Mickey7
023
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—Es aquí, ¿verdad? —pregunta Berto desde la cabina.
La puerta de la bodega se abre y miro abajo. Estamos sobrevolando una grieta. Se parece mucho a todas las grietas que hay en este lugar dejado de la mano de Dios. ¿Esta es en la que caí?
—Es posible —respondo—. Quién sabe.
—Interpretaré eso como un sí.
El cabrestante suelta dos metros de cable. Ocho se cuelga la mochila a la espalda y se engancha al cable.
—Nos vemos abajo —se despide, y salta al vacío.
Me cuelgo mi mochila mientras el cabrestante va soltando cable. Pesa menos de lo que esperaba. Cuesta creer que dentro hay la carga destructora necesaria para esterilizar una ciudad.
El cabrestante empieza a recoger cable. Sin embargo, cuando aparece el extremo me entran las dudas.
—Oye, Berto. Antes de marcharme, te agradecería inmensamente que me aclararas una cosa. ¿Qué le pasó en realidad a Seis?
Berto suspira.
—Los gusanos lo capturaron, Mickey. Te lo dije la primera vez que me lo preguntaste nada más salir del tanque.
—Creo que no fue eso lo que me dijiste —replico—. Me contaste que los gusanos me comieron.
—No te dije que se lo comieran —insiste Berto—. Dije que lo capturaron. Eso de que se lo comieron lo has deducido tú. Estaba trabajando en otra grieta, no muy lejos de aquí. Salieron de la nieve, como te conté. Pero no lo descuartizaron, sino que se lo llevaron por un agujero. Quince minutos después perdí la señal. Durante los primeros diez minutos no oí más que incoherencias. Me dio la impresión de que…
—¿De qué?
—De que le hacían lo mismo que le hemos hecho nosotros a ese gusano que trajisteis —dice Berto—. Creo que lo abrían para estudiar su funcionamiento.
—¿Crees que le arrancaron el ocular? —digo—. O sea, ¿que me lo arrancaron?
—Es posible. Aunque no podían hacer nada con él.
Hasta hace dos días habría estado de acuerdo con Berto. Ahora, sin embargo…
—Me mentiste —insisto—. Mentiste a Comandancia. Tú supiste que los gusanos eran criaturas sentientes antes que yo. Podrían tirarte a la recicladora por esto, Berto. ¿En qué demonios estabas pensando?
No me responde. Espero durante diez largos segundos y luego niego con la cabeza y agarro el cable.
—Tuve miedo —confiesa finalmente Berto.
Me vuelvo hacia él, pero evita mirarme a los ojos.
—¿Miedo de qué? Hasta que falsificaste los informes no habías hecho nada incorrecto. Lo que me pasó no fue culpa tuya.
—Me daba miedo Comandancia. Me daban miedo esos gusanos. Tal vez podría haberte rescatado. Tal vez podría haberte sacado de aquel agujero. Tal vez incluso podría haber salvado a Seis si hubiera aterrizado rápidamente y hubiera sacado un acelerador. Pero no lo hice. No lo hice porque estaba asustado.
Y de repente todo cobra sentido.
—Eres Berto Gomez —digo—. Eres el tío que pasa con un flitter por un agujero de tres metros de diámetro a doscientos metros por segundo. No te asusta nada.
Berto suspira y asiente con la cabeza.
—Te arriesgaste a terminar en la recicladora porque eras incapaz de reconocer, a mí, a Marshall, a ti mismo… No podías permitir que nadie se enterara de que había algo que te asustaba.
Berto vuelve a concentrarse en los mandos de la nave.
—Ocho está esperándote, Mickey.
—¿Sabes? Si alguna parte de mí acaba llegando a Nueve, lo primer que haré al salir del tanque será darte una paliza.
Berto no dice nada.
Me engancho al cable y salto.
—Bueno —dice Ocho cuando me desengancho del cable al llegar abajo—. ¿Es aquí?
Miro alrededor. El fondo de la grieta mide unos seis metros de ancho. Unas paredes de hielo de treinta metros de altura se levantan a ambos lados, y de una de ellas, a media altura, sobresale una roca que parece la cabeza de un mono.
—Sí, creo que sí —respondo—. Aunque supongo que en el fondo da igual. Estoy casi seguro de que toda esta zona está conectada mediante túneles. Si no es este lugar exacto donde caí la última vez, solo tenemos que encontrar otra entrada a las galerías.
El cable desaparece y unos segundos después oímos el zumbido de la gravedad cuando Berto acelera para marcharse. Ocho y yo nos ponemos en marcha. Nada más dejar atrás la roca veo el borde del agujero. Según parece, no ha nevado lo suficiente estos últimos días para taparlo.
—Es ahí —digo—. Ahí es donde me caí.
Nos acercamos al borde del agujero y contemplo el túnel casi vertical de poco más de un metro de diámetro con las paredes de roca.
—Yo creo que podemos bajarlo —dice Ocho.
—Ocho, no deberíamos hacer esto.
Ocho se vuelve hacia mí.
—¿Crees que hay una manera más fácil de entrar?
—No —digo—. No me refiero a eso. Quiero decir que no deberíamos hacer esto.
—Yo creo que sí.
—Los gusanos son seres sentientes —digo. Me señalo la mochila que llevo a la espalda con el dedo pulgar—. Y esto es un crimen de guerra. Si Midgard se entera, nos convertiremos en el nuevo Gault.
Cada uno lleva en su mochila una bomba de burbujas en miniatura, cincuenta pepitas de antimateria tomada de lo que queda en los depósitos de combustible de la Drakkar, aisladas en burbujas de monopolo magnético. Cuando las soltemos, se dispersarán por el aire como fuego fatuo.
En un momento dado las burbujas estallarán.
Se me pone la carne de gallina al pensar en lo que llevo a la espalda.
—Ya sé que son seres sentientes —dice Ocho—. Por eso tenemos que hacerlo. Además, solo es un crimen de guerra si se utilizan contra otros seres humanos. Las expediciones cabeza de puente tienen barra libre. Nuestros expertos en terraformación han esterilizado continentes enteros cuando hemos necesitado espacio. Ya lo sabes. —Se sienta en el borde del agujero y se inclina hacia delante—. Échame una mano. El primer saliente está un poco lejos.
—Uno de ellos me salvó —confieso.
—¿Cómo? —exclama Ocho mirándome.
—Hace cuatro días, cuando me perdí en los túneles y Berto me dio por muerto. Uno de los gusanos me salvó. Me recogió, me llevó casi hasta la misma cúpula y me soltó.
—Entonces… ¿Estás diciendo que todo esto que nos está pasando es culpa suya?
Vale, supongo que es una manera legítima de ver las cosas.
—En cualquier caso —continúa Ocho—, eso da igual. Ya oíste a Marshall. Si no lo hacemos, nos arrojará a la recicladora y no regresaremos. Borrará nuestra personalidad del servidor y la maldita Chen nos sustituirá. —Se echa un poco hacia delante y vuelve a mirar abajo—. Creo que puedo solo. —Apoya una mano en cada lado de la boca del agujero, se impulsa y deja que sus piernas cuelguen en el aire—. Nos vemos abajo.
Ocho desciende por el agujero y desaparece.
Yo me quedo mirando el túnel durante unos largos segundos. Nada me impide largarme de allí. Podría caminar sin rumbo por la nieve, hacer saltar los cierres de mi reciclador de aire y acabar de una vez para siempre con esto.
Pero eso no cambiaría nada, ¿no? Enviarían a Berto y a Nasha a buscar mi cuerpo, recuperarían la mochila y enviarían a Nueve a los túneles, eso si Ocho no hubiera hecho ya el trabajo.
Recibo un mensaje en el ocular.
<Mickey8>: Vamos, Siete. Tenemos trabajo.
Suspiro, tenso las correas de la mochila y lo sigo por el agujero.
—Lo mejor sería que nos separáramos —sugiere Ocho—. Nos alejaremos todo lo que podamos el uno del otro y haremos detonar las bombas a la vez. Así abarcaremos más terreno y no tendremos que preocuparnos de que la explosión de una obstaculice la dispersión de la otra.
—Ocho… —empiezo a decir, pero Ocho sacude la cabeza para interrumpirme.
—No, no quiero oírlo. Mantén abierto el canal de voz y avísame cuando estés listo. Y si te encuentras con tu amigo del otro día… —Mira a otro lado—. Dile que lo sentimos.
Me quedo mirando la mancha de calor hasta que desaparece por uno de los túneles. A lo mejor espero que regrese. Pero no lo hace. Finalmente elijo un túnel, me ciño las correas de la mochila a los hombros y echo a andar.
—¿Estás ahí, Siete?
—Sí, estoy aquí.
—¿Ves algo? Estos túneles parecen vacíos.
—No veo nada, pero he oído ruidos de vez en cuando.
—Sí, yo también —dice Ocho—. Como si arañaran las paredes de roca, ¿verdad?
—Sí. Supongo que son nuestros amigos.
—¿Crees que saben que estamos aquí?
Pongo los ojos en blanco aunque Ocho no puede verme.
—Estamos en su casa, Ocho. ¿Cuánto tardaríamos nosotros en enterarnos de que uno de ellos ha entrado en la cúpula?
El silencio se alarga, hasta que empiezo a preguntarme si Ocho ha cortado la comunicación.
—Creo que saben para qué hemos venido.
Diez minutos después estoy parado delante de una intersección, intentando decidir si seguir por el túnel que asciende con una pendiente pronunciada o por el que baja en espiral, cuando se enciende una señal luminosa en mi ocular y aparece una fotografía en la esquina superior izquierda de mi campo visual. Es un plano cenital de una cueva ancha y profunda.
Está infestada de gusanos.
Son ejemplares pequeños, como los que mataron a Dugan e irrumpieron por el suelo de la esclusa principal de la cúpula.
Debe de haber miles.
Decenas de miles.
—¡Siete! ¿Estás viendo eso?
—Sí —respondo—. Oye, Ocho… —Dejo la frase a medias. ¿Qué quiero decirle? Me viene a la mente el recuerdo de la araña que liberé en el jardín de mi abuela de niño. Si hubiera vuelto a entrar en casa, ¿la habría salvado otra vez o la habría aplastado para librarme de ella para siempre?
¿Y si hubiera encontrado un nido de arañas delante de la casa de mi abuela, con centenares de crías, y hubiera pensado que querían colonizar el jardín?
—¿Ocho?
Ocho no responde.
—¿Estás ahí, Ocho?
Entra en mi caché una nueva imagen. Está tan borrosa que me cuesta interpretarla. Supongo que casi nadie sabría lo que está mirando si la viera. Pero yo reconozco lo que muestra; son las fauces y las patas de un gusano gigante vistas desde no más de un par de metros.
En ese momento comprendo que Ocho está muerto.
¿Y ahora qué? No tengo ni idea de dónde estaba ni de dónde se encuentra esa guardería de gusanos.
No tengo ni idea de si tuvo tiempo para hacer detonar la bomba antes de morir.
Estos túneles son un laberinto tenebroso. Ocho podría haber muerto a kilómetros de aquí o en la siguiente curva.
Podría intentar buscarlo.
O podría hacer detonar la bomba y poner fin a esto.
Cierro los ojos y muevo la mano hacia el cordón del detonador, pero me entran las dudas.
Veo delante de mí la hoguera que arde como si el tiempo corriera hacia atrás, absorbiendo el humo y convirtiendo la ceniza en troncos.
Veo la oruga, pero no sonríe. Tiene los ojos entrecerrados y su boca es una línea fina y severa.
Se abre una ventana de conversación en mi campo visual.
<Mickey8>: ¿Entiend*s?
Abro los ojos.
Algo se mueve en la oscuridad.
Algo que ocupa casi todo el túnel.
Parpadeo, me paso la lengua por los dientes y trago saliva. Mi mano acaricia el cordón del detonador.
<Mickey8>: ¿Entiendes?
<Mickey8>: Sí, entiendo.
<Mickey8>: ¿Eres jefe?
Vale, esto no lo comprendo. El gusano se acerca un poco más. Tiene los dos pares de mandíbulas extendidos. Imagino que es una postura amenazante. Retrocedo sin pensarlo y mi mano se cierra alrededor del cordón.
<Mickey8>: ¿Eres jefe?
Niego con la cabeza. Idiota. Aunque esta criatura comprendiera el lenguaje no verbal humano, probablemente no tiene ojos.
<Mickey8>: Hemos destruido a tu auxiliar. ¿Eres el jefe?
¿Jefe? ¿Auxiliar?
Está hablando sobre Ocho.
Ahora sería un buen momento para tirar del cordón del detonador.
Podría hacerlo, pero no lo hago.
Respiro hondo y decido arriesgarme.
<Mickey8>: Sí, soy el jefe.
El gusano apoya la cabeza en el suelo del túnel y cierra las mandíbulas lentamente, primero las interiores y luego las exteriores.
<Mickey8>: Yo también soy el jefe. ¿Hablamos?
Y hablamos.