Melanie

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La doctora Caldwell trabaja toda la noche, febrilmente atareada. La fiebre es literal: alcanza ya los treinta y nueve grados.

La extracción del cerebro del hambriento es mucho más laboriosa sin la ayuda de la doctora Selkirk y, dado el estado de sus manos, es virtualmente imposible completarla sin dañarlo. Hace lo que puede y lo va sacando por piezas de entre dos y tres centímetros hasta que finalmente reúne el valor necesario y corta el tronco cerebral.

Cuando finalmente lo extrae, sale limpiamente a pesar del temblor de sus manos.

Enciende el microtomo y comienza a cortar las finas secciones transversales que le permitirán examinar la mayoría de las estructuras principales. Prepara los portaobjetos, asombrada por la perfección con la que el instrumento hace su trabajo. Los cortes son exquisitos, sin manchas ni daños por aplastamiento a pesar de su etérea delgadez.

Caldwell las etiqueta y luego las va examinando una a una: un tour virtual por el cerebro de un hambriento que comienza en su base y va avanzando hacia arriba y hacia delante.

Encuentra lo que esperaba. La hipótesis nula salta en mil pedazos. Comprende lo que son los niños, de dónde vienen, su pasado y su futuro, la naturaleza de su inmunidad parcial y la medida (casi un ciento por ciento) en que su trabajo de los siete últimos años ha sido una pérdida de tiempo.

Experimenta un momento de dicha absoluta. Si hubiera muerto ayer lo habría hecho ciega. El descubrimiento hace que todo merezca la pena, aunque sea tan desolador y absoluto.

Un ruido cercano dinamita sus pensamientos y la devuelve a la tierra al instante. Es un sonido inocuo —apenas un conjunto de chasquidos y susurros—, pero ¡procede de dentro de Rosie!

La doctora Caldwell no es muy dada a dejar volar la imaginación. Sabe que las puertas de Rosie están selladas y que cualquier cosa lo bastante potente como para abrirlas actuaría de manera ruidosa y lenta, y la habría alertado de su presencia mucho antes. Pero a pesar de todo tiembla un poco mientras avanza en pos del sonido a través de los aposentos, en dirección a la cabina.

Una sección de la consola se ha iluminado, a mano derecha, y de allí es de donde viene el ruido. De la radio. Toma asiento y se inclina para escuchar.

Pero apenas se oye nada. Estática, más que nada, chirridos, siseos y bruscos estallidos de sonido, como el caos sonoro de las antiguas radios sin hilos entre emisión y emisión. Pero en medio de esta ciénaga acústica emergen algunas palabras inteligibles:

—… días de Beacon… visto vuestra… identificar…

La voz, retorcida por el eco y la distorsión, suena hueca, inhumana.

El haz de una linterna eléctrica se mueve rápidamente sobre el escudo delantero de la cabina y luego vuelve a desaparecer. No llega ningún sonido desde el exterior, pero Caldwell ve un movimiento. Apenas una sombra, proyectada un instante por el haz de la linterna. Una figura se desplaza rápidamente por el flanco izquierdo de Rosie.

—… destrozado… creo que haya ninguna posibilidad…

Caldwell se dirige rápidamente a la compuerta central. A medio camino se da cuenta de que podría haber salido por la cabina. Para y se vuelve. Pero conoce mejor el mecanismo de la central. Los sonidos de la radio se van diluyendo hasta apagarse. Con un grito de alarma, Caldwell regresa corriendo a la consola y responde en el mismo canal por el que llegó la voz.

—¿Hola? —exclama—. ¿Quién es? Soy Caroline Caldwell, de la base Hotel Echo, región 6. ¿Quién es?

Solo estática.

Prueba los demás canales, uno a uno, sin obtener respuesta.

Corre de nuevo hacia la sección central. Pero al llegar allí la invade la indecisión. Lleva un día sin ponerse el inhibidor y puede oler su propio sudor. Si abre la puerta podría atraer a los hambrientos hasta ella y sus posibles salvadores.

El armario que hay junto a la esclusa contiene seis trajes de seguridad contra amenazas biológicas. Caldwell aprendió a utilizarlos cuando aún figuraba en la lista de la expedición y aunque tarda diez minutos en ponérselo, está bastante segura de que lo ha hecho correctamente. Su olor queda completamente enmascarado y su calor corporal contenido, al menos de momento.

Al abrir la puerta no ve que nada se mueva en el exterior.

—¿Hola? —dice.

Sale a la calle. No hay nadie. Pero la luz se encuentra a popa de Rosie y sigue moviéndose, a derecha e izquierda.

—¿Hola? —repite Caldwell.

Puede que el casco amortigüe su voz. Avanza temblorosa por el flanco del vehículo. Siente un hormigueo en la nuca. Dobla la esquina de popa. La luz enfoca en sus ojos un instante.

—Me llamo Caroline Caldwell —le dice a quienquiera que haya detrás—. Soy miembro del equipo científico de la base Hotel Echo, región 6. Estoy aquí…

La luz se aparta de ella y Caldwell se queda sin palabras. Nadie sostiene la linterna. La han sujetado con una cincha a una barra metálica de la parte trasera de Rosie. Es el viento quien la mueve, no las manos de una persona.

La furia que le inspira este truco infantil cede ante el terror puro que la embarga al comprender lo que pasa. Es una emboscada. Y como nadie la está atacando, el objetivo debe de ser Rosie. Da media vuelta y echa a correr por donde había venido, tratando de ganar la sección central del vehículo antes de que una banda de chatarreros o el sargento Parks salgan de su escondrijo (aunque, ¿dónde han podido esconderse?) y se le adelanten.

Nada se mueve. Entra, cierra rápidamente la compuerta y activa la cerradura y los mecanismos de seguridad. Y luego, por si acaso, hace lo mismo con la esclusa. Y después cierra el mamparo que separa el puesto de armamento.

Finalmente deja de temblar. No se oye nada y no hay ni rastro de nadie. Está a salvo. Quienquiera que estuviese fuera se ha marchado dejando allí la linterna. Puede que sí fuese un equipo de rescate procedente de Beacon. Puede que los hayan devorado. Caldwell no tiene ni la menor idea, pero no volverá a salir de Rosie pase lo que pase. Aunque vuelva a oír el canto de sirena de una voz en la radio, o aparezcan seres humanos y les vea la cara, o llegue una banda de música y un desfile. Abre los sellos de contención del traje de seguridad mientras se dirige al laboratorio.

Melanie está sentada en su silla, delante del microscopio, leyendo sus notas. Levanta la mirada.

—Hola, doctora Caldwell —dice educadamente.

Caldwell se ha parado en seco en el umbral. Lo primero que piensa es «¿Estará sola o habrán entrado los demás con ella?». Lo segundo, «¿Qué puedo usar como arma?». La botella de gas fosgeno sigue en la cámara de alimentación de la esclusa. Y como aún lleva el traje de seguridad, estaría a salvo de sus efectos. Si pudiera llegar hasta él…

—Si se mueve —dice Melanie con el mismo tono medido y cortés— la detendré. Y también si intenta coger un arma, o cualquier cosa afilada, o intenta escapar o encerrarme de nuevo en la jaula. O si hace cualquier otra cosa que me parezca amenazante.

—¿Eras… eras tú? —pregunta Caldwell—. ¿La de la radio?

Melanie señala con un cabeceo el walkie-talkie, que descansa a su lado, sobre la superficie de trabajo.

—Probé en todos los canales. Ha tardado bastante en responder.

—¿Y luego… luego…?

—Me escondí debajo de la puerta. Pasó usted sobre mí. Entré en cuanto se alejó.

Caldwell se quita el casco y, con mucha delicadeza, lo deja sobre una de las superficies de trabajo. A pocos pasos de distancia se encuentra la achaparrada mole del torno del microtomo, una guillotina de exquisito diseño. Si pudiera engañar a Melanie para que se acerque a ella y la empujase sobre la zona de corte, todo terminaría en un mero instante.

Melanie frunce el ceño y sacude la cabeza, como si fuese consciente de sus intenciones.

—No quiero morderla, doctora Caldwell, pero tengo esto.

Levanta un escalpelo, uno de los que ha usado Caldwell en la disección del espécimen de hambriento y aún no había tenido tiempo de desinfectar.

—¿Sabe a qué velocidad puedo moverme?

Caldwell piensa un instante.

—Eres una buena chica, Melanie —afirma—. En realidad, no creo que me hicieses daño.

—Me ató usted a una mesa para poder cortarme en pedazos —le recuerda Melanie—. Y cortó en pedazos a Marcia y a Liam. Lo más probable es que lo haya hecho también con montones de niños. La única razón que tenía para no hacerle nada es que seguramente a la señorita Justineau y al sargento Parks no les hubiera gustado. Pero ahora no están aquí. Y aunque estuvieran, tampoco creo que les importase mucho.

Caldwell se siente inclinada a estar de acuerdo.

—¿Qué quieres de mí? —pregunta.

El comportamiento agitado de Melanie evidencia que quiere algo, que tiene algo en la cabeza.

—La verdad —responde la niña.

—¿Sobre qué?

—Sobre todo. Sobre mí y sobre los demás niños. Y sobre las razones de que seamos diferentes.

—¿Puedo quitarme el traje? —contemporiza Caldwell.

Melanie le da permiso con un gesto de la cabeza.

—Tengo que hacerlo en la esclusa —dice Caldwell.

—Entonces déjeselo puesto —responde Melanie.

Caldwell abandona la idea de liberar el fosgeno. Toma asiento en una de las sillas de laboratorio. En cuanto lo hace se da cuenta de lo agotada que está. Si ha podido aguantar tanto tiempo ha sido solo a base de fuerza de voluntad y obsesión pura. Pero está al borde del colapso, demasiado débil para enfrentarse a la niña monstruo y sus bravatas. Tiene que recobrar fuerzas y esperar al momento adecuado.

Espera que Melanie la interrogue, pero la niña sigue leyendo las notas, sus observaciones sobre dos muestras de tejido cerebral y el esporangio. Parece especialmente fascinada por estas últimas, que descansan sobre los diagramas etiquetados.

—¿Qué es un desencadenante ambiental? —le pregunta.

—Cualquier factor externo al órgano productor de esporas que provoque o facilite el comienzo de la producción —responde Caldwell con frialdad.

Es el mismo tono que utiliza para poner en su sitio al sargento Parks, pero a Melanie no parece importarle.

—¿Cualquier factor externo? —repite—. ¿Cualquier elemento de fuera de la vaina que deje salir las semillas de esta?

—Eso es —dice Caldwell a regañadientes.

—Como en la jungla amazónica.

—¿Perdón?

—En la jungla amazónica hay árboles que solo sueltan sus semillas después de un incendio. Es lo mismo que pasa con las secuoyas y el pino gris.

—¿Ah, sí?

El tono de Caldwell es despectivo. Pero lo cierto es que es un ejemplo perfecto.

—Sí.

Melanie deja las notas. Ha examinado cada página una sola vez y ha parado al volver a la primera.

—Me lo dijo la señorita Mailer, en la base.

Le aguanta la mirada a Caldwell con esos ojos suyos de intenso color azul que no parpadean.

—¿Por qué soy diferente? —pregunta.

—Especifica mejor la pregunta —murmura Caldwell.

—La mayoría de los hambrientos parecen animales, más que personas. No pueden pensar ni hablar. Yo sí. ¿Por qué hay dos clases de hambrientos?

—Por las estructuras cerebrales —dice Caldwell.

Pero está en conflicto consigo misma. Una parte de ella quiere guardar el secreto, no ofrecer nada más que lo que se le pida, obligar a Melanie a bucear profundamente para sacar cada perla. La otra se muere de ganas de contarlo. Caldwell anhela un público de genios, sabios vivos y muertos. Y tiene una niña que no es ninguna de las dos cosas, o que es ambas. Pero el mundo se está viniendo abajo y hay que jugar con las cartas que se tienen en la mano.

—Los hambrientos —dice—, tú incluida, están infectados por un hongo llamado Ophiocordyceps.

Asume que Melanie no tiene ningún conocimiento previo, porque no hay forma de saber lo que ha podido entender, o dejar de entender, al leer las notas. Así que comienza por describir la familia de los parásitos a los que pertenece, unos organismos que engañan al sistema nervioso de su huésped con neurotransmisores falsificados para hacerse con el control de su cerebro y obligarle a hacer lo que necesitan.

Melanie pregunta poco, pero cuando lo hace es con tino. Es una niña lista. Por supuesto.

—Pero ¿por qué soy diferente? —insiste—. ¿Qué tenían de especial los niños de la base?

—Ya llego a eso —dice Caldwell con irritación—. Nunca has estudiado biología ni química orgánica. Es difícil explicar todo esto en palabras que puedas entender.

—Explíquelo en palabras que pueda entender usted —sugiere Melanie en un tono muy similar—. Si no la comprendo, le pediré que lo repita.

Así que Caldwell imparte una conferencia. No a Elizabeth Blackburn, Günter Blobel o Carol Greider, sino a una niña de diez años. Lo que resulta humillante, en cierto modo. Pero solo en cierto modo. Sigue siendo Caldwell la que ha hecho todas las conexiones y descubierto lo que había que descubrir. La que se ha adentrado en la jungla y ha sacado con vida al patógeno hambriento. El Ophiocordyceps Caldwellia. Así es como se llamará, de ahora en adelante.

Mientras el cielo palidece en el exterior, sigue hablando y hablando. Melanie la interrumpe de vez en cuando para formular alguna pregunta pertinente, que evidencia su atención. Es un público receptivo, aunque no haya ganado un premio Nobel.

Con los recién infectados, explica Caldwell, el Ophiocordyceps es completamente inmisericorde. Echa la puerta abajo, irrumpe, devora y controla. Y finalmente convierte lo que queda del anfitrión en una bolsa de mantillo sobre el que crece el órgano que da los frutos.

—Pero estábamos equivocados con respecto a la velocidad a la que resulta destruido el sustrato humano. El hongo ataca las distintas áreas del cerebro con diferente rapidez y violencia. Anula las funciones superiores del pensamiento. Potencia el hambre y sus desencadenantes. Pero habíamos asumido que todos los demás impulsos, todos los comportamientos que no sirven a los planes del parásito, resultaban anulados a la vez.

»Cuando vi a esa mujer en la calle, en Stevenage, y al hombre de la clínica, me di cuenta de que no era así. Los dos seguían conservando vínculos, aunque fuesen frágiles, con sus antiguas vidas. Y realizaban acciones que carecían totalmente de sentido desde el punto de vista del parásito, como empujar un carrito, cantar o mirar fotografías viejas.

Caldwell mira a Melanie. Tiene la boca desagradablemente seca, a pesar de los chorros de sudor que le caen por el rostro.

—¿Puedo tomar un vaso de agua? —pregunta.

—Cuando termine —le promete Melanie—. Aún no.

Caldwell acepta el veredicto. No hay nada en el rostro de Melanie que induzca a pensar que hay margen para una negociación.

—Bueno —dice con voz ligeramente temblorosa—, eso me hizo pensar. En ti y en los demás niños. Puede que hubiera pasado por alto la explicación más obvia para vuestras diferencias.

—Continúe —dice Melanie.

Su voz es firme, pero sus ojos delatan el miedo y la excitación que siente. A Caldwell, en ausencia del control físico que antes ejercía sobre ella, le satisface un poco conservar al menos este modesto grado de poder.

—Me di cuenta de que tal vez hubierais nacido con la infección. Que tal vez vuestros padres estuviesen infectados cuando os concibieron. Pensábamos que era imposible, que los hambrientos carecían de impulso sexual. Pero al constatar que habían sobrevivido otros impulsos y emociones humanos, como el sentimiento maternal o la soledad, me di cuenta de que podía ser.

»Con esta idea en la cabeza, volví a examinar las pruebas citológicas. Tuve la suerte de obtener una muestra nueva de tejido cerebral…

—De un niño —dice Melanie—. Le mató y le cortó la cabeza.

—Sí, así es. Y descubrí que su cerebro era muy distinto al de un hambriento normal. Con el equipo que tenía en la base, lo máximo que podía hacer era verificar y cartografiar la presencia del hongo. Con esto… —Señala con un gesto de la cabeza el microtomo, la centrifugadora y el microscopio electrónico— he podido analizar neuronas individuales y examinar su interacción con las células fúngicas. Este niño y el hombre de la clínica eran tan diferentes que prácticamente no tiene sentido compararlos. El hongo destroza por completo el cerebro de los hambrientos de primera generación. Lo atraviesa como una locomotora. Los compuestos químicos que segrega, los brutales desencadenantes que activan y desactivan conductas determinadas, causan terribles daños al acumularse. Y aparte, el hongo va extrayendo nutrientes del tejido cerebral. El cerebro se seca progresivamente hasta quedar totalmente vacío.

»En la segunda generación, o sea, en ti, el hongo se distribuye de manera homogénea por todo el cerebro. Se entrelaza de manera inextricable con las dendritas de sus neuronas. En algunos sitios llega a reemplazarlas. Pero no se alimenta del cerebro. Solo lo hace cuando el anfitrión come. Deja de ser un parásito para convertirse en un auténtico organismo simbiótico.

—La señorita Justineau me dijo que mi madre había muerto —objeta Melanie.

Es casi una protesta, como si una mentira de Helen Justineau fuese algo sin cabida en el mundo.

—Es lo que creíamos —dice Caldwell—. Que vuestros padres eran chatarreros u otros supervivientes que no habían llegado a Beacon y que se habían infectado al mismo tiempo que vosotros. Jamás pensamos que los hambrientos pudieran copular. Y mucho menos dar a luz, en medio de la devastación, y que los niños, de alguna manera, lograran sobrevivir. Debéis de ser mucho más resistentes y autosuficientes que los bebés humanos. Puede que os alimentarais de la carne de vuestra madre hasta alcanzar la fuerza suficiente para…

—No —replica Melanie bruscamente—. No hable así.

Pero hablar es lo único que le queda a Caldwell y no puede dejar de hacerlo. Habla sobre sus observaciones, sobre su teoría, sobre su éxito (al desentrañar el ciclo vital del patógeno) y su fracaso (la inexistencia de remedio, vacuna o cura concebibles). Le explica a Melanie dónde encontrar los portaobjetos y el resto de sus notas, y a quién deben entregárselas cuando lleguen a Beacon.

Cuando empieza a tener dificultades para hablar, Melanie se acerca y se sienta a sus pies. Aún lleva el escalpelo en las manos, pero no intenta intimidarla ni la amenaza. Se limita a escuchar. Y Caldwell se siente llena de gratitud, porque sabe lo que significa el torrente de letargo que está propagándose por todo su cuerpo.

La septicemia está entrando en su fase final. No vivirá para poner por escrito sus descubrimientos, para asombrar a las mentes científicas que quedan en la condenada retaguardia de la humanidad con el espectáculo de su lucidez y la estupidez de ellos. Solo tiene a Melanie. Melanie es el mensajero enviado por la Providencia en sus últimos instantes para llevar sus trofeos a casa.

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