Mickey7
025
Página 27 de 31

Por segunda vez, por razones que todavía no comprendo y creo que nunca comprenderé, salgo vivo del laberinto de túneles de los gusanos y vuelvo a ver el bajo sol invernal.
Hace una mañana bonita para lo que es Niflheim. El cielo es de un claro color ocre con un débil tono azulado, y el sol confiere a la nieve que se extiende hasta la cúpula el aspecto de un campo de diamantes. Respiro hondo, me acomodo la mochila en la espalda y echo a andar.
Me hundo en la nieve hasta las rodillas e incluso hasta la cintura en algunos tramos. A pesar del reciclador de aire, no consigo absorber de la atmósfera de Niflheim todo el oxígeno que exigen mis músculos, así que dispongo de un montón de tiempo para especular sobre los escenarios más probables mientras recorro trabajosamente el kilómetro que me separa del perímetro de seguridad de la cúpula. Me planteo si avisarles de que estoy en camino. Incluso abro la ventana de conversación, pero entonces me digo que mejor que no, que Marshall podría sentirse tentado de detenerme. ¿Nasha o Berto estarían dispuestos a soltar una bomba de plasma encima de mí si él se lo ordenara?
Nasha se negaría a hacerlo, estoy seguro. Pero Berto…
En el caso de que lo hiciera, sinceramente, no tengo ni idea de qué pasaría con la carga letal que llevo a la espalda.
Lo mejor para todos será no averiguarlo.
Doy un pequeño rodeo según me acerco para pasar exactamente entre dos torres. Me gustaría llegar a la cúpula antes de que alguien salga a mi encuentro, pero, teniendo en cuenta que nos encontramos en alerta máxima por temor a una incursión de los gusanos, supongo que no debo alimentar la esperanza de conseguirlo. Como no podía ser de otra manera, aún estoy a un centenar de metros del perímetro cuando las dos torres más próximas se activan. Continúo caminando mientras las luces destellan en torno a la base de las torres y los burners se despliegan en su parte superior y giran para apuntarme.
—No —digo por el canal de comunicación general al mismo tiempo que agarro el cordón del detonador con la mano derecha—. Por favor, preferiría no tener que tirar del cordón.
Los burners no se repliegan, pero tampoco disparan. Pasados unos treinta segundos, aunque a mí me parecen horas, la voz de Marshall me habla en el oído.
—Descuélguese la mochila, Barnes. Deposítela cuidadosamente en el suelo y aléjese de ella.
Me tiembla la mano con la que agarro el cordón y tengo que reprimir la risita nerviosa que empieza a formarse en mi garganta.
—No —respondo cuando recupero el control de mi voz—. No lo haré.
Se cierra el canal, esta vez durante casi un minuto. Cuando vuelve a abrirse, percibo la ira apenas reprimida en la voz de Marshall.
—¿Cuál de los dos es?
—Soy Siete, Mickey7.
—¿Dónde está Ocho?
—Muerto.
—¿Hizo detonar su bomba?
—No —respondo.
Vuelve a cerrarse el canal. Lanzo una mirada a las dos torres que están más cerca de mí y distingo un pálido destello rojo en el centro del cañón de los burners. Es la primera vez que los veo.
Supongo que eso es porque nunca antes había mirado de frente la boca del cañón de un burner listo para disparar.
¿Qué pasará si me dispara? Estoy seguro de que si fuera un burner de mano me daría tiempo a tirar del cordón antes de morir, incluso si me diera de lleno en la cara. Pero uno de estos…
Da igual. Aunque muriera de manera instantánea, seguramente mi brazo haría un espasmo. No pueden correr ese riesgo.
¿O sí?
Estoy considerando esa pregunta cuando se abre una ventana de conversación.
<RedHawk>: ¿Mickey? ¿Qué coño estás haciendo, tío?
Ah, bueno. Por lo menos Berto no está en la cabina de la aeronave, preparándose para bombardearme.
<Mickey8>: ¿Qué hay, Berto? ¿Te sorprende verme?
<RedHawk>: En serio, Mickey, ¿se te ha ido la pinza? ¿Qué quieres conseguir?
<Mickey8>: Dile a Marshall que salga. Tengo que hablar con él.
<RedHawk>: …
<Mickey8>: No es broma, Berto. Dile que salga.
<RedHawk>: Vamos, Mickey. Sabes que no va a salir.
<Mickey8>: Va a salir, Berto.
<RedHawk>: Suelta la mochila, Mick. Eso que llevas… es un crimen de guerra. Si tiras de ese cordón matarás a todos los seres humanos que hay en este planeta. En el fondo no quieres hacerlo.
<Mickey8>: Sí, estoy casi seguro de que podría empezar con un «en el fondo no quiero hacerlo». En el fondo no quiero matarte. Bueno, en realidad sí que quiero. Pero no quiero matar a Nasha, ni a Cat, ni siquiera a ese gilipollas de Seguridad de Tonio. Tal vez no quiera matar a nadie salvo a ti. Lo que sí quiero es hablar con Marshall. Dile. Que. Salga.
La ventana se cierra y vuelvo a contemplar los burners instalados en las columnas.
Me dejan allí casi una hora, mirando el pálido destello rojo mientras el frío se filtra por las capas de mi ropa térmica, luego por la piel y los músculos y finalmente se mete en mis huesos. Voy a compartir contigo una verdad dura pero demostrada: si te quedas quieto el tiempo suficiente en un medio donde la temperatura está por debajo de cero, por muchas capas de ropa de alta tecnología capaces de retener el calor que lleves puestas acabarás sintiendo un frío insoportable y tiritando como un desgraciado. Pasados cuarenta minutos, lo único que deseaba era que se decidieran de una vez y me frieran con los burners para así por lo menos morir caliente.
Pero no lo hacen. Por el contrario, cuando ya casi he decidido tirar del cordón y acabar de una vez por todas con esta agonía, la esclusa secundaria de la cúpula se abre a unos doscientos metros de mí y Marshall sale caminando con paso resuelto.
O al menos me parece que es Marshall, ya que me cuesta distinguirlo debajo del reciclador de aire, las gafas y la media docena de capas de ropa para el frío que lo envuelven. Sin embargo, por la estatura juraría que es él. Lo acompañan dos gorilas de Seguridad enfundados en las armaduras de combate, así que eso confirma mis sospechas. Abro un canal de comunicación.
—¿A qué viene esa escolta, Marshall? Ya tiene dos cañones apuntándome. ¿En serio piensa que es necesaria tanta potencia de fuego?
—Los agentes de seguridad me acompañan porque tengo la firme convicción de que esto es una emboscada —responde Marshall.
Casi me da la risa.
—¿Una emboscada? ¿Preparada por quién?
—Estamos en guerra —dice Marshall—. Y por razones que escapan a mi comprensión, usted parece haberse alineado con el enemigo.
No tengo nada que decir a eso, así que guardo silencio y sigo tiritando mientras observo al comandante avanzando trabajosamente por la nieve en dirección a mí. Se detiene al llegar al perímetro, a unos diez metros de mí. Los seguratas se paran a medio paso de Marshall.
—¿Y bien? Ya me tiene aquí, Barnes. Haga lo que sea que ha venido a hacer.
Me pregunto qué espera que haga. Imagino que quizá espera que agite los brazos y dé la señal a los gusanos que están escondidos bajo la nieve para que salgan y se lo coman. Por un momento se me pasa por la cabeza gritar: «¡A por él!», solo para ver cómo reaccionaría, pero los seguratas que lo flanquean me apuntan con sus aceleradores y seguramente están nerviosos. No es momento para bromas.
—No he hecho detonar la bomba —digo.
—Ya me he dado cuenta —contesta Marshall—. ¿Y su… amigo?
—¿Se refiere a Ocho?
—Sí, a Ocho. ¿Él hizo detonar la bomba?
—No —respondo—, ya se lo he dicho. Murió antes de que pudiera hacerlo.
—Entiendo. ¿Y dónde está su mochila?
—Se la han quedado los gusanos.
El silencio que sigue se me hace eterno.
—¿Saben lo que hay dentro? —pregunta finalmente Marshall. Noto en su voz un temblor que antes no había.
—Sí —respondo.
—¿Cómo lo han averiguado?
—Porque yo se lo he dicho y les he explicado cómo hacer detonar la bomba.
Marshall se vuelve al gorila que tiene a su izquierda.
—Mátelo —ordena.
—¿Señor?
Es Cat. Debería haber reconocido su armadura. Marshall levanta una mano temblorosa para apuntarme con ella.
—Ese hombre ha traicionado a la colonia, cabo Chen. Ha traicionado a la Unión. A la humanidad. Ya no tengo ninguna duda de que el tiempo que nos queda en este planeta puede medirse en horas, en minutos tal vez, pero antes de que el contador llegue a cero quiero verlo muerto. Mátelo.
—No me parece buena idea —dice el segurata que está al otro lado de Marshall. Es Lucas, creo, aunque es difícil reconocer su voz por el canal de comunicación—. Lleva encima una bomba de burbujas.
—Escuche —digo—. No podía no decirles lo que tenían en su poder. De lo contrario, seguramente habrían intentado abrirlo para averiguar qué era el tictac que salía de dentro. Y entonces…
—Entonces este problema se habría resuelto solo —asevera Marshall.
—Siempre y cuando no lo hubieran hecho debajo de la cúpula —señala Cat—, que es lo que yo habría hecho en su lugar.
—Lo que usted habría hecho me trae sin cuidado —espeta Marshall—. Como me trae sin cuidado todo lo que la imaginación de Barnes haya concebido para tratar de justificar sus actos. Ese hombre ha conspirado con el enemigo en tiempos de guerra. No existe un crimen más grave.
—¿Y el genocidio? —inquiero—. Es un crimen bastante grave. No fue conspirar con el enemigo precisamente lo que nos obligó a abandonar la antigua Tierra, pero eso ya lo sabe. Además, no es por nada, pero no estamos en guerra.
Marshall gira sobre los talones para encararse conmigo.
—¡Esas criaturas han matado a cinco de mis hombres, maldito monstruo! ¡Qué demonios, pero si a usted lo han matado dos veces! Nosotros también hemos matado a unos cuantos de los suyos. Si no estamos en guerra, ¿cómo definiría nuestra situación?
Niego con la cabeza.
—Usted piensa como un ser humano. Los gusanos no lo ven así. No parecen conocer el concepto de la vida individual. Hasta donde yo sé, conforman una inteligencia comunitaria. No les importan los gusanos que hemos matado ni tienen la menor idea de por qué nos preocupan las personas que se han llevado. La idea de que diseccionar a un puñado de auxiliares sería considerado una agresión escapa a su entendimiento. En lo que respecta a ellos, lo que hemos hecho hasta ahora es un simple intercambio de información.
—¿Auxiliares? —pregunta Cat.
—Sí —digo—. Es la mejor traducción que se me ocurre para designar a las criaturas pequeñas que hemos visto merodeando por los alrededores de la cúpula. Solo son partes de un todo, y por sí solos carecen de inteligencia. Suponen que la especie humana es igual.
—Genial —exclama Cat—. ¿Por lo menos les has sacado de ese error?
—Lo he intentado. Es sorprendente lo mucho que entienden de nuestro lenguaje teniendo en cuenta que todo lo que saben lo han aprendido fisgoneando en mi sistema de comunicación, pero no hay traducción que valga si los conceptos no existen. En cualquier caso, dicen que lo sienten.
Cat empieza a hablar, pero Marshall la interrumpe.
—¡Basta! Cállese, Chen, o le juro por Dios que la arrojaré al pozo con él.
—No voy a acabar en el pozo —digo.
—Oh, ya lo creo que sí. A menos que todos volemos por los aires antes, le aseguro que acabará en el pozo, y me trae sin cuidado si lo hace vivo o muerto. En algún momento tendrá que descolgarse esa mochila, Barnes, y en el mismo momento en que lo haga yo mismo le meteré una bala en la cabeza.
—No se lo tome como una crítica, señor —interviene Lucas—, pero no está dándole muchos incentivos para que no nos mate aquí y ahora.
Marshall fulmina con la mirada al segurata. Luego mira con sus ojos rebosantes de odio a Chen y finalmente a mí.
—No puede matarme por mucho que lo desee —digo—. Soy su único interlocutor con los gusanos y ahora ellos tienen la bomba de antimateria, como nosotros.
—Gracias a usted, Barnes. Gracias a usted. Ha firmado nuestra sentencia de muerte, maldito cabrón.
Niego con la cabeza.
—No fue idea mía enviar a sus túneles un arma de destrucción masiva. Tampoco es culpa mía que capturaran a Ocho antes de que pudiera hacer detonar la bomba. Usted es el único responsable de todo eso.
—Pero usted podría haber arreglado este desastre —grita Marshall—. Si hubiera hecho su maldito trabajo, esto no estaría pasando. Es un Prescindible, cobarde, y le dio miedo morir.
Suspiro y cierro lentamente los ojos. Cuando vuelvo a abrirlos, Cat y Lucas se han colgado los aceleradores del hombro.
—Es posible. A lo mejor no quería morir… O quizá no quería cargar con un genocidio en mi conciencia cuando lo hiciera. Entiendo que piense que debería haber tirado del cordón y exterminar a los gusanos, pero no lo he hecho y ahora tenemos que actuar en consecuencia. Hay otra especie inteligente en este planeta y acaba de entregarle una bomba de antimateria. Necesita con desesperación establecer relaciones diplomáticas con ellos y yo soy su único diplomático. ¿Cree que tal como están las cosas matarme es la solución más inteligente?
Marshall me mira durante treinta largos segundos. Le tiemblan las manos y veo la tensión en su mandíbula debajo del reciclador de aire. Sin embargo, no dice nada. Finalmente gira sobre los talones y enfila de regreso a la esclusa. Cat y Lucas lo observan sin moverse de su sitio.
—¿Y bien? —pregunto cuando la puerta de la esclusa se cierra detrás de él—. ¿Nosotros estamos en paz?
Cat lanza una mirada a Lucas, que se vuelve hacia la torre más próxima. La luz del burner se apaga y el cañón se repliega.
—Creo que sí —responde Cat—. Por ahora.
Cat se acerca a mí y me tiende una mano. Suelto el cordón de la bomba, le cojo la mano y tiro de ella para abrazarla.
—Lo siento —dice Cat, y distingo el llanto en su voz.
—Lo sé. No pasa nada, Cat. Solo has cumplido tu deber.
Nos quedamos callados unos segundos, hasta que Cat dice:
—Es raro abrazarse con la armadura puesta.
Tiene toda la razón del mundo. La suelto y los tres volvemos juntos a la cúpula.
Estoy de vuelta en mi cuarto, estirado en la cama, con los ojos cerrados y las manos enlazadas debajo de la cabeza, esperando a caer dormido, cuando finalmente me siento mal por la muerte de Ocho. Y eso no tiene ni pies ni cabeza por muchas razones. Es decir, incluso dejando de lado el hecho incuestionable de que él tenía que desaparecer para que yo pudiera quedarme, y el hecho de que era insoportable la mayor parte del tiempo y que en realidad solo tuve relación con él un par de días, en realidad no ha muerto del todo, ¿no? Al fin y al cabo, yo soy él y él era yo. Es como sentir pena por tu reflejo cuando se te rompe un espejo.
Qué más da. El caso es que, ya sea por él, por mí, o solo porque necesito liberar todo lo que ha estado acumulándose en mi interior desde que caí en aquel maldito agujero, en un lapso de cinco segundos paso de sentirme bien a llorar desconsoladamente.
Y así sigo un rato.
Llaman a la puerta cuando ya estoy recuperándome.
—Adelante —digo. Me incorporo, apoyo los pies en el suelo y me limpio la cara con la camiseta. Cuando levanto la cabeza veo a Nasha cerrando la puerta a su espalda.
—Buenas —dice en voz baja. Bienvenido de nuevo.
—Gracias. —Me echo a un lado para dejarle sitio y ella se sienta a mi lado en la cama—. Lo siento, pero esta vez solo estoy yo.
Ella se ríe, me pasa un brazo sobre los hombros y apoya la cabeza contra la mía.
—¿Ocho… sufrió?
Me encojo de hombros.
—No lo sé. Nos separamos. Él encontró… Creo que era un nido. Miles de gusanos se retorcían amontonados en una enorme cueva abovedada. Estaba enviándome fotos cuando se cortó la señal. —Noto en mi cuerpo el estremecimiento de Nasha—. En cualquier caso debió ser rápido. Tenía la orden de hacer detonar la bomba, así que lo que quiera que le ocurriera tuvo que ser repentino.
En realidad no lo sé, naturalmente. Después de todo, él era yo. Quizá en el último momento se arrepintió. A lo mejor tuvo la ocasión de tirar del cordón y decidió no hacerlo.
Nasha sorbe por la nariz y luego ríe.
—Lo siento —dice—. Ahora mismo no sé cómo sentirme.
Le rodeo la cintura con un brazo. Ella suspira, se inclina hacia mí y me empuja contra la cama.
—¿Sabes? Marshall me pidió que saliera a bombardear a tus amigos.
—Vaya —digo cerrando los ojos—. ¿Y qué le dijiste?
Nasha vuelve a reír suavemente y pone una pierna encima de la mía.
—Le dije que, si era verdad lo que tú nos habías contado, los gusanos estarían a más de cien metros de profundidad, y en nuestro arsenal no disponemos de ninguna bomba lo suficientemente potente para hacerles cosquillas siquiera con tanta roca de por medio. Como mucho podríamos aspirar a enfurecerlos, y ahora mismo eso parece muy mala idea.
—Has hecho lo correcto. ¿Cómo se lo tomó él?
Desliza los dedos por mi torso, envuelve mi cara con sus manos y me levanta la cabeza para besarme.
—Como imaginas.
Separa la cara de la mía y me acaricia la mejilla.
—¿Es verdad?
Le beso la mano y vuelvo a ponérsela en mi pecho.
—¿El qué?
—Lo que nos has contado sobre los gusanos. ¿Van a dejarnos en paz?
Me encojo de hombros.
—Creo que sí. Aunque la verdad es que no sé hasta qué punto el uno entendía lo que decía el otro cuando hablamos. Me dijeron que nos dejarían tranquilos siempre y cuando no nos acercáramos a los túneles y no nos pusiéramos a construir en las estribaciones que hay al sur de la cúpula. ¿Saben siquiera lo que es la cúpula? Ni idea. ¿Les quedó absolutamente claro que dejarnos en paz significa que no capturarán de vez en cuando a una persona y la abrirán en canal? Quién sabe.
—¡Olé, menudo negociador estás hecho!
—Lo siento. Hice lo que pude.
Nasha se incorpora de lado con la cabeza apoyada en una mano y me besa en la mejilla. Luego vuelve a pasar mi brazo alrededor de su cintura y apoya la cabeza en el hueco que queda entre mi hombro y mi cuello.
—Lo sé, cielo. —Suspira y me aprieta contra ella—. Lo sé.
No han pasado ni dos minutos cuando se queda dormida. A mí también me vence el sueño. Han sido unos días largos. Cierro los ojos y enseguida me deslizo a mi sueño de la oruga. Estamos en Midgard, sentados al lado de un fuego que arde como si el tiempo corriera hacia atrás, contemplando las volutas de humo que descienden del despejado cielo negro.
—¿Esto es el final o el principio? —pregunta la oruga.
Levanto la vista del fuego.
—¿Ahora hablas?
—Siempre he hablado, pero tú no me has entendido hasta ahora.
Me encojo de hombros. Tiene razón.
—Creo que son las dos cosas. La esperanza es las dos cosas —digo.
Mi respuesta parece satisfacerla. Continuamos sentados en un silencio cómodo mientras la oruga va desvaneciéndose hasta que no queda ni rastro de ella.