es precisamente la razón por la que no permiten los múltiples.

Pongo los ojos en blanco.

—No permiten los múltiples porque Alan Manikova intentó apoderarse del universo.

—Da igual.

Ocho se recuesta en el banco, cruza los brazos y cierra los ojos.

Pasa el tiempo. Yo dormito. Ocho permanece sentado en el banco, con los ojos entreabiertos y las manos enlazadas en el regazo. En un momento dado me asalta el pensamiento de que son las últimas horas de mi existencia y las estoy pasando durmiendo, pero me doy cuenta de que no me importa.

Finalmente se oye el clic de la cerradura y la puerta se abre. Un segurata llamado Garrison entra en la celda. Es un tipo bajo y esquelético y va desarmado, y por un momento se me pasa por la cabeza la estúpida idea de abalanzarme sobre él, reducirlo y escapar.

¿Escapar a dónde, idiota?

—Buenas —dice Garrison—. ¿Cuál de los dos es Siete?

Lanzo una mirada a Ocho, que se encoge de hombros. Gruño, me incorporo y levanto la mano.

—Genial. Acompáñame.

Me pongo en pie. Ocho me dedica media sonrisa.

—Nos vemos en el otro mundo, hermano.

—Claro —digo. Los dos sabemos que el otro mundo para nosotros es un tazón de puré, pero al menos parece que me ha perdonado por pinchar su burbuja de la inmortalidad.

Garrison retrocede y me hace una señal para que lo siga por el pasillo.

La recicladora está en la planta baja, en el centro de la cúpula. Enseguida queda claro que no es allí adonde nos dirigimos. Antes de llegar al despacho de Marshall he empezado a contemplar la posibilidad de que, después de todo, todavía me queden algunas horas más de vida.

Solo cuando Garrison llama a la puerta se me ocurre que quizá solo es que Marshall quiere ejecutarme personalmente de un disparo.

—Adelante —dice Marshall.

La puerta se abre y Garrison me indica con una seña que entre. Paso delante de él y la puerta vuelve a cerrarse.

—Siéntese —ordena Marshall.

Niego con la cabeza.

—Prefiero quedarme de pie.

Marshall suspira, cierra lentamente los ojos inyectados en sangre y vuelve a abrirlos.

—Como desee, Barnes —dice. Se recuesta en la silla, deja caer las manos en el regazo y me mira—. He hablado con Gomez. Quiero que me cuente todo lo que sabe sobre esas cosas.

—¿Cosas, señor? ¿Se refiere a los gusanos?

—Sí. En el informe inicial relacionado con su pérdida, Gomez afirmaba que fueron los responsables de su muerte. En el informe corregido que presentó tras nuestra entrevista de hace tres días, afirmaba que la causa de la muerte fue una caída. Hace una hora ha rectificado y ampliado su explicación, y ahora afirma que cayó en alguna clase de red de túneles o de cuevas, pero que estaba vivo y consciente cuando lo dejó allí. Calculó que debía haber caído a una profundidad de unos cien metros. Pensó que moriría allí, pero es obvio que encontró la manera de salir y volver.

Asiento con la cabeza.

—Ese es la causa de este lío, señor. Berto dio parte de mi muerte, así que cuando llegué a la cúpula Ocho ya había salido del tanque.

Me manda callar cortando el aire con la mano.

—Eso ahora me trae sin cuidado, Barnes. Lo que me interesa son esos túneles. No deberían existir. De acuerdo con los estudios que realizamos desde la órbita, toda esta zona debería ser geológicamente estable. Nada de volcanes, fallas, montañas ni roca blanda. No hay nada que explique la existencia de un vasto sistema de cuevas.

—Sí, señor. Yo pensé lo mismo.

—De acuerdo. ¿Qué impresión le dio cuando estuvo allí? ¿Le pareció una formación geológica natural? ¿Vio algo que le pareciera artificial?

Dudo antes de responder. ¿Cuánto le cuento? ¿Cómo reaccionaría Marshall si se enterara de que allí abajo hay unos gusanos lo suficientemente grandes para atravesar los muros de la cúpula si les da la gana? La verdad es que esa pregunta sobra, porque sé exactamente cómo reaccionaría. Los exterminaría si averiguara la manera de hacerlo.

Marshall controla la potencia de salida del motor de una nave espacial.

Seguro que se le ocurre una manera de exterminarlos.

Me pregunto si hubo en Roanoke alguien que tuviera estos mismos pensamientos en un momento dado.

—No me pareció que los túneles fueran naturales, señor. Su estructura parecía planificada.

Marshall frunce el ceño.

—Entiendo. Dígame, ¿exactamente cuándo pensaba compartir esa información con alguien más?

Me quedo callado. Es obvio que ya conoce la respuesta. Pasados cinco incómodos segundos, le quita importancia.

—Está bien. Comprendo que tuviera dudas, dadas las circunstancias. ¿Vio alguna criatura viva mientras estuvo allí?

Bueno, supongo que este es el momento en el que tengo que contar la verdad. Me viene a la cabeza el gusano gigante que me transportó por el túnel hasta la superficie y me soltó en el jardín. Pienso en las visiones que he tenido últimamente, en la oruga con la sonrisa siniestra.

Me acuerdo de Dugan, tragado por la nieve.

Pienso en Roanoke.

Cierro los ojos y tomo aire. Lo suelto.

Se lo cuento todo.

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