Melanie
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De hecho, está deseando hacerlo, porque está inquieta y triste con todo lo que ha pasado. Kieran ha muerto. Ha muerto porque su historia, su mentira, le provocó tal miedo que decidió huir. Y después la doctora Caldwell se llevó el vehículo y dejó a la señorita Justineau sin un sitio seguro para dormir. Y luego encontraron el pequeño cadáver, el cadáver de un niño mucho más pequeño que ella, con la cabeza cortada.
Piensa que tal vez sea la doctora Caldwell quien le ha cortado la cabeza, porque es la clase de cosas que suele hacer. Por debajo de la infelicidad encuentra una rabia pura y blanca. Hay que conseguir que la doctora Caldwell deje de hacer esas cosas. Alguien tiene que darle una lección.
Los niños salvajes son como ella, solo que nunca han tenido la oportunidad de dar clase con la señorita Justineau. Nadie les ha enseñado a pensar por sí mismos. Ni a portarse como personas. Pero han aprendido a ser una familia. Y entonces llega la doctora Caldwell y los mata como si fuesen animales. Y puede que empezaran ellos, pero es que no saben hacer otra cosa y la doctora Caldwell sí.
Esto le inspira una rabia tan intensa que es casi como la sensación del hambre. Y descubrir que puede sentirla le da miedo.
Así que no le importa nada ir a explorar la materia grisácea. Cree que será mucho mejor hacer algo que quedarse quieta.
El sargento Parks y la señorita Justineau encuentran un desván en una de las casas de un edificio victoriano de tres pisos que hay a tres manzanas de donde paró Rosie. Se accede a él por una escalera metálica, pero cuando el sargento Parks y la señorita Justineau han subido, Melanie la agarra de la parte inferior mientras los dos adultos la cogen por arriba y entre los tres logran arrancarla de los soportes de metal que la sujetan. Melanie impide que caiga y la baja con cuidado para que no haga demasiado ruido.
—Luego nos vemos —susurra desde abajo.
Coge el walkie-talkie del cinturón y lo levanta para que vean que no se ha olvidado de él. Podrá hablar con ellos aunque se aleje.
La señorita Justineau le susurra una respuesta. Adiós, o buena suerte, o algo así. Melanie corre ya en paralelo a las escaleras, sin que sus pies descalzos hagan el menor ruido al pisar la alfombra descompuesta y cubierta de moho.
Escoge un punto inicial al azar y desde allí continúa en paralelo al borde de la masa gris. Al principio camina, pero siente que la embarga una sensación de inquietud e urgencia, así que al cabo de un rato comienza a trotar y luego a correr. Avanza durante mucho rato, y solo se desvía cuando no le queda más remedio, aunque luego vuelve a buscar el muro en cuanto puede.
No parece tener fin. Su superficie exterior no es totalmente lisa: tiene numerosos desniveles, salientes en las calles más angostas y pequeñas depresiones en las zonas más abiertas, que ofrecen menos espacios a los que adherirse. Pero no hay ni rastro de interrupciones y Melanie no alcanza a vislumbrar en ninguna parte lo que hay al otro lado de la barrera.
Cuando lleva corriendo más de una hora, se detiene. No para descansar —podría seguir aún un buen rato sin sentir la menor incomodidad—, sino para comprobar cómo les va a la señorita Justineau y al sargento Parks.
Pulsa el interruptor del walkie-talkie y saluda. Durante mucho rato le responde solo la estática, pero entonces suena la voz del sargento Parks:
—¿Cómo vas?
—He ido hacia el este —le dice Melanie—. Bastante. La muralla sigue y sigue.
—¿Has ido andando todo el tiempo?
—Corriendo.
—¿Dónde estás? ¿Puedes ver el nombre de alguna calle?
No puede, pero sigue caminando hasta llegar a otra intersección.
—Northchurch Road —dice—. Barrio de Hackney, Londres.
Oye que Parks suspira.
—¿Y aún sigue?
—Y mucho. Hasta donde llega la vista. Y la mía llega muy lejos, incluso en la oscuridad.
No lo dice para jactarse, sino porque es algo que necesita saber el sargento Parks.
—Vale. Gracias, niña. Vuelve ya. Si puedes echar otro vistazo hacia el oeste, te lo agradecería. Pero solo si te ves con fuerzas. Si te sientes cansada, vuelve aquí.
—Estoy bien —dice Melanie—. Cambio y corto.
Vuelve sobre sus pasos y repite la operación en sentido contrario, pero el resultado es exactamente el mismo. Para rodear la muralla van a tener que avanzar mucho en dirección este u oeste y no está claro cuándo podrán seguir hacia el sur.
Finalmente, Melanie se planta frente a la muralla, a pocos kilómetros del lugar donde primero toparon con ella. En este punto es tan gruesa como en cualquier otro, pero el ángulo de su caída es distinto. Hay un largo afloramiento de la masa grisácea que se extiende hasta muy lejos, justo encima de su cabeza, y al otro lado puede ver la brillante luna. Su resplandor severo y blanco es como una promesa, un estímulo. Si atraviesa la muralla, tal vez consiga llegar al otro lado antes de quedarse sin luz.
La señorita Justineau dijo que era peligroso, pero Melanie no ve por qué y no tiene miedo de hacerlo. Da un paso adelante, y luego otro. Primero, las hebras grisáceas le llegan a la altura de los tobillos y luego a la altura de las rodillas, pero siguen sin ofrecer la menor resistencia. Simplemente le provocan un ligero cosquilleo al avanzar, mientras se separan con un suspiro tan leve que prácticamente no es un sonido.
La luna sigue a Melanie como un foco móvil que va desvelando todo bajo su mirada. Rápidamente, la masa de hebras grisáceas se va haciendo más y más densa. Los objetos junto a los que pasa —cubos de basura, coches aparcados, buzones de correos, verjas y puertas— están recubiertos por infinitas capas, que los transforman en recreaciones de sí mismos en granito.
Al cabo de seis o siete metros, se encuentra con los primeros cadáveres. Asombrada, va reduciendo el paso hasta detenerse. Los hambrientos han caído en plena calle o en la base de los muros, como los cuerpos que vieron al poco de entrar en Londres. Pero ¡aquí son muchísimos más! De sus torsos abiertos y sus cabezas reventadas han brotado tallos grisáceos de unos quince centímetros de diámetro, como troncos de árboles. Crecen rectos hasta alcanzar alturas increíbles y las hebras brotan de ellos en todos los ángulos, en incesante proliferación. Algunos de ellos se unen a los que tienen cerca y forman una tupida red que es como un millón de telarañas entrelazadas. Otros se entretejen alrededor de lo que encuentran en su trayectoria, o, si no hay nada, descienden delicadamente hasta el suelo. Allí donde las hebras tocan el suelo aparece otro tronco, pero estos son mucho más finos y cortos que los que salen de los cuerpos de los hambrientos.
Melanie se aproxima. No puede evitarlo. Los patéticos cascarones que hay en la base de cada árbol-hongo no la asustan. No queda nada de humanidad en ellos, nada que le recuerde que un día estuvieron vivos. Ahora son como la ropa que alguien hubiera dejado en el suelo después de desvestirse.
Cuando está más cerca puede ver los frutos grisáceos que cuelgan de estos árboles fantasmales. Alarga el brazo y toca uno de los esféricos brotes, que está ligeramente por encima de su cabeza. Tiene una superficie fría y coriácea, que se hunde ligerísimamente bajo el contacto de sus dedos. Una vez que retira la mano, recupera poco a poco la forma. La superficie de la esfera es elástica, parece. Melanie cuenta hasta diez y al llegar al final tiene exactamente el mismo aspecto que antes.
Sigue avanzando a través de la grisácea desolación. No parece haber otro lado, simplemente sigue y sigue. Y es cada vez más densa. Al cabo de un rato apenas queda espacio suficiente entre los troncos para que su flaco cuerpo se deslice de lado, y la luz de la luna se cuela como agua sucia a través de una celosía de hebras tan densamente entrelazadas que es casi como una masa sólida.
Su hombro tropieza con una de las esferas grisáceas, que cae al suelo con un plop quedo. Se inclina para recogerla. Hay un anillo de tejido ampollado en la zona donde se unía al tronco, pero el resto de su superficie sigue suave e intacta. La estruja en la mano y, al igual que antes, no tarda en recuperar la forma que tenía.
Si sigue avanzando tropezará con uno de los troncos. Toca uno de ellos y lo encuentra desagradablemente pegajoso. Retrocede un poco. Creía que serían suaves y secos, como los frutos, lo que, en su opinión, resulta mucho menos repulsivo.
Algo se mueve a su izquierda y al verlo da un brinco. Creía estar sola en este mundo crepuscular. Una extraña figura avanza dando tumbos hacia ella, perfilada bajo la apagada luz de la luna. De cuello para abajo parece un ser humano, pero no tiene hombros ni cabeza. La parte superior de su cuerpo es un tumor informe.
Se aparta de la criatura, asustada sobre todo por su peculiaridad. Pero no la está atacando. Ni siquiera parece consciente de su presencia.
Cuando pasa a su lado reconoce lo que es. Se trata de un hambriento cuyo torso ha empezado a abrirse. En su pecho afloran los primeros treinta centímetros de tronco, rodeado en su base por los fragmentos astillados de varias costillas. Una profusión de hebras nacidas de este oculta lo que queda de su cabeza, que se inclina hacia un lado en un ángulo forzado por su crecimiento inexorable.
La aparición sobresalta a Melanie, que siente una mezcla de alivio —porque el terror a lo desconocido es mayor que cualquier terror inteligible— y repugnancia ante aquella inaudita violación de la carne humana.
El hambriento pasa arrastrando los pies a su lado, con un zigzagueo dictado por los troncos con los que tropieza. Es casi más ridículo que espantoso. Melanie supone que no tardará en desplomarse, y entonces el tronco quedará de lado y tendrá que encontrar el modo de enderezarse.
El bosque entero ha crecido a partir de los destrozados restos de los muertos. Aquí es donde acaban los hambrientos, tras su fiel servicio a la infección que los transformó en lo que son.
Melanie ve su futuro y lo acepta. Pero aún no está lista para morir, con tantas cosas importantes por hacer.
Se vuelve y regresa por donde ha venido, atravesando el túnel abierto por su paso a través de los infinitos filamentos grises.