Melanie
1
Página 3 de 74
1
Se llama Melanie. Su nombre viene del griego antiguo y significa «la chica negra», pero en realidad tiene la piel muy clara, así que no es un nombre muy apropiado para ella. A ella le gusta mucho el nombre de «Pandora», pero no te dejan elegir. La señorita Justineau asigna los nombres sacándolos de una gran lista: los nuevos sacan el primer nombre de la lista de los chicos o el primero de la lista de las chicas y «eso —dice la señorita Justineau—, es todo».
Hace mucho que no hay niños nuevos. Melanie no sabe por qué. Antes había muchísimos: todas las semanas, o una vez cada dos semanas, voces en la noche. Órdenes y quejas, alguna que otra maldición, todo entre murmullos. La puerta de una celda que se cerraba con fuerza. Y luego, algún tiempo más tarde, al cabo de un mes o dos, un nuevo rostro en el aula. Un chico o una chica que no ha aprendido a hablar aún. Pero aprenden rápido.
Melanie también fue nueva, una vez, pero le cuesta recordarlo, porque pasó hace mucho. Antes de que hubiera palabras: solo había cosas sin nombres, y las cosas sin nombres no se te quedan en la mente. Se caen y desaparecen.
Ahora tiene diez años y una piel que es como la de la princesa de un cuento de hadas: blanca como la nieve. Así que sabe que cuando crezca será preciosa y los príncipes se pelearán por escalar su torre y salvarla.
Siempre que tenga una torre, claro.
De momento tiene la celda, el pasillo, el aula y las duchas.
La celda es pequeña y cuadrada. Tiene una cama, una silla y una mesa. En las paredes, que están pintadas de gris, hay fotos: una grande de la jungla amazónica, y otra más pequeña de un gatito que bebe de un platito de leche. A veces el sargento y su gente cambian a los niños de celda, así que Melanie sabe que algunas tienen fotos distintas. Antes tenía un caballo en un prado y una montaña con la cima nevada, que le gustaban más.
Es la señorita Justineau quien pone las fotos. Las recorta del montón de revistas viejas que hay en el aula y luego las pega con una materia pegajosa de color azul que les pone en las esquinas. Atesora la materia pegajosa como los avaros de los cuentos. Siempre que quita una foto o pone una nueva, rasca la pared para quitar toda la materia y vuelve a dejarla en la bolita redonda que guarda en su mesa.
«Cuando se acabe se acabó», dice la señorita Justineau.
El pasillo tiene veinte puertas a mano izquierda y dieciocho a mano derecha. Y una más en cada extremo. Una de estas últimas está pintada de rojo y da al aula, así que para Melanie ese extremo es el del pasillo del aula. La puerta del otro lado es de acero, de color gris, sin pintar, y muy muy gruesa. Es más difícil saber a dónde conduce. Una vez, cuando la llevaban de regreso a su celda, se la encontró fuera de sus goznes y había unos hombres trabajando en ella, así que pudo ver que tenía todo el borde cubierto de pestillos y protuberancias, para que cuando se cierra sea realmente difícil de abrir. Al otro lado había un largo tramo de escaleras de hormigón que subían y subían. Se suponía que no debía ver nada de eso y el sargento dijo «Esta zorrita es demasiado curiosa» mientras metía su silla en la celda y cerraba dando un portazo. Pero el caso es que lo vio y lo recuerda.
También escucha, y gracias a las conversaciones que oye, se ha formado una idea sobre este lugar en relación con otros que nunca ha visto. Este lugar es el bloque. Fuera del bloque se encuentra la base, que es el hotel Echo. Fuera de la base está la región 6, donde se encuentran Londres, cuarenta y cinco kilómetros al sur, y Beacon, setenta más allá. Y luego, después de Beacon, nada salvo el mar. La región 6 está limpia en su mayor parte, pero lo único que la mantiene así son las patrullas de incineración, con sus granadas de fragmentación y sus bolas de fuego. Melanie está convencida de que la base es para eso. Para enviar patrullas de incineración en misiones de limpieza de hambrientos.
Las patrullas de incineración deben tener muchísimo cuidado, porque aún hay montones de hambrientos sueltos. Si captan tu rastro te siguen durante cien kilómetros y cuando te cogen te devoran. Melanie se alegra de vivir en el bloque, detrás de la gran puerta de acero, a salvo.
Beacon es muy distinto a la base. Es una ciudad entera, grande y llena de gente, con edificios que ascienden hacia el cielo. Por un lado tiene el océano y por los otros tres fosos y campos de minas, para que los hambrientos no se acerquen. En Beacon puedes pasarte la vida entera sin ver un solo hambriento. Y es tan grande que probablemente haya cien mil millones de personas en ella, viviendo juntas.
Melanie tiene la esperanza de poder ir a Beacon algún día. Cuando hayan cumplido la misión y (como dijo la doctora Caldwell una vez) «todo esté atado y bien atado». Melanie trata de imaginarse ese día: las puertas de acero se cerrarán como las páginas de un libro y entonces… otra cosa. Otra cosa en el exterior, al que saldrán todos.
Será aterrador. Pero ¡también fabuloso!
Todas las mañanas, por la puerta de acero, entra el sargento, seguido por sus hombres y luego, por último, el profesor. Atraviesan el pasillo, por delante de la puerta de Melanie, acompañados por ese intenso y amargo olor a productos químicos que siempre los envuelve: no es un olor agradable, pero sí emocionante, porque significa el comienzo de otro día de lecciones.
Al oír que se abren los cerrojos y se acercan los pasos, Melanie corre a la puerta de su celda y se pone de puntillas para mirar por la portilla de malla y verlos pasar. Les da los buenos días, pero en teoría no deben responderla y lo normal es que no lo hagan. El sargento y sus hombres no lo hacen nunca, ni la doctora Caldwell o el señor Whitaker. Y la doctora Selkirk pasa muy rápido y nunca mira en su dirección, así que Melanie no puede verle la cara. Pero a veces sí que recibe un saludo de la señorita Justineau o una rápida y furtiva sonrisa de la señorita Mailer.
El que va a ser profesor ese día entra directamente en el aula, mientras los hombres del sargento comienzan a abrir las puertas de las celdas. Su trabajo consiste en llevar a los niños al aula y una vez que lo realizan se marchan. Hay un procedimiento que deben seguir siempre y es laborioso. Melanie cree que debe de ser el mismo con todos los niños, pero no lo sabe con certeza, porque siempre se realiza dentro de las celdas y la única celda que ve por dentro es la suya.
Para empezar, el sargento aporrea todas las puertas y les grita a los niños que se preparen. Normalmente, lo que les grita es «¡Traslado!», pero a veces también añade más palabras. «¡Traslado, cabroncetes!» o «¡Traslado! ¡Quiero veros!». Su rostro grande y lleno de cicatrices aparece en la portilla y te fulmina con la mirada, para asegurarse de que has salido de la cama y estás preparándote.
Y una vez, recuerda Melanie, dio un discurso. No a los niños sino a sus hombres. «Algunos de vosotros sois nuevos. No sabéis para qué coño habéis firmado y no sabéis dónde coño estáis. Les tenéis miedo a esos pequeños abortos, ¿verdad? Hacéis bien. Aferraos a ese miedo con todas vuestras fuerzas. Cuanto más miedo tengáis, menos probabilidades habrá de que la caguéis». Y entonces gritó «¡Traslado!», lo que fue un alivio, porque a esas alturas Melanie ya no sabía si iba a hacerlo o no.
Después de que el sargento grite «¡Traslado!», Melanie se viste rápidamente con la muda blanca que cuelga de un gancho junto a su puerta, los pantalones que hay en el receptáculo de la pared y los zapatos que descansan bajo la cama. Luego se sienta en la silla de ruedas, al pie de la cama, como le han enseñado a hacer. Pone las manos en los brazos de la silla y los pies en el reposapiés. Cierra los ojos y espera. Cuenta mientras lo hace. Lo más que ha llegado a contar ha sido dos mil quinientos veintiséis. Lo menos, mil novecientos uno.
Cuando oye el giro de la llave en la puerta, deja de contar y abre los ojos. El sargento entra con su arma y le apunta. Luego entran dos de sus hombres y le abrochan con fuerza las correas alrededor de las muñecas y los tobillos. También hay una correa para el cuello: esta es la última que aprietan, cuando ya está sujeta por las manos y los pies, y siempre lo hacen desde atrás. La correa está diseñada para que no tengan que poner nunca las manos frente a la cara de Melanie. Melanie les dice a veces «No muerdo». Lo dice en broma, pero los hombres del sargento nunca se ríen. El sargento lo hizo una vez, la primera vez que lo dijo, pero fue una risa fea. Y entonces respondió: «Tampoco voy a darte la ocasión de hacerlo, bomboncito».
Cuando Melanie está bien atada a la silla y no puede mover las manos, los pies ni la cabeza, se la llevan al aula y la ponen delante de su pupitre. A veces la profesora de turno (o el señor Whitaker, que es el único profesor) está diciendo algo a los demás niños o escribiendo algo en la pizarra, y normalmente para y dice: «Buenos días, Melanie». De ese modo, los niños que se sientan en la parte delantera de la clase saben que ha entrado y pueden saludarla también. Como es natural, la mayoría de ellos no puede verla cuando entra, porque todos están en sus sillas, con las correas del cuello atadas y así es imposible que giren la cabeza.
Este procedimiento —la entrada en la silla de ruedas, los buenos días de la profesora, seguidos por el coro de saludo de los demás niños— se repite nueve veces más, porque hay nueve niños que entran en el aula después de Melanie. Una de ellos es Anne, que antes era la mejor amiga que tenía Melanie en la clase y puede que aún lo sea, solo que la última vez que cambiaron de sitio a los niños («Barajar el mazo» lo llama el sargento) terminaron muy lejos y es difícil ser amiga de alguien con quien no puedes hablar. Otro es Kenny, que a Melanie no le cae bien porque la llama Cerebro de Melón o M-M-M-Melanie para recordarle que antes, a veces, tartamudeaba en clase.
Cuando todos los niños están ya en el aula comienzan las lecciones. Todos los días dan sumas y ortografía, y hacen pruebas de memoria, pero para el resto de las clases no parece haber un plan establecido. A algunos profesores les gusta leer libros en voz alta y luego hacer preguntas sobre lo que acaban de leer. Otros prefieren que los niños se aprendan datos, fechas, tablas y ecuaciones, algo que a Melanie se le da muy bien. Se sabe los nombres de todos los reyes y reinas de Inglaterra y las fechas de sus reinados, y todas las ciudades del Reino Unido, con sus áreas y sus poblaciones y los ríos que pasan por ellas (si es que tienen ríos) y sus divisas (si es que tienen divisas). También se sabe las capitales de Europa y las poblaciones de los países y los años en los que estuvieron en guerra con Gran Bretaña, cosa que la mayoría de ellos ha hecho en un momento u otro.
No le resulta difícil recordar todas estas cosas: lo hace para no aburrirse, porque aburrirse es lo peor de todo. Si conoce el área y la población total de un sitio, puede calcular mentalmente la densidad de población y luego realizar extrapolaciones para saber la gente que habrá dentro de diez, veinte o treinta años.
Pero hay un problema con eso. Melanie aprendió lo que sabe sobre las ciudades del Reino Unido en la clase del señor Whitaker y no está segura de haberlo entendido bien. Porque un día que el señor Whitaker actuaba raro y tenía la voz pastosa y se le trababan las palabras, dijo algo que la preocupó. Ella le había preguntado si 1.036.900 era la población de la totalidad de Birmingham, suburbios incluidos, o solo de la zona metropolitana del centro y él respondió que qué más daba.
—Eso ya no importa. Lo digo porque todos los libros de texto que utilizamos tienen treinta años.
Melanie insistió, porque sabía que Birmingham es la mayor ciudad de Inglaterra después de Londres y quería estar segura de que sus datos eran exactos.
—Pero los datos del censo… —dijo.
El señor Whitaker la interrumpió.
—Por Dios, Melanie, eso es irrelevante. ¡Es historia antigua! Ahí fuera ya no hay nada. Nada de nada, joder. Birmingham tiene cero habitantes.
Así que es posible, e incluso puede que bastante probable, que algunas de las listas de Melanie estén un poco obsoletas.
Los niños dan clase los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes. Los sábados permanecen todo el día encerrados en su cuarto, escuchando la música que suena por los altavoces. No viene nadie, ni siquiera el sargento, y la música suena demasiado fuerte como para hablar. Hace tiempo, a Melanie se le ocurrió la idea de inventar un lenguaje que usase signos en lugar de palabras para que los niños pudieran comunicarse a través de las portillas, así que se puso manos a la obra y lo inventó, y aunque fue muy divertido, cuando le preguntó a la señorita Justineau si podía enseñárselo a sus compañeros, ella le dijo que no en voz muy alta y tajante. Le hizo prometer que no mencionaría el lenguaje de signos a ninguno de los demás profesores, y menos que a nadie al sargento.
—Ya es suficientemente paranoico —dijo—. Como crea que podéis comunicaros a sus espaldas, terminará de perder la cabeza.
Así que Melanie no llegó nunca a enseñar el lenguaje de signos a los demás niños.
Los sábados son largos, monótonos y difíciles de superar. Melanie repite en voz alta algunas de las historias que les han contado en clase o entona versiones cantadas de demostraciones matemáticas, como la de que los números primos son infinitos, al compás de la música. No pasa nada por hacerlo en voz alta, porque la música se traga su voz. De lo contrario, vendría el sargento y le diría que parase.
Melanie sabe que el sargento está allí los sábados porque un sábado Ronnie empezó a golpear la portilla de la celda con la mano hasta hacerse sangre y entonces apareció el sargento. Vino con dos de sus hombres, los tres embutidos en esos enormes trajes que les ocultan la cara, y a juzgar por lo que se oía, Melanie supuso que estaban tratando de atar a Ronnie a su silla. También dedujo que Ronnie estaba resistiéndose y luchando, porque no hacía más que gritar y repetir:
—¡Dejadme en paz! ¡Dejadme en paz!
Luego hubo un ruido fuerte y prolongado y uno de los hombres del sargento gritó:
—Por Dios, no…
Y luego más gente empezó a gritar y alguien dijo:
—¡Cogedlo del otro brazo! ¡Sujetadlo!
Y entonces se hizo el silencio.
Melanie no sabría decir lo que pasó después. La gente que trabaja para el sargento se acercó y cerró todas las portillas, de manera que los niños no pudieron ver lo que pasaba fuera. Estuvieron el resto del día así. Al lunes siguiente Ronnie no estaba en la clase y nadie parecía saber lo que había sido de ella. A Melanie le gusta pensar que hay otra aula en la base y que se llevaron allí a Ronnie, así que es posible que regrese un día, cuando el sargento vuelva a barajar el mazo. Pero lo que realmente piensa, muy a su pesar, es que el sargento se llevó a Ronnie para castigarla por haber sido mala y que no la dejará volver a ver a los demás niños nunca más.
Los domingos son como los sábados, con la diferencia de la comida y la ducha. Al comenzar la jornada los ponen en sus sillas, como si fuese un día lectivo normal, pero no les atan la mano y el antebrazo derechos. Luego se los llevan a las duchas, que están tras la última puerta de la derecha, justo antes de la de acero.
En la sala de duchas, con sus paredes de azulejos blancos, los niños esperan en sus sillas hasta que están todos. Luego los hombres del sargento traen los cuencos de la comida y las cucharas. Le ponen a cada niño un cuenco en el regazo, con la cuchara ya dentro.
En el cuenco hay como un millón de gusanos que se retuercen y revuelven unos sobre otros.
Los niños comen.
En las historias que les leen, los niños a veces comen otras cosas: pasteles, chocolate, salchichas, puré, cereales, chucherías, espaguetis o albóndigas. Pero ellos solo comen gusanos y solo una vez a la semana, porque —como le explicó la doctora Selkirk una vez, cuando Melanie se lo preguntó— sus cuerpos son espectacularmente eficientes a la hora de metabolizar las proteínas. No necesitan ninguna de esas otras cosas, ni siquiera agua. Los gusanos les proporcionan todo lo que les hace falta.
Cuando han terminado de comer y les han quitado los cuencos, los hombres del sargento salen y sellan las puertas. La oscuridad en la sala de duchas es completa, porque no hay luces allí dentro. Las tuberías que corren detrás de las paredes emiten un ruido como cuando alguien intenta contener la risa, y entonces comienza a caer una lluvia química desde el techo.
Es la misma lluvia que usan los profesores y el sargento y los hombres del sargento, o al menos huele igual, solo que mucho más fuerte. Al principio escuece un poco. Luego mucho. Hace que a Melanie se le hinchen y enrojezcan los ojos y la deja medio ciega. Pero se evapora rápidamente de la piel y la ropa de manera que después de otra media hora en la sala silenciosa y a oscuras, no queda nada de ella más que el olor, y por fin el olor también se desvanece, o al menos se acostumbran a él y dejan de notarlo, así que esperan en silencio a que se abra la puerta y entren los hombres del sargento para llevárselos. Así es como se lavan los niños y por esa razón (como mínimo), seguramente el domingo sea el peor día de la semana.
El mejor es cualquiera en el que les toque la señorita Justineau. No siempre es el mismo y hay semanas en las que no aparece, pero siempre que meten a Melanie en el aula y ve allí a la señorita Justineau, siente un torrente de felicidad pura, como si se le saliese el corazón del pecho y remontase el vuelo hacia el cielo.
El día que les toca la señorita Justineau nadie se aburre. Para Melanie es emocionante hasta mirarla. Le gusta tratar de imaginar lo que llevará puesto y si vendrá con el pelo recogido o suelto. Normalmente se lo deja suelto y, como lo tiene negro y muy rizado, es como una cascada. Pero a veces se lo recoge detrás de la cabeza y eso también está bien porque de ese modo su rostro destaca más, casi como si fuese una de esas estatuas que hay en el costado de los templos, las que sujetan el techo. Una cariátide. Aunque la cara de la señorita Justineau destaca porque es de un color maravilloso. Marrón oscuro, como la madera de los árboles de la foto de la jungla que tiene Melanie, cuyas semillas crecen alimentándose de las cenizas de los incendios, o como el café que la propia señorita Justineau se sirve con una jarrita a la hora del desayuno. Solo que es más oscuro y más intenso que todas estas cosas, y tiene montones de matices, así que en realidad no se puede comparar con nada. Solo se puede describir diciendo que es tan oscuro como clara es la tez de Melanie.
Y a veces la señorita Justineau lleva un pañuelo o alguna otra cosa sobre la camisa, anudado alrededor del cuello y los hombros. En tales ocasiones, Melanie cree que parece una pirata o una de las mujeres de Hamelín, cuando vino el flautista. Solo que las mujeres de Hamelín, al menos en el dibujo del libro de la señorita Justineau, son casi todas viejas y están encorvadas, al contrario que la señorita Justineau, que es joven y no está encorvada y es muy alta y muy hermosa. Así que más que nada parece una pirata, solo que sin las botas de caña alta y sin el sable.
Cuando es la señorita Justineau quien da la clase, el día se llena de cosas asombrosas. A veces les lee poemas en voz alta, o se trae la flauta y toca, o les enseña a los niños las imágenes de algún libro y luego les cuenta historias sobre la gente que aparece en ellos. Así fue como Melanie conoció a Pandora y Epimeteo, y supo de la caja con todos los males del mundo, porque un día la señorita J les mostró un dibujo de una mujer que abría una caja de la que salían toda clase de cosas aterradoras.
—¿Quién es? —le preguntó Anne.
—Pandora —respondió la señorita Justineau—. Era una mujer increíble. Todos los dioses la habían bendecido con sus dones. Eso es lo que significa su nombre, «La chica con todos los dones». Era lista, valiente, hermosa, divertida y todas las cosas que a todo el mundo le gustaría ser. Solo tenía un defectillo: que era muy, pero que muy, curiosa.
Para entonces todos los niños estaban cautivados por su relato, lo mismo que Melanie, así que al final les contó la historia entera, que comenzaba con la guerra entre los dioses y los titanes y terminaba cuando Pandora abría la caja y dejaba salir todas las cosas terribles que había en su interior.
Melanie dijo que no le parecía justo culpar a Pandora por lo sucedido, porque era una trampa que había tendido Zeus a los mortales y que la había hecho como era a propósito, precisamente para que cayese en la trampa.
—Y que lo digas, hermana —dijo la señorita Justineau—. Los hombres se llevan la diversión y las mujeres la culpa.
Y se echó a reír. ¡Hizo reír a la señorita Justineau! Fue un día realmente bueno, aunque no entendiese qué tenía de gracioso lo que había dicho.
Lo único malo de los días en los que da clase la señorita Justineau es que el tiempo se pasa volando. Melanie atesora de tal manera cada segundo que ni parpadea: permanece allí sentada, con los ojos abiertos de par en par, absorbiendo todo lo que dice la señorita Justineau y memorizándolo para poder repetirlo luego, en su celda. Y siempre que puede, pregunta cosas a la señorita Justineau, porque lo que más le gusta oír, y luego recordar, es la voz de la señorita Justineau diciendo su nombre, Melanie, de un modo que le hace sentirse la persona más importante del mundo.