Mickey7

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La antimateria, en el caso de que estés preguntándotelo, es una cosa tremenda.

Cuando no se la molesta, básicamente se comporta como la materia normal. Si se hubiera creado un pelín más de antimateria durante el Big Bang y un pelín menos de materia, ahora mismo podríamos tener un universo funcional de antimateria. Sin embargo no fue así. Por eso tenemos un universo de materia, y cuando la antimateria entra en juego ocurren cosas malas. No es del todo verdad que se produce una conversión de la masa en energía pura cuando la materia y la antimateria interactúan. Dependiendo de la clase de partículas que intervienen, el estado de sus respectivas energías en el momento en que se encuentran y el medio en el que están, puedes obtener desde un haz de rayos gamma hasta un torrente de partículas subatómicas que rebotan a una velocidad que es una fracción nada despreciable de la velocidad de la luz.

Como tanto Uno como Dos habrían estado encantados de contarte, siendo un organismo vivo preferirías estar alejado de todo eso.

La antimateria se descubrió en la antigua Tierra, antes de la Diáspora, y bastante antes de que la Ching Shih fuera un boceto en el AutoCAD de algún ingeniero. No obstante, durante mucho tiempo fue poco más que una curiosidad. No averiguaron cómo sintetizarla y contenerla en cantidades importantes hasta poco antes de la huida. De hecho, la mayoría de la gente defenderá que el proceso Chugunkin fue el avance que condujo directamente a la Diáspora.

En parte porque la antimateria es absolutamente esencial en los viajes interestelares. Ninguna otra cosa descubierta a día de hoy por nuestros físicos contiene suficiente energía en una forma relativamente compacta para alcanzar las velocidades que necesitamos para cruzar los abismos que separan las estrellas. Aun así, aunque eso no fuera verdad (por ejemplo, si alguna de las ideas de propulsión sin reacción con las que se experimentaba antes de que Chugunkin apareciera con su descubrimiento hubiera tenido éxito), parece bastante probable que la Diáspora no se habría producido sin la capacidad de generar antimateria en grandes cantidades.

Ya debería haber quedado claro que enviar una expedición colonizadora es, en muchos aspectos, un acto desesperado. Es caro y hay muchas probabilidades de que fracase, e incluso en el caso de que salga bien, el lugar al que vas seguramente será mucho peor que el lugar del que vienes durante al menos un puñado de generaciones. Por lo tanto, solo te embarcarás en una empresa así para dirigirte hacia un futuro prometedor o para huir de un presente verdaderamente aterrador. Los antiguos habitantes de la Micronesia, por ejemplo, huían del agotamiento de los recursos y del hambre.

Nosotros huimos de la Guerra de las Burbujas.

Es una perogrullada que todos los avances tecnológicos en la historia de la humanidad se aplican en un primer momento en interés del desarrollo del deseo sexual. ¿La imprenta? Algunas Biblias, pero sobre todo porno. ¿Los antibióticos? Son perfectos para tratar las enfermedades de transmisión sexual. ¿El ocular? No me pidas que te cuente qué fue lo primero que se hizo con ellos cuando se inventaron. Sin embargo, la producción de antimateria a gran escala no sigue ese patrón. No hay nada ni remotamente sexy en una nube de velocísimos quarks y gluones que se expande rápidamente.

El segundo ámbito en el que se aplican las novedades tecnológicas es, por supuesto, la guerra.

En ese campo, la antimateria se reveló atrozmente útil.

En honor a la verdad hay que señalar que nuestros antepasados dedicaron unos diez segundos a pensar en cómo podría usarse la antimateria para producir energía y propulsar naves espaciales antes de centrarse en investigar cómo emplearla para convertir a sus hermanos humanos en polvo radioactivo. No obstante, supongo que la razón principal para ello fue que hasta la invención de la burbuja del monopolo magnético no existió una manera práctica de utilizar la antimateria como un instrumento para el genocidio. Por ejemplo, no se puede fabricar una bomba de antimateria como se fabrica una bomba termonuclear. El núcleo de antimateria debe permanecer completamente aislado para evitar cualquier contacto con la materia hasta el momento justo en que debe cumplir su función, y es bastante complicado mantener aislado un toroide magnético de cinco toneladas y la cámara de vacío que lo contiene.

La burbuja de monopolo magnético solucionó ese problema de raíz. Como Jemma me explicó, cada una de esas burbujas es una especie de nudo espaciotemporal cuyo interior y cuyo exterior coexisten en universos separados. Si eres capaz de envolver en una de esas burbujas un poquito de antimateria, conseguirás tener un montón de energía potencial almacenada en un contenedor compacto y cuya manipulación es relativamente segura. Así almacenaba su combustible la Drakkar. Cuando la nave aceleraba, un chorro constante de burbujas de monopolo llenas de antimateria pasaba del contenedor a la cámara de reacción, donde se mezclaban con burbujas de polaridad opuesta llenas de materia.

Luego, dos más dos, las burbujas estallaban. Se producía la aniquilación y nosotros nos movíamos.

Es probable que ya te hayas dado cuenta de a dónde lleva eso.

En el fondo, la bomba de burbujas es una cosa muy sencilla. Solo hay que meter un montón de burbujas llenas de antimateria en algún tipo de artefacto que se pueda lanzar. Cuando el recipiente explota sobre el objetivo, las burbujas se dispersan con el viento y se alejan unas de otras por el fenómeno de repulsión magnética, y, transcurrido un tiempo fijado de antemano, estallan.

Dependiendo de la extensión que les permitas dispersarse y del tipo concreto de antimateria con el que hayas llenado las burbujas, el resultado puede ir desde una explosión que haga un agujero en la estratosfera hasta una lluvia de radiación dura y partículas cuánticas que mate a todos los organismos vivos de virus para arriba que se encuentren en la zona bombardeada. Sin embargo, los edificios y otras infraestructuras quedan intactos.

Ese detalle fue el que llamó la atención de los planificadores de guerras terrícolas. Hacía mucho tiempo que disponían de armas termonucleares, pero no habían descubierto la manera de utilizarlas para otra cosa que no fuera un suicidio apocalíptico pactado. El problema era que, si alguna vez las utilizabas en un número suficiente para asestar un ataque definitivo a tu enemigo, las consecuencias ambientales (en forma de lluvia radioactiva, basura lanzada a la estratosfera, contaminación persistente por radiación y un largo etcétera) eran devastadoras, no solo en el territorio de tu víctima sino también en el del vecino, en el del vecino del vecino, en el del vecino del vecino del vecino, y así hasta probablemente llegar a tu propia casa. Y eso sin tener en cuenta que tu enemigo contase también con su propio arsenal nuclear para contraatacar, lo cual deberíamos dar por hecho, ya que de lo contrario seguramente no habrías contemplado la posibilidad de embarcarte en una escalada de violencia de esas características.

La bomba de burbujas resolvió ese problema. Estructurada y empleada correctamente, permitía esterilizar vastas zonas del territorio enemigo sin apenas efectos secundarios duraderos. Era posible fabricar bombas lo suficientemente pequeñas y ligeras para que el enemigo no se enterara de que se las habías lanzado hasta que ya estaba muerto. Podías matar a todas las personas y a todos los seres vivos y al día siguiente, si querías, entrar sin miedo en el territorio bombardeado. Ni siquiera tenías que preocuparte por el hedor de los cadáveres, ya que no quedaban vivas las bacterias que podrían causar su putrefacción. Desde el punto de vista de quien consagra su vida a la guerra era el arma perfecta.

Desde el punto de vista de un verdadero ser humano era una pesadilla.

Hay que poner en contexto el momento que se vivía entonces en la Tierra, y ese no era otro que una crisis medioambiental. La densidad de la población era cien veces mayor que la de Edén actualmente, que es alrededor de mil veces mayor que la densidad media de la Diáspora, y su industria y su agricultura eran muchísimo menos eficientes y productivas que las nuestras. Como consecuencia, podría decirse que los terrícolas estaban ahogándose en sus propios excrementos. En un periodo de un par de siglos habían alterado la composición química de la atmósfera hasta el punto de que algunas zonas del planeta que habían estado densamente pobladas rápidamente se volvieron inhabitables, y los problemas de distribución de alimentos y agua eran gravísimos. A esto súmale la profunda fractura política (había alrededor de doscientas entidades políticas independientes que reclamaban la soberanía sobre alguna parte del planeta), luego añádele la aparición inesperada de un arma que permitía a una de esas entidades exterminar a la población de otra y seguidamente ocupar su territorio vacío. Lo que obtienes evidentemente es una situación desesperada.

Probablemente las crónicas de la Guerra de las Burbujas no sean especialmente fidedignas, ya que la mayoría fueron escritas por los pueblos que atacaron primero y, por lo tanto, sobrevivieron, pero hay algunos datos incontrovertibles. Sabemos, por ejemplo, que la guerra duró menos de tres semanas y que solo participaron en ella alrededor de media docena de esas entidades políticas independientes. Solo terminó cuando se agotaron las existencias de antimateria.

Y lo más importante de todo es que murió más o menos la mitad de la población de la Tierra, que en aquel momento representaba toda la humanidad.

La mayor parte de los historiadores consideran que el lanzamiento de la Ching Shih, que se produjo veinte años después de la guerra, fue una reacción directa a la Guerra de las Burbujas. ¿Qué otra cosa explicaría la Diáspora? ¿Qué otra cosa explicaría que abandonáramos el único planeta en el que el ser humano había evolucionado y habitado de manera natural, el único que no requería terraformación, inoculaciones o guerras con seres sentientes nativos, como… bueno, como en lugares como Niflheim? Aquellos antepasados nuestros se dieron cuenta de que si toda la humanidad se concentraba en un solo lugar acabaríamos matándonos unos a otros… y no se equivocaban. Nadie ha tenido noticias de la antigua Tierra en más de seiscientos años.

La dispersión era nuestra única esperanza de supervivencia a largo plazo.

También comprendieron que la Diáspora sería en vano si no dejaban atrás las armas de antimateria. Condenamos al ostracismo a la antigua Tierra desde los albores de la Unión, y ahora mismo ni siquiera sabemos si queda alguien vivo en nuestro planeta de origen. Nos gusta pensar que no somos como ellos, que somos unos seres humanos más desarrollados o evolucionados o alguna chorrada por el estilo.

Pero eso no es verdad. En el fondo, la gente de la Unión es igual que la de la Tierra. Aún discutimos entre nosotros. A veces nos peleamos.

Sin embargo, no utilizamos la antimateria en nuestras guerras. Esa es la única regla (más arraigada en nuestra mentalidad incluso que el veto a los múltiples) que todos los planetas que conforman la Unión respeta.

Esa es la única regla cuya transgresión, si te descubre uno de tus planetas vecinos, te convierte en el blanco de La bala.

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