Mickey7

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Ocho gira la cabeza cuando se abre la puerta y se queda boquiabierto al verme.

—Hola —digo—. ¿Me has echado de menos?

Garrison vuelve a cerrar con llave con nosotros dentro de la celda. Me siento en la cama.

Ocho ladea la cabeza.

—¿Qué ha pasado?

Me encojo de hombros.

—Parece ser que por ahora a Marshall le preocupa más la posibilidad de que los gusanos se coman su colonia que tener unos múltiples pervertidos paseándose por la cúpula.

—Mmm. Me sorprende su sensibilidad.

—Dejemos clara una cosa, no he dicho que no vaya a matarnos. Creo que está sopesando la situación. Le he explicado lo que me pasó después de que Berto me abandonara y creo que se ha asustado.

—¿Qué te pasó? Nunca me lo has contado.

—Digamos que no me sorprendió cuando Marshall mencionó que nos enfrentábamos a unos seres sentientes. Y, solo para tu información, aún no lo hemos visto todo. Hay gusanos lo suficientemente grandes para comerse un flitter y aún les quedaría espacio en el estómago para el postre.

—Y disponen de tecnología militar.

—Eso parece.

—Y la guerra es inminente.

—Eso dice Marshall.

Ocho se echa hacia delante, apoya los codos en las rodillas y se frota la cara con las manos.

—Esto no tiene buena pinta, Siete. No tenemos el equipo necesario para ir a la guerra contra una especie que cuenta con tecnología. Solo somos ciento ochenta personas.

—Ciento setenta y seis —le corrijo—. Hemos perdido cinco de los otros y hemos ganado uno de nosotros.

Ocho levanta la cabeza y arruga el ceño.

—Eso da igual. Tendríamos que haberlo sabido antes de instalar la colonia.

Lo que quiere decir es que así podríamos haber bombardeado a los gusanos desde la órbita y perpetrar un genocidio antes de exponernos al peligro.

En este momento tengo que recordarme que Ocho es yo, solo que con unas seis semanas menos. ¿Cómo es posible que me horroricen tanto sus palabras? ¿Por qué me importa tanto lo que pueda pasarles a los gusanos?

—No sirve de nada lamentarse —digo—. No lo sabíamos y ya es tarde para cambiarlo.

Ocho se reclina y cruza los brazos.

—¿Seguro?

Seguro, por supuesto. O no. Como ya he dicho antes, Marshall tiene a su disposición toda la energía que puede generar el motor de una nave espacial. Quizá hayamos perdido la ventaja de la altura, pero todavía contamos con una ingente cantidad de energía.

—En cualquier caso —digo—, acabe como acabe esto, creo que ninguno de los dos estará aquí para verlo, así que no tenemos por qué preocuparnos.

—Yo no estaría tan seguro. Aún no nos ha matado.

Me tumbo en la cama otra vez, junto las manos debajo de la cabeza y cierro los ojos.

—No te hagas ilusiones, Ocho. Estoy seguro de que solo es un indulto temporal.

Por alguna razón, mientras estoy tumbado en la celda esperando a que Marshall decida lo que va a hacer conmigo y me aferro a la esperanza de que por lo menos tenga la decencia de matarme antes si finalmente opta por arrojarme a la recicladora, me pongo a pensar en Seis.

Obviamente no recuerdo todas mis muertes. Cuatro se negó a subir una copia de seguridad antes de morir y no recuerdo nada de Dos. Sin embargo conozco todos los detalles de lo que les pasó a los dos. Vi las grabaciones de las cámaras de videovigilancia de sus finales. Sinceramente, aún no sé qué es peor, si recordar tu muerte o verla en una grabación. No obstante, Seis… Creía que sabía lo que le ocurrió. Berto me dijo que los gusanos lo habían descuartizado.

Berto me dijo que los gusanos me habían descuartizado.

Berto ha demostrado sobradamente que no puedo confiar en él en lo que se refiere a mis muertes.

Ahora me surge la duda, ¿también abandonaría a Seis en los túneles y él simplemente no consiguió salir de ellos? Me prometo que, si alguna vez se me presenta la oportunidad de preguntárselo, le arrancaré la verdad.

Aunque acabe muerto.

Estoy dándole vueltas a esa idea cuando se abre una ventana de conversación en mi ocular.

<Mickey8>: ¿In**stan* cl*ro?

Me vuelvo para mirar a Ocho.

—No me jodas. ¿Otra vez?

<Mickey8>: ¿G*e*o? ¿R**ndir?

Me incorporo.

—¿Qué haces, Ocho?

—¿Yo? ¿Qué haces tú? ¿Qué es ese galimatías?

Niego con la cabeza.

—No soy yo. Creía que estabas escribiendo en sueños.

La expresión de fastidio de su cara se torna una de desconcierto.

—¿Escribiendo en sueños? ¿Eso es posible?

—Supongo, ¿no?

<Mickey8>: ¿Ent*en**s? ¿Gus**o?

Cierro la pantalla con un parpadeo.

—Si no eres tú ni soy yo, ¿quién es?

Ocho se encoge de hombros.

—Es evidente que se trata de un fallo técnico. Es una anomalía que haya dos nodos separados en el sistema con usuarios idénticos. Debe de haber alguna case de realimentación entre nosotros.

—Venga ya. Eso te lo acabas de inventar. Tú sabes tanto como yo sobre la red, y yo no tengo ni idea de si lo que dices es siquiera posible.

—Te diré qué haremos. Cuando Marshall te tire al pozo de los cadáveres, intentaré convencerle para que me deje vivir un rato más y así comprobaré si continúa ocurriendo. Será un experimento interesante.

Suspiro.

—Gracias, Ocho. Eres un verdadero amigo.

A estas alturas debes de tener la impresión de que todos los intentos de fundar una colonia han fracasado estrepitosamente. Nada más lejos de la realidad, obviamente. Yo he hecho hincapié en los fracasos porque son lo que ha ocupado mi mente casi desde el mismo momento en que entramos en la órbita de Niflheim. Pero ha habido miles de colonias que han prosperado. Por ejemplo, el planeta de Bergen.

El planeta de Bergen era una selva de polo a polo cuando la primera nave colonizadora holló su superficie. Tenía dos continentes, uno enorme y otro pequeño, que se extendían a ambos lados del ecuador en lados opuestos del planeta, bañados por unos océanos de aguas calientes salpicados por miles de islas selváticas. Su atmósfera era rica en oxígeno y estaba cargada de dióxido de carbono, y su biosfera podría describirse como demencial. No había criaturas sentientes ni nada alarmantemente grande, pero los animales que lo habitaban eran veloces y fuertes y tenían muy mal genio; los árboles tenían la capacidad de moverse parcialmente y eran carnívoros; y la microbiota tenía una capacidad de adaptación impresionante, era infecciosa y omnipresente. El comandante de la nave envió una pequeña partida de exploradores desde la órbita solo para hacerse una idea del terreno.

A pesar de los trajes acorazados y las armas, no duraron ni un día.

La hostilidad del lugar puso en un aprieto a la Comandancia del planeta de Bergen. Como ya he mencionado, las naves colonizadores no pueden coger los bártulos así como así y largarse a otra parte una vez que han llegado a su destino. De manera que hicieron lo que pudieron.

En primer lugar esterilizaron el continente pequeño. Quemaron todo hasta que solo quedó la roca maciza.

Ahora es un sitio precioso, casi un paraíso, según he leído.

Por lo tanto, no es verdad que siempre que llegamos a un planeta nuevo acabamos muriendo.

Es decir, casi siempre muere alguien.

Pero a nosotros no tiene por qué pasarnos lo mismo.

Ya es casi mediodía cuando la puerta vuelve a abrirse. El segurata es otro, un tipo más grande, con la piel oscura y la cabeza afeitada. Se llama Tonio y estoy seguro de que es el que me redujo con su táser en la cafetería hace dos días.

—En pie —espeta—. Vamos.

—¿Cuál de los dos? —pregunta Ocho.

—Los dos.

Miro a Ocho, que se encoge de hombros. Nos ponemos en pie y salimos.

Es curioso cómo actúan las expectativas. Hace cuatro horas me habían dejado en la celda convencido de que iba a terminar en la recicladora. La verdad es que no estaba asustado, porque sabía lo que iba a pasar y que no podía hacer nada para evitarlo, y eso da cierta paz.

Esta vez, sin embargo, salgo de la celda dando por sentado que nos dirigimos al despacho de Marshall para hablar sobre los gusanos. Pero no es así. Dejamos atrás ese pasillo y continuamos caminando. Me da un vuelco el corazón y se me hace un doloroso nudo en el estómago.

Esta vez vamos de verdad a la recicladora.

Marshall está esperándonos allí cuando llegamos, junto a Nasha, Cat y otros dos seguratas. Estos empuñan burners.

El pozo de los cadáveres está abierto y unos diminutos destellos danzan sobre su superficie.

—Bueno, antes de empezar me gustaría hacerles unas preguntas —dice Marshall.

—Oh, por el amor de Dios —murmura Ocho.

Marshall entorna los ojos.

—¿Perdón?

—Mire —dice Ocho—. Yo le conozco, Marshall. He estado muriendo por usted durante los últimos nueve años. Dejando de lado eso, podría decirse que es un tipo decente. Casi siempre parece que tenga un palo metido en el culo, pero no es el villano de una serie de televisión, y no entiendo por qué ahora se esfuerza en aparentarlo. No quiere tener múltiples sueltos en su colonia. Vale, perfecto. Mate a uno de nosotros y arrójelo al pozo. Problema resuelto. O mátenos a los dos y saque uno nuevo del tanque si eso es lo que quiere hacer. Pero hágalo de una vez y deje de marear la perdiz.

—Bueno —dice Marshall—. Solo para que quede claro. Si los dos acaban en el pozo hoy no habrá otro Mickey Barnes. Se borrará su personalidad del servidor, así como la plantilla de su cuerpo. No se está considerando enviarle al tanque, Barnes, sino una pena de muerte.

Ocho niega con la cabeza.

—Tonterías. Solo quedan ciento setenta y siete personas en esta colonia y nos enfrentamos a una posibilidad real de guerra. No me creo que vaya a deshacerse de su único Prescindible.

—Tiene razón —responde Marshall, y sus labios esbozan una sonrisa tensa—. Pero lo que no sabe es que usted no es la única persona en esta colonia que está dispuesta a cumplir el papel de Prescindible. De hecho, la cabo Chen ha tenido la cortesía de ofrecerse voluntaria para sustituirlo en el caso de que sea necesario.

Ocho abre la boca, la cierra y vuelve a abrirla, todo ello sin hablar. Yo miro a Cat y a sus colegas de Seguridad. Los otros dos me observan acariciando el gatillo de sus burners, pero Cat mantiene los ojos clavados en el suelo.

—¿Cat?

—Lo siento —dice sin levantar la cabeza—. No es nada personal, Mickey. Es por el bien de la colonia.

Suelto una carcajada breve y áspera.

—Por el bien de la colonia. Vale. Era esto lo que te rondaba la cabeza la otra noche, ¿verdad? ¿Crees que soy inmortal? Supongo que ahora tienes tu respuesta.

Cat me mira a los ojos. La angustia que veo en su rostro diluye la ira que expresa el mío.

—Por favor, Mickey. Yo no quería que esto pasara.

—Tú has hecho que esto pase, Cat.

Una lágrima brota en la comisura de su ojo y desciende por su mejilla.

—Lo siento. Yo…

—Cierra el pico —espeta Nasha—. Te lo digo en serio, Chen. Cierra el puto pico.

—¡Basta! —brama Marshall—. Es absurdo que actúe como si esto fuera alguna clase de traición, Barnes. Según tengo entendido, Chen descubrió su situación a partir de sus acciones, no de las de ella. Una vez confirmada su sospecha, estaba obligada a informar a Comandancia. De no haberlo hecho, ahora estaría al lado de ustedes, esperando su turno para ser lanzada al pozo. Es más, su decisión de ofrecerse voluntaria para sustituirlo no guarda relación alguna con lo que pase con usted al final. Si decido deshacerme de usted, encontraremos un voluntario para reemplazarlo o seleccionaremos a alguien. —Hace una pausa para que sus palabras calen antes de continuar—: Lo más importante ahora mismo, sin embargo, es que todavía tienen una oportunidad para evitar que eso pase.

Se hace el silencio. Detrás de nosotros, uno de los seguratas vuelve a poner el seguro de su burner con un sonoro clic.

Ocho es el primero en hablar.

—¿Qué tenemos que hacer?

—Nada extraordinario —responde Marshall—. Lo único que les pido para que no les arroje a ese agujero es que hagan su trabajo. Tengo una misión para ustedes.

Pongo los ojos en blanco.

—Supongo que es una misión en la que los dos acabamos muertos.

Marshall se vuelve hacia mí y su sonrisa se torna una mueca de suficiencia.

—¿Quiere que le lea la descripción de su puesto de trabajo, señor Barnes?

Suspiro.

—Hable.

Y Marshall habla.

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